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Tic tac tic

El piano es como un pequeño tic tac tic que se repite sin cansancio.
 

Una nota, otra, otra, otra, otra, otra, otra, otra, otra, otra, otra, otra.
 

Do, mi, sol. Do, mi, sol. Do, mi, sol. Do, mi, sol. Do, mi, sol.
 

Y después cambiamos otra vez.
 

A otra nota, otra, otra, otra, otra, otra, otra, otra, otra, otra.
 

Re, fa, la. Re, fa, la. Re, fa, la. Re, fa, la. Re, fa, la. Re, fa, la.
 

Los dedos del pianista son largos, finos, parecen hechos con dos ramas de rosal.
 

Con espinas.
 

Y tienen tierra, mucha tierra. La suciedad lame su piel.
 

No, no es su piel. Son unos guantes de tela, que en otro tiempo seguramente fueron blancos.
 

Quiero llevarme las manos a la cara, necesito tocarme la cara. Pero no puedo.
 

Unas ataduras en las muñecas me queman, hacen que la carne se vuelva de fuego. Y duele.
 

Quiero gritar, pero por mucho que abra la boca, que expulse aire por ella, la voz se niega a salir. No quiere. Tiene miedo de salir al exterior.
 

Porque mi voz es de cristal, un cristal tan puro, tan fino, que el mero contacto con el mundo real la destrozaría.
 

Mi voz sería una lluvia fina y arenosa hecha de miles de cristales tan pequeños como…
 

Una risa. Hay una risa en la sala. Una risa que no es una risa, sino más bien el gorgoteo de una fuente.
 

Ni siquiera parece humana.
 

Pero nadie ríe, porque no hay nadie para poder reírse.
 

Y la música cambia.
 

Ahora seamos un la, si, re. La, si, re. La, si, re. La, si, re. La, si, re. La, si, re.
 

Tres notas que se repiten una, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra vez.
 

Las ataduras de golpe se vuelven más fuertes, y ya no sólo queman mi piel, mi carne. Ahora son mis huesos los que están sufriendo la tortura.
 

Porque no tengo piel, ni carne, ni músculos, ni tejidos en las muñecas. Solo hay huesos. Blancos, pulidos, perfectamente colocados para que pueda mover mis manos.
 

Y ahora están apresados bajo esas cuerdas. Gruesas y calientes. Que me queman, que me hace querer gritar cada vez con más fuerza.
 

El tic tac tic del piano continúa. Esa repetición de notas es una perfecta comparativa con el camino que recorre el segundero de un reloj. Es lo mismo, sin variaciones. Como las idas y venidas de un péndulo.
 

Tic tac tic.
 

Do, mi, sol.
 

Tic tac tic.
 

Re, fa, la.
 

Tic tac tic.
 

La, si, re.
 

Lo mismo da. Lo mismo es. No importa como lo quieras disimular.
 

Comienzan a escucharse unas voces a lo lejos. Hablan, se ríen, cantan.
 

Son mujeres, hombres, niños, niñas, ancianos, ancianas. Sus voces se entremezclan, y es como si se volviesen una sola. Una voz muy fuerte que se eleva y se eleva.
 

Pero en realidad no puedo oírlas, ya que el sonido del piano se sobrepone.
 

Mis oídos solo captan esas tres notas que varían y se repiten hasta la saciedad.
 

Quiero oír esas voces, las necesito. Ellos pueden sacarme de aquí, desatar esas cuerdas, liberarme de todo.
 

¿Pero cómo me van a escuchar, si yo no puedo hablar, y el piano está tan alto que ni siquiera puedo oírles con claridad?
 

Ellos no saben que estoy aquí. Lo sé.
 

No pueden venir a rescatarme. Y no lo harán.
 

Aunque, claro, quizás no es porque no me oigan, o porque no saben que me encuentro aquí atrapado. Puede ser que no quieran venir. Y punto.
 

Porque todas esas voces hablan de mí, sí. Hablan mal de mí.
 

Hablan de mis fallos, de mis errores, de mis meteduras de pata, de mis defectos.
 

Por eso, aunque el piano desapareciera, aunque mi voz fuera hecha de aire, que viaja y viaja hasta los oídos de la gente, no vendrían a por mí.
 

Y de nuevo esa risa.
 

Primero, otra vez, como el gorgoteo de una fuente. Una risa que no es una risa porque no es humana.
 

Pero de golpe cambia. Cambia. Cambia. Cambia. Cambia. Cambia. Cambia.
 

Es grave, y de pronto aguda, y otra vez grave. Es gutural, y suave, y lírica, y brutal.
 

Es la risa de un hombre. Un hombre que ha sufrido, y que ha sobrevivido.
 

Es la risa de un hombre que ya nada le importa. Porque, ¿qué puede importarle después de todo?  

Y la risa cada vez es más fuerte, tanto que el piano pasa a un segundo plano.
 

Las ataduras desaparecen, y es en el movimiento que hago con la cabeza para poder mirarme las manos, en ese momento que mis ojos regresan al frente, cuando le veo.
 

Es el pianista quien ha estado riéndose todo este tiempo.
 

Con su cabello grasiento, desordenado, del color de la hierba recién cortada. Con esos ojos grandes, desorbitados, con mirada enloquecida. Y esa boca.
 

Esa boca.
 

Con unos labios rojos tan largos que le llegan hasta las orejas. Y sonríen. Me sonríen.
 

Y puedo verle los dientes. Uno, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro.
 

Tengo miedo. Mucho miedo. Quiero levantarme y salir corriendo. Huir.
 

Sentarme en el sofá, envolverme en una manta, beberme un batido y ver la TV.
 

Sólo quiero eso. Algo sencillo, mundano, rutinario y natural.
 

Pero el pianista se levanta de su asiento, y a pesar de que se encuentra lejos del instrumento, que sus pasos, decididos a caminar en mi dirección, le alejan cada vez más del piano, este sigue sonando.
 

Con su do, mi, sol. Y su re, fa, la. Y su la, si, re. Con su tic tac tic.
 

Se sigue riendo, pero esta cada vez es menos una risa. Sino miles de ellas.
 

Un millón, dos millones, tres millones de risas que salen a borbotones de entre sus labios antinaturales.

Abro los ojos y mi techo me saluda como si desde que he cerrado los ojos sólo hayan pasado cinco minutos. Allí arriba, en las alturas, inmutable.

Respiro hondo y trago saliva antes de levantar las manos y comprobar que en las muñecas tengo, efectivamente, no solo piel, sino carne y músculos bajo esta.

No hay rastros de ataduras, y a lo lejos no se escuchan ni voces, ni risas, y mucho menos ningún piano.

Me incorporo lentamente, dejando que la sábana escurra por mi pecho antes de terminar hecha un burruño en mis caderas. Paso la mano por mi frente sudorosa, y solo entonces soy del todo consciente de que acabo de tener una pesadilla.

Vuelvo a respirar hondo, y cierro los ojos el suficiente tiempo como para cerciorarme de que realmente estoy despierto, y que los sueños que hasta hace unos segundos me atormentaban, no siguen acechando en las sombras a que me vuelva a dormir.

Me levanto de la cama y camino hasta la ventana. Allí afuera, en la oscura noche, miles de farolas intentan iluminar vagos caminos hacia casa, y los coches, rápidos y veloces, con sus motores rugiendo, creen que pueden suplir los cantos de los pájaros durante el día.

Me encuentro atrapado en ese tiempo en el que es demasiado tarde y demasiado temprano para cualquier cosa.

Claro que a mí las horas deberían darme igual. Yo puedo hacer lo que me dé la gana. Como si hace un sol esplendoroso en el cielo y decido dormir hasta el día siguiente. O si, como ahora, es de noche cerrada, y salgo por la ventana para correr sin descanso por esas calles que a tantos niños les dan miedo.

¿Pero qué es lo que se supone que quiero hacer, si mi respiración aún está entrecortada y mis piernas, temblorosas, amenazan con tirarme al suelo?

