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Palabra : Mañanas

Lo primero que escucho en cuanto mi consciencia vuelve a la realidad es tu risa. Te noto echar algo sobre mí, es ligero, suave, y huele muy bien. Contienes el aliento durante unos segundos al darte cuenta de que ya estoy despierto, pero eso solo consigue que rías aún más y termines de verter sobre mí lo que sea con lo que estás cubriéndome.

De pronto te sientas al lado de mío y me zarandeas, moviendo entusiasta mi hombro derecho, intentando contener las miles de carcajadas que se esconden tras tus labios:

- ¡Capitán! ¡Capitán Peter Pan! ¡Despierta!

Curvo mi boca en una sonrisa divertida y abro los ojos, como sobresaltado, como si en verdad hubiera estado sumido en un profundo sueño y me hubiesen sacado a la superficie de golpe:

- ¡Wendy! ¿Qué ha sucedid…?

Pero mi pregunta muere al verme totalmente cubierto de miles de pétalos de numerosas flores. Hay pétalos largos y olorosos, algunos pequeñitos como gotas de lluvia, hay rosas, azules, violetas…

- Mira lo que nos han traído las hadas, Peter ¡Una lluvia de flores!

Me acabo de enderezar y me quedo mirando la cama embobado durante unos segundos, intentando que esa imagen que se extiende ante mí quede grabada en mi mente para siempre. Me giro y te veo, de rodillas a mi lado, sonriendo emocionada, como una niña antes de abrir sus regalos de cumpleaños.

Solamente me da tiempo a mover los labios, susurrando sin voz un “Je t’aime”, porque de repente te da un arranque de amor y te lanzas encima de mí, haciendo que ambos rodemos sobre la colcha llena de pétalos, riendo como dos niños mientras nos llenamos las caras de besos.

.-.-.-.-.

Giro en la cama y noto que el lado derecho de esta está frío. Abro los ojos despacio, acostumbrándome a la luz del amanecer que entra a raudales por la ventana y te busco con la mirada.

Aunque antes de que esto suceda, un beso contra mi oreja izquierda provoca que cierre los ojos de nuevo, disfrutando de la sensación que tus labios sobre mi piel producen.

Vuelvo a girar para poder mirar cómo te vistes despacio, como si fueras ralentizado por el mero hecho de que sabes que adoro verte. Eres una escultura en movimiento, hecha única y exclusivamente para mí.

Al terminar te sientas en el borde de la cama y acaricias mi rostro, obligándome a suspirar:

- ¿En serio que es necesario que vayas?- pregunto, por mucho que sepa la respuesta de antemano.

Solo asientes, sonriendo de lado, antes de volver a inclinarte sobre mí y regalarme el último beso, uno largo, hambriento, de esos que te dejan sin aliento.

Dejas escapar una risita entre dientes al ver la cara que se me ha quedado y te levantas, colocándote el sombrero que te identifica como agente secreto:

- Mañana en la noche viene Ferb a cenar y preparare sopa de marisco, con remolachas fritas. Podrías venir, si tienes tiempo. Ya sabes, nunca me importa el poner un plato más. Y si ves que se hace muy tarde, te quedas a dormir. No molestas, y eso…

Suspiras y contienes otra risita. Sé que hablo demasiado, pero es por compensación, tú no hablas casi nunca y yo lo hago por los dos.

Te acercas a la puerta, terminando de colocarte la gabardina y el sombrero, antes de girar tu rostro una vez más y guiñarme un ojo, para después desaparecer por el marco de esta.

- Maldito seas, Perry el Ornitorrinco…- digo en un susurro mientras vuelvo a cerrar los ojos.

 .-.-.-.-.

 - Vaaaaa, vengaaaa, porfaaaaa, quedateeee

Te oigo suspirar ante mis súplicas y eso hace que ría un poquito:

- No y no. Además, Alfred dijo que vendría a recogerme a las 7 para llevarme a clase.

- ¿Y? Joooo, podemos decir que te has puesto enfermo y te quedas en la cama conmigo.

