Era una idea tan loca, que en cuanto Stancie se lo propuso, aceptó sin dudarlo.
No es que les faltasen ideas innovadoras a la hora de practicar el sexo, en absoluto. Ambos siempre estaban dispuestos a experimentar nuevas posturas, y a hacerlo en sitios cada vez más interesantes (como por ejemplo, encima del piano).
Pero había que reconocer que la idea de Constanze de que lo hiciesen en el teatro cuando este cerrase, había sido magnífica.
Así que lo planearon todo a la perfección.
Wolfgang preparó un ensayo para su próximo concierto, y alegando que tenía otros actos sociales, lo convocó por la tarde noche… más noche que tarde.
Y gracias a la excusa de que Stancie estaba otra vez embarazada, pudieron llevarse un colchón al teatro sin levantar casi ninguna sospecha.
Porque obviamente, Constanze JAMÁS se perdería un ensayo de Wolfgang, aunque estuviera medio muriéndose… o embarazada de 5 meses.
El ensayo comenzó a la hora señalizada, y la música celestial brotó de cada uno de los instrumentos. Esta se elevaba y retumbaba con fuerza en todas y cada una de las paredes del recinto.
Normalmente, cuando un ensayo salía tan bien, Mozart se dejaba llevar. Cerraba los ojos y se balanceaba sobre si mismo, tarareaba la música en silencio, e incluso a veces, llegaba a llorar.
En momentos como ese, Antonio Salieri solía levantarse de su apartado palco donde observaba todos los trabajos de Mozart, y se acercaba hasta él, para poder calmarle.
Pero esa noche no pasó nada de eso. Wolfgang estaba demasiado ocupado en lanzarle miraditas lascivas a su mujer, que le correspondía mandándole besitos entre risas.
Y así pasaron las horas, y cuando el reloj de la plaza marcó con fuerza las 10 de la noche, el compositor alemán despidió a todos los músicos con una gran sonrisa en los labios, felicitándoles por el magnífico trabajo… y apremiándoles para que se marcharan.
En cuanto se quedaron solos, no pudieron menos que estallar en carcajadas.
¡Lo habían conseguido!
Se apoyaron contra las puertas principales del teatro y siguieron riéndose, felices por su gran hazaña, incluso después de empezar a besarse desesperadamente. Se levantaron entre besos, jadeos y risas, y caminaron torpemente hacia el colchón que habían colocado tras el escenario, dejándose caer sobre este sin delicadeza alguna.
Constanze sacó una botella de vino y ambos gritaron eufóricos antes de comenzar a beber. Pronto la ropa ya sobraba, y aunque Stancie fue la primera en quitarse sus holgadas prendas (debido al embarazo), Wolfy fue quien se lanzó sobre ella, totalmente desnudo, para morder su cuello cual vampiro.
Nunca tuvieron ningún reparo en hacer toda clase de ruidos cuando se entregaban sexualmente el uno al otro, y en ese momentos, ebrios (nunca mejor dicho) de su euforia por haber conseguido quedarse en el teatro, sus gritos resonaban por todas las paredes de los bastidores.
Un amor tras las bambalinas, sonaba tan romántico y lírico…
El sudor se entremezclaba con la saliva y el liquido escarlata del vino que escurría de entre sus labios. Los jadeos entrecortados se sucedían uno tras otro y las risas se ahogaban cada vez más, sepultadas bajo miles de besos.
Pero todo lo bueno se acaba, y cuando Wolfy quiso volver a dar buena cuenta del vino, la botella se encontraba vacía:
- No te preocupes, meine Liebe.- murmuró Constanze mientras se levantaba, acomodándose como pudo las ropas que aún llevaba puestas.- Voy a comprar más vino y regreso.
-Ten cuidado y no te vayan a violar.- dijo entre risas mientras le levantaba la falda.
- ¡Wolfy! ¡Eres un pillo!- exclamó azorada antes de estallar en carcajadas y darle un beso torpe en los labios.- Ich liebe dich.