Si al menos no me encontrase solo…

Me giro de golpe, ignorando el mareo que mi cabeza ha decidido regalarme, y me precipito contra la mesilla de noche, cogiendo el móvil con manos torpes.

No es una emergencia, no es urgente, ni siquiera debería ser necesario. Pero es esto justo lo que quiero hacer.

Bitterbirdie:
Ey, pajarito.
¿Cómo llevas la noche?
¿Muchos hombres malos a los que patear?


Me quedo mirando la pantalla del teléfono móvil. Como pierde tono, como su luz se apaga poco a poco, hasta que se queda en negro.

Y pasa un segundo, y luego otro, y a lo tonto ya han pasado varios minutos. Pero la respuesta aún se demora un poco más.

Es lógico, en una ciudad como esta lo más normal es que, durante la noche de un viernes, la delincuencia aumente considerablemente, y que el pobre Drake esté hasta arriba, corriendo de un edificio a otro, gancho en mano permanente.

Suspiro y sonrío, mientras cierro los ojos y niego ligeramente.

Bitterbirdie:
Bueno.
Yo sí que ando algo aburrido.
Así que, si no tienes nada que hacer,
ya sabes,
ven antes a casa.
¿Vale?


Tiro el móvil sobre la cama, y después voy yo detrás. Es una tontería intentar volver a dormir, en pocas horas tengo que levantarme. Pero aún así, el colchón me recibe con los brazos abiertos.

El cuerpo me pesa como si me acabaran de dar una paliza, y son esos pinchazos por la espalda, los brazos y las piernas, quienes regresan la pesadilla a mi mente.

Y la voz de la experiencia me dice rápidamente que es una tontería pensar en ello. Sé de sobra de qué trata, lo que quiere decirme, y no será la última vez que sueñe algo parecido en lo que me queda de vida.

Giro sobre la cama para poder llegar a la otra mesilla de noche, y mientras me apoyo sobre el codo izquierdo, rebusco en el segundo cajón mi cajetilla de tabaco.

Me siento a lo indio, saco un cigarro, lo apoyo entre mis labios, y aspiro poco a poco mientras la llama del mechero enciende mi pequeño vicio.

El humo inunda mi boca, baja raudo por mi garganta, arrasando con todo a su paso. Mis pulmones lo reciben cansados, acostumbrados a su intromisión rutinaria. Y de pronto, todo regresa, y sale de mis órganos, sube veloz y sale impregnando con su sabor mis labios. Ahora el humo es libre, y asciende, y fluye, y desaparece como polvos de hada ante mis ojos.

Las primeras veces que yo fumé, no contaría con más de doce años. Y más que por gusto, lo hacía para poder sentirme mayor, alguien más adulto que sale a la ventana a poder fumar.

Bueno, eso, y poder relajarme. El obligarme a aspirar, tragar humo y expulsarlo, hacía que poco a poco los nervios, que a cada año eran más violentos, se evaporasen y consumieran de la misma manera que hacía el cigarro entre mis dedos.

Cojo el cenicero y lo coloco a mi lado mientras me tumbo, dando otra bocanada a ese cáncer enrollado en papel.

La habitación a oscuras parece más pequeña de lo que en realidad es. Las pocas luces que entran por la ventana se entremezclan con las sombras que reinan en el dormitorio, y juntas dibujan formas extrañas por las paredes y los muebles.

No quiero jugar a adivinarlas, bastantes monstruos he tenido ya por una noche.

Espero hasta que el cigarro se termina, dejo la colilla consumida y me levanto. No voy a dormir, pero el corazón me sigue latiendo con un ligero nerviosismo, y no hay nada mejor para eso que un buen baño relajante.

Ni siquiera me molesto en buscar algo de ropa limpia. Camino con pasos pesados hacia el baño y enciendo la luz.

La bombilla amarillenta me ciega cruelmente durante unos segundos, hasta que mis ojos olvidan su visión nocturna y se acostumbran a la luminosidad que invade el cuarto.

Ignoro el espejo que cuelga de una de las paredes y me siento en el borde de la bañera. Giro las roscas, regulando el agua antes de poner el tapón y dejar que esta se llene.

El agua poco a poco cae del grifo, se choca contra la losa y comienza a llenarse. Y aunque intente concentrarme en su visión, en su sonido, el paso rápido de mi corazón no desacelera.

Porque el tic tac tic continúa en alguna parte de mi cabeza.

Do, mi, sol. Re, fa, la. La, si, re.

Me levanto y arrodillo al lado de la bañera, y tras coger una bocanada de aire, me sumerjo en lo poco que ha conseguido llenarse.

Aquí dentro solo estamos yo y mi corazón. Esa bomba que se niega a ir más despacio, como un continuo recuerdo de los tormentos a los que me suele someter mi mente.

Esas inseguridades, esos miedos, esos traumas, que como fantasmas salen en mis sueños, pillándome desprevenido, y beben de mí en un intento por consumirme.

El aire se termina, y al salir del agua, el aire ligeramente caldeado por los vapores del próximo baño me recibe con calidez.

Unas manos me acarician el cabello mojado, y bajan por el perfil de mi rostro hasta la barbilla, obligándome a girar. Encontrándome con dos ojos azules que me miran tiernamente.

– Hola, Jason.

– Hola, Tim.

Una sonrisa curva sus labios antes de atraerme hacia él y besarme. Despacio, suavemente, como una caricia.

– ¿Otra pesadilla?

– No, es que estaba teniendo pensamientos impuros contigo y tenía que refrescarme.

Pone los ojos en blanco y suspira, aunque esa sonrisa no se borra en ningún momento.

– ¿Has pasado buena noche?

– Movidita, estoy algo cansado – mira hacia la bañera y ladea la cabeza –. ¿Me dejas meterme contigo?

– Es que te estaba esperando, sweetbirdie.

Un nuevo beso se posa sobre mis labios. Y mi corazón se tranquiliza.

Ya no más tic tac tic.

Do, mi, sol. Re, fa, la. La, si, re. Tim.

It's time - Batfamily

Dick:
So, this is what you meant
when you said that you spent

Tim:
And now it's the time to build
from the bottom of the pit right to the top

Dick:
Don't hold back packing my bags

Damian:
And giving the academy a rain check       

Jason:
I don't ever want to let you down
I don't ever want to leave this town
Because after all

Dick, Damian:
This city never sleeps at night

Tim: 
It's time to being, isn't is?
I get a little bit bigger, but then 
I'll admit, I'm just the same as I was

Jason:
Now you don't understand 
that I'm never changing who I am?

  Dick:
So this is where you fell

Damian:
And I am left to sell the path that heaven runs 
through miles of clouded hell
Right on the top, don't look back 

Tim:
Turning to rags
and giving the commodities a rain check

Damian:
I don't ever want to let you down
I don't ever want to leave this town
Because after all

Tim, Jason:
This city never sleeps at night

 Jason: 
It's time to being, isn't is?
I get a little bit bigger, but then 
I'll admit, I'm just the same as I was

 Dick:
Now you don't understand 
that I'm never changing who I am?

  Jason: 
It's time to being, isn't is?
I get a little bit bigger, but then 
I'll admit, I'm just the same as I was

  Tim:
Now you don't understand 
that I'm never changing who I am?

Damian:
This road never looked so lonely
This house doesn't burn so slowly
To ashes, to ashes


Dick, Jason, Tim, Damian, Steph, Cass, Babs:
It's time to being, isn't is?
I get a little bit bigger, but then 
I'll admit, I'm just the same as I was
Now you don't understand 
that I'm never changing who I am?
(x2)

Eres un fallo por morir, Todd

Debía de ser muy tarde, ya que mamá y papá ya se habían acostado.

Al principio pensé que eran voces dentro de mi sueño, pero poco a poco, fueron estas mismas las que me sacaron de él. Abrí los ojos lentamente, parpadeando, mientras escuchaba como alguien peleaba en la azotea de mi casa.

Bajé de la cama, no asustada, aunque no entendía por qué no, sino más bien curiosa e interesada en lo que estaba sucediendo:

- Como veas. Ni siquiera sé que hago perdiendo el tiempo con un crío como tú – dijo una voz grave y raspada.