- Claro, ¿y tú? Max va a subir de un momento a otro para decirte que te prepares para ir al colegio.

- ¡No podrá, porque yo también me habré puesto enfermo! ¡Y nos quedaremos juntos todo el día en la cama!

Esta vez eres tú el que ríe, haciendo que mi sonrisa se ensanche aún más:

- Venga, Bart, levántate y comienza a vestirte, que no tardas nada… literalmente.

- ¡No quiero!

- Pero, ¿por qué?

- Porque quiero quedarme contigo…- digo poniendo morritos.

Eso te desarma al completo… je… ya lo sabía.

Suspiras y dejas la mochila en el suelo antes de venir a la cama de nuevo y revolverme el cabello:

- Hagamos un trato, Imp.- comienzas mientras te sientas a mi lado.- Si vas a clase hoy y haces todos los deberes, mañana vengo otra vez a dormir contigo.

Vale, eso no me lo esperaba ¡Pero me encanta la idea!

Me levanto y en cinco segundos ya estoy arreglado y listo para salir, cosa que provoca que estalles en carcajadas:

- Supongo que eso es un “sí”, ¿verdad?

Como toda respuesta, corro a velocidad normal hasta ti, acomodándome entre tus piernas para poder besar divertido tus labios.

.-.-.-.-.
Te crees que tienes el poder sobre mí. Y la verdad es que me gusta que lo creas.

Llevamos toda la noche rodando por la cama, levantándonos y siguiendo nuestra lucha en el suelo, contra las paredes, sobre el tocador, apoyados en la puerta.

Nos hemos besado, acariciado, sí, pero también golpeado, arañado, mordido. Nuestras sangres mezcladas pintan todo el dormitorio, incluso alguna salpicadura ha llegado al techo seguro.

De pronto ríes y te tumbas encima de mí, lamiendo distraídamente un chorretón de sangre que cubre mi cuello:

- ¿Ya te has cansado, Jay?

- No… solo estoy esperando a que recuperes el aliento para girarte y meterla hasta el fondo.

Aquel comentario me hace reír. De donde yo provengo no es que las cosas se digan así, tan… ¿directas?

- Maleducado…- murmuro mientras te doy un sonoro cachete en el trasero, provocando que rías por lo bajo y vuelvas a morderme, arrancándome un gemido.

Arqueo la espalda gozoso y permito que te diviertas abriéndome más heridas por todo el cuello y clavícula.

Al final cumples tu amenaza. Al cabo de unos minutos me giras de pronto, y sin prepararme ni nada, comienzas a penetrarme, haciendo que nuestros jadeos inunden el dormitorio.

Si yo quisiera, me daría la vuelta de golpe. Agarraría tu pene con ambas manos y lo desollaría. Después cortaría tu cuerpo y vertería sangre en las heridas. Por último, sería yo quien te estaría dando por detrás.

Pero me gusta ver cómo te crees con poder sobre mí. Piensas que en verdad estoy totalmente a tu merced. Nada más lejos de la realidad.

.-.-.-.-.

 ¿Te imaginas que nos vemos?

No sé, muchas veces me suelo quedar embobado, con mis propios pensamientos, dándole vueltas a esa misma idea.

Sí, bueno, no es tan descabellado el poder vernos, pero aún así… es simplemente esa pregunta, y no cualquier otra, ninguna otra variación de la misma, la que ronda por mi cabeza en innumerables ocasiones.

Pero es que en mañanas como esta, no sé, el pensar en cosas así es como más propicio.

¿Te imaginas que nos vemos?

Uff… no sé tú, pero a mí se me ocurren mil cosas que poder hacer juntos.

La mayoría son tonterías, de esas que se pueden hacer normalmente con cualquiera. Pero la diferencia es que tú y yo no estamos juntos nunca. Y el poder realizar cualquier estupidez, sea como sea de nimia, juntos, hombro contra hombro… ay… no sé… es como emocionante.

Aunque… claro… luego hay otras cosas que se me ocurren… que ya no son tan banales…

¿Ves? A veces, cuando las pienso, incluso me entra la risa floja.

