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Tic tac tic

El piano es como un pequeño tic tac tic que se repite sin cansancio.
 

Una nota, otra, otra, otra, otra, otra, otra, otra, otra, otra, otra, otra.
 

Do, mi, sol. Do, mi, sol. Do, mi, sol. Do, mi, sol. Do, mi, sol.
 

Y después cambiamos otra vez.
 

A otra nota, otra, otra, otra, otra, otra, otra, otra, otra, otra.
 

Re, fa, la. Re, fa, la. Re, fa, la. Re, fa, la. Re, fa, la. Re, fa, la.
 

Los dedos del pianista son largos, finos, parecen hechos con dos ramas de rosal.
 

Con espinas.
 

Y tienen tierra, mucha tierra. La suciedad lame su piel.
 

No, no es su piel. Son unos guantes de tela, que en otro tiempo seguramente fueron blancos.
 

Quiero llevarme las manos a la cara, necesito tocarme la cara. Pero no puedo.
 

Unas ataduras en las muñecas me queman, hacen que la carne se vuelva de fuego. Y duele.
 

Quiero gritar, pero por mucho que abra la boca, que expulse aire por ella, la voz se niega a salir. No quiere. Tiene miedo de salir al exterior.
 

Porque mi voz es de cristal, un cristal tan puro, tan fino, que el mero contacto con el mundo real la destrozaría.
 

Mi voz sería una lluvia fina y arenosa hecha de miles de cristales tan pequeños como…
 

Una risa. Hay una risa en la sala. Una risa que no es una risa, sino más bien el gorgoteo de una fuente.
 

Ni siquiera parece humana.
 

Pero nadie ríe, porque no hay nadie para poder reírse.
 

Y la música cambia.
 

Ahora seamos un la, si, re. La, si, re. La, si, re. La, si, re. La, si, re. La, si, re.
 

Tres notas que se repiten una, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra vez.
 

Las ataduras de golpe se vuelven más fuertes, y ya no sólo queman mi piel, mi carne. Ahora son mis huesos los que están sufriendo la tortura.
 

Porque no tengo piel, ni carne, ni músculos, ni tejidos en las muñecas. Solo hay huesos. Blancos, pulidos, perfectamente colocados para que pueda mover mis manos.
 

Y ahora están apresados bajo esas cuerdas. Gruesas y calientes. Que me queman, que me hace querer gritar cada vez con más fuerza.
 

El tic tac tic del piano continúa. Esa repetición de notas es una perfecta comparativa con el camino que recorre el segundero de un reloj. Es lo mismo, sin variaciones. Como las idas y venidas de un péndulo.
 

Tic tac tic.
 

Do, mi, sol.
 

Tic tac tic.
 

Re, fa, la.
 

Tic tac tic.
 

La, si, re.
 

Lo mismo da. Lo mismo es. No importa como lo quieras disimular.
 

Comienzan a escucharse unas voces a lo lejos. Hablan, se ríen, cantan.
 

Son mujeres, hombres, niños, niñas, ancianos, ancianas. Sus voces se entremezclan, y es como si se volviesen una sola. Una voz muy fuerte que se eleva y se eleva.
 

Pero en realidad no puedo oírlas, ya que el sonido del piano se sobrepone.
 

Mis oídos solo captan esas tres notas que varían y se repiten hasta la saciedad.
 

Quiero oír esas voces, las necesito. Ellos pueden sacarme de aquí, desatar esas cuerdas, liberarme de todo.
 

¿Pero cómo me van a escuchar, si yo no puedo hablar, y el piano está tan alto que ni siquiera puedo oírles con claridad?
 

Ellos no saben que estoy aquí. Lo sé.
 

No pueden venir a rescatarme. Y no lo harán.
 

Aunque, claro, quizás no es porque no me oigan, o porque no saben que me encuentro aquí atrapado. Puede ser que no quieran venir. Y punto.
 

Porque todas esas voces hablan de mí, sí. Hablan mal de mí.
 

Hablan de mis fallos, de mis errores, de mis meteduras de pata, de mis defectos.
 

Por eso, aunque el piano desapareciera, aunque mi voz fuera hecha de aire, que viaja y viaja hasta los oídos de la gente, no vendrían a por mí.
 

Y de nuevo esa risa.
 

Primero, otra vez, como el gorgoteo de una fuente. Una risa que no es una risa porque no es humana.
 

Pero de golpe cambia. Cambia. Cambia. Cambia. Cambia. Cambia. Cambia.
 

Es grave, y de pronto aguda, y otra vez grave. Es gutural, y suave, y lírica, y brutal.
 

Es la risa de un hombre. Un hombre que ha sufrido, y que ha sobrevivido.
 

Es la risa de un hombre que ya nada le importa. Porque, ¿qué puede importarle después de todo?  

Y la risa cada vez es más fuerte, tanto que el piano pasa a un segundo plano.
 

Las ataduras desaparecen, y es en el movimiento que hago con la cabeza para poder mirarme las manos, en ese momento que mis ojos regresan al frente, cuando le veo.
 

Es el pianista quien ha estado riéndose todo este tiempo.
 

Con su cabello grasiento, desordenado, del color de la hierba recién cortada. Con esos ojos grandes, desorbitados, con mirada enloquecida. Y esa boca.
 

Esa boca.
 

Con unos labios rojos tan largos que le llegan hasta las orejas. Y sonríen. Me sonríen.
 

Y puedo verle los dientes. Uno, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro.
 

Tengo miedo. Mucho miedo. Quiero levantarme y salir corriendo. Huir.
 

Sentarme en el sofá, envolverme en una manta, beberme un batido y ver la TV.
 

Sólo quiero eso. Algo sencillo, mundano, rutinario y natural.
 

Pero el pianista se levanta de su asiento, y a pesar de que se encuentra lejos del instrumento, que sus pasos, decididos a caminar en mi dirección, le alejan cada vez más del piano, este sigue sonando.
 

Con su do, mi, sol. Y su re, fa, la. Y su la, si, re. Con su tic tac tic.
 

Se sigue riendo, pero esta cada vez es menos una risa. Sino miles de ellas.
 

Un millón, dos millones, tres millones de risas que salen a borbotones de entre sus labios antinaturales.

Abro los ojos y mi techo me saluda como si desde que he cerrado los ojos sólo hayan pasado cinco minutos. Allí arriba, en las alturas, inmutable.

Respiro hondo y trago saliva antes de levantar las manos y comprobar que en las muñecas tengo, efectivamente, no solo piel, sino carne y músculos bajo esta.

No hay rastros de ataduras, y a lo lejos no se escuchan ni voces, ni risas, y mucho menos ningún piano.

Me incorporo lentamente, dejando que la sábana escurra por mi pecho antes de terminar hecha un burruño en mis caderas. Paso la mano por mi frente sudorosa, y solo entonces soy del todo consciente de que acabo de tener una pesadilla.

Vuelvo a respirar hondo, y cierro los ojos el suficiente tiempo como para cerciorarme de que realmente estoy despierto, y que los sueños que hasta hace unos segundos me atormentaban, no siguen acechando en las sombras a que me vuelva a dormir.

Me levanto de la cama y camino hasta la ventana. Allí afuera, en la oscura noche, miles de farolas intentan iluminar vagos caminos hacia casa, y los coches, rápidos y veloces, con sus motores rugiendo, creen que pueden suplir los cantos de los pájaros durante el día.

Me encuentro atrapado en ese tiempo en el que es demasiado tarde y demasiado temprano para cualquier cosa.

Claro que a mí las horas deberían darme igual. Yo puedo hacer lo que me dé la gana. Como si hace un sol esplendoroso en el cielo y decido dormir hasta el día siguiente. O si, como ahora, es de noche cerrada, y salgo por la ventana para correr sin descanso por esas calles que a tantos niños les dan miedo.

¿Pero qué es lo que se supone que quiero hacer, si mi respiración aún está entrecortada y mis piernas, temblorosas, amenazan con tirarme al suelo?

Si al menos no me encontrase solo…

Me giro de golpe, ignorando el mareo que mi cabeza ha decidido regalarme, y me precipito contra la mesilla de noche, cogiendo el móvil con manos torpes.

No es una emergencia, no es urgente, ni siquiera debería ser necesario. Pero es esto justo lo que quiero hacer.

Bitterbirdie:
Ey, pajarito.
¿Cómo llevas la noche?
¿Muchos hombres malos a los que patear?


Me quedo mirando la pantalla del teléfono móvil. Como pierde tono, como su luz se apaga poco a poco, hasta que se queda en negro.

Y pasa un segundo, y luego otro, y a lo tonto ya han pasado varios minutos. Pero la respuesta aún se demora un poco más.

Es lógico, en una ciudad como esta lo más normal es que, durante la noche de un viernes, la delincuencia aumente considerablemente, y que el pobre Drake esté hasta arriba, corriendo de un edificio a otro, gancho en mano permanente.

Suspiro y sonrío, mientras cierro los ojos y niego ligeramente.

Bitterbirdie:
Bueno.
Yo sí que ando algo aburrido.
Así que, si no tienes nada que hacer,
ya sabes,
ven antes a casa.
¿Vale?


Tiro el móvil sobre la cama, y después voy yo detrás. Es una tontería intentar volver a dormir, en pocas horas tengo que levantarme. Pero aún así, el colchón me recibe con los brazos abiertos.

El cuerpo me pesa como si me acabaran de dar una paliza, y son esos pinchazos por la espalda, los brazos y las piernas, quienes regresan la pesadilla a mi mente.

Y la voz de la experiencia me dice rápidamente que es una tontería pensar en ello. Sé de sobra de qué trata, lo que quiere decirme, y no será la última vez que sueñe algo parecido en lo que me queda de vida.

Giro sobre la cama para poder llegar a la otra mesilla de noche, y mientras me apoyo sobre el codo izquierdo, rebusco en el segundo cajón mi cajetilla de tabaco.

Me siento a lo indio, saco un cigarro, lo apoyo entre mis labios, y aspiro poco a poco mientras la llama del mechero enciende mi pequeño vicio.

El humo inunda mi boca, baja raudo por mi garganta, arrasando con todo a su paso. Mis pulmones lo reciben cansados, acostumbrados a su intromisión rutinaria. Y de pronto, todo regresa, y sale de mis órganos, sube veloz y sale impregnando con su sabor mis labios. Ahora el humo es libre, y asciende, y fluye, y desaparece como polvos de hada ante mis ojos.

Las primeras veces que yo fumé, no contaría con más de doce años. Y más que por gusto, lo hacía para poder sentirme mayor, alguien más adulto que sale a la ventana a poder fumar.

Bueno, eso, y poder relajarme. El obligarme a aspirar, tragar humo y expulsarlo, hacía que poco a poco los nervios, que a cada año eran más violentos, se evaporasen y consumieran de la misma manera que hacía el cigarro entre mis dedos.

Cojo el cenicero y lo coloco a mi lado mientras me tumbo, dando otra bocanada a ese cáncer enrollado en papel.

La habitación a oscuras parece más pequeña de lo que en realidad es. Las pocas luces que entran por la ventana se entremezclan con las sombras que reinan en el dormitorio, y juntas dibujan formas extrañas por las paredes y los muebles.

No quiero jugar a adivinarlas, bastantes monstruos he tenido ya por una noche.

Espero hasta que el cigarro se termina, dejo la colilla consumida y me levanto. No voy a dormir, pero el corazón me sigue latiendo con un ligero nerviosismo, y no hay nada mejor para eso que un buen baño relajante.

Ni siquiera me molesto en buscar algo de ropa limpia. Camino con pasos pesados hacia el baño y enciendo la luz.

La bombilla amarillenta me ciega cruelmente durante unos segundos, hasta que mis ojos olvidan su visión nocturna y se acostumbran a la luminosidad que invade el cuarto.

Ignoro el espejo que cuelga de una de las paredes y me siento en el borde de la bañera. Giro las roscas, regulando el agua antes de poner el tapón y dejar que esta se llene.

El agua poco a poco cae del grifo, se choca contra la losa y comienza a llenarse. Y aunque intente concentrarme en su visión, en su sonido, el paso rápido de mi corazón no desacelera.

Porque el tic tac tic continúa en alguna parte de mi cabeza.

Do, mi, sol. Re, fa, la. La, si, re.

Me levanto y arrodillo al lado de la bañera, y tras coger una bocanada de aire, me sumerjo en lo poco que ha conseguido llenarse.

Aquí dentro solo estamos yo y mi corazón. Esa bomba que se niega a ir más despacio, como un continuo recuerdo de los tormentos a los que me suele someter mi mente.

Esas inseguridades, esos miedos, esos traumas, que como fantasmas salen en mis sueños, pillándome desprevenido, y beben de mí en un intento por consumirme.