- Eso me gustaría saber a mí – le contestó un niño, seguro que de mi edad -. Corre, que seguro que tú cita está impacientándose.

Se escuchó un nuevo golpe, aunque esta vez más flojito:

- Respeta a tus mayores, estúpido crío.

- ¿A ti? Nunca – dijo el chico con voz altanera -. Aunque, por tu humor, y por lo que sé, debe de ser por eso por lo que estás tan frustrado.

- ¿Y lo que sabes? – la voz del mayor ahora era juguetona, como si se burlara del pequeño -. ¿Qué se supone que sabes tú de mí?

- ¿De ti? ¿A parte de que eres patético? Lo siento, mis conocimientos no van encauzados hacia lo que sea que hagas tú.

- Oh, qué pena. Ya me había hecho ilusiones sobre lo que podías saber tú de mí.

Me acerqué lentamente hacia la ventana y me pegué al cristal, intentando poder verles aunque solo fuera de refilón:

- No necesito información de alguien como tú – seguía discutiendo el menor.

- Oh, por supuesto.

- Tan solo eres un fallo, no necesito saber nada más.

En ese momento creí que vendría un gran silencio tenso, u otro golpe, pero en cambio, una risa grave se escuchó con fuerza:

- Wo. Así que ahora soy el fallo. ¿Y el fallo de qué, si puede saberse?

- Sí, eres el fallo, y nunca me convertiré en alguien como tú.

- Sigues sin responderme, gatito.

- No tengo nada que contestarte.

- Quiero que me digas por qué me consideras un fallo – su voz era prácticamente una orden.

- Eres un fallo por morir, Todd – sentenció el niño.

Se escuchó un disparo, y vi como algo se aseguró al tejado del otro edificio, dejando ambos unidos por una especie de liana. Una figura pequeña saltó, agarrada a esta, pero justo en ese instante, otro disparo desenganchó la cuerda, y el pequeño se precipitó al vacío.

Contuve un grito, pero el muchacho logró agarrarse al borde de mi ventana. Yo me escondí justo debajo de esta, para que no me viese y pudiera seguir espiándoles:

- Me gustaría verte a ti en esa misma situación, aunque dudo que tu perro guardián Grayson te dejara tanto tiempo solo.

- He estado en esa misma situación – el niño había logrado agarrarse bien al alfeizar, y mientras hablaba, se iba acomodando hasta quedar sentado, apoyado contra mi cristal -. Y ahora estoy aquí. Sabes de sobra cual fue el resultado de todo eso, solo el principio. No como tú, que eres un inútil incapaz de superarlo.

Hubo un suspiro por parte del hombre que seguía en mi tejado:

- Sigues sin entender por dónde van los tiros, enano Wayne.

De nuevo se escuchó el primer disparo de antes, pero quien saltó esta vez fue el mayor. Me incorporé lo suficiente como para poder ver como su silueta llegaba al otro edificio y se perdía en la oscuridad:

- Sé perfectamente por dónde van los tiros, Todd, y perdona que no dejara que me dieras una gran lección sobre tu increíble vida – murmuró el niño sentado en mi ventana. Y entonces se giró de golpe.

Esta vez sí que no pude contener el grito y caí de culo, con los ojos fijos en la máscara que tapaba los suyos. Era Robin, el compañero de Batman:

- Yo… lo siento… - balbuceé.

- La próxima vez no seas tan cantosa, niña estúpida.

Y antes de que pudiera volver a disculparme, este saltó hacia el vacío.

Palabra : Mañanas

Lo primero que escucho en cuanto mi consciencia vuelve a la realidad es tu risa. Te noto echar algo sobre mí, es ligero, suave, y huele muy bien. Contienes el aliento durante unos segundos al darte cuenta de que ya estoy despierto, pero eso solo consigue que rías aún más y termines de verter sobre mí lo que sea con lo que estás cubriéndome.

De pronto te sientas al lado de mío y me zarandeas, moviendo entusiasta mi hombro derecho, intentando contener las miles de carcajadas que se esconden tras tus labios:

- ¡Capitán! ¡Capitán Peter Pan! ¡Despierta!

Curvo mi boca en una sonrisa divertida y abro los ojos, como sobresaltado, como si en verdad hubiera estado sumido en un profundo sueño y me hubiesen sacado a la superficie de golpe:

- ¡Wendy! ¿Qué ha sucedid…?

Pero mi pregunta muere al verme totalmente cubierto de miles de pétalos de numerosas flores. Hay pétalos largos y olorosos, algunos pequeñitos como gotas de lluvia, hay rosas, azules, violetas…

- Mira lo que nos han traído las hadas, Peter ¡Una lluvia de flores!

Me acabo de enderezar y me quedo mirando la cama embobado durante unos segundos, intentando que esa imagen que se extiende ante mí quede grabada en mi mente para siempre. Me giro y te veo, de rodillas a mi lado, sonriendo emocionada, como una niña antes de abrir sus regalos de cumpleaños.

Solamente me da tiempo a mover los labios, susurrando sin voz un “Je t’aime”, porque de repente te da un arranque de amor y te lanzas encima de mí, haciendo que ambos rodemos sobre la colcha llena de pétalos, riendo como dos niños mientras nos llenamos las caras de besos.

.-.-.-.-.

Giro en la cama y noto que el lado derecho de esta está frío. Abro los ojos despacio, acostumbrándome a la luz del amanecer que entra a raudales por la ventana y te busco con la mirada.

Aunque antes de que esto suceda, un beso contra mi oreja izquierda provoca que cierre los ojos de nuevo, disfrutando de la sensación que tus labios sobre mi piel producen.

Vuelvo a girar para poder mirar cómo te vistes despacio, como si fueras ralentizado por el mero hecho de que sabes que adoro verte. Eres una escultura en movimiento, hecha única y exclusivamente para mí.

Al terminar te sientas en el borde de la cama y acaricias mi rostro, obligándome a suspirar:

- ¿En serio que es necesario que vayas?- pregunto, por mucho que sepa la respuesta de antemano.

Solo asientes, sonriendo de lado, antes de volver a inclinarte sobre mí y regalarme el último beso, uno largo, hambriento, de esos que te dejan sin aliento.

Dejas escapar una risita entre dientes al ver la cara que se me ha quedado y te levantas, colocándote el sombrero que te identifica como agente secreto:

- Mañana en la noche viene Ferb a cenar y preparare sopa de marisco, con remolachas fritas. Podrías venir, si tienes tiempo. Ya sabes, nunca me importa el poner un plato más. Y si ves que se hace muy tarde, te quedas a dormir. No molestas, y eso…

Suspiras y contienes otra risita. Sé que hablo demasiado, pero es por compensación, tú no hablas casi nunca y yo lo hago por los dos.

Te acercas a la puerta, terminando de colocarte la gabardina y el sombrero, antes de girar tu rostro una vez más y guiñarme un ojo, para después desaparecer por el marco de esta.

- Maldito seas, Perry el Ornitorrinco…- digo en un susurro mientras vuelvo a cerrar los ojos.

 .-.-.-.-.

 - Vaaaaa, vengaaaa, porfaaaaa, quedateeee

Te oigo suspirar ante mis súplicas y eso hace que ría un poquito:

- No y no. Además, Alfred dijo que vendría a recogerme a las 7 para llevarme a clase.

- ¿Y? Joooo, podemos decir que te has puesto enfermo y te quedas en la cama conmigo.

- Claro, ¿y tú? Max va a subir de un momento a otro para decirte que te prepares para ir al colegio.

- ¡No podrá, porque yo también me habré puesto enfermo! ¡Y nos quedaremos juntos todo el día en la cama!

Esta vez eres tú el que ríe, haciendo que mi sonrisa se ensanche aún más:

- Venga, Bart, levántate y comienza a vestirte, que no tardas nada… literalmente.

- ¡No quiero!

- Pero, ¿por qué?

- Porque quiero quedarme contigo…- digo poniendo morritos.