No quiero que pienses nada raro… demasiado raro… de mí. Pero solo piénsalo un momento.

¿Te imaginas que nos vemos…

… y lo primero que hago es lanzarme a tus brazos, haciendo que nuestros labios se encuentren?

Menuda tontería, ¿verdad?

Mayormente porque no solo haría eso. Te besaría nada más verte, eso sí… pero después te empujaría contra alguna pared y me apoyaría contra ti, jugueteando con los pequeños pelitos que cubren tu nuca. Tras eso, seguro que acariciarías mi cintura, girándome para que fuera yo quien acabara contra la pared. Entonces subiría mis manos y las enredaría entre tus cabellos, dejando que tu boca bajase a mi cuello y lo mordisqueara, haciendo que, inconscientemente, moviera las caderas para pegarlas a las tuyas. Jadearías contra mi humedecida piel, y yo gemiría entre dientes, cerrando los ojos, disfrutando de la sensación…

Dirk, ¿te imaginas que nos vemos?

.-.-.-.-.

 - Mierda… joder… ¡Yago! ¡Chucho, coño, despierta!

Típicas palabras de amor que me dices por las mañanas.

Gruño un poco entre dientes e intento poder seguir durmiendo, pero la hostia que me pegas con… con yo que sé… en la cabeza, es suficiente para que me gire y medio abra los ojos:

- Ay… ¿y ahora qué pas…?

- Nos hemos quedado dormidos, joder, y mi madre no sabía que esta noche me quedaba contigo.

Mierda. Ok, alerta roja, todos en pie.

Me levanto corriendo y comienzo a buscar mi ropa por el suelo mientras terminas de abrocharte el sujetador y te pones la camiseta.

En cuanto me calzo las botas, tú ya estás al lado de la moto esperándome con los brazos cruzados:

- ¡Venga, joder! ¡Eres más lento que el caballo del malo!

- ¡Voy! Espera… ¿y mis llaves?

- ¡Qué las tengo yo! ¡Yago, date prisa!

- ¡A sus órdenes!

Me recojo el pelo en una coleta y me subo en la moto, dejando que te acomodes tras de mí mientras arranco esta, saliendo a toda velocidad, llegando enseguida a la autopista.

Noto como te revuelves algo inquieta a mi espalda y tus manos agarran nerviosa la tela de mi camiseta. Suspiro y sonrío mientras acelero un poco:

- ¡Tranquila, no tardamos nada en llegar!

- ¿¡Qué!? ¡No te oigo!

Río. Joder, normal que no me escuches, si vamos a toda máquina por la carretera:

- ¡Qué te quiero!

Como toda respuesta noto como me pellizcas en el torso, arrancándome un quejidito… aunque después te acomodas, dejando tu rostro entre mis omoplatos.

Joder, ¿cómo puedes ser tan perfecta?

.-.-.-.-.

 Deben de ser pasadas las once cuando abro el ojo, aún medio adormilado. La luz entra a raudales a través de las cortinas. Vuelvo a cerrar los ojos y bostezo ruidosamente, maldiciendo al mismo tiempo el haber dormido tanto y el no poder seguir durmiendo un rato más.

Suspiro y comienzo a parpadear lentamente, intentando acostumbrarme a la luminosidad del día. La verdad es que no recuerdo ni lo que he soñado, pero he dormido tan jodidamente bien que no me importa mucho.

Me estiro un poco, provocando que algún huesecito por mi espalda cruja, haciendo que una sonrisita se dibuje en mi rostro antes de volver a acomodarme, por fin con los ojos bien abiertos.

Hace relativamente pronto que el buen tiempo hizo su llegada a estas tierras, pero ya es tan notable el cambio de temperaturas, que solo una ligera sábana cubre la cama.

Normalmente, cuando me acuesto, lo hago simplemente vestido con unos pantalones largos, blancos, de esos que se utilizan para ir a la playa. Pero claro, anoche fue una ocasión especial… y me encuentro totalmente desnudo.

