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Vivre à en crever

Cuando por fin los aplausos cesan, ambos se cogen de la mano y caminan a paso veloz entre los bailarines, bajando del escenario casi con torpeza, aguantándose una risa traidora que lucha por salir de entre sus labios.

Solo les ha hecho falta tocarse una vez durante la última canción. Un solo roce de la yema de sus dedos y aquella descarga eléctrica que conocen tan bien les atravesó sin compasión. Aguantaron el tipo lo mejor que pudieron (no por nada son unos grandes actores) y ni siquiera volvieron a compartir una mirada hasta que la obra se dio por finalizada. Pero ahora las sonrisas delatadoras se escapan de sus bocas, y la mano que mantienen firmemente entrelazada protege como sus dedos se van rozando, cada vez más desesperadamente.

Atraviesan algunos pasillos, ignorando a las personas que se cruzan en su camino, y pasando de largo los camerinos, se dirigen a la abandonada sala de mandos, que saben que tras la caída del telón se encuentra vacía.

Cierran la puerta y no pueden contenerse más. Florent apoya a Mikelangelo contra la pared contigua y deja que su lengua sea la que marque el ritmo de la escena. Ambos se muerden; recorren la boca del otro sin pudor alguno, sabedora de lo que se van a encontrar; sonríen dentro del propio beso, labio contra labio; y mientras una risita traviesa muere en un susurro, miles de ideas cruzan sus mentes.

Tienen que darse prisa, solo disponen de unos minutos antes de que el resto de compañeros de reparto noten su ausencia. Aún tienen que regresar, desmaquillarse, colgar los trajes e irse a casa a reponer fuerzas para la función del día siguiente.

Mikelangelo no tarda mucho en buscar desesperado el botón del pantalón de Florent. Jadea cortando el beso y maldice en voz baja lo complicada que es la ropa de Salieri. El moreno traga saliva y entierra su rostro en la curvatura del cuello de su acompañante, apartando un poco la tela con los dientes para poder lamer directamente la piel agridulce de Loconte.

Cuando por fin el pantalón queda suelto, Flo levanta la cara lo suficiente como para mordisquear el lóbulo de la oreja de Mikelangelo. Por supuesto, aquella acción no queda impune, ni tampoco pretendía hacerlo.

Ambos saben que el mayor no tiene mucha paciencia, y tras notar el aliento y humedad de la boca de Florent en una de sus zonas sensibles, no puede resistirse demasiado. Pega un empujón al francés, que le mira sonriendo de lado, y cuela una de sus piernas entre las suyas, obligándole a caer.

El golpe seguramente ha sido algo doloroso, pero tienen cosas mejores en las que pensar, como en quien se deshace más rápido de sus propios pantalones sin despegar la mirada de su amante.

Cuando Mike se abalanza sobre Mothe, sus bocas se buscan hambrientas. Las manos acarician el perfil del cuerpo ajeno, y jadean ahogados, notando los primeros temblores típicos de aquellas situaciones.

Al cortar el beso, necesitados de oxigeno, Florent corre a pegar sus labios contra la oreja del italiano, gimiendo directamente en él, sonriendo satisfecho al escuchar los gruñidos entre dientes que Loconte es incapaz de ocultar.

Al ritmo que van, no es de extrañar que no pasen ni dos minutos cuando Mikelangelo ya se ha empalado hasta el fondo sobre Flo. Ambos se quedan estáticos durante unos segundos, intentando disfrutar de aquella sensación, antes de que el italiano comience a moverse, mordiendo el dorso de su mano para acallar los gemidos.

Mothe alza sus manos y coge las caderas del mayor, ayudándolo un poco a mantenerse erguido sobre él, acelerando desesperado el compás que Loconte ha decidido marcar.

Y las caderas de ambos comienzan a ir más y más deprisa, buscando más contacto, necesitados de todo lo que el otro pueda darle.

Una canción se empieza a oír de fondo. Primero son solo unas notas, despacio, y después se le une una voz, masculina, aguda, para pronto ser acompañada por otra más varonil, cálida.

On part sans savoir (Partimos sin saber)

où meurent les souvenirs (donde mueren los recuerdos)

Notre vie défile en l'espace d'un soupir (Nuestra vida desfila en el espacio de un suspiro)

Nos pleurs, nos peurs (Nuestras lágrimas, nuestros temores)

ne veulent plus rien dire (no quieren decirnos más)

On s'accroche pourtant au fil de nos désirs (Nos encontramos sin embargo al filo de nuestros deseos)

qu'hier encore (que todavía ayer)

on ne cessait de maudire (no cesabamos de maldecir)

Abrí los ojos de golpe, como si me hubiese caído de pronto sobre mí mismo, y parpadeé varias veces antes de poder enfocar bien la vista:

- ¿Ya has despertado, Amadé?

Esa voz, prácticamente la misma que había escuchado en esa canción, me habló casi en un susurro, como si en verdad siguiera durmiendo y tuviera miedo de despertarme.

Me giré y me encontré con los ojos de Salieri, que me miraban desde arriba, benevolentes.

Sonreí al darme cuenta de que mi cabeza descansaba sobre sus rodillas, y que sus manos aún estaban jugueteando con mi cabello, como seguramente había estado haciendo durante todo mi sueño.

Bostecé, aclarando sus dudas, pero aún así no me incorporé.

El Conde Fressen iba a celebrar una gran fiesta a las afueras, y tanto Antonio como yo, habíamos sido invitados para complacer a los anfitriones con nuestras nuevas obras.

La noche anterior me la había pasado en vela, escribiendo sin cesar, terminando las partituras que llevaría para la fiesta. Así que en cuanto me subí al carro (que compartía con Salieri), gracias al traqueteo del viaje, no tardé en quedarme dormido.

Al ver que no me incorporaba, Antonio bufó y tironeó ligeramente de uno de mis rizos, pero lejos de conseguir una protesta, me reí bajito, intentando mantener los últimos rastros del sueño bien resguardados en mi memoria.

S'il faut mourir (Si es necesario morir)

sur nos stèles, je veux graver (sobre nuestras lápidas quiero grabar)

que nos rires ont berné (que nuestras risas desafiaron)

la mort et le temps (la muerte y el tiempo)

Un sueño, que perfectamente podría haber descrito como una premoción, algo que iba a suceder, aunque fuera dentro de muchos años. Había sido espectador de una escena íntima, de una escena que se había... o que se va... a desarrollar gracias a mí. Gracias a lo que vaya a hacer en esta vida.

Cerré los ojos, abrumado ante tal expectativa, y noté como estos se me llenaban de lágrimas bajo los párpados:

- ¿Piensas dormir hasta que lleguemos a la mansión?

- Estoy muy a gusto así.- contesté.- Además, quiero acordarme bien de lo que he soñado.

Nuevamente resopló, seguramente hastiado por mi comportamiento, pero eso no era algo nuevo. Aún así, no me empujó ni trató de apartarme, mas bien, continuó con los mimos en mi cabello.

- ¿Y con qué has soñado?- me preguntó, dulcificando su voz, como si fuera un niño pequeño al que no vale la pena regañar.- ¿Era algo bonito?

- Por supuesto.- dije, abriendo los ojos, buscando con una sonrisa su mirada.- Estaba soñando contigo.

On se reverra, on se reverra (Nos volveremos a ver, nos volveremos a ver)

là où rien n'est plus rien (allí donde nada ya es nada)

On comprendra d'où l'on vient (Entenderemos de dónde venimos)

Entre bambalinas

Era una idea tan loca, que en cuanto Stancie se lo propuso, aceptó sin dudarlo.

No es que les faltasen ideas innovadoras a la hora de practicar el sexo, en absoluto. Ambos siempre estaban dispuestos a experimentar nuevas posturas, y a hacerlo en sitios cada vez más interesantes (como por ejemplo, encima del piano).

Pero había que reconocer que la idea de Constanze de que lo hiciesen en el teatro cuando este cerrase, había sido magnífica.

Así que lo planearon todo a la perfección.

Wolfgang preparó un ensayo para su próximo concierto, y alegando que tenía otros actos sociales, lo convocó por la tarde noche… más noche que tarde.

Y gracias a la excusa de que Stancie estaba otra vez embarazada, pudieron llevarse un colchón al teatro sin levantar casi ninguna sospecha.

Porque obviamente, Constanze JAMÁS se perdería un ensayo de Wolfgang, aunque estuviera medio muriéndose… o embarazada de 5 meses.