Eso te desarma al completo… je… ya lo sabía.

Suspiras y dejas la mochila en el suelo antes de venir a la cama de nuevo y revolverme el cabello:

- Hagamos un trato, Imp.- comienzas mientras te sientas a mi lado.- Si vas a clase hoy y haces todos los deberes, mañana vengo otra vez a dormir contigo.

Vale, eso no me lo esperaba ¡Pero me encanta la idea!

Me levanto y en cinco segundos ya estoy arreglado y listo para salir, cosa que provoca que estalles en carcajadas:

- Supongo que eso es un “sí”, ¿verdad?

Como toda respuesta, corro a velocidad normal hasta ti, acomodándome entre tus piernas para poder besar divertido tus labios.

.-.-.-.-.
Te crees que tienes el poder sobre mí. Y la verdad es que me gusta que lo creas.

Llevamos toda la noche rodando por la cama, levantándonos y siguiendo nuestra lucha en el suelo, contra las paredes, sobre el tocador, apoyados en la puerta.

Nos hemos besado, acariciado, sí, pero también golpeado, arañado, mordido. Nuestras sangres mezcladas pintan todo el dormitorio, incluso alguna salpicadura ha llegado al techo seguro.

De pronto ríes y te tumbas encima de mí, lamiendo distraídamente un chorretón de sangre que cubre mi cuello:

- ¿Ya te has cansado, Jay?

- No… solo estoy esperando a que recuperes el aliento para girarte y meterla hasta el fondo.

Aquel comentario me hace reír. De donde yo provengo no es que las cosas se digan así, tan… ¿directas?

- Maleducado…- murmuro mientras te doy un sonoro cachete en el trasero, provocando que rías por lo bajo y vuelvas a morderme, arrancándome un gemido.

Arqueo la espalda gozoso y permito que te diviertas abriéndome más heridas por todo el cuello y clavícula.

Al final cumples tu amenaza. Al cabo de unos minutos me giras de pronto, y sin prepararme ni nada, comienzas a penetrarme, haciendo que nuestros jadeos inunden el dormitorio.

Si yo quisiera, me daría la vuelta de golpe. Agarraría tu pene con ambas manos y lo desollaría. Después cortaría tu cuerpo y vertería sangre en las heridas. Por último, sería yo quien te estaría dando por detrás.

Pero me gusta ver cómo te crees con poder sobre mí. Piensas que en verdad estoy totalmente a tu merced. Nada más lejos de la realidad.

.-.-.-.-.

 ¿Te imaginas que nos vemos?

No sé, muchas veces me suelo quedar embobado, con mis propios pensamientos, dándole vueltas a esa misma idea.

Sí, bueno, no es tan descabellado el poder vernos, pero aún así… es simplemente esa pregunta, y no cualquier otra, ninguna otra variación de la misma, la que ronda por mi cabeza en innumerables ocasiones.

Pero es que en mañanas como esta, no sé, el pensar en cosas así es como más propicio.

¿Te imaginas que nos vemos?

Uff… no sé tú, pero a mí se me ocurren mil cosas que poder hacer juntos.

La mayoría son tonterías, de esas que se pueden hacer normalmente con cualquiera. Pero la diferencia es que tú y yo no estamos juntos nunca. Y el poder realizar cualquier estupidez, sea como sea de nimia, juntos, hombro contra hombro… ay… no sé… es como emocionante.

Aunque… claro… luego hay otras cosas que se me ocurren… que ya no son tan banales…

¿Ves? A veces, cuando las pienso, incluso me entra la risa floja.

No quiero que pienses nada raro… demasiado raro… de mí. Pero solo piénsalo un momento.

¿Te imaginas que nos vemos…

… y lo primero que hago es lanzarme a tus brazos, haciendo que nuestros labios se encuentren?

Menuda tontería, ¿verdad?

Mayormente porque no solo haría eso. Te besaría nada más verte, eso sí… pero después te empujaría contra alguna pared y me apoyaría contra ti, jugueteando con los pequeños pelitos que cubren tu nuca. Tras eso, seguro que acariciarías mi cintura, girándome para que fuera yo quien acabara contra la pared. Entonces subiría mis manos y las enredaría entre tus cabellos, dejando que tu boca bajase a mi cuello y lo mordisqueara, haciendo que, inconscientemente, moviera las caderas para pegarlas a las tuyas. Jadearías contra mi humedecida piel, y yo gemiría entre dientes, cerrando los ojos, disfrutando de la sensación…

Dirk, ¿te imaginas que nos vemos?

.-.-.-.-.

 - Mierda… joder… ¡Yago! ¡Chucho, coño, despierta!

Típicas palabras de amor que me dices por las mañanas.

Gruño un poco entre dientes e intento poder seguir durmiendo, pero la hostia que me pegas con… con yo que sé… en la cabeza, es suficiente para que me gire y medio abra los ojos:

- Ay… ¿y ahora qué pas…?

- Nos hemos quedado dormidos, joder, y mi madre no sabía que esta noche me quedaba contigo.

Mierda. Ok, alerta roja, todos en pie.

Me levanto corriendo y comienzo a buscar mi ropa por el suelo mientras terminas de abrocharte el sujetador y te pones la camiseta.

En cuanto me calzo las botas, tú ya estás al lado de la moto esperándome con los brazos cruzados:

- ¡Venga, joder! ¡Eres más lento que el caballo del malo!

- ¡Voy! Espera… ¿y mis llaves?

- ¡Qué las tengo yo! ¡Yago, date prisa!

- ¡A sus órdenes!

Me recojo el pelo en una coleta y me subo en la moto, dejando que te acomodes tras de mí mientras arranco esta, saliendo a toda velocidad, llegando enseguida a la autopista.

Noto como te revuelves algo inquieta a mi espalda y tus manos agarran nerviosa la tela de mi camiseta. Suspiro y sonrío mientras acelero un poco:

- ¡Tranquila, no tardamos nada en llegar!

- ¿¡Qué!? ¡No te oigo!

Río. Joder, normal que no me escuches, si vamos a toda máquina por la carretera:

- ¡Qué te quiero!

Como toda respuesta noto como me pellizcas en el torso, arrancándome un quejidito… aunque después te acomodas, dejando tu rostro entre mis omoplatos.

Joder, ¿cómo puedes ser tan perfecta?

.-.-.-.-.

 Deben de ser pasadas las once cuando abro el ojo, aún medio adormilado. La luz entra a raudales a través de las cortinas. Vuelvo a cerrar los ojos y bostezo ruidosamente, maldiciendo al mismo tiempo el haber dormido tanto y el no poder seguir durmiendo un rato más.

Suspiro y comienzo a parpadear lentamente, intentando acostumbrarme a la luminosidad del día. La verdad es que no recuerdo ni lo que he soñado, pero he dormido tan jodidamente bien que no me importa mucho.

Me estiro un poco, provocando que algún huesecito por mi espalda cruja, haciendo que una sonrisita se dibuje en mi rostro antes de volver a acomodarme, por fin con los ojos bien abiertos.

Hace relativamente pronto que el buen tiempo hizo su llegada a estas tierras, pero ya es tan notable el cambio de temperaturas, que solo una ligera sábana cubre la cama.

Normalmente, cuando me acuesto, lo hago simplemente vestido con unos pantalones largos, blancos, de esos que se utilizan para ir a la playa. Pero claro, anoche fue una ocasión especial… y me encuentro totalmente desnudo.

Río pícaro, recordando los hechos de tan solo hace unas horas y me giro, quedándome embobado mirando tu espalda desnuda a mi lado.

Tu cabello cubre la almohada, y cae sobre el colchón y tus hombros a raudales. Algunos ricitos traviesos se enredan entre mis dedos y parece como si una enredadera color chocolate con leche naciese de tu cabeza:

- Tatyana… ¿estás despierta?- susurro, comprobando que aún duermes plácidamente.

Recorro tu cuerpo de arriba abajo, deleitándome con la imagen que tus caderas redondeadas, de tus nalgas firmes y tersas, tus piernas casi esculpidas por los propios dioses, me ofrecen.