El aire se termina, y al salir del agua, el aire ligeramente caldeado por los vapores del próximo baño me recibe con calidez.

Unas manos me acarician el cabello mojado, y bajan por el perfil de mi rostro hasta la barbilla, obligándome a girar. Encontrándome con dos ojos azules que me miran tiernamente.

– Hola, Jason.

– Hola, Tim.

Una sonrisa curva sus labios antes de atraerme hacia él y besarme. Despacio, suavemente, como una caricia.

– ¿Otra pesadilla?

– No, es que estaba teniendo pensamientos impuros contigo y tenía que refrescarme.

Pone los ojos en blanco y suspira, aunque esa sonrisa no se borra en ningún momento.

– ¿Has pasado buena noche?

– Movidita, estoy algo cansado – mira hacia la bañera y ladea la cabeza –. ¿Me dejas meterme contigo?

– Es que te estaba esperando, sweetbirdie.

Un nuevo beso se posa sobre mis labios. Y mi corazón se tranquiliza.

Ya no más tic tac tic.

Do, mi, sol. Re, fa, la. La, si, re. Tim.

Buenos días

El sol ya luce alto en el cielo. Sus rayos bañan todo a su paso, y la nieve, blanca e inmaculada, refleja su luz.

Volviendo todo brillante. Claro. Resplandeciente. Esplendoroso.

Como un sueño.

El viento sopla, el frío recorre cada recoveco del lugar. Y aún así no siento mi cuerpo helado, como debería ser al no llevar ropa alguna.

Tampoco lo notaba anoche.

El mero hecho de recordar ligeramente los acontecimientos sucedidos hace unas horas provoca que mi respiración se entrecorte, y los latidos de mi corazón se aceleren bruscamente.

No puedo evitarlo, pero no me molesta.

Me incorporo lentamente y me quedo sentado, notando como la manta, confeccionada con la piel de animal más suave y caliente del reino, se va escurriendo por mi desnuda piel, dejando al descubierto mi torso y brazos.

Tomo aire, dejándolo atrapado en mis pulmones unos segundos. Así puedo escuchar solo su respiración.

Una respiración tranquila. Plácida. Serena. Inmutable.

Como debe ser la respiración de un verdadero rey.

Cuando dejo que el aire vuelva a salir, rompiendo la quietud, giro mi cuerpo ligeramente. Así puedo observarle.

Unos ojos cerrados, enmarcados en largas y rizadas pestañas, que siempre aletean como alas de mariposa. Y que esta noche me han mirado solo a mí.

Unos dedos largos y finos, como los de las estatuas en los templos. Y que esta noche han recorrido mi cuerpo al completo.

Un cabello que ahora cubre la almohada como un manto de encaje, hecho por laboriosas arañas, de tacto suave y sedoso. Y que esta noche se enredó en mis manos.

Unos labios entreabiertos, carnosos y suaves, siempre portadores de sonrisas pacificadoras. Y que esta noche me han besado hasta robarme el aliento.

Mis parpados bajan lentamente, y al volver a subir, mi mirada camina por toda su figura bajo la manta. Observando como la tela se adapta a las curvas que crea su cuerpo, sus redondeces y sus picos afilados.

Al igual que la nieve sobre la estepa.

Suspiro, encogiendo las piernas hasta poder abrazar mis rodillas, apoyando mi barbilla sobre estas después de girar el rostro una vez más hacia la ventana.

Una nube cubre parcialmente al astro rey, haciendo que una serie de sombras diversas se dibujen por entre sus rayos.

Anoche no fue la primera vez que él me miró como lo hizo, ni tampoco fue la primera vez que sus dedos recorrían mi piel, ni siquiera sus cabellos en mis manos y sus labios sobre los míos eran primerizos.

Pero lo que sucedió después, sí.

“¿Quieres que continúe?” me dijo, con esa voz que calmaría hasta a un dragón.

“Por favor” contesté, ansioso por más.

“Ahora quiero estar en tu interior, ¿puedo?” susurró más tarde, cuando mi cuerpo, ya por el mero tacto de sus dedos, temblaba y se arqueaba.

“Sí”

Y me llenó. Y me acunó entre sus brazos. Y lamió mi piel. Y me dio permiso para arañarle, morderle, o lo que yo deseara.

El tiempo se congeló, como los ríos en el frío bosque, haciendo que todo aquello durase eternamente, prolongando aquel sueño del que nunca querría despertar.

Siseé su nombre entre gemidos en varias ocasiones, y cuando él pronunciaba el mío, sentía como todo se paraba unos segundos a mi alrededor antes de continuar.

Esa también era parte de su magia

“Mi niño” me llamó en varias ocasiones. Y a cada vez que sus labios dejaban escapar aquellas letras, mi corazón se derretía dentro del pecho, llenando las venas que recorren mi cuerpo de sangre nueva y caliente.

 ¿Vivir es un pecado? ¿El haber nacido como lo he hecho me convierte en un ser monstruoso? ¿Alguien a quien no se le permite morir porque esta sería una bendición para sus propios pecados?

A cada día, hora, minuto, segundo, la culpa carcome mi alma. Un peso que nunca puedo ignorar del todo.

Me siento sucio desde que me levanto hasta que me acuesto, y en sueños la suciedad lame mi piel.

Solo él me libera de todo eso.

Yo puedo hablar. Caminar. Sonreír. Respirar.

Todo gracias a él.

La nube termina por marcharse, empujada por el aire invernal, que resuena por todo el castillo, como el sonido de un búho ululando en la noche, y de nuevo, la luminosidad invade todo a su paso.

- Fye.

Me giro, bajando las piernas, acomodándome sobre la cama para poder responder a la llamada.

Sus ojos, ahora abiertos, provocan que el frío que podía haber en la sala se evapore.

Y su sonrisa, amplia, magnífica, digna de su posición como monarca, hacen que mis labios también se curven, imitándole.

- Buenos días, mi majestad Ashura-ou.

Vaciar el deseo

No lo entiendo.

No tiene lógica, ni base en ningún pensamiento cuerdo.

¿Se podría catalogar como instinto? ¿Los trolls adultos seguimos basando nuestras acciones más primitivas en meros instintos animales?

Ni lo sé ni me importa, y menos en estos momentos.

Darkleer ha comenzado a jadear, provocando que mis acciones se vuelvan más toscas y desconsideradas.

¿Por qué?

Ronroneo roncamente, notando mis branquias vibrar con ligereza, antes de volver a unir nuestras bocas.

Atrapo su labio inferior entre los dientes y lo muerdo, con fuerza, violentamente, y no ceso hasta que sus gemidos se tornan en suplicas susurrantes.

Quiero hacerle daño, y no sé qué me impulsa a ello.

Suelto el labio e introduzco mi lengua en su boca, recorriéndola al completo, ahogando nuestros suspiros los unos contra los otros.

Mis manos luchan con su cinturón, intentando quitárselo de una vez y tenerle desnudo bajo mi peso.

Sus manos, en cambio, arañan el suelo y tiemblan a cada uno de mis movimientos. Quiere tocarme, lo sé, pero no se atreve.

Sigo siendo su superior después de todo.

Corto el beso para poder separarme y desnudarle del todo.

Nota mi mirada sobre su tentáculo, y murmura algo ininteligible.

Está muerto de vergüenza, y le entiendo. ¿Quién no lo estaría en su misma situación?

Me pongo de pie y me deshago de los pantalones, tirándolos hacia donde ha terminado el resto de mi ropa.

¿Por qué me he desnudado? No era necesario y aún así lo he hecho.

Me siento sobre él y sin previo aviso, nuestros genitales se enroscan, provocando que ambos gimamos con fuerza.

Darkleer arquea la espalda y yo aprovecho ese movimiento para inclinarme sobre él y morder con fiereza su cuello.

Hinco los dientes en su carne y no tardo en notar la sangre inundando mi boca.

Comienzo a succionar, saboreando el caliente líquido y notando contra mi lengua su piel agridulce.

Dejo de torturar su cuello y dirijo mis dientes a sus orejas, mordisqueándolas casi con cierta diversión mientras una de mis manos se interpone entre los dos, conduciendo nuestros tentáculos para poder sentir ambos más.

Mi mente comienza a quedarse en blanco y una sonrisa ladina cubre mis labios.

Gimo y muevo las caderas, haciendo que todo se vuelva más intenso.

La mano que me queda libre viaja hasta sus costillas, y entierro los dedos entre ellas, como si quisiera perforarle la piel y agarrar los huesos cruelmente.

Darkleer se tensa, tiembla, gimotea y al mismo tiempo jadea de placer.

Pero a mí no me importa, ni siquiera siento mera curiosidad porque él goce de esto.

Solo tengo la necesidad de vaciar todo mi deseo contenido a través de su dolor.

Por eso le araño, le pellizco, le muerdo y le golpeo.

El tiempo pasa y sigue sin preocuparme nada más que mi propio beneficio.

Y no lo entiendo. Porque yo no soy así.

Pero lo estoy disfrutando. Más de lo que había disfrutado en toda mi vida.

Incluso, si no hubiera una vocecita en mi interior que me recordase cada cierto tiempo que puedo matarle, habría atacado su pecho hasta llegar a su interior y reventarlo.

Solo porque aquella acción me haría gritar de puro éxtasis.

He vuelto a manchar, de nuevo, y un gorjeo parecido a una risa se escapa de entre mis labios mientras me separo y abro los ojos por primera vez desde hace bastante rato.

Ni siquiera recuerdo el hecho de haberlos cerrado.

Pero no tardo en arrepentirme de no haberme mantenido así, ciego.

El cuarto está entero lleno de manchas azules y moradas. Parece un campo de batalla.

Supongo que esa es la primera bofetada que me propina la realidad.

No es un azul tan profundo como el de Mindfang, pero irremediablemente hace que mi mente lo asocie con ella.

Es mi kismesis, y nunca he permitido que lleguemos tan lejos.

Spinneret.

Su nombre es más que suficiente como para que mi respiración pare de golpe.

Jamás hemos hecho nada parecido a esto.

Ya fuera para que ella pudiera continuar con su juego de seducirme y dejarme solo en el último momento, o porque no caía en sus redes por seguir rindiéndole fidelidad a…

… ella.

La Condesa.

Su Gran Imperialísima.

La realidad me ha traído de vuelta con tanta violencia que no logro contener el temblor que me recorre de súbito.

¿Qué he hecho?

¿Cómo he permitido que algo así llegara a pasar?

No puedo mirarle a los ojos, ni siquiera aún cuando nuestros tentáculos siguen entrelazados.

Me llevo ambas manos a la cara y comienzo a jadear.

¿Por qué no he parado hasta ahora?

Lo que he hecho es imperdonable. Merezco la muerte. Inmediata.

Un movimiento bajo mi peso hace que casi pierda el equilibrio. Separo las manos de mi avergonzado rostro para poder agarrarme a algo y no caer al suelo.

Y no encuentro otro apoyo que sus maltratados hombros.

Darkleer se ha incorporado, apoyando una mano en el suelo para poder lograrlo.

En todo aquel rato no había sido capaz de tocarme, ni siquiera de rozarme. Pero ahora me abraza y hace que me apoye contra su pecho.

- D--> Siento propasarme de los límites, Dualscar highb100d.

¿Qué él se ha propasado por abrazarme?

¿Y cómo se llama a todo lo que he hecho yo?

Comienzo a jadear y me planteo seriamente el levantarme e irme de aquel cuarto.

Pero no puedo. Al contrario.

Me acomodo contra él, enterrando el rostro en la curvatura de su cuello.

No quiero tener que volver a ver como he dejado su cuerpo, y mucho menos la sangre y otros líquidos que empapan la estancia.

Ni siquiera teníamos un cubo cerca, y no me ha importado hasta ahora.

- Como digas algo de lo que ha sucedido hoy aquí, te juro que me encargaré de tu propia muerte.

Incluso estando así, me permito el lujo de ordenarle cosas.

Soy patético.

- D--> Jamás se me ocurriría hacer algo semejante.

- Júralo.

¿En serio aún sigo dudando de él?

- D--> Os lo juro, Dualscar highb100d.

- Está bbien.

Tomo aire y lo expulsó con lentitud, en un intento por calmarme.

¿Qué es lo que debería hacer entonces?

¿Disculparme? Jamás. ¿Explicarle mis acciones? Ni siquiera yo las entiendo. ¿Llorar? Nunca delante de alguien. ¿Qué hago?

Lo más lógico sería que me marchara.

Pero las caricias que prodiga en mi espalda, su respiración acompasada a la mía, su mera presencia, provoca que me sienta extrañamente bien.