El ensayo comenzó a la hora señalizada, y la música celestial brotó de cada uno de los instrumentos. Esta se elevaba y retumbaba con fuerza en todas y cada una de las paredes del recinto.

Normalmente, cuando un ensayo salía tan bien, Mozart se dejaba llevar. Cerraba los ojos y se balanceaba sobre si mismo, tarareaba la música en silencio, e incluso a veces, llegaba a llorar.

En momentos como ese, Antonio Salieri solía levantarse de su apartado palco donde observaba todos los trabajos de Mozart, y se acercaba hasta él, para poder calmarle.

Pero esa noche no pasó nada de eso. Wolfgang estaba demasiado ocupado en lanzarle miraditas lascivas a su mujer, que le correspondía mandándole besitos entre risas.

Y así pasaron las horas, y cuando el reloj de la plaza marcó con fuerza las 10 de la noche, el compositor alemán despidió a todos los músicos con una gran sonrisa en los labios, felicitándoles por el magnífico trabajo… y apremiándoles para que se marcharan.

En cuanto se quedaron solos, no pudieron menos que estallar en carcajadas.

¡Lo habían conseguido!

Se apoyaron contra las puertas principales del teatro y siguieron riéndose, felices por su gran hazaña, incluso después de empezar a besarse desesperadamente. Se levantaron entre besos, jadeos y risas, y caminaron torpemente hacia el colchón que habían colocado tras el escenario, dejándose caer sobre este sin delicadeza alguna.

Constanze sacó una botella de vino y ambos gritaron eufóricos antes de comenzar a beber. Pronto la ropa ya sobraba, y aunque Stancie fue la primera en quitarse sus holgadas prendas (debido al embarazo), Wolfy fue quien se lanzó sobre ella, totalmente desnudo, para morder su cuello cual vampiro.

Nunca tuvieron ningún reparo en hacer toda clase de ruidos cuando se entregaban sexualmente el uno al otro, y en ese momentos, ebrios (nunca mejor dicho) de su euforia por haber conseguido quedarse en el teatro, sus gritos resonaban por todas las paredes de los bastidores.

Un amor tras las bambalinas, sonaba tan romántico y lírico…

El sudor se entremezclaba con la saliva y el liquido escarlata del vino que escurría de entre sus labios. Los jadeos entrecortados se sucedían uno tras otro y las risas se ahogaban cada vez más, sepultadas bajo miles de besos.

Pero todo lo bueno se acaba, y cuando Wolfy quiso volver a dar buena cuenta del vino, la botella se encontraba vacía:

- No te preocupes, meine Liebe.- murmuró Constanze mientras se levantaba, acomodándose como pudo las ropas que aún llevaba puestas.- Voy a comprar más vino y regreso.

-Ten cuidado y no te vayan a violar.- dijo entre risas mientras le levantaba la falda.

- ¡Wolfy! ¡Eres un pillo!- exclamó azorada antes de estallar en carcajadas y darle un beso torpe en los labios.- Ich liebe dich.

Se dedicaron una sonrisa fugaz y Constanze desapareció tras el telón.

Wolfgang rió un poco antes de suspirar mientras se dejaba caer hacia atrás exhausto. No podía existir una mujer más maravillosa en todo el planeta.

No se preocupó en absoluto en vestirse ni cubrirse de ningún modo. El teatro era absolutamente para ellos, y cuando su mujer regresase, sería como si el tiempo no hubiese pasado y continuarían amándose durante toda la noche.

Con lo que el joven alemán no contaba es que a una persona se le olvidase un pequeño cuaderno en uno de los palcos, regresando para poder recuperarlo. Y que al ver las luces y sombras de unas velas tras es el escenario decidiese ir a investigar, tan sigiloso como un felino…

- Stancie, si intentabas asustarme llegando por otro lado, te aseguro que no ha surtido efec…

- Vaya, no sabía que te fueran estas cosas.

Mozart se giró bruscamente al escuchar aquella voz masculina en vez de la de su mujer, tapándose las partes pudorosas como pudo con la primera prenda que encontró a mano:

- ¿Cosas? ¿Qué cosas?- intentaba aparentar que no le había asustado, que Salieri le viera así no le importaba lo más mínimo. Pero el temblor de su voz, y el carmesí de sus mejillas, le delataban.

- El exhibicionismo.- comentó, sonriendo de lado, mientras avanzaba unos pequeños pasos.

- ¡Ja! Bueno, yo tampoco sabía que te fueran estas cosas.- contraatacó.

- ¿Cosas? ¿Qué cosas?

- El voyeurismo.- sonrió de oreja a oreja.

Esta vez, a quien le toco sonrojarse y temblar su voz, fue al italiano:

- No te estaba espiando. Solo he venido a por mi cuaderno.

- Ya, claro…

- No me tomes por un pervertido, Wolfgang.- sus mejillas estaban cada vez más azoradas.- Me da igual lo que hagas con tu mujer… o tú solo.

- Vamos, no hace falta que te excuses. Con tu falta de placer carnal es normal que lo busques de otras maneras. Y no es por presumir, pero Stancie y yo somos unos magníficos ejemplos para que puedas… darte el placer que buscas.

Mozart tenía el control de la situación, y lo sabía. No importaba que se encontrase desnudo frente a un hombre mucho más fuerte que él, tenía la sartén cogida por el mango:

- El ladrón piensa que todos son de su condición.- Antonio resopló y cerró los ojos mientras se guardaba el cuaderno que había ido a buscar en su bolsa.- No me metas en tus obscenidades, no soy como tú.

El alemán estalló en carcajadas, olvidándose por completo de seguir tapando su desnudez. Se tumbó con fuerza sobre el jergón, riéndose a pleno pulmón. Si la situación de antes ya había abochornado a Salieri, aquello se estaba desorbitando.

Respiraba con demasiada fuerza, obligándose a seguir tomando aire, expulsándolo como un toro por sus orificios nasales, notando como su ya azorada cara se coloreaba aún más:

- Esto no merece la pena. Me marcho.- anunció, girándose bruscamente.

- Oh, vamos, Antonio, relájate.- por fin había cesado en sus risas y se incorporaba, quedándose sentado mientras le daba la espalda al otro.- No sé como aún piensas que tú música mejorará si te mantienes puro.

- Mi música es solo para Dios.

- Entonces toca en una iglesia.

- De algo tiene que vivir el hombre, y si el Señor me permite vivir de su don, lo haré.- no entendía ni siquiera porqué le contestaba… ni porqué no se había marchado aún.

Nuevamente, Mozart se rió:

- Antonio, aunque pudieras disfrutar de la vida, no sabrías como vivirla.

Salieri tuvo que respirar hondo antes de girarse, lentamente, esperando encontrarse con la mirada del otro compositor. Y claro que se la encontró. Wolfgang seguía sentado de espaldas a él, pero le miraba sobre su hombro, luciendo una sonrisa de suficiencia:

- Ya disfruto de mi vida, Herr Mozart, la disfruto viviendo por y para Dios.

- ¿Manteniéndote casto y puro? ¿Para que la música que creas sea cada vez más perfecta, divina?- esta vez, su risa fue totalmente despectiva.- Te diré un secreto, Antonio Salieri. Yo me entrego al sexo, al alcohol, a las risas y a los placeres humanos. Disfruto de cada momento de mi vida, mientras tú te encierras en ti mismo, creyendo que por sacrificar tu estancia en esta tierra, Dios te compensará con la creación de una música que dejará boquiabiertos a todos. Pero la verdad, es que ese don nunca llegará, y mi música será como el aceite. Quedará por encima de tus partituras de agua.

No le dio tiempo siquiera a moverse ni un solo centímetro. Salieri se había lanzado contra él como un león sobre su presa.

Arrodillado a su espalda, no tuvo ni que forcejear demasiado para atrapar ambas muñecas. Wolfgang, pianista desde que tenía uso de razón, las tenía pequeñas y delicadas como las de una niña, y contra las grandes y rudas manos del italiano tenía poco que hacer:

- ¡Suéltame!- ordenó enseguida, retorciéndose violentamente.

La risa, grave y gutural de Salieri, le petrificó en el acto:

- Ni lo sueñes.

Sin soltarle aún, se deshizo de su chaqueta de cuero, y pasó su brazo izquierdo hacia atrás, retorciendo la muñeca de Wolfgang:

- ¡Antonio, me haces daño!- lloriqueó.