Siempre fuiste la más bella de todos. Arjeta e Idriza son guapísimas, sí, e incluso la pequeña Milica… pero nada comparado contigo.

Debería levantarme, darme una ducha, y quizás ser algo caballeroso y prepararte el desayuno para llevártelo a la cama. Pero la idea de quedarme aquí, tumbado a tu lado, simplemente observándote dormir es demasiado tentadora.

Ni si quiera me hace falta verte el rostro, no me es necesario el que estés volteada hacia mí. Nunca me ha importado estar a tu espalda, escondido, solo mirándote en silencio.

Así que me acomodo de nuevo, dejando que mis dedos encuentren entretenimiento entre tus cabellos mientras mis ojos se fijan en tu desnudo cuerpo, recorriéndolo una y otra vez con una sonrisa bobalicona en los labios, esperando a que mi princesa despierte.

Niños normales

- No tardaré mucho, en unas dos horas estaré aquí.

- ¿Seguro que en tan poco tiempo podrá solucionarlo todo?- las miradas divertidas de todos le hicieron avergonzarse enseguida de haber dicho aquello.- Es decir… bueno… que es muy complicado… ya se que usted… pero… olvidar lo que he dicho.

- Tenéis pasta en la nevera, solo tenéis que calentarla y ya.- prosiguió Max, apoyado en el marco de la puerta de entrada.- De postre creo que queda helado, así que tenéis todo solucionado.

- ¡Tranquilo, Max! ¡Todo está bajo control!- exclamó Bart, emocionado ante la idea de pasar el día con sus amigos en casa.

El velocista revolvió los cabellos del joven Impulse y sonrió a los tres muchachos que estaban frente suya. Parecían angelitos, cosa que no eran para nada:

- Solo una cosa más antes de marcharme.- se agachó a la altura de Tim y le susurró al oído.- Procura que no quemen la casa, ¿de acuerdo?

- ¡Po-por supuesto!

- ¡Eh, Max! ¡No es justo que le digas eso a Tim!- protestó enseguida Super Boy.

- ¡Eh, Kon! ¡No es justo que espíes conversaciones ajenas con tu súper oído!- contrarrestó Mercury, provocando las risas de los presentes.

Tras un beso en la frente de Bart, el dueño de la casa se esfumó corriendo en menos de dos segundos, dejando, no sin sentirse preocupado, solos a ese trío diabólico.

Tim se tomó bastante en serio la tarea de proteger la casa de Max (Tim siempre se tomaba en serio todas las tareas que le encargaban), y había mandado a sus dos amigos a jugar con la consola al salón mientras él se encargaba de preparar la comida y poner la mesa.

Pero con lo que no contaba era que, durante el partido de fútbol virtual, Bart y Kon se picasen por quedar empatados, negándose a asumir que ninguno había ganado.

Los tres se sentaron a la mesa, pero ninguno de los intentos de conversación fructificó entre sus amigos. Se miraban con ojos asesinos, se hacían muecas y comentaban cosas infantiles sobre el contrario.

Rob sabía de sobra, que cuando se ponían así, era imposible hacerles recapacitar, y mejor callarse y hacerse un lado. Y ese plan estaba funcionando bastante bien…

… hasta que la mente de Imp maquinó.

Cogió una albóndiga, apuntó y se la lanzó a Kon:

- ¡Bart! ¡Estate quieto!- gritó Robin.

- ¡Ja! ¡No tienes puntería, enano!- se burló SP, siguiendo la trayectoria de la albóndiga, que casi roza su pelo, y siguió más allá de él.- ¡No ganas al fútbol y tampoco en est…!

No pudo terminar, ya que Bart, en una milésima de segundo le lanzó cinco cucharadas de espaguetis, que aterrizaron en su rostro.

La guerra acababa de comenzar.

Kon no se quedó atrás, en cuanto pudo, su salsa de las albóndigas manchó el cabello castaño de Imp (y parte de la mesa y la pared de atrás).

En menos de un minuto, el comedor estaba lleno de comida por todas partes, igual que ambos contrincantes, que se cubrían con sus propios platos y se lanzaban toda la comida que quedaba a su alcance.

Suficiente para Drake.

Se levantó en silencio, y tras coger ambos vasos de refresco pertenecientes a los soldados que estaban luchando en la violenta batalla, se los aventó a sus amigos a la cara:

- ¡BASTA!

Craso error.

La guerra terminó, claro que si. El tiempo necesario para que Bart y Kon se incorporaran, se miraran entre ellos, y tras cargar sus armas, dejaran a Tim aún más lleno de comida que ellos.

El pelo lleno de espaguetis, la cara de salsa de albóndigas, parte de la ropa una mezcla de trozos de dichas albóndigas, miguitas de pan, helado… Por no hablar de que el lado de Rob, que hasta ese momento había permanecido medianamente limpio, dejó de estarlo:

- Tim, estás…- empezó Bart.

- … divinamente conjuntado.- terminó Kon.

- No sabéis lo que habéis hecho…- murmuró Rob.

Y por primera vez durante la batalla, el cargamento de Drake lanzó dos bombas de espaguetis al campo enemigo.

Una hora más tarde, no solo el comedor estaba impresentable, si no también la cocina, el salón, y parte del recibidor.

Allen se había unido a las tropas de Robin, y ambos estaban escondidos bajo la mesa, siendo protegidos por el respaldo del sillón, ya que el enemigo Super Boy sobrevolaba la zona, cargado de granadas albóndigas.

Kon divisó un pie del contrincante, y lanzó una, dando de lleno, provocando que Imp estallara en carcajadas y asomara de su escondrijo para lanzarle una cucharada sopera de helado.

Objetivo alcanzado.

SP se derrumbó sobre el sillón, aquejado de horribles dolores heladienses. Bart tuvo que salir a comprobar su estado, mientras Robin preparaba nuevas balas de espaguetis por si era necesario.

Parecía que por fin la guerra había terminado tras el derribamiento de Super Boy, pero de pronto… ¡despertó!

Agarró a Imp de sorpresa y ambos cayeron al suelo, siendo Bart atacado por el arma más destructiva de todas… ¡las cosquillas!

Robin, al ver que su aliado estaba siendo preso de una emboscada ruin y vil, lanzó todo el cargamento de espaguetis, y tras armarse de helado, saltó sobre el sofá, cayendo sobre ellos, atacando a Kon con el frío e indestructible helado de limón.

Pero, terriblemente, el malvado Super Boy logró enganchar a Tim, y también empezó a sufrir la terrible tortura de las cosquillas.

Hacía unos veinte minutos que Max ya había llegado. Al escuchar los golpes y algunos quejidos se había asustado muchísimo, y entró corriendo en la casa… encontrándose la guerra de comida que sus invitados habían iniciado junto con su niño.

No le vieron llegar, ni siquiera le oyeron, y mucho menos cuando salió de la casa en silencio.

Y ahora se encontraba apoyado en el marco de la ventana del salón, observando divertido como se desarrollaba la lucha, y parecía que por fin el bando de Super Boy se estaba alzando ganador.

Contuvo las risas y cerró los ojos suspirando. Realmente, limpiar después todo ese desorden iba a ser mortal, pero por ahora… dejaría que los niños siguieran divirtiéndose.

Ya que, serían superhéroes, salvarían al país todos los días, pero por un rato… no les vendría mal ser unos niños normales.

Siempre

Y de pronto abrí los ojos.

Al principio me asusté mucho. Grité y me puse a llorar histérico, sin saber dónde me encontraba o lo que había pasado.

Cuando por fin me calmé, me explicaron todo lo sucedido…

… todo lo sucedido, como mi muerte, y el tiempo que había pasado entre ese suceso y la actualidad.

Todo me sonaba extraño y confuso, pero lo que más, fue el hecho de que hubiesen determinado reiniciarlo todo y devolverme a la vida.

Pasaron horas hasta que decidieron que me habían explicado todo, y fue entonces cuando dejaron que viera mi nueva apariencia.