Río pícaro, recordando los hechos de tan solo hace unas horas y me giro, quedándome embobado mirando tu espalda desnuda a mi lado.

Tu cabello cubre la almohada, y cae sobre el colchón y tus hombros a raudales. Algunos ricitos traviesos se enredan entre mis dedos y parece como si una enredadera color chocolate con leche naciese de tu cabeza:

- Tatyana… ¿estás despierta?- susurro, comprobando que aún duermes plácidamente.

Recorro tu cuerpo de arriba abajo, deleitándome con la imagen que tus caderas redondeadas, de tus nalgas firmes y tersas, tus piernas casi esculpidas por los propios dioses, me ofrecen.

Siempre fuiste la más bella de todos. Arjeta e Idriza son guapísimas, sí, e incluso la pequeña Milica… pero nada comparado contigo.

Debería levantarme, darme una ducha, y quizás ser algo caballeroso y prepararte el desayuno para llevártelo a la cama. Pero la idea de quedarme aquí, tumbado a tu lado, simplemente observándote dormir es demasiado tentadora.

Ni si quiera me hace falta verte el rostro, no me es necesario el que estés volteada hacia mí. Nunca me ha importado estar a tu espalda, escondido, solo mirándote en silencio.

Así que me acomodo de nuevo, dejando que mis dedos encuentren entretenimiento entre tus cabellos mientras mis ojos se fijan en tu desnudo cuerpo, recorriéndolo una y otra vez con una sonrisa bobalicona en los labios, esperando a que mi princesa despierte.

Porcelana

Hace dos semanas que no he pasado por casa.

Ni les cojo las llamadas ni se las devuelvo.

No quiero saber nada, absolutamente nada, de lo que suceda más allá de este edificio.

Y menos de él.

En estas dos semanas he pensado tantísimas veces en matarle, que me he dado miedo.

Pero fue él quien provocó la explosión, fue él quien planeó volar todo lo que había bajo tierra, fue él quien ha hecho que el amor de mi vida esté en una cama inconsciente desde entonces.

Me giro y compruebo que el gotero sigue lleno. No puedo permitir que despierte hasta que todo este listo.

Si se viera en este estado, no lo soportaría, estoy seguro de ello.

Camino hasta la cámara frigorífica y saco una nueva tira. Esta se parece tantísimo a su color que casi me río de puro alivio.

No pierdo tiempo, y tras colocarla sobre su omóplato comienzo a aplicarle el compuesto químico que funde este sucedáneo con su carne.

El proceso el lento, y hasta una hora más tarde no puedo pensar en otra cosa.

Ni siquiera me tomo la molesta de mirar la hora que es. No es que tenga otras cosas que hacer, pero mi estómago comienza a quejarse.

Aunque no es algo que me importe demasiado.

Las horas pasan una tras otra, y medianoche me sorprende.

Tomo aire y salgo de la habitación, encontrándome de frente con mi futuro suegro.

Sus ojeras están aún más pronunciadas que las mías, y esa palidez que tanto le característica es incluso preocupante:

- Phineas ha vuelto a llamar.- me comunica.

Yo solo sigo mirándole sin inmutarme. No voy a llamar a mi hermano, y Heinz lo sabe.

- ¿Cómo lo llevas?

- Solo me queda colocarle el cuello y todo estará listo.

- Vaya… que rápido eres…

Una mano en el hombro me obliga a girarme.

Perry está allí, sonriéndome de lado. Creo que él es el único que mantiene la cordura desde la explosión.

Me empuja lentamente hasta la cocina, donde un plato de sopa de fideos me espera en la mesa.

No tengo apetito, el mero hecho de pensar en comida me revuelve el estómago. Pero me siento y empiezo a comer automáticamente, como si me tratase de un robot.

Les noto moverse por el lugar, comentando cosas pueriles y mirándome. Pero les ignoro y ellos también lo hacen conmigo.

Ya han pasado dos semanas, y creo que aún no somos conscientes del paso del tiempo.