- Eso es lo que intento.- susurró contra su hombro, dejando que su barba acariciase su piel.- Juguemos a algo, Mozart. Vamos a componer algo de música.

- ¿Es que tú eso lo consideras un juego?

Un tirón en su brazo le hizo callar:

- Yo empezaré a componer una melodía, y cada vez que yo me calle debes continuarla. Si lo haces bien, te soltaré… pero si no, te romperé la mano.

- Antonio… por favor…

- Vamos, magnífico compositor. Empieza el juego.

Wolfgang dejó caer la cabeza hacia delante, derrotado. Su mano… no podía darse el lujo, a tan pocos día de un concierto, de perder su mano izquierda.

Salieri la mantenía bien apretada, y la postura era tan incomoda que le hacía daño. Pero él se mantenía a su espalda, aprisionándole con fuerza, dejando que su aliento se estrellase contra su oído:

- Fa la, si bemol, do bemol, re mi. La fa, sol la…

-… do la, la, la, fa si re, mi bemol, re.

La voz de Mozart había perdido toda la confianza de la que antes se jactaba, su cuerpo ya no imponía en absoluto, y temblaba casi imperceptiblemente contra el torso del italiano.

Parecía que estaba a punto de llorar, pero mantenía todos sus sentidos pendientes de las notas que le proporcionaba Salieri. En cuanto estas salían de entre sus labios, contestaba enseguida, casi sin pensarlo.

Y eso cabreaba aún más a Antonio. Ni siquiera se tomaba unos segundos en recapacitar si las notas serían las adecuadas, respondía como si ya se supiera esa canción de memoria.

Sabía que Mozart se estaba tomando aquel juego en serio. Todo su cuerpo se lo aseguraba. Pero odiaba con toda su alma el que no fallara ni una sola vez.

Por supuesto que no iba a romperle la mano. Si se equivocaba se lo perdonaría, y al segundo error le soltaría diciendo que no valía la pena ni castigarle. Y se marcharía del teatro con la cabeza bien alta, sabiendo que había conseguido bajar de su nube de perfección al alemán. Pero Mozart no fallaba nunca.

Necesitaba complicar aún más aquel reto.

Y con esa idea en mente, la mano que mantenía libre se deslizó por el hombro desnudo de Wolfgang, recorriendo su brazo derecho hasta perderse en sus dedos.

Sonrió victorioso cuando, ante tal caricia, el alemán jadeó antes de contestar.

Así que, mientras le susurraba las nuevas notas, su mano viajó hasta su cadera, caminando por esta hasta subir a su estómago.

Su piel era suave, cálida y aterciopelada. Se asemejaba mucho a la de un bebé. Antonio no se esperaba un tacto tan agradable.

La voz de Wolfgang temblaba aún más que antes, y sus ojos habían acabado cerrándose. Ya no decía las notas en voz alta, las susurraba, arrastrando la voz.

Salieri no fue consciente en qué momento dejó de preocuparse por los errores de Mozart, y a concentrarse únicamente en las reacciones que este manifestaba a cada una de sus caricias.

Si acariciaba su brazo, hombro o cuello, suspiraba; si lo hacía sobre su cadera o estómago, se quedaba sin respiración unos segundos; aunque lo que más le gustaba a Antonio era que cuando su dedos le pellizcaban sutilmente los pezones, Wolfgang echaba la cabeza hacia atrás y gemía como un gatito.

Su sonrisa ya no era victoriosa, y en su mente no descansaba ninguna melodía inacabada, no había rastro del juego inicial. Mozart, como él mismo, se había convertido en su única preocupación.

El alemán le estaba volviendo loco, pero no con el tipo de locura al que estaba acostumbrado.

De pronto, su voz dejó de crear notas, y sus labios de entretuvieron con el lóbulo de la oreja de Wolfgang. Cuando sus dientes mordieron ese trozo de carne tan suave, los gemidos del compositor se intensificaron, provocando que una descarga eléctrica recorriera la columna vertebral del italiano.

Por primera vez en su vida se estaba dejando llevar por sus impulsos más primarios. Cada jadeo de Mozart le provocaba, le desafiaba a que continuase un pasito más allá, que experimentase que sucedería si le mordía en el cuello, si arañaba su pecho…

… o si rodeaba con sus manos la flecha que había crecido entre las piernas del Wolfgang.

Era el instinto más animal que podía sentir. Continuar suponía el abandono completo de su lógica y lucidez… un abandono al que se lanzó sin pensarlo.

Cerró los ojos, disfrutando de los gemidos, para nada controlados, de Mozart. El cuerpo de este temblaba, apoyándose contra el pecho del italiano, dejando apresados los brazos de ambos que aún se encontraban en la misma posición que al principio.

Le acariciaba de arriba abajo, rítmicamente, como si algo dentro de él le indicase todas las cosas que debía hacer. En que momento debía acelerar, en los lugares donde debía apretar, y cuando apoyar su boca en el oído de Wolfgang, recorriendo con su respiración el interior del compositor.

Y de pronto, una descarga hizo convulsionar al alemán, provocando que un líquido caliente empapase la mano de Antonio.

Esa pequeña acción le devolvió violentamente a la realidad.

¿Qué se suponía que estaba haciendo?

Se echó hacia atrás de golpe, soltando la muñeca de Mozart, que se tumbó de lado sobre el colchón, jadeando desmesuradamente.

Acababa de mancillar todo por lo que había luchado desde niño… solo… solo por… ¿por qué?

Se limpió la mano en los pantalones y se levantó bruscamente, sin ser capaz de ordenar un mínimo sus pensamientos.

Debía marcharse de allí rápidamente.

Se agachó para coger la chaqueta de cuero, y en ese momento, Mozart se giró para poder mirarle.

Estaba totalmente sonrojado, y los rastros de algunas lágrimas aún se atinaban a ver alrededor de sus ojos cristalinos y brillantes.

Pero a pesar de su aspecto lloroso, sonreía triunfante:

- Me ha gustado lo que hemos compuesto, Antonio. Cuando quieras repetimos.

Se acabó.

Se giró corriendo y desapareció entre los cortinajes del telón. Tenía que irse de allí, salir a la calle lo más pronto posible e irse a una iglesia. Necesitaba pedir perdón a Dios y… ¿así mismo?

Pero su huída se vio pausada durante unos segundos. Unos segundos en los que se encontró de frente con Constanze Mozart Weber, que le observaba escondida apoyada en el telón.

Y muy lejos de estar enfadada, triste o dolida… sonreía lascivamente, invitándole a una velada que Salieri se vio totalmente indispuesto en aceptar, corriendo hacia la salida…

… dejándose olvidado el cuaderno que había ido a buscar.

Tan extraños como necesarios

La amo, la amo sobre todas las cosas.

La quiero incluso por encima de la música.

Cuando estoy cerca de ella, el corazón me late a tal velocidad que siento que se me puede salir del pecho.

Me hace sentir un verdadero héroe, un príncipe que es capaz de matar a mil dragones para poder rescatarla de su alta torre. Y al mismo tiempo, sigo siendo un niño cuando me acurruco entre sus brazos para conciliar el sueño.

El pequeño Karl va a cumplir el año dentro de unos meses. El verano empieza a desaparecer lentamente, y las noches se avecinan cada vez más rápido.

Wolfgang cierra la ventana de la sala. Un aire frío empieza a anunciar el anochecer, y no quiere que Constanze vuelva a enfermar.

Ella le sonríe, sin dejar de amamantar el pequeño Mozart. Ha heredado el cabello oscuro de su madre, pero los ojos azul profundo de su padre. Bebe con ansia, y eso provoca que Constanze deje escapar pequeños suspiros y jadeos.

Amadé se acerca a su esposa y besa su frente antes de sentarse en el suelo, a su lado. La mira embelesado, y ella le regala sonrisas pícaras.

Pronto, el pequeño Karl deja de beber, quedándose dormido entre los brazos de Constanze. Esta ríe, y se agacha lo suficiente como para poder regalar un beso apasionado a su marido.

No es que esté orgulloso de mi forma de vivir (que lo estoy) pero sé de sobra que no toda la gente comparte mi punto de vista.

Piensan que soy un libertino, que no valoro la vida, que malgasto mis oportunidades… que lo llamen como quieran.

Stancie es la única persona que no me juzga. Nunca lo ha hecho y sé que nunca lo hará.

Conoce mis defectos y mis virtudes, y los acepta todos. Porque me ama tanto como yo la amo a ella.