Se dedicaron una sonrisa fugaz y Constanze desapareció tras el telón.
Wolfgang rió un poco antes de suspirar mientras se dejaba caer hacia atrás exhausto. No podía existir una mujer más maravillosa en todo el planeta.
No se preocupó en absoluto en vestirse ni cubrirse de ningún modo. El teatro era absolutamente para ellos, y cuando su mujer regresase, sería como si el tiempo no hubiese pasado y continuarían amándose durante toda la noche.
Con lo que el joven alemán no contaba es que a una persona se le olvidase un pequeño cuaderno en uno de los palcos, regresando para poder recuperarlo. Y que al ver las luces y sombras de unas velas tras es el escenario decidiese ir a investigar, tan sigiloso como un felino…
- Stancie, si intentabas asustarme llegando por otro lado, te aseguro que no ha surtido efec…
- Vaya, no sabía que te fueran estas cosas.
Mozart se giró bruscamente al escuchar aquella voz masculina en vez de la de su mujer, tapándose las partes pudorosas como pudo con la primera prenda que encontró a mano:
- ¿Cosas? ¿Qué cosas?- intentaba aparentar que no le había asustado, que Salieri le viera así no le importaba lo más mínimo. Pero el temblor de su voz, y el carmesí de sus mejillas, le delataban.
- El exhibicionismo.- comentó, sonriendo de lado, mientras avanzaba unos pequeños pasos.
- ¡Ja! Bueno, yo tampoco sabía que te fueran estas cosas.- contraatacó.
- ¿Cosas? ¿Qué cosas?
- El voyeurismo.- sonrió de oreja a oreja.
Esta vez, a quien le toco sonrojarse y temblar su voz, fue al italiano:
- No te estaba espiando. Solo he venido a por mi cuaderno.
- Ya, claro…
- No me tomes por un pervertido, Wolfgang.- sus mejillas estaban cada vez más azoradas.- Me da igual lo que hagas con tu mujer… o tú solo.
- Vamos, no hace falta que te excuses. Con tu falta de placer carnal es normal que lo busques de otras maneras. Y no es por presumir, pero Stancie y yo somos unos magníficos ejemplos para que puedas… darte el placer que buscas.
Mozart tenía el control de la situación, y lo sabía. No importaba que se encontrase desnudo frente a un hombre mucho más fuerte que él, tenía la sartén cogida por el mango:
- El ladrón piensa que todos son de su condición.- Antonio resopló y cerró los ojos mientras se guardaba el cuaderno que había ido a buscar en su bolsa.- No me metas en tus obscenidades, no soy como tú.
El alemán estalló en carcajadas, olvidándose por completo de seguir tapando su desnudez. Se tumbó con fuerza sobre el jergón, riéndose a pleno pulmón. Si la situación de antes ya había abochornado a Salieri, aquello se estaba desorbitando.
Respiraba con demasiada fuerza, obligándose a seguir tomando aire, expulsándolo como un toro por sus orificios nasales, notando como su ya azorada cara se coloreaba aún más:
- Esto no merece la pena. Me marcho.- anunció, girándose bruscamente.
- Oh, vamos, Antonio, relájate.- por fin había cesado en sus risas y se incorporaba, quedándose sentado mientras le daba la espalda al otro.- No sé como aún piensas que tú música mejorará si te mantienes puro.
- Mi música es solo para Dios.
- Entonces toca en una iglesia.
- De algo tiene que vivir el hombre, y si el Señor me permite vivir de su don, lo haré.- no entendía ni siquiera porqué le contestaba… ni porqué no se había marchado aún.
Nuevamente, Mozart se rió:
- Antonio, aunque pudieras disfrutar de la vida, no sabrías como vivirla.
Salieri tuvo que respirar hondo antes de girarse, lentamente, esperando encontrarse con la mirada del otro compositor. Y claro que se la encontró. Wolfgang seguía sentado de espaldas a él, pero le miraba sobre su hombro, luciendo una sonrisa de suficiencia:
- Ya disfruto de mi vida, Herr Mozart, la disfruto viviendo por y para Dios.