Es como si alguien hubiese dado al pause, y solo nosotros nos siguiéramos moviendo, ajenos al resto del universo que se ha quedado parado, en espera de una persona, que a veces tenemos miedo de que no despierte más.

No se en qué momento me quedo dormido sobre la mesa. No es que tenga sueño, o por lo menos yo no lo he notado. Simplemente cerré los ojos.

Ya es de día otra vez, y el cuello me está matando por haber dormido en el sofá.

Bostezo y me desperezo, viendo por el rabillo del ojo como Perry se acerca con una taza de café.

Se sienta a mi lado mientras me tomo el líquido negruzco y acostumbro a mis ojos a la claridad de la mañana.

Y así pasan mis días, uno tras otro, exactamente iguales.

Como cuando me obligan y caigo dormido por un cansancio que no noto. Es como si a cada día que pasa me activaran cual juguete a pilas, e hiciese cada una de las acciones sin ser consciente de ellas.

Pero de lo único que si que sé que sucede en mi vida, de lo único de lo que aún soy dueño, es de la reconstrucción de Vanessa.

La veo dormida y me la imagino como si fuese una muñeca de porcelana que se ha caído de la balda.

Sigue igual de hermosa, igual de imponente, con esa aura que solo los nobles del medievo poseen.

Y yo me dedico a recomponerla, a devolverla a su estado natural. Retiro la porcelana que se ha dañado y le pongo una nueva, más resistente. Pego sus trozos y pulo hasta el último detalle.

Sé que es un proceso lento, y que incluso, cuando logre colocarle todos los injertos de piel sobre su carne quemada, pasarán muchas semanas hasta que ella misma se acostumbre a su nuevo cuerpo.

Pero eso es lo de menos. Vanessa está viva, y dentro de poco retomará la consciencia, permitiéndonos a todos volver a respirar.

Y cuando eso suceda, la tomaré entre mis brazos y la besaré.

¿Dónde está Perry?

El sonido del despertador del teléfono móvil fue aún peor que si me hubiesen echado encima un jarro de agua fría.

Gruñí por lo bajo y lo apagué corriendo, no quería despertarla.

No eran ni las 6 de la mañana, y la verdad, es que daría lo que fuera con tal de poder quedarme hasta mediodía en la cama. Saber que la gente se levantaba para ir al trabajo, y que mi única preocupación debía ser el darme la vuelta y abrazar a Vanessa.

Me incorporé, sigiloso como un gato, y busqué mis calzoncillos con la mirada.

En cuestión de meses ya sería mayor de edad, y deseaba con todas mis fuerzas, que al tener un papel que acreditaba que ya era una persona madura y responsable, mis padres quitaran esa absurda norma de “A las 9 en casa”.

Había que reconocer que hacia años que no la cumplía. En cuanto todos los miembros de mi familia se encontraban profundamente dormidos, me escapaba por la ventana, caminando por las interminables calles que me separaban de mi amada hasta llegar a su portal.

Me estiré antes de subirme los pantalones y empezar a abrocharme el cinturón. Antes de salir me prepararía un café y lo llevaría en el termo hasta casa. El otoño se acercaba y el frío comenzaba a recorrer la ciudad, y más a esas horas de la mañana.

Tenía los ojos aún a media asta, y mis dedos estaban torpes mientras me abrochaba los botones de la camisa. El sol amenazaba con acabar de salir, mientras sus primeros rayos se colaban entre las rendijas de la persiana, y uno de ellos iluminaba un mechón color chocolate de mi pareja.

Bueno, pareja… Realmente no lo éramos, o no oficialmente. Pero la quería más que a mi propia vida; y cada beso, caricia, mordisco y mirada, hacía que supiese que ella también me quería a mí.

Murmuró algo entre sueños, y se giró hacia mí, dejando que una mano inerte ocupara mi lado de la cama. La sábana se había corrido y dejaba al aire uno de sus pechos. El solo hecho de observarlos hacía que mi boca salivara. No había ni un solo centímetro de su cuerpo que no encontrara total y absolutamente apetitoso.