Tras dejar a Karl acostado en su cuna, Wolfgang no aguanta más y aprisiona a su mujer contra la pared, besándose entre risas, acariciándose con desesperación.

No son capaces ni de llegar a la cama. Se tumban en el frío suelo del dormitorio, sin dejar de morder y arañar su piel. Se funden con impaciencia. Necesitan sentirse YA y no piensan esperar…

… ni a llegar a la cama, ni a que Constanze se recupere de su peligroso parto.

Lo hacen rápido, sin delicadeza alguna. Varían de posturas mientras se revuelcan por el suelo, gozando como dos animales en celo. Acaban una hora más tarde, tendidos entre temblores, riendo a carcajadas.

Si ella hubiese nacido hombre, seguro que hubiera llegado a ser más virtuoso que yo. Sus dones son impresionantes y dejan embobado a cualquiera.

Es mi confidente, mi amiga y mi hermana; bebe cerveza como yo y es la única persona que me puede ganar al billar; es la mejor haciendo trampas al Báciga y solo ella conoce la forma de hacerme callar.

Pero también es mi mujer, mi amada, mi musa y mi vida.

Constanze acaba tan agotada que no es capaz de subir a la cama ella sola. Y jugando a los reyes y reinas, Wolfgang la recoge en volandas, depositándola suavemente sobre el colchón.

Ha sangrado un poco, y mientras Amadé limpia el suelo, su mujer se queda dormida.

Él sonríe, y besa sus cabellos antes de vestirse y salir a la calle, rumbo a la taberna más cercana. Será un genio, pero no tiene ni la más remota idea de cocinar.

Aunque sus planes pronto son interrumpidos al chocarse contra un hombre robusto envuelto en un abrigo de cuero.

Solo hay una parte de mí donde Stancie no es la dueña y señora.

Ella adora mi música, vive para escucharla y admirarla como si fuera un regalo de los dioses… pero no la comprende.

Constanze siente mi música con el alma, pero no la entiende con la cabeza.

Y hasta hacía unos años pensaba que solo yo podría hacerlo.

El joven alemán ríe mientras se separa, reconociendo a Salieri enseguida. Y aunque Wolfgang parece divertido ante el encuentro, el italiano no parece opinar lo mismo. Se coloca, visiblemente molesto, la ropa y le saluda secamente, deseando reanudar su camino.

Pero Wolfgang no comparte esa idea, y empieza a parlotear rápidamente mientras anda, obligando al otro compositor a seguirle rumbo a la taberna.

No tardan ni doscientos metros cuando ya han empezado a discutir. El orgullo de Amadé saca de quicio al humilde Antonio. Y este parece divertirse ante el mal humor que saca con él el italiano.

Es gracioso verle perder la compostura, subir su eterno bajo tono, y crisparse a cada palabra… o eso cree el joven Wolfgang.

Él llegó un día y puso mi mundo patas arriba.

Sé que admira mi música más que a nada, y también que me envidia tanto que sería capaz de matarme. Y eso solo se puede conseguir si ha sido capaz de leer mi música como yo la escribo.

Nunca me había importado las opiniones de la gente, pero la de Antonio me es necesaria. Aunque siempre me diga cosas malas, sé que en el fondo no piensa así.

Aunque Salieri sea normalmente una persona paciente, con Mozart es imposible serlo durante demasiado tiempo.

Cuando pasan cerca de un callejón, Antonio no lo soporta más y le empuja bruscamente en el interior de este. Wolfgang, lejos de asustarse o preocuparse lo más mínimo, estalla en carcajadas, y se burla del italiano, tildándolo de mafioso y de ser un violento. Pero a pesar de sus risas, Amadé se pone nervioso, y forcejea con él, intentando librarse y poder irse a la taberna. Jugar con Salieri le ha “cansado”

Desgraciadamente, eso es demasiado tarde. Antonio agarra con fuerza las pequeñas y delicadas muñecas del compositor y eleva sus manos sobre su cabeza.

Ahora SI que Wolfgang está asustado.

Sus mejillas se tiñen de rojo cuando Salieri se acerca peligrosamente, y susurra contra sus labios que no le obligue a romper sus delicadas manos en un “ataque de violencia mafiosa”.

Antes de casarme con Stancie estuve con muchas personas, hombres y mujeres. Pero nadie, nunca, me había atraído tan devastadoramente como él.

No es que sea especialmente guapo (que lo es), si no que puede leer en mi interior con tal facilidad que me asusta. Una sola mirada y conoce mis intenciones incluso antes de que yo sea consciente de lo que haré.

Salieri me da tanto miedo… que me atrae irremediablemente.

Un silencio abrumador se cierne sobre ellos. La noche ya se ha instalado sobre la ciudad, y les cuesta poder mirarse en aquel callejón tan oscuro a pesar de la cercanía.

El aliento de Antonio se estrella contra el rostro azorado del joven alemán. Su cuerpo tiembla, y no precisamente por el frío de la pared en la que está apoyado.

Los labios de ambos están tan próximos que casi se pueden rozar, y ese pensamiento obliga a Salieri a cerrar los ojos durante unos segundos. Cuando los abre, sus mejillas están tan rojizas como las de Mozart.

Antes de cometer una locura, se separa de Wolfgang, portando una sonrisa de superioridad, comentando que es muy sencillo asustarle y que en verdad sigue siendo como un niño mientras camina de vuelta a la calle principal.

Mozart necesita unos segundos antes de volver a recobrar el aliento. Su corazón late desbocadamente, pero lo controla con rapidez mientras corre tras el italiano. Aún quiere llevarle a la taberna e intentar emborracharle.

Sé de sobra que Constanze es el amor de mi vida. Solo con ella puedo compartir cada segundo de mi existencia sin cansarme.

Pero amo a Antonio infantil y desesperadamente. Él es la única razón por la que intento superarme en una materia en la que sé que soy el mejor.

Son amores tan distintos como iguales, tan extraños como necesarios.

Pero aún así, siguen siendo amor.

Don tortuoso

No esperaba encontrármelo. Sinceramente, siempre que me lo encontraba era en los momentos más insospechados y de la manera más sorprendente.

El verano había acabado, y el otoño se adentraba con fuerza. Un aire, más invernal que de esa estación, recorría con fuerza las calles de la ciudad. Era una noche de poca luz, ya que la luna, empezando a menguar, se llevaba consigo aquella luminosidad que tanta falta hacía.

Iba enfundado en el grueso abrigo de cuero, tarareando mentalmente una pequeña pieza para piano, cuando el griterío proveniente de una taberna me distrajo.

“Estúpidos borrachos” pensé, interrumpiendo las notas que pululaban por mi mente.

Para mí era algo inadmisible. Beber una sustancia tan repugnante hasta perder el sentido solo hacía que mi estómago respondiera con arcadas, por no hablar de que mi cabeza se negaba rotundamente ante esa idea tan insensata.

Me abracé un poco a mí mismo, acelerando el paso. Deseaba llegar a casa lo antes posible, sentarme frente al escritorio, y tras tomarme una sopa caliente, plasmar al papel la música que negaba a irse de mi mente.

Pero una voz me llamó, una inconfundible voz me llamó:

- ¡Salieri! ¡Salieri espera!

Paré en seco y cerré los ojos, maldiciendo en voz baja porqué había tenido que ir por esa calle precisamente.

Me giré lentamente, sabiendo de ante mano que es lo que me iba a encontrar. Mozart estaba en medio de la calle, con el aspecto más deplorable que le había visto nunca. No hacía falta saber nada más para deducir que estaba completamente ebrio:

- Buenas noches, Herr Mozart.

- ¡Oh, vamos, Antonio! ¡Eres italiano! ¿Desde cuándo tanto germánico en tu hablar?

- Desde que me encuentro en un país germánico, Maestro.

El joven compositor sonrió ampliamente, y hizo el intento de avanzar hacia mí. Pero el alcohol que llevaba en su cuerpo se lo impidió, cayendo hacia delante… sin perder ni por un segundo la sonrisa. Incluso, desde el suelo, empezó a reírse con fuerza.

Corrí hacia él, asustado, y me agaché a su lado, ayudándole a enderezarse:

- Mozart, per favore, intente conservar un poco de la compostura.- murmuré mientras le levantaba.

- Así que usted es Herr Salieri, ¿no es cierto?- dijo una voz grave a nuestra espalda.

Me giré, intentando que Mozart siguiera de pie, encontrándome frente al que parecía ser el tabernero, o por lo menos trabajaba allí, eso me indicaba el delantal que descansaba sobre su cadera:

- Eso depende de quien lo pregunte.