La culpabilidad e impotencia están aquí, claro. Pero de los lacerantes latigazos que deberían provocarme, solo son una ligera molestia incomoda.

Y sé, que lo único que produce que esto siga así, es él.

Qué ironía, ¿verdad?

Eres un fallo por morir, Todd

Debía de ser muy tarde, ya que mamá y papá ya se habían acostado.

Al principio pensé que eran voces dentro de mi sueño, pero poco a poco, fueron estas mismas las que me sacaron de él. Abrí los ojos lentamente, parpadeando, mientras escuchaba como alguien peleaba en la azotea de mi casa.

Bajé de la cama, no asustada, aunque no entendía por qué no, sino más bien curiosa e interesada en lo que estaba sucediendo:

- Como veas. Ni siquiera sé que hago perdiendo el tiempo con un crío como tú – dijo una voz grave y raspada.

- Eso me gustaría saber a mí – le contestó un niño, seguro que de mi edad -. Corre, que seguro que tú cita está impacientándose.

Se escuchó un nuevo golpe, aunque esta vez más flojito:

- Respeta a tus mayores, estúpido crío.

- ¿A ti? Nunca – dijo el chico con voz altanera -. Aunque, por tu humor, y por lo que sé, debe de ser por eso por lo que estás tan frustrado.

- ¿Y lo que sabes? – la voz del mayor ahora era juguetona, como si se burlara del pequeño -. ¿Qué se supone que sabes tú de mí?

- ¿De ti? ¿A parte de que eres patético? Lo siento, mis conocimientos no van encauzados hacia lo que sea que hagas tú.

- Oh, qué pena. Ya me había hecho ilusiones sobre lo que podías saber tú de mí.

Me acerqué lentamente hacia la ventana y me pegué al cristal, intentando poder verles aunque solo fuera de refilón:

- No necesito información de alguien como tú – seguía discutiendo el menor.

- Oh, por supuesto.

- Tan solo eres un fallo, no necesito saber nada más.

En ese momento creí que vendría un gran silencio tenso, u otro golpe, pero en cambio, una risa grave se escuchó con fuerza:

- Wo. Así que ahora soy el fallo. ¿Y el fallo de qué, si puede saberse?

- Sí, eres el fallo, y nunca me convertiré en alguien como tú.

- Sigues sin responderme, gatito.

- No tengo nada que contestarte.

- Quiero que me digas por qué me consideras un fallo – su voz era prácticamente una orden.

- Eres un fallo por morir, Todd – sentenció el niño.

Se escuchó un disparo, y vi como algo se aseguró al tejado del otro edificio, dejando ambos unidos por una especie de liana. Una figura pequeña saltó, agarrada a esta, pero justo en ese instante, otro disparo desenganchó la cuerda, y el pequeño se precipitó al vacío.

Contuve un grito, pero el muchacho logró agarrarse al borde de mi ventana. Yo me escondí justo debajo de esta, para que no me viese y pudiera seguir espiándoles:

- Me gustaría verte a ti en esa misma situación, aunque dudo que tu perro guardián Grayson te dejara tanto tiempo solo.

- He estado en esa misma situación – el niño había logrado agarrarse bien al alfeizar, y mientras hablaba, se iba acomodando hasta quedar sentado, apoyado contra mi cristal -. Y ahora estoy aquí. Sabes de sobra cual fue el resultado de todo eso, solo el principio. No como tú, que eres un inútil incapaz de superarlo.

Hubo un suspiro por parte del hombre que seguía en mi tejado:

- Sigues sin entender por dónde van los tiros, enano Wayne.

De nuevo se escuchó el primer disparo de antes, pero quien saltó esta vez fue el mayor. Me incorporé lo suficiente como para poder ver como su silueta llegaba al otro edificio y se perdía en la oscuridad:

- Sé perfectamente por dónde van los tiros, Todd, y perdona que no dejara que me dieras una gran lección sobre tu increíble vida – murmuró el niño sentado en mi ventana. Y entonces se giró de golpe.

Esta vez sí que no pude contener el grito y caí de culo, con los ojos fijos en la máscara que tapaba los suyos. Era Robin, el compañero de Batman:

- Yo… lo siento… - balbuceé.

- La próxima vez no seas tan cantosa, niña estúpida.

Y antes de que pudiera volver a disculparme, este saltó hacia el vacío.

Estanque

Me siento triste tantas veces al día que llego a perder la cuenta

Hace muchos años comencé a languidecer, y desde entonces no he cesado en ello

Puedo ser feliz, puedo estar alegre. Son estados limitados, con una caducidad, solo duran un tiempo marcado

Una hora, unos minutos, o incluso una noche entera, no más

Desde hace años mi estado natural es la tristeza

Bien es cierto que he llegado a estar mucho más triste, casi rozando el abandono total, o en cambio, la tristeza era una ligera decadencia casi imperceptible

El estado seguía siendo el mismo, el abandono total y completo de la felicidad

Cuanto más triste estoy, más vergüenza de mí misma siento, me doy repulsión y asco

No sé cuándo comencé a sentirme mal por ser mujer

Adoro mi feminidad, estoy orgullosa de haber nacido en este género, pero eso no impide que me duela el serlo

Por no poseer un miembro masculino, suelo sentirme un objeto. En ocasiones un cuadro, una obra de arte

 A veces una simple silla para que alguien se siente en mí

Y si ya por el mero hecho de respirar, de seguir existiento, la tristeza me consume por dentro, en esos momentos me doy repulsión

Algunas noches deseo caminar por las calles, y que un hombre me interceda, me meta en un callejón apartado y me viole

Que ponga de manera física lo que siente mi alma y no me atrevo a decir en voz alta

Y este deseo es el que me ha impulsado a cometer muchos de los grandes errores que han marcado mi vida

He pedido auxilio, he gritado, suplicado porque me ayuden a salir de este estanque en el que me estoy ahogando y de donde me veo incapaz de poder sobrevivir

Yo no quiero este camino, quiero reír de corazón, conseguir mis metas, poder mirarme en el espejo y sonreír

Pero yo sola no puedo, y a veces soy tan ciega que no veo las manos que me tienden

Incluso parece que gozo muriéndome en estas pantanosas aguas

Esta agonía es tan grande, que en mi desesperación por salir, he hundido a tanta gente, que mis propios recuerdos me dan arcadas

¿Y si desapareciera?

Conversaciones inmobiliarias

Barcelona

- Y este es el baño. Como podéis ver, está recién reformado, hay que limpiarlo un poco, pero está listo para su utilizaci…

- No me gusta.

- Sam, solo hemos visto la mitad de la casa. Espera hasta el final y quizás cambies de opinión.

- No me gusta. El baño es horrible. ¿En serio lo han reformado? ¿Pero lo habéis visto bien? Venga, si parece que lo ha redecorado una abuela daltónica. De esas con miles de gatos.

- Sameveel, o cierras la boca y te juro que te tiro por la ventana.

- Estamos en un sexto, ¿te atreverías? ¿No sería asesinato? Ya sabes, pecado mortal y esas cosas.

- O te callas o te tiro. No voy en broma, Sameveel.

- Chicos, que no estamos solos.

- ¿Y eso a mí que más me da?

- Lo sentimos mucho, señor Rodríguez, es que no llevamos unos días muy buenos.

- … tranquilos, si yo lo comprendo… si queréis podemos dejar la visita para más tarde…

- No, déjelo, la casa es horrible, no vamos a vivir aquí.

- ¡Sameveel!

-  ¿Qué? Estoy siendo sincero.

- Pues a mí el baño sí que me gusta.

- ¿Ves? Le gusta a Vasi, eso significa que es hortera.

- ¿Me estás llamando hortera? El que se viste con camisolas y ese tipo de ropa rara es Hariel.

- Vasariah, modera tus palabras o tú también sales por la ventana.

- ¿Entonces dejamos la visita para mañana mejor?

- Sí, será lo más adecuado.

- Que no, que yo aquí no pienso vivir, angelitos.

- Te he dicho mil veces que no me llames eso en público.

- ¿En privado si?

- Yo a ti te mato, Sameveel.

- Venga, ¿y qué me vas a hac…? ¡Deja la petaca en su sitio!

- ¡Parad de una vez que el humano sigue presente!


Marsella

- ¿Nos puede dejar unos minutos a solas para que nos lo pensemos?

- ¡Por supuesto! Estaré en el piso de abajo, dadme un gritito y subo.

- Por Dios, qué mujer más pesada…

- Centrémonos.

- La casa es grande, y estamos cerca de la playa.

- Pero lejísimos del centro. Y no hay ni un puto bar aquí al lado.

- Eso no es importante, si quieres alcohol lo compramos y ya está.

- ¿Y beber solo con vosotros dos? Aburrimiento mortal.

- No empieces, Sam.

- No empieces tú, yo estoy muy tranquilo.

- Lo bueno de estar tan alejados es que estamos más escondidos, tardarán en encontrarnos si es que siguen
buscándonos.

- Claro, y también tardaremos más en enterarnos de todo lo que sucede.

- Escondernos del mundo es lo que tiene.

- Aún así, creo que llamaríamos mucho la atención en el barrio.

- ¿Por?

- ¿Tres hombres viviendo solos?

- No pasa nada, yo finjo que soy vuestro amante, ningún problema.

- Comienzo a plantearme seriamente eso de que quizás sí que estás enamorado de nosotros.

- Hariel, eso suena muy egocéntrico.

- Eh… yo paso de esa idea.

- Sameveel, quita esa mano de allí.

- Si queréis os dejo solos.

- Tú te quedas dónde estás.

- No, definitivamente la casa no me da buenas vibraciones.

- ¿Y ahora qué eres? ¿Brujo?

- No, un vibrador.

- ¡Sameveel!

- Estaba de broma.

- Pues metete el humor por dónde te quepa.

- Controla esa boquita, Vasi, que la próxima será un insulto.

- Sam, si vas a poner pegas a todas las casas que veamos me largo.

- ¿Y a dónde? Si puede saberse.

- Tengo una casa en Madrid, una casa preciosa que he tenido que dejar por tu culpa.

- Por favor, no empecéis con lo mismo de siempre.

- ¿Ves como siempre empieza Hariel? En verdad es que le pongo cuando me enfado.

- Deja de pensar esas cosas.

- Acéptalo, te pone ver mis pensamientos cuando van por ese camino.

- Sameveel…

- Me encanta cuando dices mi nombre así.

- Hariel, tranquilízate, por favor.

- ¿Ya os lo habéis pensado?

- ¡NO!

- … ok, volveré unos minutos más tarde…


Berlín

- Wow.

- Si, opino lo mismo.

- La casa es enorme.

- Y no solo eso, es preciosa.

- Me encanta como está decorada. Los colores de las paredes, los marcos… todo.

- Lo sé, yo también estoy embelesado.

- Además, hay habitaciones de sobra.

- Podemos tener una biblioteca si queremos.

- Podemos tener incluso dos.

- Y hay piscina.

- ¿Te gustan las piscinas?

- Bueno, es que a Marta de pequeña…

- No tienes por qué darme explicaciones, tranquilo, virtud.

- Pues creo que hemos encontrado la casa perfecta.

- No te lo discuto.

- Y unas vistas perfectas.

- Yo quiero verlas.

- No creo que a ti te gusten.

- …

- Sameveel…

- Sep.

- ¿Ese no es nuestro agente inmobiliario?

- Sep.

- Y ese otro es lo que se supone que debería ser nuestro vecino.

- Sep.

- ¿Y se están…?

- Sep. Aunque solo va a salir vivo uno de ellos. ¿Quieres apostar?

- No sé por qué creo que tú ya sabes que va a pasar.

- Sep.

- Sameveel…

- ¿Dime, Hariel de mi corazón?

- ¿Has elegido esta casa por que tenías que hacer un trabajo?

- Sep. Aquí al lado, por lo que podéis observar.

- Sam, cada día me dejas peor…

- ¿Y pretendías que nos quedáramos a vivir aquí a pesar de todo?

- Sep.

- ¡Eres un estúpido egoísta! ¡No sé ni para qué te ayudo!

- ¡Eh! ¡Las manos lejos!

- ¡Chicos, la poli!

- Mierda, con eso no contaba.

- ¡Tú nunca cuentas con nada!

- ¿Qué hacemos?

- ¡Nos vamos volando por la puerta de atrás! ¡Vamos!

- ¿Volando, volando?

- Si hijo, sí, con las alitas. Anda, sigue a tu madre.

- ¡Yo no soy la madre!


Estocolmo

- ¿Seguro que están bien sus amigos?

- Sí, no se preocupe.

- ¿Y esto es así siempre?

- El pan de cada día.

- Pero, ¿no se hacen daño?