Era tan bella…

Sonreí de lado, y me incliné sobre la cama para poder besar sus labios durmientes antes de salir del dormitorio sin hacer el más mínimo ruido.

No pude reprimir el escalofrío que recorrió mi espalda al entrar en la helada cocina. Me apoyé en el marco de la puerta mientras los fluorescentes del techo se encendían e iluminaban la estancia.

Era imposible el que siguiera despierto ni un minuto más si no me metía pronto cafeína en el cuerpo. Así que, mientras me senté sobre la encimera, esperando a que la cafetera siguiera con su trabajo, me iba pellizcando los brazos, alejando el sueño tanto como me era posible.

Y cuando esta hizo el “Tín” anunciando el final, sonreí como un idiota, desenchufando la máquina y acercando el termo para poder verter su oscuro contenido.

El aroma embriagó mis fosas nasales, empapando a su vez toda la cocina. Ese olor haría resucitar hasta a un muerto. El calor se elevaba en forma de humo hasta mi rostro mientras la jarra acababa de ser llenada. Eso me mantendría despierto, por lo menos, hasta que llegara a casa.

Aunque el destino me tenía una sorpresa preparada.

Salí de la cocina rumbo al salón, con la vista fija en el termo que sostenía con ambas manos, disfrutando del calorcito que emanaba. Tenía que recoger la sudadera y mi mochila de la sala y me marcharía a casa.

Pero con lo que no contaba era que, en medio del salón, Perry y Doofenshmirtz se encontraran durmiendo… solo tapando su desnudez la bata de laboratorio del que en un futuro sería mi suegro.

Una manta arrugada les protegía del frío suelo de cerámica, y la cercanía de sus cuerpos, semi abrazados, hacía comprender perfectamente (más incluso de que toda su ropa poblara el suelo del salón) lo que había pasado entre ellos aquella noche.

Por poco se me cae el termo de entre las manos, y todo el calor que había conseguido reunir gracias al café, se me subió a las mejillas.

¿Qué se supone que debía hacer en ese momento?

Cerré los ojos y respiré hondo. No era la primera vez que les veía en una situación tan comprometedora, y solo pasaría por su lado durante unos segundos antes de salir a la calle.

Y eso fue lo que hice, pasé lo más rápido que pude, caminando como si estuviese en un campo de minas por entre su ropa, recogí mis cosas, y salí casi corriendo al encuentro del frío aire mañanero que corría por las desiertas calles.

Cuando ya me encontraba a varias calles de distancia, pude sonreír con tranquilidad y darle un sorbo a mi café. Por lo menos no era el único que había pasado una “buena noche” en esa casa.

Hacía casi dos meses que había descubierto la habilidad de Perry. Un cambia formas, nadie se lo podría haber imaginado. Y no solo eso, si no que además era un agente secreto.

Un agente doble, igual que yo.

Me mordí el labio inferior al recordar cómo había descubierto todo aquello.

Solo cabía decir, que si Vanessa y yo, a veces, éramos poco discretos… ellos desconocían totalmente el significado de esa palabra.

Las calles vacías se sucedían una tras otra, y mis pensamientos volaban de ideas en ideas cada vez más incoherentes, mientras el contenido del termo iba bajando paulatinamente. Y cuando torcí la esquina y pude ver a lo lejos mi casa, el café ya se había terminado y el sabor aún recorría mi lengua y paladar.

Escalé la cañería hasta llegar a la ventana mal cerrada y entré en el calorcito del dormitorio que seguía compartiendo con mi hermano.

Phineas dormía plácidamente. Podría ser ya un adolescente en totalidad de condiciones, pero seguir durmiendo como un bebé.

Me acerqué, arropándole con la manta que había tirado durante el sueño. Y tras acariciar sus cabellos revueltos, besé su frente.

Cuando por fin pude meterme en la cama, escuché perfectamente como el despertador del dormitorio de mis padres se activaba marcando las 7 de la mañana.

Maldije en voz baja y enterré la cabeza contra la almohada, planteándome seriamente el fingir estar enfermo y pasarme el día entre las sábanas. Pero media hora más tarde ya tenía a Phineas zarandeándome, recordándome que ya era de día y que mamá nos esperaba para desayunar.