- Vuestro amigo ha jurado que usted pagaría la cuenta.

Ante tal acusación, Wolfgang comenzó a reírse estruendosamente, provocándome un bote ante la sorpresa de escucharla de pronto pegada a mi oído:

- ¡Mira, Salieri, nos ha llamado amigos!- exclamó separándose de mí y caminando tambaleante ante los hombres que nos observaban divertidos desde el bar.- ¡Pero si nosotros no somos amigos! ¡Yo le odio!

Pero esas palabras no les hicieron tanta gracia a ellos como se las hacían a él. Cuando intentó colocar una mano sobre el hombro del tabernero, camarero, o lo que fuera, este le empujó con tal fuerza, que Wolfgang salió disparado hacia atrás, cayendo al suelo de espaldas:

- ¡O nos pagas, o te partimos las manos, estúpido niñato!

Solo me hizo ver durante dos segundos la cara de terror de Mozart para que una chispa de furia saltara en mi interior.

Me coloqué corriendo delante de él, protegiéndole con mi cuerpo:

- ¡Basta! ¡Quién ose acercarse a él le romperé todos los huesos del cuerpo! ¡¿Entendido?!- rebusqué entre los pliegues de mi abrigo, y al dar con la bolsa del dinero, la tiré a los pies de aquellos brutos.- No sé cuanto os debe, pero eso será más que suficiente.

Ni siquiera contaron la cantidad de monedas que podía albergar ese cacho de tela. Solo lo cogieron y volvieron al interior de la taberna, murmurando improperios contra el joven que descansaba en el suelo.

Contra todo pronóstico, él se reía a mandíbula abierta, haciendo que su cuerpo temblara con violencia:

- ¡El gran Salieri! ¡El hombre de Dios! ¡Es un héroe! ¡Se ha dignado a bajar de su nube para defender a los pobres mortales!- gritaba muerto de la risa.

Deseaba cogerle del cuello y retorcérselo. Molerle a palos. Destrozar las manos que habían amenazado con romper. Wolfgang despertaba mis peores instintos.

Pero no podía dejarlo así, tirado en la calle cual perro. Tampoco podía enviarle a su casa, y menos en ese estado:

- Levanta, Mozart, venga.- le apremié, cogiéndole de la mano y tirando de él hacia arriba.

Coloqué el brazo rodeando su espalda, dejando el suyo sobre mis hombros. Su cuerpo estaba frío, prácticamente helado, y sin embargo, sudaba copiosamente. ¿Estaría enfermo? No, imposible, Constanze jamás le habría dejado salir de casa si lo hubiera estado.

Ni siquiera preguntó hacia donde caminábamos. Era extraño, pero parecía como si hubiera estado esperando mi llegada y ahora se dejaba guiar dócilmente hacia donde yo quisiera llevarle.

Tarareaba pequeñas melodías infantiles, y se reía a carcajadas sobre ningún tema, pero no me dirigió la palabra en todo el trayecto.

Antes siquiera de llegar a mi casa, supe que iba a ser imposible el que subiera los tres pisos que separaban mi hogar de la calle, incluso con mi ayuda, aquella tarea estaba perdida de ante mano:

- No te puedes mantener ni en pie solo…- susurré, pensando en voz alta.

- ¡Claro que puedo!- exclamó, apoyándose en la pared cuando le solté.- El problema es que mis pies no quieren.

- Claro, muy lógico.- resoplé y miré hacia arriba, desalentándome tantos escalones, pero no había otra manera.- Ven aquí.

- ¿Qué piensas hacerme, Antonio? Aunque sea un hombre borracho, aún me puedo defender, ¿eh?

- Imbecille, tengo que subirte a mi casa.- dije, empezando perder la paciencia.

- ¡Pero Salieri! ¡¿Ya quieres que crucemos el umbral de casa en brazos cuándo aún no nos hemos casado?!- y nuevamente, otra ristra de carcajadas.

- ¡Cierra la boca y deja que te cargue a mi espalda!

Me sacaba totalmente de quicio. Su mera compañía me ponía nervioso y de mal humor. Pero no podía hacer otra cosa.

Él siguió riéndose durante unos minutos, pero después, obedientemente, se acercó a mí y se abrazó a mi cuello cuando le alcé, comenzando a subir la interminable escalera.

Nuevamente, el silencio se cernió sobre nosotros. Solo el ruido de mis pasos resonaba contra esas paredes… y el sonido de su respiración contra mi nuca, aunque dudaba que alguien más a parte de mí pudiera escucharlo.

Era suave, sin pausas, rítmica.

Era todo música incluso en eso.

Cuando por fin entramos en mi casa, me sentía como si hubiesen pasado días desde el incidente en la taberna. Le seguí llevando a cuestas hasta mi dormitorio, donde le deje sentado en la cama:

- No te muevas, no toques nada, no hagas nada.- le advertí mientras encendía varias velas.- Voy a poner a calentar agua y prepararé una tisana, te sentará bien.

Mozart, una vez más, dejó soltar esa risita tan pedante que tenía, pero asintió cual colegial reprendido.

Cuando salí a la sala principal, me quité la chaqueta y la arrojé con fuerza contra una de las butacas. Oculté mi rostro entre las manos y arañé mi piel superficialmente. Aquella situación me estaba comenzando a sobrepasar.

Respiré hondo mientras echaba mi cabello hacia atrás. Solo sería durante una noche. Se tomaría la bebida, caería dormido, y al día siguiente le mandaría en un carruaje rumbo a su casa.

Dios me lo había puesto en mi camino, una vez más, por una razón. Aunque desconociera cual era completamente.

Fui hasta la cocina y encendí el fogón, coloqué la olla, y mientras calentaba el aquí, me quedé en un estado de duerme vela sobre la mesa. Me sentía muy cansado, aunque no hubiese hecho nada realmente. Era solo que el saber que Mozart estaba allí, en mi casa, me agotaba mentalmente.

Preparé una manzanilla y volví con la taza caliente hacia el dormitorio.

No sé ni porqué me sorprendí cuando descubrí que Wolfgang me había desobedecido deliberadamente.

Había abierto mi buró, y tras colocar el tintero, se había puesto a escribir en mis partituras:

- Pezzo di merda… ¡¿Es que nunca puedes hacer ni una sola de las cosas que te pido?!

Dejé la taza sobre la mesilla y me acerqué a él en dos zancadas, agarrándole con fuerza del hombro para volver a colocarle en la cama.

Por favor, que la pesadilla no se complicase más.

Pero Mozart se zafó de mi agarre y siguió escribiendo:

- Calla… espera… no tardo…

Su mano se movía con rapidez, la pluma ya casi no albergaba tinta, pero estaba tan concentrado que eso parecía no importarle. Iba tarareando lo que escribía, sucediéndose una nota tras otra con fluidez.

Me quedé en silencio, mirándole embobado.

Mirando como el gran maestro trabajaba.

Y los minutos pasaban en silencio, solo siendo interrumpidos por el rasgueo de la pluma y los leves susurros de las velas. Cuando de pronto, empezó a tachar todo con violencia, rompiendo la partitura durante el acto. Gruñó enfurecido y tiró el tintero contra el suelo, ahogando un grito contra sus labios.

Aquello iba a ir a más, y lo sabía:

- ¡Mozart! ¡Para!-le cogí por los hombros y le obligué a mirarme.- ¡Ya está bien!

- ¡No! ¡Está todo mal! ¡No es lo mismo! ¡No era así!- exclamaba, notablemente alterado.

Sus ojos destelaban una desesperación que rallaba la agonía. Fui incapaz de poder decirle nada más. No encontraba las palabras que pudieran calmar tal impotencia.

Siseé bajito, como cuando intentas tranquilizar el llanto de un niño. Sin ejercer demasiada presión, le obligué a sentarse de nuevo en la cama. Y tan rápido como había venido aquel ataque, se esfumó, solo quedándole leves espasmos, que achaqué al frío que podría tener:

- Debes tomarte esto.-dije recuperando la taza, aún caliente.- Te sentará bien, créeme.

Solo bebió un sorbito, no le dio tiempo a más, ya que cuando la retiré de sus labios, las arcadas acudieron a su boca.

Dejé la taza en el suelo y saqué corriendo el orinal bajo la cama. Wolfgang se tiró al suelo, cayendo con fuerza de rodillas, y comenzó a vomitar toda la comida que su estómago podía conservar hasta ese momento.