- ¿Manteniéndote casto y puro? ¿Para que la música que creas sea cada vez más perfecta, divina?- esta vez, su risa fue totalmente despectiva.- Te diré un secreto, Antonio Salieri. Yo me entrego al sexo, al alcohol, a las risas y a los placeres humanos. Disfruto de cada momento de mi vida, mientras tú te encierras en ti mismo, creyendo que por sacrificar tu estancia en esta tierra, Dios te compensará con la creación de una música que dejará boquiabiertos a todos. Pero la verdad, es que ese don nunca llegará, y mi música será como el aceite. Quedará por encima de tus partituras de agua.
No le dio tiempo siquiera a moverse ni un solo centímetro. Salieri se había lanzado contra él como un león sobre su presa.
Arrodillado a su espalda, no tuvo ni que forcejear demasiado para atrapar ambas muñecas. Wolfgang, pianista desde que tenía uso de razón, las tenía pequeñas y delicadas como las de una niña, y contra las grandes y rudas manos del italiano tenía poco que hacer:
- ¡Suéltame!- ordenó enseguida, retorciéndose violentamente.
La risa, grave y gutural de Salieri, le petrificó en el acto:
- Ni lo sueñes.
Sin soltarle aún, se deshizo de su chaqueta de cuero, y pasó su brazo izquierdo hacia atrás, retorciendo la muñeca de Wolfgang:
- ¡Antonio, me haces daño!- lloriqueó.
- Eso es lo que intento.- susurró contra su hombro, dejando que su barba acariciase su piel.- Juguemos a algo, Mozart. Vamos a componer algo de música.
- ¿Es que tú eso lo consideras un juego?
Un tirón en su brazo le hizo callar:
- Yo empezaré a componer una melodía, y cada vez que yo me calle debes continuarla. Si lo haces bien, te soltaré… pero si no, te romperé la mano.
- Antonio… por favor…
- Vamos, magnífico compositor. Empieza el juego.
Wolfgang dejó caer la cabeza hacia delante, derrotado. Su mano… no podía darse el lujo, a tan pocos día de un concierto, de perder su mano izquierda.
Salieri la mantenía bien apretada, y la postura era tan incomoda que le hacía daño. Pero él se mantenía a su espalda, aprisionándole con fuerza, dejando que su aliento se estrellase contra su oído:
- Fa la, si bemol, do bemol, re mi. La fa, sol la…
-… do la, la, la, fa si re, mi bemol, re.
La voz de Mozart había perdido toda la confianza de la que antes se jactaba, su cuerpo ya no imponía en absoluto, y temblaba casi imperceptiblemente contra el torso del italiano.
Parecía que estaba a punto de llorar, pero mantenía todos sus sentidos pendientes de las notas que le proporcionaba Salieri. En cuanto estas salían de entre sus labios, contestaba enseguida, casi sin pensarlo.
Y eso cabreaba aún más a Antonio. Ni siquiera se tomaba unos segundos en recapacitar si las notas serían las adecuadas, respondía como si ya se supiera esa canción de memoria.
Sabía que Mozart se estaba tomando aquel juego en serio. Todo su cuerpo se lo aseguraba. Pero odiaba con toda su alma el que no fallara ni una sola vez.
Por supuesto que no iba a romperle la mano. Si se equivocaba se lo perdonaría, y al segundo error le soltaría diciendo que no valía la pena ni castigarle. Y se marcharía del teatro con la cabeza bien alta, sabiendo que había conseguido bajar de su nube de perfección al alemán. Pero Mozart no fallaba nunca.
Necesitaba complicar aún más aquel reto.
Y con esa idea en mente, la mano que mantenía libre se deslizó por el hombro desnudo de Wolfgang, recorriendo su brazo derecho hasta perderse en sus dedos.
Sonrió victorioso cuando, ante tal caricia, el alemán jadeó antes de contestar.