La rutina de todas las mañanas se repetía. Tras vestirnos, bajamos a la cocina, donde papá estaba acabando de meter todas las cosas en el maletín antes de irse; mamá seguía en bata, y esperaba, mientras bostezaba, a que las tostadas se hicieran; Candace chillaba histérica porque la camiseta que quería ponerse estaba sucia y correteaba por todo el salón, hablando por el móvil con Stacie para poder elegir un nuevo conjunto; y Phineas sentándose a mi lado, sonriendo de oreja a oreja mientras me contaba lo que ha soñado esa noche.

Yo solo miraba a todos, observando cada detalle, prestando atención al monstruo de cinco cabezas que vomitaba piruetas del sueño de mi hermano pequeño. Y cuando mamá dejó las tostadas sobre la mesa y anunció que se iba a duchar, me levanté para preparar los cereales de Phineas.

No es que esa siguiera siendo mi obligación, pero adoraba poder mimarle de todas las maneras de las que me fuera posible.

Él no cesa de hablar. Cuando terminó con su sueño, empezó a comentar el partido de baseball que vimos la noche anterior durante la cena, los libros que se quería leer, la poesía que le escribió el otro día Isabella, y etcétera, etcétera, etcétera.

Cuando el desayuno de ambos ya estaba preparado, nuestra hermana se sentó abatida, nos miró, gritó algo sin sentido (o por lo menos no para mí), y se sirvió un vaso de zumo, resoplando totalmente derrotada.

Los desayunos con Vanessa no tenían nada que ver con esto. Solo consistían en un café cargado, bebido mientras nos apretábamos en uno de los sofás de cuero del salón, y escuchábamos de fondo las noticias de la radio.

No había tostadas, ni huevos fritos, ni cereales, ni zumo, ni conversaciones medio dormidos, ni sueños impactantes. Solo silencio, aroma a café, y compañía. ¿Para qué íbamos a necesitar más?

- Por cierto, ¿dónde está Perry?

Y esa pregunta inocente de Phineas, una pregunta que llevaba años haciendo día tras día, hizo que estallara en carcajadas y casi me atragantara con la leche.

Era imposible que me hubiera contenido algo así. Nadie podría imaginarse donde estaba realmente nuestra mascota, y el mero hecho de haber pensado la respuesta correcta, me provocó un ataque de risa.

Candace y Phineas me miraron boquiabiertos, sin saber muy bien como reaccionar. Creo que incluso, el presentador de la TV que se encontraba dando el tiempo en ese mismo instante, cesó en su monólogo para poder mirarme sorprendido.

Me limpié la boca con el dorso de la mano y me levanté, recogiendo mi bol de los cereales mientras aún dejaba escapar retrazos de la risa:

- Ferb… ¿te encuentras bien?- preguntó Phineas muy preocupado.

“Claro que si, ¿no ves mi felicidad? Es solo que, contestando a tu anterior pregunta, Perry se encuentra retozando en el suelo con nuestro archienemigo. Y no, no me refiero a retozar de peleándose, si no más bien en retozar de hacer bebés”

Al tener tal pensamiento, mis carcajadas aumentaron. Me agarré el estómago, que empezaba a dolerme de tantas risas juntas, y mis ojos se habían humedecido desde hacía rato.

El salón entero seguía estático, mirándome sin saber como reaccionar.

Así que yo lo único que pude hacer fue mirarles, hacerles una señal de aprobación con la mano y marcharme rumbo al cuarto… donde pensaba dormir hasta bien entrado el mediodía.

Cera

Hace frío. El otoño cubre la ciudad y el aire se cuela por todos los rincones.

A pesar de tener las persianas bajas y las pesadas cortinas de terciopelo corridas, se nota el frío ambiente entre esas cuatro paredes.

Tiembla inconscientemente, notando como su piel poco a poco está más destemplada.

Las únicas partes de su cuerpo que siguen calientes son con las que la cuerda negra le mantiene atado.