Al principio solo pude separarme para recoger la taza y el tintero (aquel desastre iba a enloquecerme cuando tuviera que limpiarlo), pero al ver la manera en la que se doblaba para poder seguir devolviendo, y sobretodo, al escucharle lloriquear débilmente, no pude seguir quedándome al margen.

Me arrodillé a su lado, y con suavidad, retiré sus dorados cabellos, despejando su rostro, azorado debido al esfuerzo que estaba haciendo:

- Mozart, ya no tienes más que echar, déjalo.- susurré, acariciando su espalda.

- No… no me llames… así.- murmuró sin incorporarse un ápice.

- ¿Y cómo pretendes que te llame?- le pregunté, limpiando con la manga de mi camisa su barbilla manchada.

- Me llamo Wolfgang, Wolfgang Theophilus Mozart.

- ¿Theophilus?- nunca había escuchado ningún nombre más que el de Wolfgang y el de Gottlieb.

- No… eres italiano, pronúncialo bien.- ordenó como si yo fuese su criado.

Pero en esos momentos, aquello no me importó, y una sonrisa tímida se formó en mis labios:

- Wolfgang Amadeo.

- Amadé, es más bonito.

- Está bien, Wolfgang Amadé.- no pude evitar reír un poco.

En esos instantes, no se parecía ni remotamente al Mozart que estaba acostumbrado a ver. Su cuerpo aún temblaba un poco, y su voz era bastante más aguda. Algunos de sus rizos se escapaban de entre mis dedos y caían revueltos y desordenados enmarcándole el rostro.

Más bien parecía un joven enfermizo. Un muchacho que se siente mal.

Un niño.

- ¿Por qué no se van nunca?- preguntó de pronto.

No entendí en absoluto la pregunta, pero antes de que me diera tiempo para cuestionarle, se levantó de súbito, poniéndose de pie frente a mí:

- ¡Tú eres músico! ¡¿Es que tú no lo escuchas?!

- ¿El qué?- tenía miedo que le diera otro ataque como el de antes.

- ¡La música! ¡En tu cabeza!- gritó, señalándose la frente con fuerza.

- Claro que la escucho.- contesté desconcertado.- Cuando compongo esta suena y…

- ¡No! ¡No me entiendes!- ocultó su cara con las manos, visiblemente frustrado.- ¡Yo la escucho todo el tiempo! ¡A todas horas! ¡Suena una y otra vez! ¡Sin descanso!

Sus manos crispadas se pasearon por su cabellera, despeinándola aún más. Sus ojos se encontraban cerrados con fuerza y su mandíbula estaba firmemente apretada. Parecía como si estuviese conteniendo dentro de sí algo a punto de estallar:

- Wolfgang, no entiendo a que te refier…

- ¡A todo, Antonio! ¡A todo! ¡Toda la música que escribo, yo la tengo todo el tiempo en mi cabeza! ¡Sonando una y otra vez! ¡Todas las melodías al mismo tiempo!- me gritó, con los brazos extendidos como si fuera una cruz, con ese brillo de agonía de nuevo en los ojos.- ¡Tengo toda la música del mundo metida en la cabeza! ¡Y no cesa de sonar! ¡Yo intento dejarla salir! ¡Escribo siempre que puedo! Pero a veces es tan confuso… tan enrevesado… no puedo distinguir una de otra… ¡Pero ellas necesitan salir! ¡Yo necesito expulsarlas!

No era capaz siquiera de parpadear, me costaba incluso respirar mientras le escuchaba. Aquello no tenía sentido, no podía tener sentido. Pero para él parecía tan real…

No tardó mucho tiempo en comenzar a llorar fuertemente, como un niño pequeño ante un severo castigo. Las lágrimas rodaban libremente por sus mejillas como dos cascadas, y sus hombros temblaban con tal violencia, que parecía que se iba a romper de un momento a otro.

Pero nada de eso le impidió seguir hablando:

- ¡Es como tener muchas voces en la mente, y te hablan al unísono! ¡Yo intento comprenderlas! ¡Y desde que era pequeño las he dejado fluir al exterior! ¡Pero a veces es todo tan complicado! ¡¿Por qué Dios me ha castigado con esta tortura?! ¡Yo escribo música celestial! ¡¿Por qué me castiga tan cruelmente?!

Debería sentirme plenamente satisfecho. Ese era el estado al que quería reducirle. Deseaba destruirle, arruinarle, hacer que ese talento del que tanto se jactaba y humillaba a los demás, le destruyera, le consumiera como una llama de fuego a la madera. Yo había sacrificado mi vida a la música, toda para ella. Y ese niñato la moldeaba con tanta facilidad, y sin dar nada a cambio… quería verle sufrir como su música me hacía sufrir a mí.

Pero cuando tuve esa oportunidad ante mis ojos, cuando le vi en aquel estado, no pude soportarlo.

Me levanté corriendo y le abracé contra mi pecho, acariciando su cabeza con lentitud. No me había fijado hasta ese momento en lo pequeño y menudo que era. Aún tenía cuerpo de efebo.

¿Por qué alguien tan joven tenía ese don y yo no?

Ese don, que se había tornado en tortura ante mis ojos a través de los labios de Wolfgang.

Se aferró a mi camisa con fuerza, casi con dolor, y sollozó sobre mi hombro por lo que me parecieron horas.

Era tan pequeño entre mis brazos…

Poco a poco, conforme los lloros se fueron calmando, fui notando como iba dejando su peso contra mí, siendo incapaz de mantenerse sobre sus propios pies.

No estaba dormido, de eso no cabía duda, pero parecía como si hubiese agotado todas sus fuerzas.

No dije nada, no pronuncie ni una sola palabra, no sería capaz de hacerlo. Le obligué a que se tumbara en la cama. Le quité los zapatos y desabroché sus apretados pantalones antes de arroparle.

Quería salir del dormitorio, alejarme de ese chiquillo durmiente lo más que pudiera, pero mis piernas se negaron a obedecerme. Y me quedé sentado a los pies de la cama durante toda la noche, sorprendiéndome el amanecer.

Aún era muy temprano cuando bajé a la calle para buscarle un coche que le llevase a casa. No me molesté ni en despertarlo, le cargué a la espalda como había hecho durante la noche y le bajé hasta el carruaje. No se despertó en ningún momento, ni siquiera cuando le tapé con mi habitual chaqueta de cuero y acaricié una vez más sus dorados rizos.

Indiqué la dirección al cochero y le pagué unos florines para que se encargase de subirle hasta su casa si aún seguía dormido.

Me quedé en medio de la calle, aterido de frío, observando el coche alejarse. No fue hasta que una mujer se chocó conmigo que volví a al realidad y regresé a mi casa.

Necesitaba dormir, mi cuerpo parecía hecho de plomo, y mi mente estaba nublada por el cansancio. Pero me negaba a dormir entre las mismas sábanas que él.

Y con esa idea entré en el cuarto, pero el tintero con la tinta derramada cubriendo el suelo me esperaba a los pies del buró.

Debía limpiarlo ya o la madera del suelo se resentiría.

Saqué un pañuelo de uno de los cajones de la mesilla y me arrodillé para secar todo aquel desastre. Como todo lo demás que provocaba Mozart.

Aunque nuevamente, algo me impidió culminar la tarea.

Las partituras que había garabateado también se encontraban en el suelo. Era imposible leerlas, entre los tachones, el desgarro y el haber caído sobre la tinta, hacía irrealizable su lectura.

Aunque las pocas notas que se podían ver, denotaban que era una partitura para violín.

Una melodía para violín que había estado torturando a Wolfgang de tal manera, que incluso encontrándose totalmente borracho, había tenido que ponerse a trabajar en ella…

- Filglio di Puttana

Rompí las hojas en mil pedazos.

Me levanté y abrí la ventana, dejando que ese aire tan poco otoñal recorriera la estancia, helándome hasta los huesos.

Saqué la mano a la calle y la abrí, dejando que el viento esparciera los restos de esa obra por toda la ciudad.

Ganas de ti

No estoy seguro de porqué nos estamos riendo, pero las risas salen a borbotones por nuestros labios.

Subimos corriendo los escalones hacia nuestra casa, intentando acallar las risas a medias con besos torpes y caricias insinuantes en las partes más pudorosas de nuestro cuerpo.

Constanze saca la llave de casa, pero estamos tan borrachos que nos es imposible abrir la puerta hasta minutos más tarde.