Lo primero que pensé fue: ¡Mi pelo! ¡¿Qué han hecho con mi pelo?!

Me veía tan raro, aquella ropa, esas pintas… no eran normales, ni si quiera cuando yo no era más que un enano.

Enano… hablando de edades, volvía a tener el físico de unos 12 años.

Pronto me aburrí de verme en esa superficie. Definitivamente, ese no era yo… o por lo menos el yo que recordaba.

Dibujantes, siempre cambiándolo todo.

¡Compraros una vida!

Y justo en ese momento entró uno de ellos, apremiándome, diciéndome que debían empezar con los nuevos bocetos, publicitar mi nuevo traje, y bla bla bla bla… cosas que realmente no me importaban.

O no lo hacían hasta que me dijo que deberían borrar todos mis recuerdos, para que mis pensamientos no alterasen en absoluto al nuevo guión.

Le miré aterrado.

No podían hacer eso, ¿verdad?

Era todo lo que me quedaba, lo que quedaba de mi verdadero yo… no podían arrebatármelo.

Entonces nos quedamos quietos frente una puerta blanca:

- Al otro lado hay una sala con una puerta idéntica a esta. Elige a alguien del que quieras despedirte, y tendréis 10 minutos antes de que empecemos.- dijo con voz dulce, tranquila, como si aquello fuera muy normal.- Tómate tu tiempo.

En dos segundos pasaron por mi mente muchísimos nombres, pero no me hizo falta pensarlo mucho para decidirme por uno:

- Tim Drake.

- Perfecto, entra y enseguida estará contigo.- comentó sonriente mientras me abría la puerta, permitiéndome el paso.

Era una habitación blanca hasta en el suelo y el techo, sin ventanas, en la que solo habían dos puertas, una frente a otra.

Me daba miedo, una habitación tan vacía, tan abandonada, sin nada de vida, me aterraba.

Pero antes de que empezase a pensar en todas aquellas cosas, y sobretodo, antes de que comenzara a comerme la cabeza con todo ese tema de que borrasen mis recuerdos, la otra puerta se abrió…

… y entró él.

Hacía años que no nos veíamos, y estaba igual que siempre.

Antes de mi muerte, ya nos habíamos distanciado, y supuse que habría crecido, igual que yo, que por esa puerta entraría un adulto… pero a él también le habían rejuvenecido.

Me lancé sobre él antes de que dijese nada. Le abracé con fuerza y me grabé en la mente ese calor que tanto echaba de menos.

Tim rió, como siempre lo hacía, y me abrazó con una ternura imposible de describir.

Sus manos se pasearon por mi pelo, mi cuello, mi espalda… hacía tantísimos años…

Me costó mucho separarme de él, tanto que casi me dolió. Pero tan solo teníamos 10 minutos y tenía tantísimas cosas que contarle, tantas que me era imposible enumerarlas.

Avancé hacia atrás dos pasos y le miré sonriente, hasta que me fijé en su nuevo traje y…

- Tim… tienes plumas

- Lo sé.- suspiró derrotado.- ¿Y de que me sirven? Solo estorban…

- Te quedan… divinas.- dije, tapándome la boca con la mano, aguantándome una risa que amenazaba con salir en cuestión de segundos.

- Te conviene callarte, señor cresta.- dijo señalando mi nuevo look.

- Ya… lo sé… pero yo no voy con plumas por la vida.- no pude más, y estallé en carcajadas.- Te quedan muy… varoniles.

- Cállate, Bart.- su tono era de enfado…

… pero aquello era demasiado.

¿Plumas? En serio, ¿en qué piensan los dibujantes?

- Ay, qué calor… ¿me abanicas con tus plumas?

- ¿Te crees que soy un ventilador?- se cruzó de brazos.- Vete a correr un rato.

- Piénsalo por el lado positivo, si tienes que integrarte en un corral, tus plumas no te delataran.

Era tan divertido, mi mente era un hervidero de frases por el estilo.

- Vete a peinar, que se te baja la cresta

- ¡Vamos, Tim! Cuando llegues a los lugares siempre te escucharán llegar por el aleteo de tus emplumadas alas.

- Oh… si… muy ingenioso, Bart.

- Ya sabes, no hay nada que abrigue más que unas buenas plumas.

- Es una lástima que vayas a congelarte.

Reí un poco más y le miré a los ojos. Ya ni me acordaba del color de sus ojos. Había muchas cosas de él que ya casi ni recordaba.

Una sonrisa traviesa cruzó mis labios con rapidez, al mismo tiempo que recordaba una cosa muy importante de él…

… de mí…

… de nosotros.

Me acerqué hasta él y me puse de puntillas mientras pasaba mis brazos tras su nuca, dejando que nuestras bocas se rozasen:

- Sigues igual de guapo… plumas incluidas.- murmuré contra sus labios.

- No creas que de esta manera vas a conseguir que te preste mis plumas para no congelarte.- dijo mientras ponía sus manos en mi cintura.

- No quiero que me las prestes, tu traje es feísimo.- reí sin separarme un milímetro.- Solo te pediré que me abraces.

- Tampoco conseguirás convencerme tan fácilmente después de burlarte de mí.

No.

No podía haberse enfadado conmigo, ¿verdad?

Bajé hasta colocarme a mi altura y le miré asustado. Después de reencontrarnos no se podía haber enfadado… no…

Pero esa duda se disipó corriendo de mi cabeza en cuanto bajó sus labios a los míos y me besó.

Reí, reí como hacía años que no lo hacía, y volví a lanzarme contra él, capturando su boca con mis dientes, besándole con ganas…

… muchas ganas.

- Te he echado de menos.- dijo, sin dejar de abrazarme.

- Y yo a ti.- quería echarle en cara que había sido él quien me abandonó, pero no pude… no en ese momento.

- Siento lo de las plumas.- reí un poco.- Es que dan para mucho.

- Si, ya, bueno… ¿a quién se le ocurre?

- A los dibujantes.- reí de nuevo mientras me separaba, pasándome una mano por mi cabello.- A mi no me gusta el nuevo peinado, me veo rarísimo.

Tim sonrió ladeando la cabeza, mientras se mordía el labio inferior. Era tan guapo… siempre sería el más guapo de los dos:

- Es cuestión de acostumbrarse.- acarició mi mejilla.- Aún con todo, estás muy bien.

Sonreí satisfecho:

- Tú también. Te quedan bien las plumas.

- ¡¿Qué me quedan bien?!- exclamó separándose de mí, extendiendo los brazos, mostrando dichas plumas.- ¿Tú sabes lo que voy a tener que aguantar a Dick? Va a ser horrible…

Nuevamente estallé en carcajadas. Las risas estrellaban contra las vacías paredes y regresaban a mis oídos, provocándome más aún:

- ¿Solo de Dick? Y de Jason… y de Kon.- me tapé la boca sin parar de reír.- Sobretodo de Kon.

- No me los recuerdes, los he tenido MUY en cuenta.

Nos quedamos en silencio, mirándonos a los ojos sonrientes.

Antes de que toda esa nueva aventura diera comienzo, había muchas personas de las que me hubiera gustado “despedirme”. Como Wally, o Max… Arrowette… y de Kon.

Pero Tim siempre fue especial. Super Boy era impresionante. A su lado siempre me sentía protegido, y sus besos, sus caricias… todo era apasionante, lleno de fuerza y deseo.

Pero con Tim… esa ternura, ese cariño… sabía de antemano, antes de que me besase, que sus ojos estaban llenos de amor.

Y entonces caí en la cuenta:

- En los nuevos cómics no nos conoceremos. No estamos en el mismo grupo y… no nos vamos a conocer.

Decirlo en voz alta fue mil veces peor que haberlo pensado.

De pronto se me cortó las respiración y la sonrisa se borró por completo.

No.

No podíamos no conocernos…

- Aún no lo sabemos. Si es así, siempre tendremos lo que hemos vivido, ¿no?

- Van a borrarnos la memoria, no lo tendremos.- mi voz comenzó a temblar.