- A veces, pero nunca nada importante.

- Se oyen muchos gritos.

- Tranquilo, deje que se desfoguen. Luego estarán como la seda.

- ¿De verdad que no deberíamos intervenir?

- No. Terminarán de pelearse en cinco minutos más a lo sumo.

- Ahm.

- Pues a mí la cocina me gusta mucho.

- Fue diseñada por el antiguo dueño.

- Pues tenía muy buen gusto. Es preciosa.

- Esos golpes suenan muy fuertes.

- Es que Hariel a veces no controla su fuerza.

- ¿Y al señor Sameveel no le importa?

- Sabe defenderse.

- Ahm.

- ¿Y cómo dices que se llama la diseñadora?


San Francisco

- ¿Te sigue doliendo mucho el pie?

- Se va pasando.

- ¿Quieres que te apriete la venda o algo?

- Tranquilo, Vasariah, estoy bien.

-  Eres a veces más frágil que los humanos.

- Lo que tiene pasar tantos años en la Tierra. La regeneración cada vez es más lenta.

- Pues deberías tener más cuidado entonces. Esa caída podía haberte hecho mucho daño.

- Eso díselo a Sameveel, fue él quien dijo que saltásemos.

- No pensé que te fueras a romper cual galleta de jengibre, muñequita de porcelana.

- Tú céntrate en seguir llevándome y cierra la boca.

- Sam, si te cansas de llevarle me lo pasas y le llevo yo un rato.

- No, Vasariah, que se fastidie y que me lleve él. Una especie de pago por ser el culpable de mi lesión.

- Ay, pobre princesita, que en vez de perder el zapatito de cristal ha perdido el pie enter… ¡Ay! ¡No me
pellizques!

- Pues cállate.

- ¿Quieres que te lleve mejor en brazos?

- A tu espalda estoy bien, gracias.

- Tus agradecimientos cada vez suenan más sibilinos. Vas aprendiendo, angelito.

- Chicos, ¿falta mucho?

- Unas tres calles.

- ¿Ya estás cansado, Vasi?

- Son muchas cuestas.

- La verdad es que sí, ni que fuéramos a vivir en una torre vigía.

- Si cada vez que tengamos que salir de casa hay que subir tantas cuestas a mí ya no me gusta la casa, y eso que aún no la hemos visto.

- Además, la ciudad tampoco es tan bonita.

- ¿Y has visto a la gente? No me acaban de convencer.

- Y el precio que piden por ella es desorbitado.

- Eso, que no es un puto palacio, joder.

- ¿Y si nos volvemos a Europa?

- Me gusta esa idea.

- Pues nada, de vuelta al hotel entonces.

- ¿Y para el hotel queda mucho?

- Dos cuesta más mínimo.

- Vaya…


Madrid

- Y si me seguís, os enseñaré el baño. Es un poco pequeño, pero muy funcional.

- No me diga. Está recién reformado, ¿verdad?

- Exacto.

- Por la puta abuela del dueño, por lo que veo.

- No empieces, Sam…

- Es horterísimo, no me gusta.

- ¿Tienes que sacar defectos a todos los malditos baños?

- A los que son feos sí.

- Bueno, si no les acaba de gustar, también vendemos un piso en el edificio de enfrente.

- No, tranquilo, si nos vamos a quedar con este.

- Espera, ¿qué?

- Que nos quedamos con esta casa.

- Pero si acabo de decir que el baño no me gusta.

- No te gusta ningún baño.

- Nos quedamos con la casa.

- Lo haces solo por joderme, ¿verdad?

- Exacto.

- No pienso consentir otra pelea, así que ya os estáis calmando los dos.

- Nos quedamos con esta.

- No, no le haga ni caso, esta casa es una mierda. Enséñenos la de enfrente.

- Cierra la boca, Sameveel, la casa la compro yo así que yo la elijo.

- Pues yo en esta casa no me quedo.

- Pues te fastidias, vamos a vivir aquí.

- ¿Necesitáis unos minutos para pensároslo, mejor?

- Sí.

- Que no, que no hay nada que pensar, nos la quedamos, es un hecho.

- Hariel deja de comportarte como un jodido niño malcriad… ¿y por qué siempre que no tienes la razón tienes que sacar la petaca para convencerme? A eso se le llama tortura, te pienso denunciar.

- ¡Pues cierra la boca y no la sacar…! ¡Ay!

- ¡Ey! ¿Y eso a qué ha venido?

- ¡Qué me tenéis harto!

- Pues no hace falta que nos pegases para decir eso.

- ¡Se acabó! La casa a mí me gusta, así que Sameveel, cállate.

- ¿Ves? Los ángeles sabemos lo que es mejor.

- Cierra la boca, Hariel, que a veces eres peor que él.

- ¡Virtud!

- ¡Ja!

- Entonces, ¿comenzamos los papeles de esta o la de enfrente?

- De esta, de esta.

- Yo sigo pensando que la casa es horrible.

- Cállate, cataboligne.

- Y encima es pequeña.

- ¡Sameveel!

Salida de Emergencia - Cap 3

La tensión era tal, que se podría haber cortado con un cuchillo… y con una cuchara, con una servilleta…

Eridan había invitado a Feferi, eso era lo único que sabía Tavros (y Ampora). El problema es que a la susodicha se le antojó el presentar de una vez a su novio y a su amigo de la infancia. Con lo que no contaba es que Sollux, sabedor de todos los problemas que Karkat estaba teniendo con Gamzee, había planeado noche de juegos con este… aunque claro, cuando Fef le llamó invitándole a una fiesta no pudo negarse. Y así terminaron los tres, Feferi, Sollux y un Karkat un tanto cuanto obligado, comprando unos tallarines a la carbonara en el italiano de la esquina.

Vantas no entendía muy bien del todo como cojones había terminado yendo con aquellos dos tortolitos a una fiesta donde no conocía a nadie. Bueno, realmente lo de no conocer a nadie no importaba mucho, simplemente el hecho de salir de casa y estar con más de una persona le agobiaba ligeramente.

Pero si ya de por sí ver a un tío super raro con una especie de bufanda horterísima al cuello bajando a recibirles le dejó un poco mosca, el que cuando subiera se encontrara con “ese”… y encima diciendo “eso” a Gamzee…

- Paso de esta mierda, me piro a mi casa.- anunció antes de que nadie pudiera decir nada mientras se giraba.

- ¡Eh! ¡Venga, no zeaz azí!- exclamó, cogiéndole del brazo y reteniéndole en la puerta.- Zolo paza de él. Cenamoz y noz ponemoz con la play y que lez zurcen a todoz, ¿vale?

Karkat le miró aún con el ceño fruncido, decidido a negarse y poder irse de allí. Pero tras unos segundos de guerra de miradas acabó resoplando:

- Joder, vale. Pero como pase algo raro yo me marcho.

- Ehm… bueno… entonces parece que todos os conocíais, ¿no?- comentó Feferi, que se había quedado un poco pillada por aquella escena, sin saber muy bien cómo reaccionar.

Tavros suspiró inaudiblemente y parpadeó varias veces para serenarse. Venga, no pasaba nada. Realmente nunca había tenido ningún problema con Karkat, así que no era nada malo que él también hubiese venido. Además, no iba a estar centrado en nadie ya que en cuanto cenasen se pondría con el trabajo. Levantó la mirada y sonrió cortésmente, acercándose a la muchacha:

- Hola, Feferi. Es un placer conocerte, Eridan no deja de hablar de ti.- dijo tendiéndole la mano.- Yo soy Tavros, y creo que soy el encargado esta noche de proteger la casa.

Esta sonrió, un poco más tranquila con ese recibimiento, e iba a contestarle… cuando Karkat gruñó por lo bajó y pasó arrastrando los pies hacia el salón:

- Sí, bueno, que bien. Ale, ya os conocéis, así que dejad de estar como gilipollas en el vestíbulo.

Sollux puso los ojos en blanco, y tras dar un ligero beso en la comisura de los labios a su novia, caminó tras su amigo.

La verdad es que la tensión era tal, que se podría haber cortado con un cuchillo… y con una cuchara, con una servilleta…

Eridan decidió calmar un poco el asunto llevándose a Feferi a la cocina con la excusa de enseñarle esta y ayudarla con la cena (bueno, y porque el hecho de poder pasar tiempo a solas con ella era irresistible)

Así que Nitram se quedó sin saber qué hacer en medio del vestíbulo, como un gilipollas como había dicho Karkat.

Intuía que en la cocina sobraría un poco… pero el hecho de ir al salón, junto a ellos dos, le daba bastante respeto. Ni siquiera conocía a uno de ellos, pero había algo de él que le decía que si era amigo de Karkat, tampoco le tendría en muy alta estima.

En fin, no podía quedarse toda la noche ahí, huyendo de algo de lo que ni siquiera sabía a ciencia cierta qué era. Así que respiró hondo y se fue al salón, encontrándose a ambos arrodillados, toqueteando algo con el televisor:

- Ahm… ¿chicos, qué estáis haciendo?

La verdad, es que qué ambos se girasen a la vez y le mirasen así, no fue un buen augurio:

- Conectando la play.- contestó secamente el de las gafas bicolor.

Oh, eso era bueno. Si después se ponían a jugar él podría estar con el trabajo tranquilamente. Era una buena noticia:

- Y… ¿necesitáis ayuda?

- Tú no puedes ayudarnos.

La contestación de Karkat fue más que suficiente para que entendiese que no era bienvenido en el salón y que mejor ir a la cocina, aunque sobrase un poco. Seguro que le recibían mejor que allí.

Giró con la silla y se fue en silencio por el pasillo hacia la puerta entreabierta. Si ponía la excusa de que quería ir poniendo la mesa seguro que el interrumpirles no quedaba tan mal…

- Fef, ¿te hice algo malo en la otra vida? ¿Yo llevaba algo así como un bigote cuadrado y tú escribías un diario en un altillo, escondida con otras personas? Porque de no ser así, no lo entiendo.

Tavros se quedó quieto milímetros antes de golpear la puerta y entrar en la cocina. Aquel comentario (totalmente drama queen, todo sea dicho) le dejó un poco descolocado:

- Eridan, ¿a qué te refieres?- escuchó contestar a Fef mientras cerraba la puerta del microondas.

- Nada, solamente que me parece perfecto y maravilloso que siendo yo el que te invite única y exclusivamente a ti a un sitio, te presentes con un gnomo cascarrabias y con... con Sol

Obviamente, conocía demasiado bien a Eridan, y él jamás de los jamases reconocería que Sollux era el novio de Feferi, y menos iba a nombrarle como tal:

- ¡Oh Dios! Si es que sabía que ibas a salir con el tema.- resopló y se oyó como cogía unos platos.- ¿Quieres dejarlo? Crabkat es muy buen chico, y Sollux, te cueste o no aceptarlo, es mi novio y también una bellísima persona.

- Uy, sí… hermosísimo, un adonis… nótese el sarcasmo.- Ampora, como siempre, arreglándolo todo con uno de sus comentarios de lo más acertados.- Pero Fef, simplemente no me parece bonito hacer eso sin avisar...

- ¿Y para qué me invitas entonces? Si ni si quiera es tu casa.

- Pero estoy como "a cargo", y se supone que íbamos a avanzar el trabajo que teníamos. Pero entre que Vris se va a la caza de la almeja, Tav que no tiene los pies en la tierra… en ambos sentidos… y ahora esos dos con la dichosa maquinita de las narices, osea, a rezar siquie-

De pronto se escuchó perfectamente cómo se dejaron caer unos platos en la encimera, sorprendiendo a Tavros (que aún seguía espiándoles en el pasillo). En otra situación se habría preocupado por si algo de la vajilla se había roto, pero en esos momentos la conversación eclipsaba todo lo demás:

- Eridan, haz el favor de dejar de recriminarme cosas para hacerme sentir culpable si no quieres que, aparte de irme por donde he venido, te clave un tenedor en el ojo. Y sabes que lo hago.

Un silencio se cernió sobre los dos (tres). Al parecer, la tensión que se había creado en el pasillo se había incrementado el doble o el triple:

- Esto es duro… muy duro, y nadie me entiende.

- Sí, Eridan, lo que tú digas… saca los tallarines del microondas y sirve la cena de una vez.

Nitram suspiró y se separó un poco de la puerta. Menuda noche les esperaba a todos.

(Mil gracias a Erina, por escribirme la conversación del final <3)

Palabra : Mañanas

Lo primero que escucho en cuanto mi consciencia vuelve a la realidad es tu risa. Te noto echar algo sobre mí, es ligero, suave, y huele muy bien. Contienes el aliento durante unos segundos al darte cuenta de que ya estoy despierto, pero eso solo consigue que rías aún más y termines de verter sobre mí lo que sea con lo que estás cubriéndome.