Se sostiene con trabajos en equilibrio, ya que las ataduras le obligan a tener las manos y los pies prácticamente rozándose a la espalda.

Esas porciones de piel le arden, le escuecen. Se encuentran tan calientes que el resto de su cuerpo, a pesar de estar descendiendo paulatinamente de temperatura, no nota el cambio y sigue sintiendo calor.

Escucha los tacones acercándose y sus ojos cerrados aletean bajo el pañuelo negro de satén que mantiene tapada su visión.

Se para frente a él, y puede escuchar perfectamente su sonrisa mientras enciende un mechero.

Un calor diferente aparece pronto frente a su rostro. Es un calor que se balancea sobre si mismo y asciende a más y a más temperatura. Cuando lo retira, ya sabe perfectamente de qué se trata.

El primer hilo de cera líquida cae sobre su hombro izquierdo.

No grita, no gime, solo su respiración se acelera con notoriedad y su cuerpo sufre un leve espasmo.

El siguiente fuego en agua que resbala por su cuerpo es en la nuca. Baja como un río de lava por su columna vertebral y se pierde entre los pliegues de las cuerdas.

La bola de silicona que descansa en su boca se empapa cuando un tercer chorro ardiente cae en su nuez y se desliza tortuosamente entre los pectorales, acabando su viaje en su ombligo.

Cuando la cera caliente cae esta vez cerca de su ingle, la tira de cuero roja que mantiene la bola de silicona dentro de su boca se empapa gracias a un hilillo de saliva que escurre de la comisura de sus labios.

Cada río de fuego cae despacio, sin necesidad de acelerar el proceso. Tienen tiempo.

Su cuerpo tiembla, y a veces se retuerce un poco, consiguiendo que las cuerdas le rocen aún más. Siente frío cada segundo que no nota la cera sobre él y solo se concentra en las risas en susurros de su amante y del sonido de los tacones de esta al moverse.

Cuando el espasmo que sacude su cuerpo es muy notorio, la pequeña cadena de plata que une las pinzas que aprisionan sus pezones, resuena, como si fuera el pequeño cascabel de algún felino.

El dolor de su miembro atrapado roza lo insufrible. Al contrario de lo que pudiera parecer, todo aquel juego le mantiene totalmente excitado, pero el cinturón de castidad mantiene su erección aprisionada bajo el frío cuero negro.

Sin previo aviso, toda aquella deliciosa tortura cesa. Su cuerpo está tan ocupado en mantener el equilibrio a pesar de los temblores y escalofríos que no es consciente cuando ella vuelve a ponerse frente a él y de un soplo apaga la vela.

Sabe que se ha acuclillado cuando nota su aliento cerca.

Sus suaves manos, finas y femeninas, desatan la mordaza y la dejan caer, sin molestarse en recogerla.

Cierra la boca, y la vuelve a abrir, recuperando la movilidad de la mandíbula mientras resuella con fuerza, notando esta vez sus dedos desatando el nudo del pañuelo que le obliga a cerrar los ojos.

Este cae, lentamente, deslizándose con sedosidad por su maltratada piel.

No abre los ojos, aún no, se deleita al notar el roce de su respiración sobre él, moviendo casi imperceptiblemente las pestañas.

Cuando por fin los abre, una fina capa de lágrimas le impide enfocar, pero no le hace falta, sabe de sobra lo que se va a encontrar.

Vanessa está arrodillada delante suya, hidratando sus labios con la lengua, de tal manera que los pensamientos lascivos de Ferb se disparan enseguida, procurándole un pinchazo de dolor entre sus piernas.

La joven morena se inclina sobre él, y acaricia dulcemente la mejilla azorada del peliverde, notando como una sonrisa se forma en sus labios:

- Te quiero.- susurra el menor, pillándola desprevenida.

Pero pronto reacciona, haciendo desaparecer los escasos centímetros que los separaban.

Y le besa, primero con demasiada pasión y desenfreno, haciéndole temblar…

… pero poco a poco, ese beso se torna tierno y lleno de cariño.