Cuando esta se abre, la primera en caer es ella, cogiéndome de la mano, obligando a que yo también caiga, encima suya.

Salieri ríe durante unos segundos antes de mirarle a los ojos. Wolfgang adora esa risa, esa pequeña sonrisa pícara que se forma en sus labios. Nunca suele reír… solo cuando está con él, y lo sabe.

Antonio le acaricia sus revueltos cabellos, sudorosos, y deja que sus dedos caigan hasta las encendidas mejillas, a causa del alcohol, del alemán. Mozart hace lo propio con la barbilla velluda del compositor italiano.

Ríen de nuevo, y Wolfgang se mueve para poder acercarse a la boca del hombre que descansa bajo su cuerpo, y deja que sus labios se junten.

Me separo bruscamente de mi mujer. El sabor de sus labios aún perdura en los míos… pero no era a ella a quien…

Constanze me mira desde el suelo, aún muerta de la risa.

Se incorpora como puede, apoyándose en la pared, y cierra la puerta, dejando la llave tirada por el suelo. Se acerca a mí, tambaleante, y rodea mi cuello con sus brazos finos y femeninos.

Su aroma me embriaga, y me hace sonreír como un tonto. Adoro la cara que se le queda cuando me mira así.

Río y la estampo contra una de las paredes, besándola con fiereza, recorriendo esa cavidad húmeda que tan bien conozco. Mis manos se cuelan bajo su falda y le obligo a levantar una pierna, pierna que ella enrosca alrededor de mi cadera.

El italiano enreda sus finos dedos de pianista en la rizada cabellera dorada de Mozart. Le obliga ha echar la cabeza hacia atrás, dejando su cuello libre a todas las malvadas ideas que se le puedan ocurrir a su lujuriosa boca.

Pronto Salieri recorre esa parte de piel con la lengua, provocando que Wolfgang empiece a gemir sin control:

- Qué fácil es hacerte temblar.- susurra contra el cuello de este antes de morderlo, apretando el abrazo de su cadera, acercándole aún más a su cuerpo.

No… eso no está pasando.

Cojo las muñecas de Constanze y elevo sus manos sobre su cabeza, notando la mirada pícara que ella me dedica.

Mientras con una mano la mantengo presa, con la otra desato el corsé y lo lanzo al suelo con fuerza, dejando que las hebillas de este reboten sonoramente contra el suelo de madera.

Vuelvo a besarla con vehemencia, mientras que mi mano libre acaricia los pechos exuberantes de mi mujer.

Mi respiración está acelerada, pero no por lo que cree ella. Muerdo su labio inferior y mi mano baja hasta el borde su falda, colándome bajo esta, acariciando su vello púbico.

Ella ríe, y me besa apasionadamente. Está rebosante de amor.

La suelto, y tras entrelazar mi mano con la suya, caminamos hacia el cuarto. Queremos devorarnos el uno al otro sobre las sábanas ásperas de nuestra cama. Pero estamos tan deseosos que no somos capaces de llegar, y nos quedamos apoyados contra el marco de la puerta.

Yo contra la madera, ella apoyando todo su peso sobre mí.

Deja su rostro contra el cuello del rubio, aspirando sonoramente el aroma del compositor alemán, haciendo que la carne de este se ponga de gallina.

El pecho de Salieri ya está desnudo, y Wolfgang aprovecha para bajar su rostro hacia los pezones erectos de su amante, mordiéndolos, lamiéndolos, succionándolos como su fuera el pecho materno.

Mientras tanto, las manos del italiano no están quietas, y desnuda el torso de Mozart, comienza a desabrocharle los pantalones…

- No tengas tanta prisa…- susurra antes de soplar sobre su pezón izquierdo.

- Es que tengo ganas de ti.

- Pero lo bueno se hace esperar, tú sabes…- dice conteniendo unas risitas traviesas.

Antonio deja los pantalones del joven y le coge de la barbilla, obligándole a apoyar la cabeza de nuevo contra el marco de la puerta. Acerca su cuerpo lo más que puede, aplastando al alemán contra la madera, y acerca sus labios a los suyos.

No le llega a besar, y con su barbilla aún apresada, le prohíbe a Wolfgang intentarlo siquiera. Deja que su aliento, fuerte, masculino, viril, se cuele dentro de la boca de Mozart, y que su barba le haga cosquillas en la suave piel, aún de adolescente:

- Te deseo, de todas las formas posibles en la que se puede desear a alguien.

- Yo también… créeme que yo también te deseo, muchísimo.

- Entonces no sé a qué esperas, pero lánzame ya sobre la cama.- dice Constanze mientras se separa de mí y empieza a reírse estrepitosamente.

Yo no puedo ni moverme, es como si me hubiese quedado clavado a la madera.

Cierro los ojos y hago rechinar los dientes con impotencia. Me doy asco a mí mismo. Me siento repugnante.

Me separo bruscamente y empujo a mi mujer contra la cama. Le arranco con furia lo que queda de la falda, y ataco a mordiscos su estómago y bajo vientre, mientras me deshago de mis pantalones.

La beso con fiereza, chocando nuestros dientes sin delicadeza alguna, y mis manos arañan sus muslos.

Quiero perderme entre su piel, fundirme en su interior y no salir nunca más.

La barba áspera le hace cosquillas contra el oído de Mozart:

- Menos mal que el que tenía ganas era yo…- susurra aguantándose una risa malvada.

No volver a pensar más.

Muerdo, quizás con excesiva fuera, el cuello inmaculado de mi esposa, y penetro en su interior de una sola estocada.

Ella araña mi espalda, pero me da igual, mejor. Quiero sentir dolor, quiero que me duela cada movimiento. Que el dolor nuble mis pensamientos.

Pronto me dejo llevar, y todo prosigue como si nunca hubiese pasado nada malo. Nos besamos, nos acariciamos, buscamos el ritmo que más nos complace a ambos. Variamos las posturas y gozamos de nuestro juego sensual. Reímos durante el acto y por unos minutos, mi mundo se reduce a ella.

- ¡Ohh! ¡Wolfgang! ¡Wolf! ¡Ahh!

Cada uno de sus gritos es una ópera para mis oídos.

Se deja caer sobre mi pecho, agotada. Su corazón late desbocado, al igual que el mío, y sonrío como un idiota mientras acaricio su cabello sudoroso, ralentizando mi acelerada respiración.

Giramos hasta acabar de lado, mirándonos a los ojos durante unos instantes:

- Ha estado genial.

- Tú siempre estás genial.- murmura.

- Lo sé, soy magnífico.

Nuevamente, su risa inunda la estancia, así que bajo un poquito, para poder dormir sobre sus cálidos pechos. Pero antes, deposito un dulce beso sobre su barriga:

- Te amo, Amadè.- susurra medio dormido.

Cierro los ojos de nuevo, notando esa sensación de impotencia recorrer mi cuerpo, mientras me acomodo entre los pechos de Constanze.

Porque es ahí donde debo estar, en la cama, con mi mujer. Besando su suave piel empolvada, soñando entre sus maduros pechos. Sabiendo que he hecho lo correcto al estar a su lado.

Pero mi mente, traidora de ella, se encuentra lejos de allí. Recorre las calles vacías de madrugada, sube los pisos de un gran edificio cerca del centro, se cuela bajo la puerta y encuentra su lugar entre los brazos de un, maldito, italiano.

La música de una fantasía

No debía de tener más de doce años, cuando mi hermano Francesco recibió en casa unos invitados recién llegados de Nápoles. Eran amigos de nuestro padre, y mi hermano les recibió gustoso en nuestro hogar.

Como regalo ante nuestra gratitud, nos brindaron una cena típica de su ciudad natal, y fue durante esta comida cuando probé por primera vez la, denominada pizza.

Era extraño, podía descifrar muchos de los ingredientes, ya que los comía normalmente, pero esa mezcla era tan innovadora como adictiva, y antes de que fuera consciente de ello, estaba pasando la noche en cama por culpa de un empacho.

Desde ese día no lo había vuelto a probar. Pero sin lógica alguna, hacía unos días bajé para charlar con la cocinera de la taberna que estaba en la misma calle que mi casa, para intentar explicarle como era ese delicioso manjar. Y por la cantidad de 10 florines, le pedí que me preparase un plato lo más parecido que pudiese.

Y noches más tarde, con la bolsa del dinero más ligera, me encontraba en la sala principal de mi casa, comiendo una masa de pan con queso, jamón y verduras, bebiendo vino rosado, celebrando en la más absoluta soledad bajo la luz de las velas, mi cumpleaños.