De pronto te sientas al lado de mío y me zarandeas, moviendo entusiasta mi hombro derecho, intentando contener las miles de carcajadas que se esconden tras tus labios:

- ¡Capitán! ¡Capitán Peter Pan! ¡Despierta!

Curvo mi boca en una sonrisa divertida y abro los ojos, como sobresaltado, como si en verdad hubiera estado sumido en un profundo sueño y me hubiesen sacado a la superficie de golpe:

- ¡Wendy! ¿Qué ha sucedid…?

Pero mi pregunta muere al verme totalmente cubierto de miles de pétalos de numerosas flores. Hay pétalos largos y olorosos, algunos pequeñitos como gotas de lluvia, hay rosas, azules, violetas…

- Mira lo que nos han traído las hadas, Peter ¡Una lluvia de flores!

Me acabo de enderezar y me quedo mirando la cama embobado durante unos segundos, intentando que esa imagen que se extiende ante mí quede grabada en mi mente para siempre. Me giro y te veo, de rodillas a mi lado, sonriendo emocionada, como una niña antes de abrir sus regalos de cumpleaños.

Solamente me da tiempo a mover los labios, susurrando sin voz un “Je t’aime”, porque de repente te da un arranque de amor y te lanzas encima de mí, haciendo que ambos rodemos sobre la colcha llena de pétalos, riendo como dos niños mientras nos llenamos las caras de besos.

.-.-.-.-.

Giro en la cama y noto que el lado derecho de esta está frío. Abro los ojos despacio, acostumbrándome a la luz del amanecer que entra a raudales por la ventana y te busco con la mirada.

Aunque antes de que esto suceda, un beso contra mi oreja izquierda provoca que cierre los ojos de nuevo, disfrutando de la sensación que tus labios sobre mi piel producen.

Vuelvo a girar para poder mirar cómo te vistes despacio, como si fueras ralentizado por el mero hecho de que sabes que adoro verte. Eres una escultura en movimiento, hecha única y exclusivamente para mí.

Al terminar te sientas en el borde de la cama y acaricias mi rostro, obligándome a suspirar:

- ¿En serio que es necesario que vayas?- pregunto, por mucho que sepa la respuesta de antemano.

Solo asientes, sonriendo de lado, antes de volver a inclinarte sobre mí y regalarme el último beso, uno largo, hambriento, de esos que te dejan sin aliento.

Dejas escapar una risita entre dientes al ver la cara que se me ha quedado y te levantas, colocándote el sombrero que te identifica como agente secreto:

- Mañana en la noche viene Ferb a cenar y preparare sopa de marisco, con remolachas fritas. Podrías venir, si tienes tiempo. Ya sabes, nunca me importa el poner un plato más. Y si ves que se hace muy tarde, te quedas a dormir. No molestas, y eso…

Suspiras y contienes otra risita. Sé que hablo demasiado, pero es por compensación, tú no hablas casi nunca y yo lo hago por los dos.

Te acercas a la puerta, terminando de colocarte la gabardina y el sombrero, antes de girar tu rostro una vez más y guiñarme un ojo, para después desaparecer por el marco de esta.

- Maldito seas, Perry el Ornitorrinco…- digo en un susurro mientras vuelvo a cerrar los ojos.

 .-.-.-.-.

 - Vaaaaa, vengaaaa, porfaaaaa, quedateeee

Te oigo suspirar ante mis súplicas y eso hace que ría un poquito:

- No y no. Además, Alfred dijo que vendría a recogerme a las 7 para llevarme a clase.

- ¿Y? Joooo, podemos decir que te has puesto enfermo y te quedas en la cama conmigo.

- Claro, ¿y tú? Max va a subir de un momento a otro para decirte que te prepares para ir al colegio.

- ¡No podrá, porque yo también me habré puesto enfermo! ¡Y nos quedaremos juntos todo el día en la cama!

Esta vez eres tú el que ríe, haciendo que mi sonrisa se ensanche aún más:

- Venga, Bart, levántate y comienza a vestirte, que no tardas nada… literalmente.

- ¡No quiero!

- Pero, ¿por qué?

- Porque quiero quedarme contigo…- digo poniendo morritos.

Eso te desarma al completo… je… ya lo sabía.

Suspiras y dejas la mochila en el suelo antes de venir a la cama de nuevo y revolverme el cabello:

- Hagamos un trato, Imp.- comienzas mientras te sientas a mi lado.- Si vas a clase hoy y haces todos los deberes, mañana vengo otra vez a dormir contigo.

Vale, eso no me lo esperaba ¡Pero me encanta la idea!

Me levanto y en cinco segundos ya estoy arreglado y listo para salir, cosa que provoca que estalles en carcajadas:

- Supongo que eso es un “sí”, ¿verdad?

Como toda respuesta, corro a velocidad normal hasta ti, acomodándome entre tus piernas para poder besar divertido tus labios.

.-.-.-.-.
Te crees que tienes el poder sobre mí. Y la verdad es que me gusta que lo creas.

Llevamos toda la noche rodando por la cama, levantándonos y siguiendo nuestra lucha en el suelo, contra las paredes, sobre el tocador, apoyados en la puerta.

Nos hemos besado, acariciado, sí, pero también golpeado, arañado, mordido. Nuestras sangres mezcladas pintan todo el dormitorio, incluso alguna salpicadura ha llegado al techo seguro.

De pronto ríes y te tumbas encima de mí, lamiendo distraídamente un chorretón de sangre que cubre mi cuello:

- ¿Ya te has cansado, Jay?

- No… solo estoy esperando a que recuperes el aliento para girarte y meterla hasta el fondo.

Aquel comentario me hace reír. De donde yo provengo no es que las cosas se digan así, tan… ¿directas?

- Maleducado…- murmuro mientras te doy un sonoro cachete en el trasero, provocando que rías por lo bajo y vuelvas a morderme, arrancándome un gemido.

Arqueo la espalda gozoso y permito que te diviertas abriéndome más heridas por todo el cuello y clavícula.

Al final cumples tu amenaza. Al cabo de unos minutos me giras de pronto, y sin prepararme ni nada, comienzas a penetrarme, haciendo que nuestros jadeos inunden el dormitorio.

Si yo quisiera, me daría la vuelta de golpe. Agarraría tu pene con ambas manos y lo desollaría. Después cortaría tu cuerpo y vertería sangre en las heridas. Por último, sería yo quien te estaría dando por detrás.

Pero me gusta ver cómo te crees con poder sobre mí. Piensas que en verdad estoy totalmente a tu merced. Nada más lejos de la realidad.

.-.-.-.-.

 ¿Te imaginas que nos vemos?

No sé, muchas veces me suelo quedar embobado, con mis propios pensamientos, dándole vueltas a esa misma idea.

Sí, bueno, no es tan descabellado el poder vernos, pero aún así… es simplemente esa pregunta, y no cualquier otra, ninguna otra variación de la misma, la que ronda por mi cabeza en innumerables ocasiones.

Pero es que en mañanas como esta, no sé, el pensar en cosas así es como más propicio.

¿Te imaginas que nos vemos?

Uff… no sé tú, pero a mí se me ocurren mil cosas que poder hacer juntos.

La mayoría son tonterías, de esas que se pueden hacer normalmente con cualquiera. Pero la diferencia es que tú y yo no estamos juntos nunca. Y el poder realizar cualquier estupidez, sea como sea de nimia, juntos, hombro contra hombro… ay… no sé… es como emocionante.

Aunque… claro… luego hay otras cosas que se me ocurren… que ya no son tan banales…

¿Ves? A veces, cuando las pienso, incluso me entra la risa floja.

No quiero que pienses nada raro… demasiado raro… de mí. Pero solo piénsalo un momento.

¿Te imaginas que nos vemos…

… y lo primero que hago es lanzarme a tus brazos, haciendo que nuestros labios se encuentren?

Menuda tontería, ¿verdad?

Mayormente porque no solo haría eso. Te besaría nada más verte, eso sí… pero después te empujaría contra alguna pared y me apoyaría contra ti, jugueteando con los pequeños pelitos que cubren tu nuca. Tras eso, seguro que acariciarías mi cintura, girándome para que fuera yo quien acabara contra la pared. Entonces subiría mis manos y las enredaría entre tus cabellos, dejando que tu boca bajase a mi cuello y lo mordisqueara, haciendo que, inconscientemente, moviera las caderas para pegarlas a las tuyas. Jadearías contra mi humedecida piel, y yo gemiría entre dientes, cerrando los ojos, disfrutando de la sensación…

Dirk, ¿te imaginas que nos vemos?

.-.-.-.-.

 - Mierda… joder… ¡Yago! ¡Chucho, coño, despierta!

Típicas palabras de amor que me dices por las mañanas.

Gruño un poco entre dientes e intento poder seguir durmiendo, pero la hostia que me pegas con… con yo que sé… en la cabeza, es suficiente para que me gire y medio abra los ojos:

- Ay… ¿y ahora qué pas…?

- Nos hemos quedado dormidos, joder, y mi madre no sabía que esta noche me quedaba contigo.

Mierda. Ok, alerta roja, todos en pie.

Me levanto corriendo y comienzo a buscar mi ropa por el suelo mientras terminas de abrocharte el sujetador y te pones la camiseta.

En cuanto me calzo las botas, tú ya estás al lado de la moto esperándome con los brazos cruzados:

- ¡Venga, joder! ¡Eres más lento que el caballo del malo!

- ¡Voy! Espera… ¿y mis llaves?

- ¡Qué las tengo yo! ¡Yago, date prisa!

- ¡A sus órdenes!

Me recojo el pelo en una coleta y me subo en la moto, dejando que te acomodes tras de mí mientras arranco esta, saliendo a toda velocidad, llegando enseguida a la autopista.

Noto como te revuelves algo inquieta a mi espalda y tus manos agarran nerviosa la tela de mi camiseta. Suspiro y sonrío mientras acelero un poco:

- ¡Tranquila, no tardamos nada en llegar!

- ¿¡Qué!? ¡No te oigo!

Río. Joder, normal que no me escuches, si vamos a toda máquina por la carretera:

- ¡Qué te quiero!

Como toda respuesta noto como me pellizcas en el torso, arrancándome un quejidito… aunque después te acomodas, dejando tu rostro entre mis omoplatos.

Joder, ¿cómo puedes ser tan perfecta?

.-.-.-.-.

 Deben de ser pasadas las once cuando abro el ojo, aún medio adormilado. La luz entra a raudales a través de las cortinas. Vuelvo a cerrar los ojos y bostezo ruidosamente, maldiciendo al mismo tiempo el haber dormido tanto y el no poder seguir durmiendo un rato más.

Suspiro y comienzo a parpadear lentamente, intentando acostumbrarme a la luminosidad del día. La verdad es que no recuerdo ni lo que he soñado, pero he dormido tan jodidamente bien que no me importa mucho.

Me estiro un poco, provocando que algún huesecito por mi espalda cruja, haciendo que una sonrisita se dibuje en mi rostro antes de volver a acomodarme, por fin con los ojos bien abiertos.

Hace relativamente pronto que el buen tiempo hizo su llegada a estas tierras, pero ya es tan notable el cambio de temperaturas, que solo una ligera sábana cubre la cama.

Normalmente, cuando me acuesto, lo hago simplemente vestido con unos pantalones largos, blancos, de esos que se utilizan para ir a la playa. Pero claro, anoche fue una ocasión especial… y me encuentro totalmente desnudo.

Río pícaro, recordando los hechos de tan solo hace unas horas y me giro, quedándome embobado mirando tu espalda desnuda a mi lado.

Tu cabello cubre la almohada, y cae sobre el colchón y tus hombros a raudales. Algunos ricitos traviesos se enredan entre mis dedos y parece como si una enredadera color chocolate con leche naciese de tu cabeza:

- Tatyana… ¿estás despierta?- susurro, comprobando que aún duermes plácidamente.

Recorro tu cuerpo de arriba abajo, deleitándome con la imagen que tus caderas redondeadas, de tus nalgas firmes y tersas, tus piernas casi esculpidas por los propios dioses, me ofrecen.

Siempre fuiste la más bella de todos. Arjeta e Idriza son guapísimas, sí, e incluso la pequeña Milica… pero nada comparado contigo.

Debería levantarme, darme una ducha, y quizás ser algo caballeroso y prepararte el desayuno para llevártelo a la cama. Pero la idea de quedarme aquí, tumbado a tu lado, simplemente observándote dormir es demasiado tentadora.

Ni si quiera me hace falta verte el rostro, no me es necesario el que estés volteada hacia mí. Nunca me ha importado estar a tu espalda, escondido, solo mirándote en silencio.