Aquello no estaba pasando…

Tim se quedó callado durante unos segundos antes de cogerme de la mano y tirar de mí, volviéndome a abrazar:

- Pero estás vivo.- susurró contra mi cabello.- Eso es suficiente incluso si no nos conocemos.

- ¡Pero yo no quiero estar vivo si no estoy contigo!

Empecé a híperventilar.

Mi corazón latía con brutalidad en mi pecho y mis ojos empezaron a anegarse de lágrimas:

- No es como si pudiéramos hacer mucho…

Negué con fuerza y me separé para poder mirarle a los ojos, notando las primeras lágrimas caer:

- ¡Ya me abandonaste una vez!- noté como esa acusación rompía la barrera de tranquilidad de Tim.- Y después mi muerte… ¡No quiero volver a pasar por lo mismo!

Su labio inferior tembló, y tuvo que respirar hondo para mantener la compostura, mantener esa tranquilidad…

… por mí:

- No hace falta que me lo digas, ya lo sé.- dijo volviendo a abrazarme.- No puedo cambiarlo, y ni siquiera sé que va a pasar.

Le abracé con fuerza, maldiciendo que tuviéramos tan poco tiempo.

¿Por qué nos obligaban a reencontrarnos para después despedirnos sabiendo que jamás volveríamos a encontrarnos?

Aquello era una verdadera tortura.

Levanté mi húmedo rostro y me perdí en sus ojos:

- Bésame.- le ordené.

No hizo falta que lo repitiera. Una de sus manos agarró con fuerza mi nuca y nos besamos.

Desesperadamente, con agonía, succionándonos el uno al otro, como si quisiéramos meternos en el cuerpo del otro y descansar allí para siempre.

La escasez de aire me obligó a separar nuestros labios:

- Te quiero… por favor, no lo olvides nunca.- susurré contra estos.- Te quiero.

Tim jadeó, conteniendo un llanto que avecinaba con venir.

No pudo decir nada, volvió a besarme, con más fiereza que la vez anterior.

Quería acallarme, lo sé. Quería olvidarse de todo aquello con ese beso.

Quería borrar mi dolor con un beso.

No pude evitar ponerme a llorar. Mi cuerpo temblaba con fuerza, pero me negaba a separar mis labios de los suyos…

… Tim no aguantó beber mis lágrimas cargadas de dolor, y nos obligó a cortar el beso.

Me apoyó contra su pecho, dejándome llorar a gritos, que me vaciara de toda aquella agonía:

- Bart…- susurró a mi oído.- Aunque no nos conozcamos, estás vivo y yo también. Quizás podamos encontrarnos, ¿sabes?

- Y cuando me encuentres… ¿te enamorarás de mí?

- No hará falta. Siempre recordaré que te quiero y tú siempre recordarás que me quieres.

Asentí, notando como esas palabras aumentaban mi llanto.

Dolía tanto…

- Aunque no sepa quién eres… te buscaré… siempre te estaré buscando.- los sollozos dificultaban mi habla.- Nunca… nunca se me olvidará… que te quiero… y cuando… cuando nos encontremos…

No pude continuar. Cada palabra era un cuchillo clavado en mi corazón.

Le escuché sonreír, pero también noté sus lágrimas sobre mi cabello.

Nuestro abrazo casi dolía más que lo que nos estábamos diciendo. Sus brazos eran tan fuertes que me asfixiaban, y mis dedos se clavaban en su espalda sin contemplaciones.

Pero no podíamos separarnos.

No queríamos separarnos.

Deseábamos fundirnos.

- Y cuando nos encontremos…- me animó a continuar.

- Cuando nos encontremos… ni los dibujantes… ni nadie… nos podrá separar…

Un sollozo desgarrador escapó de entre mis labios, y enterré el rostro en su hombro, incapaz de continuar con aquello.

El cuerpo de Tim temblaba al igual que el mío, y sus lágrimas frías y cristalinas se perdían entre mis castaños cabellos.

Tenerle así no era suficiente, quería notarle de verdad. Los uniformes solo nos molestaban. Deseaba que me besara y acariciara de otra manera… más privada…

… más íntima.

Lamer sus hombros, morder su cuello, arañar su espalda…

… que me llenase de él una última vez…

… solo una última vez.

Pero no había tiempo.

Tim abrió la boca para decirme algo, cuando la puerta que había a mi espalda se abrió:

- Allen, debemos irnos.

Negué desesperado. El tiempo no había acabado. No podía…

- Bart…- susurró Tim con la voz rasgada.

- No… aún no…

- Allen, ya han pasado los 10 minutos.

¿Cómo podían ser tan insensibles?

¿Cómo no se daban cuenta de lo que nos estaban haciendo?

¡No somos simples juguetes!

Tim me separó cruelmente. Sus manos temblaban tanto que pensé que se iba a romper:

- Nos volveremos a ver.- aseguró.

Quería creerle, debía creerle…

Me lancé una vez más sobre él, y le besé.

Recorrí su boca con ansias, grabándome ese sabor en lo más profundo de la memoria, donde los dibujantes no pudieran encontrarlo.

- Te quiero.- dijeron mis labios, ya que mi voz se negó a salir.

- Te amo.

Di un paso hacia atrás, y me sentí morir.

- Siempre te buscaré…

- Nunca dejaré de buscarte…

Dos pasos más y tuvimos que separar nuestras manos.

- Y me encontrarás…

- Cuando menos te lo esperes…

Llegué hasta la puerta y me agarré al marco para no caerme.

- Te quiero…

- Siempre…

Y la puerta se cerró, dejándome ver por última vez a Tim, mientras caía de rodillas al suelo cubriéndose el rostro.

Tranquilidad

Salgo de la cueva y me siento en una de las rocas de la entrada.

Ni siquiera he utilizado mi habilidad, no tengo ganas de ni siquiera correr.

Extraño, ¿verdad?

Yo, el ser que si su cuerpo no está en movimiento puede perder hasta la cabeza.

Siempre vibrando, hablando con rapidez, moviéndome cada cinco segundos, desesperándome ante cualquier indicio de lentitud.

Solo existen dos razones para las que ni siquiera tenga fuerza para mover mi cuerpo: que esté dormido…

… o halla llorado.

No suelo hacerlo, y cuando pasa, normalmente hay alguien cerca para consolarme, haciendo que por el cansancio acabe dormido entre su brazos.

Hoy nadie me había consolado.

Cassie y Cissie habían decidido esa mañana que les tocaba “noche de chicas”, así que tras encerrarse en uno de los cuartos con dos colchones, un par de pelis y provisiones como para tres meses, no habíamos vuelto a saber de ellas.

Red Tornado prometió hace semanas que llevaría a Traya de excursión, y sin poder aplazarlo más, ayer se marchó y dijo que no volvería hasta el lunes a menos que tuviésemos alguna emergencia.

Y Kon y Rob…

Sabía que era más pequeño que ellos, mucho más nervioso, infantil, inmaduro, pesado… ¡lo que quisieran llamarme! Seguro que tendrían razón, siempre la tienen…

Sé que no soy como ellos, que hay cosas de las que hablan que no entiendo, que hay veces es un poco cansado tener que estar pendientes de mí todo el rato y tener que explicarme hasta las cosas más sencillas, pero…

Me hago un ovillo y tras abrazarme las rodillas entierro mi cabeza entre ellas.

No me gusta sentirme desplazado, no me gusta estar solo, no me gusta sentirme un estorbo… y desde que nací no he hecho más que sentirme así.

Es tan difícil de explicar todas las cosas que llego a sentir en momentos como este…

Quiero cambiar, madurar, ser mayor, crecer y convertirme en un hombre con el que se pueda estar sin regañar o advertir que no haga tal y cual cosa…

… pero por otro lado…

No quiero perderme a mí mismo.

Tengo un miedo constante al futuro.

Desde que nací, el pasado no ha sido más que un lastre en blanco que descansa sobre mi espalda. Todo lo que recuerdo ha sido inducido a través de máquinas y videojuegos, no tengo nada real.