No precisaba lujos ni fiestas magníficas, no había nadie en la faz de la tierra con la que soñara compartir esa noche. No deseaba felicitaciones vacías de cualquier sentimiento y emoción. Si nadie se acordaba, mejor. La soledad nunca me había asustado, al contrario, la buscaba con vehemencia.

Por eso, cuando escuché los golpes rápidos y desesperados contra la puerta principal, mi corazón dio un vuelco, temiendo alguna noticia terrible, como una muerte o similares.

Pero contra todo pronostico, lo único que me encontré fue a un agitado Wolfgang. No llevaba puesta la peluca blanca, y los rizos dorados caían alocadamente por su rostro. Su ropa denotaba que había sido colocada con rapidez. Y sus mejillas, levemente azoradas, junto con su respiración acelerada, combinaban a la perfección.

Antes de que fuera capaz de decir nada, me atusó en la cara con unas partituras, para después empujarme y entrar dando grandes zancadas:

- ¡Eres el ser más despreciable sobre la tierra!- exclamó, girándose para poder mirarme a mitad del pasillo, dejando sus brazos en jarra.

Parpadeé varias veces, con la boca abierta esperando a que dijese algo, pero lo único que pude hacer fue cerrar la puerta. Los vecinos no tenían la culpa de las histerias de mi loco invitado:

- ¡¿Cómo te atreves si quiera a invitarme a tu casa tras haber cometido tal traición?!

- Mozart, no tengo ni idea de lo que me estás hablando.- dije tranquilamente, apoyándome contra la puerta, observándole sin saber muy bien de que iba todo aquel espectáculo.

- ¡De esto! ¡De esta basura!- exclamó exasperado, agitando frente su rostro las mismas partituras con las que me había golpeado.- ¡Eres un estafador! ¡Y una persona cruel! ¡Y encima eres feo!

De acuerdo, si no fuera porque yo estaba envuelto en aquella disputa, habría empezado a reírme ante tal comportamiento. Aclaré mi garganta y extendí una mano hacia él:

- Déjeme ver de qué son esas partituras, per favore.

El joven alemán hizo un infantil mohín, pero me alcanzó las manoseadas y arrugadas hojas:

- Es el concierto en re menor que has escrito para el marqués.- confesó.

- ¿Y puedo saber por qué tienes tú esto?- por primera vez, mi voz dejó entrever una nota de enfado.

- ¡Ese no es el punto! ¡Eres un traidor! ¡Un falso! ¡No mereces si quiera llamarte compositor!

Podía permitir muchas cosas, pero no eso. Arrugué la partitura en mi mano, y avancé hacia él, con paso firme y la mirada clavada en sus ojos. No estaba orgulloso de mi alta estatura, normalmente me hacía sentir fuera de lugar al sacarles a casi todo el mundo una cabeza, pero en momentos como ese, me aprovechaba de ello:

- Ahora explícame en qué te basas para decir tal calumnia, Wolfgang Gottlieb Mozart.

- ¡No me llames así!

- ¡Pues responde ahora mismo, o juro por Dios que incrustaré tu cabeza contra la pared!

Mi respiración se había agitado con notoriedad. Normalmente era una persona tranquila, paciente y casi nadie era capaz de sacarme de las casillas. Pero el joven Mozart… con solo pasar más de cinco minutos a su vera hacía que estallase cual pólvora.

El rubio notó mi cólera, y ante el último grito, noté como se encogió sobre sí mismo durante unos segundos. Pero ese arranque de temor le duró poco, ya que levantó la barbilla para poder mirarme altaneramente:

- Muchas partes de esa composición están copiadas de la sonata que escribí para la duquesa.

- Como osas decir tal falsedad, y encima en mi propia casa.- susurré, conteniendo las ganas de abofetearle.

- ¡Todo lo que digo es verdad!- me arrebató las partituras y comenzó a señalarme partes que había previamente redondeado.- Esto es idéntico, y aquí… ¡y esto también! ¡Eres tan penoso que tus plagios están clarísimos! ¡No eres capaz ni de copiar bien!

Se acabó.

Le empujé con fuerza, haciendo que casi perdiera el equilibrio, y levanté la mano dispuesto a cruzarle la cara.

Pero ese bofetón nunca llegó a caer, ya que en ese momento, Wolfgang empezó a reírse con aquella risa tan característica suya. No había razón para que se pusiera a desternillarse de esa manera, pero lo estaba haciendo. Me miraba con aquellos ojos centelleantes y se reía a mandíbula abierta:

- ¡Y encima te atreves a pegarme!- exclamó cuando fue capaz de hablar y rió un poco más, antes de apoyar una mano en mi hombro.- Querido amigo, eres todo un personaje.

Oficialmente, había dejado de entender toda aquella situación. Venía a mi casa, me acusaba de plagio y se reía en mi cara, en ese orden. Estaba loco o mi lógica no era la correcta.

- Está bien, es justo que te haga un regalo.- dijo de pronto, sacándose de la parte de atrás de sus pantalones un manojo de hojas dobladas y atadas con un cordel rojo.- Para que aprendas a diferenciar mi estilo del tuyo y no vuelvas a copiarme innecesariamente, ¿eh?

Y nuevamente, antes de que me dejara decir o hacer nada, dejó las hojas sobre una mesita y se marchó cerrando con un fuerte portazo.

¿Había sido mi impresión, o sus mejillas habían estado levemente sonrojadas al entregarme tal obsequio?

Realmente no le entendía. Me había quedado en medio del salón sin ser capaz de asimilar del todo bien lo que acababa de suceder. Miré el “regalo” que me había dejado, y tras deshacer el lazo del cordel, pude comprobar, que efectivamente, como había imaginado, eran unas partituras para piano.

Suspiré, derrotado, y me senté ante tal instrumento para poder escuchar con claridad tan extraño obsequio.

Apoyé los dedos sobre las frías teclas, y a la escasa luz de las velas, comencé a interpretar las suaves notas allí escritas. Eran lentas, seguidas, sin silencio alguno, como si todo se tratase de una canción de cuna, de una música compuesta para un cuento infantil… era la música de una fantasía.

Y las hojas se iban sucediendo una tras otra, y esa música, salida del sueño más tranquilo de aquel loco compositor, seguía empañando las paredes de mi salón.

Pero entonces, cual frasco de cristal al estrellarse contra el suelo, todo se rompió. En la esquina inferior derecha de la última hoja, había una pequeña nota escrita, unas palabras del puño y letra de Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart, del alocado e infantil Wolfgang Amadè Mozart…

- Feliz cumpleaños.- leí en voz alta.

Mis ojos se negaban a retirarse de aquellas dos palabras. Mi mente las leía una y otra vez, recordándome cruelmente quien las había escrito. Mis oídos recreaban sin cesar la música que había compuesto…

… para mí.

Me levanté de golpe. No me importaba tirar la silla al suelo, al igual que tampoco me importaba haber dejado escapar un grito de impotencia.

Le odiaba.

Deseaba matarle con mis propias manos.

Hacer desaparecer para siempre esa mente prodigiosa de la faz de la tierra.

Arranqué con fuerza las hojas del piano y las destrocé desesperadamente. Quería convertirlas en polvo con el solo roce de mis manos.

Tiré al suelo los trozos del papel, y dejé caer una de las velas encima, prendiendo un fuego tan frío… que me aterrorizó.

Grité de nuevo, lleno de ira. Me agaché a recoger la cena que tanto me había costado conseguir, y la tiré contra el fuego, despedazando los últimos resquicios de mi solitario cumpleaños.

Cuando el fuego se extinguió, rompí contra la pared la botella, y tras arremangarme la camisa, corté mis brazos, hasta que la sangre se confundió en el suelo con el vino.

Me arrastré por el suelo, sin importarme el manchar mi mejor traje. Pateé el piano y golpeé mi cabeza contra los muebles.

Cogí el cuchillo, que yacía olvidado entre los platos rotos, y corté algunos mechones sueltos de mi cuello, dándome igual si de paso cortaba mi barbilla y los lóbulos de las orejas.

Me hice un ovillo en medio del salón y grité hasta que me quedé sin aliento.

Normalmente era una persona tranquila, paciente y casi nadie era capaz de sacarme de las casillas. Pero el joven Mozart… el alocado e infantil Wolfgang Amadè Mozart…

Una sola palabra suya, podía hacerme enloquecer.