Así que me acomodo de nuevo, dejando que mis dedos encuentren entretenimiento entre tus cabellos mientras mis ojos se fijan en tu desnudo cuerpo, recorriéndolo una y otra vez con una sonrisa bobalicona en los labios, esperando a que mi princesa despierte.

Salida de Emergencia - Cap 2

Tavros se asomó lo máximo que pudo al fondo de la nevera, pero nada.

Levantó tappers, apartó tomates y hortalizas varias, pero no. Allí no estaba la susodicha pizza.

Suspiró y se echó hacia atrás con la silla para poder cerrar el frigorífico y volver al salón, que se encontraba totalmente vacío gracias a que Eridan y la ventana se habían convertido en un mismo ser.

La verdad es que no se sorprendía mucho, ¿cuánto faltaba para que terminase el curso? ¿Un mes máximo? Había aguantado a Vriska y a Eridan al mismo tiempo durante todo un año, llegaba un momento en que cualquier comportamiento de ambos era de lo más normal.

Se acomodó al lado de la mesa y buscó con la mirada el mando de la televisión. Debía ponerse con uno de los trabajos, pero no iba a sacar todas las telas que tenía que utilizar para él (es lo que tenía Técnicas y Medios Artísticos, otra cosa no, pero trabajos extraños todos los que quisieras), ya que en cuanto Feferi llegase le tocaría recogerlas, preparar algo de cenar…

- Eridan.- le llamó mientras desistía también en la ardua misión de encontrar el mando de la televisión y cogía una revista que había sobre la mesa.

- Dime, Tav.

- ¿A Feferi que clase de comida le gusta? En la nevera solo hay tomates pasados, tappers con contenido en proceso de mutación, y algunas cremas de esas para la cara. Deberíamos llamar al Taco Bell y pedir algo, ¿no?

- Bah, ella traerá algo.

- Eridan, ¿le has pedido que traiga la cena o qué?

- Ni falta que me hace, siempre que la llamo para quedar trae algo de comer. Ya sabes, por si acaso.

Tavros negó con la cabeza, aunque con una leve sonrisa en el rostro, y regresó su mirada al interesantísimo artículo sobre la reproducción de los peces y las serpientes que había en aquella revista tan rara.

Y los minutos pasaban, y poco a poco el silencio desapareció para ser remplazado por los típicos ruidos que siempre pueblan las casas y que nadie presta atención. La madera de los muebles rechinando, el agua pasar por las tuberías, las pisadas de la gente de otros pisos…

- ¡Fef! ¡Ya está llegando Fef! Pero… espera…- Eridan se colocó bien las gafas y se quedó con la boca abierta durante unos segundos antes de coger los extremos de su bufanda y comenzar a estrujarlos.- ¡¿Pero qué mierdas hacen esos aquí?!

- ¿Esos?- dejó la revista sobre sus piernas y giró el rostro para mirarle.- ¿Viene con más gente?

Mierda, Vris no había dicho nada de que no pudieran traer a mucha gente pero… pero se supone que él había ido allí a trabajar.

Eridan se levantó corriendo y cruzó el salón a zancadas hacia el vestíbulo mientras se arreglaba el fular casi con nerviosismo:

- ¿Pero ahora a dónde vas?

- ¡A impedir una desgracia!- exclamó antes de coger las llaves y salir de casa dando un portazo.

Oh, genial. Perfecto. Suspiró y se masajeó ligeramente el puente de la nariz. Solo pedía que, fueran quienes fueran los que venían con Feferi, no armasen mucho escándalo y le dejasen trabajar más o menos en paz. Bastante tenía cuando a Gamzee le daba por ensayar canciones nuevas justo en el momento en el que tenía que estudiar…

…Gamzee…

Cerró los ojos y dejó que la cabeza se inclinase hacia delante ligeramente, llevada por su propio peso.

Hacía casi una semana que no le veía, y si alguna noche había logrado hablar con él durante al menos unos minutos había sido un gran milagro. Era época de entregas y el poder tener tiempo para las clases estaba bien pero…

Parpadeó varias veces y rodeo la mesa para poder alcanzar el móvil y marcó su número, se lo sabía de memoria.

Un tono.

Dos tonos:

- Vamos… cógelo…

Tres tonos.

Cuatro tonos:

- Por favor, Gamzee… contéstame…

Cinco tonos:

- El teléfono al que ha llamado se encuentra apagado o fuera de cobertura. Por favor, inténtelo de nuevo más tarde. O si lo prefiere, deje un mensaje después de oír la señal. Gracias.

Se quedó callado durante unos segundos, planteándose seriamente si el hecho de tirar el móvil al otro lado del cuarto y que este se estrellase contra el suelo realmente le merecería la pena:

- Ehm… hola, Gamzee. Soy Tavros… otra vez. Bueno… es sábado por la noche y Vriska nos ha dejado a Eridan y a mí la casa… Él ha invitado a Feferi y… no sé, he pensado que me encantaría que estuvieses aquí… conmigo… y eso… El martes no tengo clases, así que si tienes libre… bueno… ya sabes… llámame y nos vemos un poco… si te apetece… ¿vale? Te extraño mucho… y… te quiero, Gamzee.

Despegó el teléfono de la oreja y pulsó el botón para colgar, quedándose mirando al móvil unos instantes. Nuevamente, no había contestado a su llamada:

- ¿Pero qué cojones hace ese aquí?

Tavros levantó la vista y se encontró de golpe con los ojos de Karkat desde la puerta de entrada, dónde le observaba con los brazos cruzados, deseando poder matarle, o por lo menos hacerle desaparecer, solo con la mirada.

Salida de Emergencia - Cap 1

- No. Me da igual las excusas que pongas. En mi cuarto solo puede dormir Tavros.

- Pero es que el otro cuarto no me gusta. Ya sabes, es como… como que no me gusta. El tuyo mola más.

- Eridan, si Vriska dice que no, es no.

- Tú cállate, Tav. Anda, Vris… solo por una noche, no desordenaré nada ¡Lo prometo!

- ¡Qué no! Si quieres dormir o en el sofá o en el otro cuarto.

- Bueno, Vriska, a mi no me importa dormir con él.

- ¡Tú cierra el pico, Tavros! Y tú, Eridan Ampora, como me entere que has pisado mi cuarto, te arranco la polla, ¿entendido?

- ¡Joder, Vriska, que somos colegas! O bueno, eso se supone…

Un carraspeo a su espalda hizo que los tres dirigiesen sus miradas a la puerta principal, donde Kanaya se encontraba apoyada contra el marco de esta:

- Bueno, ¿nos vamos a ir o qué?

- Sí, dame cinco minutos.- dijo Vriska antes de volver a hablar a los dos chicos.- No me queméis la casa, si queréis comer hay una pizza al fondo de la nevera, pero no se coge nada más. Podéis llamar a gente si queréis, pero si alguien entra en mi cuarto o rompe alguna de las reglas anteriores, os arranco los pezones a mordiscos ¿Todo claro?

Ambos asintieron a la vez, provocando que Vriska les dedicase una sonrisa de oreja a oreja. Así que poco más tuvo que decir, unas cuantas despedidas banales y las chicas se marcharon tarareando una cancioncilla, dejando a Tavros y Eridan en el vestíbulo.

El joven con la silla de ruedas giró y se marchó al salón. La verdad es que agradecía el poder quedarse en casa de Vriska esa noche. En la residencia había fiesta, y no es que no le dejasen ir o cualquier otra cosa, simplemente quería adelantar parte de los trabajos que debían entregar la semana siguiente, y el tener que escuchar a un montón de universitarios borrachos correteando por los pasillos durante toda la noche no es que le sirviese para nada ni en su concentración y menos para inspirarse:

- ¡Fef, Fef, Fef, Fef, Fef!

Tavros se apoyó en los reposabrazos y volteó para poder mirarle. Mierda, Vriska debía haberle confiscado el móvil cuando tuvo oportunidad:

- ¡Fef, oye, escucha, que me ha dejado Vriska su casa, y no me apetece estar solo…!

- Eridan, yo estoy contigo.

- ¡… porque claro, una casa que no es mía, y encima solo… Bueno, lo que te decía, que como tengo casa por esta noche no sé si te apetecería venirte, ya sabes, a pasar el rato! ¡Porfa, porfa, porfa, porfa, porfa, prometo estar tranquilito durante toda la noche!

Ni si quiera tuvo que plantearse el hecho de imaginarse la respuesta, ya que la cara de Eridan lo dijo todo. Boca abierta, ojitos brillantes… Oh, perfecto:

- ¡Y también…! Ah, espera, ¿has dicho qué si? ¡Genial! ¡La casa es la que está justo enfrente de la plaza del centro comercial! ¡Cuando llegues llama al timbre, o dame un toque… o tú tranquila, estaré esperándote en la ventana! ¡Hasta luego, Fef!

- Eridan.- dijo antes de que le volviese a dar otro ataque.

- ¿Qué?

- ¿Tú estás mal o algo?

Escaleras

De pronto paramos y ambos nos quedamos viendo las escaleras que se extendían frente a nosotros.

No es que fueran muy altas, ni muy inclinadas… simplemente eran escaleras.

Resopló a mi espalda, y tras maldecir casi a voz en grito, pegó una patada al suelo y se separó un poco. La verdad es que se notaba que no estaba muy acostumbrado a salir conmigo.

Bueno, a salir en general.

Sonreí, intentando mantener la calma y gire el torso, buscándole con la mirada:

- No te preocupes, podemos ir por otra calle.

- No, joder, este es el puto camino más corto, paso de dar un rodeo.

- Ya… bueno… pero es que por aquí no podemos pasar.

- ¿Te crees que no me he dado cuenta?

Suspiré y volví a acomodarme. Escuché perfectamente como murmuró algo entre dientes y volvió a patear a la nada antes de caminar para colocarse a mi lado.

Le miré de reojo y sonreí muy ligeramente. Incluso así, completamente desesperado, era muy guapo. Me mordí el labio inferior y volví a dirigir mis ojos a las escaleras:

- ¿No te exaspera esto?

- Te acostumbras.

- Yo no podría.

- No he dicho que sea fácil.

- Joder, Tavros, no hables como si fueras un profesor, o peor aún, como una madre.

- No, Karkat, hablo como alguien más mayor que tú.

- No me toques los huevos, si te vas a poner así me marcho.

- Lo siento…

- ¡Pero ahora no me pidas perdón!

Cerré los ojos y me encogí sobre mí mismo cuando me grito. La verdad es que me costaba habituarme al hecho de que su tono de voz siempre fuera tan elevado y tan… ¿directo? Por llamarlo de una forma amable.

Que Vriska gritara era una cosa, pero Karkat era un caso aparte.

Aunque había una cosa que adoraba de que siempre acabase gritándome. Si notaba que me había asustado, dejaba “casualmente” que su mano rozase la mía. Y a veces, entrelazaba nuestros dedos en una pequeña disculpa.

Sonreí y me relaje mientras acariciaba la palma de su mano distraído:

- También podemos pedir a alguien que pase por aquí que te ayude a llevar la silla arriba.

- Pff, para eso te subo yo.

- ¿Piensas subir la silla tu solo?- le pregunté girándome incrédulo hacia él.

- Serás idiota… Primero te subo a ti, te dejo sentado en un banco, y luego ya subo la silla.

No pude evitar mirarle discretamente los brazos. Debajo de esa sudadera no es que fueran muy fuertes. Apreté los labios y me encogí de hombros, tenía que darle una oportunidad:

- Bueno, si te ves capaz de ello me parece una buena idea.

- Cierra la puta boca.

Caminó hasta ponerse frente a mí y se quedó pensativo unos segundos, arrancándome una sonrisa ladina, algo divertida. Aunque no me dio tiempo a decirle nada, ya que pasó sus manos bajo mis axilas e hizo el intento de levantarme.

Cosa que quedó solo en eso, en intento:

- Ehm… ¿Karkat?

- ¿Qué?

- ¿Y si pruebas a llevarme a caballito?

- ¿Qué dices?

- Que intentes llevarme a tu espalda, quizás te resulte más fácil.

No desistió enseguida, se tomó su tiempo en volver a dejarme sobre la silla y girarse. Hice rechinar los dientes, conteniendo una risita, y me abracé a su cuello, dejando mi peso sobre sus omóplatos, y permitiendo que volviera a intentar levantarme.

Bueno, esta vez consiguió sostenerme durante varios segundos.

Noté como mis mejillas se coloreaba un poco al notar la mirada de varios transeúntes sobre nosotros. La verdad es que estaba un poco mimado, ya que tanto Vriska, como Eridan y Gamzee, tenían la fuerza suficiente como para poder levantarme. Pero Karkat… no es que hiciera mucho ejercicio físico normalmente:

- ¡¿Qué mierda miráis?!