De pronto un día abrí los ojos y me encontraba en el presente, con una vida que no conocía, un mundo que no conocía, una existencia que…

Desde el primer momento en el que los vi, algo en mi interior cambió radicalmente. Mi acelerado corazón se paró de golpe y mi mundo empezó a girar.

Admiro a Wally sobre todas las cosas, cada movimiento suyo, cada palabra, solo hace que mi fascinación hacia él crezca más y más; Max… es el padre que realmente nunca tuve; Iris siempre será alguien demasiado especial; y Cassie… y Cissie…

Pero ellos…

Ro… Tim y Kon… son esa vida que ahora conozco, ese mundo que ahora conozco, esa existencia que ahora…

Son la única pieza que hace que no me vuelva loco cada mañana cuando me despierto.

Levanto la cabeza y me seco los últimos rastros de las lágrimas que aún empañan mi rostro antes de levantarme y volver a entrar.

Ellos ni se han inmutado de mi ausencia.

Me apoyo en el marco de la puerta y los observo en silencio durante unos instantes.

Están en el sofá. Rob está tumbado completamente, dejando su cabeza apoyada en las piernas de SP, dejando que jugueteé con sus cabellos plácidamente.

Estoy demasiado lejos como para saber de qué están hablando, pero Kon se ríe un poco en voz baja y siguen a lo suyo.

Cuando están así, solos, con esa paz… sé que no me extrañan en absoluto…

… y se ven tan bien…

Aprovecho que Super Boy ha cerrado los ojos durante unos segundos para ir corriendo a la parte trasera del sofá y sentarme allí, en silencio, notando su presencia cerca de mí, pero sin que ellos noten la mía.

No tardo mucho en dejarme vencer por el sueño allí mismo, acurrucado tras un sillón.

Pero antes de caer dormido, siento como me acarician la mejilla y depositan un suave beso en mi frente.

A pesar de ya haber cerrado los ojos, una lágrima logra escapar.

Gracias

Black Canary says:
Babs
Te quiero mucho vale?

Oracle
says:
Yo también te quiero mucho Dinah... pero me da que pensar que me lo digas así
debería preocuparme o solo sonreir felizmente?

Black Canary
says:
Sonrie felizmente, estas mas guapa.

Oracle
says:
lo hare
lo prometo

Black Canary
says:
No lo prometas
Hazlo y ya esta

Oracle
says:
no te vale mi promesa?

Black Canary
says:
No necesito una promesa para sabr que lo haras

Oracle
says:
Esta bien, tu ganas



Gracias por ser mi amiga, y sin necesidad de decirte nada, recordarme que estas ahí

Vibración

En momentos como este es consciente de cada una de las partículas que componen su cuerpo.

Normalmente también las siente, pero ahora, es como si cada una de ellas se multiplicase por cinco, y se extendieran a través de su cuerpo hacia fuera, creando una barrera a su alrededor de la que no fuera consciente y no pudiera manejar.

Nota como si su cuerpo se fuera desperdigando con esas nuevas partículas que salen de él, y este se vuelve pequeño, y pequeño, y pequeño, y más pequeño… hasta que, poco a poco, se va desintegrando.

Todo a su alrededor comenzaba a volverse borroso, y si mira sus manos, puede ver a través de ellas.

En momentos como este, solo es capaz de cerrar los ojos y rezar para que pare.

Y Tim solo es capaz de mirarle sin saber que hacer. En cierto modo ha sido su culpa, el nerviosismo que recorre las venas de su amigo se debe a la broma que le ha gastado, pero es que Bart es tan inocente que es imposible resistirse a reírse de él.

Levanta una mano para tocarle, pero desconoce cual es la reacción de este si lo hace, y se queda quieto a unos centímetros del brazo borroso del velocista.

De la garganta del castaño escapan débiles gimoteos. Hace rato que le pidió a Robin que llamase a Wally o a Max, pero no quiere dejarle solo, tiene miedo de que cuando regrese se haya evaporado.

Le repite una y otra vez que intente relajarse, que respire hondo, pero nada surte efecto, es más, las vibraciones cada vez van a más.

La tensión aumenta, y parece que Bart va a echarse a llorar de un momento a otro. Tim no lo sabe a ciencia cierta, pero su amigo es mucho más joven que él. Es un niño, y los niños cuando tienen miedo lloran… y ahora mismo tiene muchísimo pavor. Está aterrado.

Cierra los ojos y piensa en como ha afrontado en anteriores veces crisis como esta, pero en su mente solo aparecen momentos felices y normales, es incapaz de recordar ninguna pasada.

El temblor que sacude su cuerpo ha empeorado, la respiración es entrecortada y los latidos de su corazón han acelerado tanto que siente como si este se le fuese a salir por la boca. Se muerde el labio inferior y ahoga un sollozo que muere en su garganta. Quiere ver a Wally, quiere estar con él, que le diga algo tranquilizador… que Max le coja un brazos y le acune hasta que esa sensación desaparezca por completo.

Arrowette, ella siempre sabe que hacer en estas situaciones. La última vez lo consiguió, ¿verdad?

No puede dejarle solo para ir a buscarla, el resultado es el mismo que con Flash o Max Mercury. Se niega a dejar a Bart solo. Ni pensarlo.

Pero no lo soporta más. Su amigo está sufriendo, y por su culpa. Tiene que solucionarlo ahora mismo, sin vacilaciones, Bart ya no aguantará mucho más.

Respira hondo y pone la mente en blanco.

Sin pensárselo dos veces, coge sus manos entre las suyas, y juntando sus rostros, deja que sus labios rocen los de su amigo, antes de atraparlos, besándole con cierta timidez, pero decisión.

La vibración aumenta considerablemente, pero a los segundos, va parándose hasta que solo es un leve temblor a causa del nerviosismo.

Sin separarse aún, ambos abren los ojos, sin saber muy bien que ha sucedido.

Bart nota como toda la sangre del cuerpo se arremolina en sus mejillas, y azorado, se aparta rápidamente de su compañero.

Murmura unas palabras de agradecimiento, y sus dedos cubren retraídamente los labios sonrosados por el beso recién recibido.

A pesar de que la crisis ha pasado, el corazón no deja de latir con fuerza. Y aunque no lo sabe, el órgano del ayudante de Batman, late con la misma intensidad.

Las palabras surgen poco a poco de sus gargantas, se miran de hito en hito, y sus manos, presas de un nerviosismo que no conocen, se retuercen inconscientemente.

No saben muy bien porqué, pero mientras van hablando, se han ido acercando lentamente, como si no quisieran que el otro se percatase de ello, o porque ni ellos mismos se dan cuenta de lo que están haciendo.

La proximidad del uno al otro pronto se hace notoria, y las mejillas de ambos se colorean.

Al cabo de unos minutos, sus rostros están a escasos centímetros. Tim ha abierto las piernas, permitiendo que Bart se acomode entre ellas, y sus manos descansen en el pecho latente de Robin. A cada palabra que escapa de sus bocas, el aliento se choca contra sus rostros, provocando que el mundo que les rodea desaparezca por completo.

Es como si solo ellos dos existiesen en todo el universo.

Impulse cierra los ojos por inercia y acorta más la distancia que les separa, deleitándose con el leve roce que sus labios han encontrado. Esa sensación provoca un escalofrío que recorre la columna del pelinegro, nunca había estado tan nervioso y desesperado como hasta ahora.

No saben quien ha sido el primero, pero sus bocas se han unido, y son presos de mordiscos tímidos y jadeos a media voz. Sus manos recorren torpemente el cuerpo del otro, y un calor humano se adueña del cuarto.

La escasez de aire del obliga a separarse, pero no demasiado, es como si sus cuerpos estuvieran atrayéndose como dos imanes. Apoyan sus frentes, y dejan que en los labios de cada uno se dibuje una sonrisa pícara y atontada.

En momentos como este, es consciente de cada una de las partículas que componen su cuerpo.

Y Tim solo es capaz de mirarle sin saber que hacer, deseando encontrar una nueva excusa para besarle.