- Karkat…

- ¡¿Y tú qué quieres ahora?!

- Deja de gritarle a la gente y pone en la silla.

Resopló, y noté como se contuvo de gritar alguna cosa más, antes de volver a dejarme sentado. Tenía las mejillas encendidas y apretaba los dientes frustrado. Verle así me arrancó una sonrisa, así que me apoyé en los reposabrazos y me incliné hacia él, besando la comisura de sus labios con dulzura:

- Déjalo, no importa si no vamos por este camino.

- Ya te he dicho antes que paso dar un puto rodeo.

- No es un rodeo, es que si vamos por la calle paralela hay una heladería, y tengo antojo de un helado de fresa.

Se cruzó de brazos y me miró de arriba abajo. Sabía de sobra que solo era una excusa vana para no tener que enfrentarnos a las escaleras, pero aún así chasqueó la lengua y volvió a colocarse tras de mí:

- Vale, pero solo porque yo también tengo ganas de un helado.

- Perfecto.

- Pero invitas tú.

Reí bajito y asentí mientras volvíamos a ponernos en camino.

Un zumo y me iré a dormir

Bostezo y me estiro como si fuera un gato antes de inclinarme sobre el escritorio y apagar la pantalla.

Hace un buen rato que amaneció, y a pesar de que la persiana está bajada hasta más de la mitad, la luz baña el dormitorio al completo.

Me levanto revolviéndome el cabello y voy hacia la cocina. Me tomaré un zumo y me iré a dormir de una vez.

Sonrío con cierta ligereza al ver que la encimera está limpia.

Gamzee consiguió un trabajo en un bar a las afueras para tocar durante unas dos noches, así que hasta el martes no le vería el pelo.

La verdad es que se notaba su ausencia, la cocina está vacía de botellas a medio terminar de faygo.

Abro la nevera y saco el brick de zumo de naranja. Me apoyo contra la pared y le doy un buche, directamente a morro, y cierro los ojos. La verdad es que estoy cansado.

Bebo unos dos sorbitos más antes de volver a dejarlo en el frigo. La casa entera está en silencio, ni siquiera se oyen los pájaros fuera. Es algo agobiante.

Bostezo y regreso al cuarto, aunque del marco de la puerta no paso. Me apoyo contra esta y miro embobado hacia la cama.

Como la casa se había quedado vacía, y aprovechando el fin de semana, habíamos decidido pasar la noche juntos.  

“Me quedaré despierto haciéndote compañía” dijo cuando terminamos de cenar.

Cuando a las tres de la mañana le descubrí ya por el séptimo sueño, no pude evitar sonreír divertido.

Iba a ser una muy mala influencia para él.

Bah, menudas tonterías pienso a veces.

Camino hasta la cama y paso sobre él, intentando no despertarle, hasta tumbarme del lado de la pared:

- … hmm… ¿Karkat?

- Duérmete otra vez, Tavros.

Mi voz suena seca, quizás hasta algo borde, pero él se gira con los ojos aún cerrados, sonriendo adormilado:

- Lo siento, la próxima vez aguantaré despierto más rato.

Resoplo y tiro un poco de su mejilla antes de acomodarme a su lado:

- Mira que eres gilipollas. Duérmete de una vez.

Tavros asiente y se esfuerza en abrir un poco los ojos. Está tan cansado que solo lo consigue durante escasos segundos, pero son los suficientes como para localizar mi boca y darme un suave beso sobre los labios:

- Buenas noches, Karkat.

- Dirás buenos días.

Él solo sonríe antes de volver a quedarse profundamente dormido, agarrando, casi con timidez, la tela de mi camiseta.

Esa ya es otra canción

No tengo ni idea de cómo se filtró esa canción.

Había sido una frikada que habíamos compuesto estando una noche de aburrimiento. Pero no sé muy bien como (seguramente culpa de Rojo. Todo es culpa de Rojo) acabó la canción en youtube. Y tras eso un montón de vídeos… y al final, a lo tonto, un DJ bastante famosillo de la ciudad nos llamó para pedirnos los derechos y hacer un remix.

¡UN REMIX!

En serio, yo lo flipe. Rojo más, pero Rojo siempre lo flipa todo mucho más que yo.

No suelo ir a discotecas, no me gusta ni el estilo de la música, ni la gente que va a esos garitos (gente como Rojo y su… ¿novia?), pero obviamente, cuando el tipo este nos dio pases VIP para escuchar en directo el remix de nuestra canción… ni se me pasó por la cabeza el negarme.

Me peiné lo mejor que pude, me puse mi mejor ropa. Porque, ya que iba a una discoteca, podía aprovechar y ligar algo (Rosa y yo lo habíamos dejado. Sí. Otra vez).

Rojo en cuanto me vio me llamó estirado y se despolló en mi cara. Es Rojo, ya ni se lo tomo en cuenta.

Así que allí estábamos. Los creadores de la canción de moda en el mismo lugar donde la estaban poniendo.

Oh sí, el efecto que causó eso en las nenas.

¡Se nos tiraban a los brazos!

Ni si quiera cuando Rojo se tragó esa abeja rara. Tronco, se quitaban las camisetas a nuestro paso, nos gritaban guarradas, y bailaban… oh dioses, cómo bailaban.

Danzas de apareamiento, te lo digo yo.

Esa noche mojaba fijo.

Ya no tendría que escuchar a Rojo gemir como en una película porno al otro lado de la pared. Yo estaría ocupado con mi propia pivita.

Caminamos hasta el centro de la pista y comenzamos a cantar nuestra propia canción mientras bailábamos con cinco o seis tías al mismo tiempo. En serio, estaba en la puta gloria.

Hasta que, como siempre, Rojo lo estropeó todo.

Supongo que estaría jodidamente borracho, pero de pronto se giró y tras decirme algo que no entendí… comenzó a bailarme a mí.

A MÍ

Odio cuando se pone así.

Giraba alrededor mío, me miraba con esa cara… ew… como mira a las chicas, y se me acercaba demasiado.

En serio, que humillación. Nos estaban mirando todos. Qué asco.

Le empujé varias veces y le dije que parase, pero es Rojo… hace lo que le sale de la punta de la polla.

Resoplé una última vez y pasé. Tronco, que hiciese el gilipollas él solo. Me giré dispuesto a irme. Total, seguro que dos o tres chicas se venían conmigo.

Pero entonces lo vi.

Sí, nos estaban mirando todos. Sobre todo las tías.

Y joder como nos miraban.

Si antes ya nos devoraban con los ojos, en cuanto Rojo comenzó a… “intimar” conmigo… ¡joder!

Era como ponerles hormonas en vena.

Estaban cachondísimas mirándonos a ambos.

¿En serio les ponía que fingiéramos ser maricones? Qué raras que son las mujeres, macho.

Pero yo no iba a quedarme atrás. Esa noche iba a follar como un campeón. Y si Rojo ligaba fingiendo ser marica, yo no iba a ser menos.

Me di la vuelta y le sonreí. Él lo entendió enseguida, ya que me cogió por la cadera y me acercó de golpe.

Tronco, todas las chicas del local gritaron como perras en celo.

Me mordí el labio inferior y comencé a bailar, a bailar para Rojo. Dejé que me toqueteara un poco y yo colé una de mis piernas entre las suyas.

La verdad, es que a pesar de todo, aquello era muy divertido. Era, no se… súper natural. Como un juego.

Reí un poco y me acerqué aún más, dejando que nuestras narices se rozaran un poco y susurrando una estrofa de nuestra propia canción.

Dios. La mirada que me echó Rojo.

En serio. No es un tío feo pero… joder, que guapo se puso de pronto.

Me giró de golpe y comenzó a bailar a mi espalda, acariciando mis caderas. Era algo raro, notarle tras de mí.

Pero ver a todas aquellas chicas deseosas de que nos besásemos para después follarnos allí mismo… fue una sensación sublime.

Así que eso fue exactamente lo que hice.

Volví a girarme, le cogí por la nuca y le besé. Rojo me abrazó y acabó de acercarme.

Debería decir que me dio asco, que era raro, que… ¡yo qué sé! ¡Cualquier cosa en su contra! ¡Coño, que me estaba besando con mi amigo! ¡Con mi amigO!

Pero no.

Fue un beso torpe, sucio, sí… Joder. Ya entendía porque tenía tanto existo con las tías. Nadie me había besado así nunca. Jadeé un poco contra sus labios y acabé de acercarme, acariciando su cuello, besándole con ansías, siendo correspondido con la misma intensidad.

Y la canción terminó, y las chicas vinieron a por nosotros. Y a mi ya no me importaban en absoluto.

Seguramente yo también estaría muy borracho, o yo qué sé. Me habrían echado droga en la coca cola. Lo que fuera.  Solo quería poder seguir besándome con Rojo como habíamos estado segundos antes.

Él me miró y se rió con ganas. Pero no dijo nada, o por lo menos yo no le escuché. Simplemente cogió mi mano y tiró de ella, llevándonos entre las manos desvistetíos y los ojos devorahombres hasta la entrada del baño.

Me quedé de piedra frente a este. Osea, una cosa es un beso inofensivo, pero otra… OTRA MUY DISTINTA es llevarme al baño de una discoteca para hacer a saber qué.

Joder, ¡qué era Rojo!

Él se giró, me agarró de las caderas y volvió a besarme.

Supongo que me quedé en shock, no me lo esperaba, ya que cuando se separó terminó de meternos a los dos en el baño de los tíos.

¿Y lo que pasó en el baño?

Esa ya… ehm… es otra canción.

Debes hacer que te necesite

Los antiguos espartanos fomentaban el amor entre sus guerreros, ya que creían que durante la batalla estos protegerían mucho más fervientemente a sus amantes que a sus compañeros.

La verdad es que era una muy buena táctica militar. Y no solo para que se protejan los unos a otros. Piénsalo, ¿quién te va a seguir en tus cruzadas ciegamente, ayudándote en todo sin cuestionarlo? ¿Tu amigo… o tu enamorado?

Pero, obviamente, no siempre puedes enamorarte de quien te convenga.

O simplemente, no quieres enamorarte. Aunque no es necesario que lo hagas.

Hacer creer a alguien que estás enamorado de él no es tan sencillo como decirle palabras bonitas y escucharle sin interrumpirle. Debes hacer que te necesite, que te desee, que quiera todo de ti aunque no lo pueda poseer.

Miré el reloj de reojo, en pocos minutos iban a dar las 5 de la tarde. Arianna llegaría enseguida de su paseo con Aberforth, prepararía el té, y llamaría a su hermano para que merendasen juntos.

Pero, por lo que estaba viendo, Albus aún no se había dado cuenta de la hora.

Sonreí y me levanté de la silla, caminé a grandes pasos hacia él, que se encontraba sentado en la cama. Le quité el libro de entre las manos y me senté encima suya. No le dio tiempo a decirme nada, me incliné y comencé a comerle la boca.

Colé mis manos bajo su camisa y pellizqué sus pezones, sonriendo al oírle gemir contra mis labios. Al colocarme ahorcajadas sobre él, cualquier movimiento que hiciera provocaba un roce entre nuestras caderas, cosa que propiciaba intensamente.

No podía negarlo, yo también estaba disfrutando de aquello, y me remordía un poco las entrañas el saber que no iba a durar mucho.

No me preocupaba. En cuanto llegara a casa me metería en la bañera y daría buena cuenta de mi mano derecha hasta que quedara plenamente satisfecho.

Pero conociendo a Albus, él ni si quiera se lo replantaría. Mejor para mi plan.

Corté el beso y encaminé mis labios hasta su oído, susurrando, mordiendo y lamiendo su carne. Él temblaba bajo mi peso y la erección que sus pantalones ocultaban era más que evidente.

Bajé el rostro hasta su cuello y aspiré su aroma exageradamente, haciendo que su piel se pusiera de gallina bajo mi nariz.

Albus agarró con fuerza mis caderas y me giró, tirándome con brusquedad sobre su colchón. Esta vez fue él quien se puso encima, provocando que todo su cabello al inclinarse ensombreciera su rostro, dándole un aspecto de lo más atractivo.

Me besó de nuevo con urgencia antes de comenzar a desabrocharme la camisa, deleitándose con el roce de sus dedos sobre mi torso desnudo…

… cuando las voces de sus hermanos nos llegaron desde la sala.

Gimoteó lastimeramente y me miró, como pidiendo disculpas:

- Oh vamos… -murmuré, fingiendo no creérmelo.

- Lo siento… yo… no me había fijado en qué hora era.

- Ni yo… joder… que asco…

- Tenía muchas ganas, Gellert, créeme.

- Yo también, Albus.

Su tumbó sobre mí y comenzó a besar mi barbilla, sintiéndose culpable por lo que no podríamos terminar aquel día:

- Deberías irte. No es bueno que te vean aquí… y así…

Reí por lo bajo al notar mi abultada entrepierna y asentí. En cuanto se incorporó, me levanté de la cama y me incliné para darle un ligero beso en los labios antes de dirigirme hacia la ventana y escapar cual gato por ella.

Le escuché suspirar mientras bajaba, y me apostaba lo que fuera a que se tumbaría boca arriba en la cama y maldeciría el calor que ahora recorría su cuerpo.

Cuando llegué al suelo, ni si quiera me molesté en arreglarme la ropa. Sonreí de oreja a oreja y me atusé el pelo. Sabía de sobra que Albus pasaría el resto de la tarde notando esas descargas recorrer su cuerpo, recordándole lo que no habíamos podido hacer, y por la noche su deseo sería tal que me escribiría una nota y enviaría su lechuza a mi cuarto, donde yo ya estaría esperando su carta.

Porque hacer creer a alguien que estás enamorado de él no es tan sencillo como decirle palabras bonitas y escucharle sin interrumpirle. Debes hacer que te necesite, que te desee, que quiera todo de ti aunque no lo pueda poseer.

Todos salimos ganando

Mi tía Bathilda había ido a Londres aquella mañana por unas compras y no regresaría hasta la noche, por eso decidimos comer en mi casa, aprovechando que nos encontraríamos solos.

Pero, obviamente, mis planes no eran solo comer con Albus.

Propicié aposta la discusión, nos levantamos de la mesa y nos enzarzamos en un acalorado debate. Llegamos a las manos, por supuesto, somos demasiado tozudos como para dar nuestro brazo a torcer… aunque después de los golpes, no llegaron más, si no que dieron paso a besos, mordiscos, jadeos… Vamos, lo normal cuando se folla.

No puedo evitarlo, me encanta picarle para que se enfade. Cuando se cabrea, impone mucho, te da cosa incluso mirarle… y a mí eso me pone muchísimo.

Terminamos arrancándonos la ropa sobre el sofá, y haciéndolo alocadamente, como a mí me gusta. Estoy más que seguro de que los vecinos nos escucharon. Sería divertido ver qué cara pondrían Aberforth o mi tía si se lo contasen.

Esta vez me ha tocado estar abajo, así que tras salir del interior de Albus, este se acurruca encima mía. Me gusta notarle así, sobre mi pecho, con su peso aplastándome, es de lo más agradable.

Sonrío algo cansado y me pongo a juguetear con sus cabellos, tironeando de ellos de vez en cuando. Sé que está demasiado agotado como para echarme la bronca y decirme que pare:

- Te quiero, Gellert.- murmura antes de besar mi cuello.

- Yo también te quiero, Albus.

Lo digo sin pensar, automáticamente. Es algo que ya tengo programado, cada vez que Albus me dice alguna cosa así, mi cerebro responde directamente, sin necesidad de que yo lo sienta. A veces, ni siquiera me entero de que le he contestado.

Pero es que es así, yo no siento lo mismo por él. Sí, me cae genial, le admiro muchísimo, por no decir que físicamente me atrae demasiado, pero nada más.

Vinimos al mundo solos y nos moriremos solos, el atarse a alguien sentimentalmente se me antoja una pérdida de tiempo sin sentido.

Así que simplemente le hago creer que todo lo que él siente por mí, ese amor que me profesa, es correspondido. Total, no hago daño a nadie. Él piensa que le quiero, y gracias a eso me ayuda en mi plan para encontrar las Reliquias de la Muerte. Porque hay que admitirlo, Albus es más astuto que yo. Así que, todos salimos ganando.

Se incorpora un poco y se queda mirándome a los ojos, sonriendo como un tonto, antes de acercarse y besarme lentamente, mordisqueándome los labios con dulzura, y no para hasta que no me arranca un suspiro involuntario.

¿Qué decir? Yo no le amo, pero disfrutar de estos momentos con él… es jodidamente placentero.

Casos de emergencia

No me gusta matar. Se me antoja un acto atroz, una acción despreciable, una bajeza que solo la escoria de los humanos pueden cometer.

Por eso nací siendo de esta horrible raza.

Pero no os equivoquéis, no soy un ser humano normal. Yo no tengo el instinto de matar como algo apagado, dentro de mi cuerpo, algo que se que existe pero me niego a reconocerlo.

No me gusta matar. Pero para mí es una necesidad tal como respirar.

No me confundáis con un mero loco que goza degollando señoritas. Para mí, que tengo asumido el hecho de que las ganas de matar fluyen por mis venas, lo acuno como si fuera mi retoño.

He pasado años estudiando, practicando, mejorando y perfeccionando el arte del asesinato justo para eso, para convertirlo en un arte.

Pero como tal, no se puede practicar a la ligera. Yo creo obras maestras, no abortos.

Y hay ocasiones en que la necesidad de tener las manos manchadas de una sangre que no sea la tuya son tan voraces que incluso sientes sus dientes desgarrarte el vientre por dentro.

Para eso están ellos, los tíos. Dentro de lo despreciable que es la raza humana, ellos son los peores. Por eso ni si quiera me planteo en convertirles en mis musas… ellos están para casos de emergencia.

Emergencias como la de pasarte días enteros sin dormir, solo fantaseando con morder un corazón aún palpitando.

Ni siquiera me molesto en afilar mis instrumentos, solo los meto dentro de la bolsa y salgo a la calle de caza. Porque eso es lo que soy, un depredador buscando a su pobre presa, su víctima.

Él no se lo espera, ¿quién puede esperarse que alguien le dé un ladrillazo en la nuca para dejarle inconsciente?

Le cargo como si fuera mi padre borracho, o algo así, y caminamos hasta una casa en construcción, no hay lugar mejor para la barbarie que pienso cometer.

Espero a que se despierte, solo para poder ver en sus ojos la sorpresa, el miedo, la desesperación, la agonía…

En cuanto comienza a volver en sí le atizo con una vara de hierro que he encontrado allí, justo en la sien. Cuando cae al suelo vuelvo a golpearle, sobre el oído. Dos veces, para que se reviente y sangre.

Él grita, y tengo que morderme el labio inferior para no gemir.

Me quito el sombrero y la chaqueta antes de lanzarme sobre él, girándole, arañando su rostro. Ambas mejillas quedan tatuadas con cinco caminos escarlatas paralelos.

No me gusta el tacto de su piel a causa del vello facial mal afeitado. Le doy un puñetazo en la mandíbula y me levanto.

Balbucea algo de que tiene dinero, que nos da la cartera y no dirá nada a la poli. Pongo los ojos en blanco y ni siquiera me tomo la molestia en decirle que su dinero me la suda.

Abro mi maletín y saco un bisturí.

Al girarme, él vuelve a gritar, y esta vez no logro esconder el jadeo que nace de mi garganta.

Intenta huir, pero le agarro del tobillo y le arrastro de nuevo a mis pies. Me siento sobre sus rodillas y rasgo sus pantalones, no lo suficiente como para cortarle, pero si para que pueda sentir el filo de mi arma. Tiembla y ya ni siquiera intenta escapar.

Me arrastro sobre él para poder acomodarme sobre su cadera y levanto el bisturí muy alto antes de dejarlo caer sobre su hombro, arrancándole un chillido, como si fuera un cerdo. Lo he metido tan a dentro que la sangre hace que el mango se me escurra y tardo un poco en poder sacarlo.

En cuanto vuelve a estar fuera, no dudo el clavárselo en el otro hombro, y luego en el esternón, en las costillas.

Él solo grita y se retuerce.

No sé en qué momento se me escapa una risita, pero al escucharme, entremezclado con sus gritos, produce que un escalofrío recorra mi espalda. Debo parar, tiro el bisturí a mi lado y me permito el lujo de gemir a gusto.

No se va a mover, no puede, tiene los músculos en tal tensión que un solo movimiento y volverá a gritar, a sollozar como un bebé recién nacido.

Me levanto y voy corriendo a por mí bolsa. Estoy totalmente emocionada, excitada. Esto no es arte, no debo concentrarme, puedo gozar como una chiquilla en navidad si quiero.

Cojo un cuchillo de carnicero, uno de esos para poder filetear bien los gruesos trozos de carne de vaca. Lo agarro bien para que no se me escurra ahora y me giro, sonriendo de oreja a oreja.

Intento controlarme un poco, y camino despacio hacia él, disfrutando de como sus pupilas se dilatan y se mea encima, solo por el mero hecho de verme con el cuchillo en ristre.

No aguanto más y me tiro sobre él. Desgarro su camisa y clavo el cuchillo, abriéndole el estomago como si fuera una tarta. Grita, chilla, solloza, y poco a poco su garganta se llena de sangre y comienzan a escucharse gorgoteos de su boca.

Separo la piel, rasgo los músculos. Sé que aún sigue vivo por sus espasmos, y porque sus ojos siguen fijos en mí. Clavo el cuchillo varias veces más antes de dejarlo a mi lado y seguir el trabajo con las manos. Las introduzco en sus entrañas y araño lo que pillo, sin pararme a pensar en que órgano será.

Las texturas que me encuentro son tan diversas que vuelvo a gemir, casi guturalmente, antes de meter la cara en ese agujero que yo misma he creado. Clavo los dientes en lo primero que encuentro y tiro de él. Un chorro de sangre me llega directamente a la boca y me la inunda.

De pronto deja de moverse. Su sangre deja de fluir tan rápido como antes, y ni siquiera gorgotea. Me incorporo y lo miro, sus ojos parecen velados por una sábana, y están fijos en un punto muerto. Qué ironía.

Gruño entre dientes, odio cuando se acaban tan deprisa. Busco a tientas el cuchillo, y en cuanto cojo bien el mango lo levanto sobre su rostro. Un corte, y otro, y otro, y otro, y otro.

Son rápidos, profundos y sin vacilar. En menos de un minuto es irreconocible.

Aún deben pasar unos minutos hasta que mi respiración se normaliza y los latidos de mi corazón cesan en esa extraña carrera.

Me levanto despacio y le observo. Es horrendo.

Me pongo a su lado y comienzo a darle patadas hasta que logro tirarle al agujero, de esos que hacen para poner los cimientos. Son hondos, anchos, nadie mira dentro. Mañana llegarán y lo llenarán con cemento. Nadie sabrá nada, ni siquiera preguntarán.

Recojo el bisturí y el cuchillo, los limpio con el bajo de mi camisa y los aviento a mi bolsa antes de cerrarla. Soy una chica previsora y me quité el abrigo, así nadie verá las manchas de sangre. Estoy hecha un asco.

Me giro y sonrío con lo que me encuentro.

Lisbeth está apoyada contra un montículo de madera. Tiene los ojos entreabiertos y luce agotada. Se ha levantado la falda, y por el estado de sus húmedas medias puedo adivinar por y para qué. A pesar de todo, ella también sonríe.

Es tan hermosa.

Camino lentamente hasta ella, me inclino y beso sus labios. Lisbeth ni se queja de que estén manchados de sangre, corresponde a este torpemente, arrancándome una risita:

- Quiero colaborar en el próximo.- susurra.

- Me lo pensaré.- murmuro.

- Está bien…- dice con una sonrisa antes de levantarse y volver a besarme.

Acaricio su cabello sudado antes de colocarme el abrigo, abrochármelo completamente y ponerme el sombrero. Ella carga con mi bolsa y tiende su mano hacia mí cuando cree que ya estoy preparada.

Es tan perfecta que las fantasías por destriparla nunca se van de mi mente. Pero aún no es el momento… y parece que nunca lo será…

Extiendo mi mano y entrelazo los dedos a los suyos. Mientras comenzamos a caminar, alejándonos de aquel macabro (aunque nadie lo llegue a saber nunca) lugar, me pregunta si me apetece algo de comer, a lo que yo contesto que se me antoja un chocolate caliente.

No me confundáis con un mero loco que goza degollando señoritas. Para mí, que tengo asumido el hecho de que las ganas de matar fluyen por mis venas, lo acuno como si fuera mi retoño.

He pasado años estudiando, practicando, mejorando y perfeccionando el arte del asesinato justo para eso, para convertirlo en un arte.

Pero como tal, no se puede practicar a la ligera. Yo creo obras maestras, no abortos.

Para eso están ellos, los tíos. Dentro de lo despreciable que es la raza humana, ellos son los peores. Por eso ni si quiera me planteo en convertirles en mis musas… ellos están para casos de emergencia.