Así que, mientras le susurraba las nuevas notas, su mano viajó hasta su cadera, caminando por esta hasta subir a su estómago.
Su piel era suave, cálida y aterciopelada. Se asemejaba mucho a la de un bebé. Antonio no se esperaba un tacto tan agradable.
La voz de Wolfgang temblaba aún más que antes, y sus ojos habían acabado cerrándose. Ya no decía las notas en voz alta, las susurraba, arrastrando la voz.
Salieri no fue consciente en qué momento dejó de preocuparse por los errores de Mozart, y a concentrarse únicamente en las reacciones que este manifestaba a cada una de sus caricias.
Si acariciaba su brazo, hombro o cuello, suspiraba; si lo hacía sobre su cadera o estómago, se quedaba sin respiración unos segundos; aunque lo que más le gustaba a Antonio era que cuando su dedos le pellizcaban sutilmente los pezones, Wolfgang echaba la cabeza hacia atrás y gemía como un gatito.
Su sonrisa ya no era victoriosa, y en su mente no descansaba ninguna melodía inacabada, no había rastro del juego inicial. Mozart, como él mismo, se había convertido en su única preocupación.
El alemán le estaba volviendo loco, pero no con el tipo de locura al que estaba acostumbrado.
De pronto, su voz dejó de crear notas, y sus labios de entretuvieron con el lóbulo de la oreja de Wolfgang. Cuando sus dientes mordieron ese trozo de carne tan suave, los gemidos del compositor se intensificaron, provocando que una descarga eléctrica recorriera la columna vertebral del italiano.
Por primera vez en su vida se estaba dejando llevar por sus impulsos más primarios. Cada jadeo de Mozart le provocaba, le desafiaba a que continuase un pasito más allá, que experimentase que sucedería si le mordía en el cuello, si arañaba su pecho…
… o si rodeaba con sus manos la flecha que había crecido entre las piernas del Wolfgang.
Era el instinto más animal que podía sentir. Continuar suponía el abandono completo de su lógica y lucidez… un abandono al que se lanzó sin pensarlo.
Cerró los ojos, disfrutando de los gemidos, para nada controlados, de Mozart. El cuerpo de este temblaba, apoyándose contra el pecho del italiano, dejando apresados los brazos de ambos que aún se encontraban en la misma posición que al principio.
Le acariciaba de arriba abajo, rítmicamente, como si algo dentro de él le indicase todas las cosas que debía hacer. En que momento debía acelerar, en los lugares donde debía apretar, y cuando apoyar su boca en el oído de Wolfgang, recorriendo con su respiración el interior del compositor.
Y de pronto, una descarga hizo convulsionar al alemán, provocando que un líquido caliente empapase la mano de Antonio.
Esa pequeña acción le devolvió violentamente a la realidad.
¿Qué se suponía que estaba haciendo?
Se echó hacia atrás de golpe, soltando la muñeca de Mozart, que se tumbó de lado sobre el colchón, jadeando desmesuradamente.
Acababa de mancillar todo por lo que había luchado desde niño… solo… solo por… ¿por qué?
Se limpió la mano en los pantalones y se levantó bruscamente, sin ser capaz de ordenar un mínimo sus pensamientos.
Debía marcharse de allí rápidamente.
Se agachó para coger la chaqueta de cuero, y en ese momento, Mozart se giró para poder mirarle.
Estaba totalmente sonrojado, y los rastros de algunas lágrimas aún se atinaban a ver alrededor de sus ojos cristalinos y brillantes.
Pero a pesar de su aspecto lloroso, sonreía triunfante:
- Me ha gustado lo que hemos compuesto, Antonio. Cuando quieras repetimos.
Se acabó.
Se giró corriendo y desapareció entre los cortinajes del telón. Tenía que irse de allí, salir a la calle lo más pronto posible e irse a una iglesia. Necesitaba pedir perdón a Dios y… ¿así mismo?
Pero su huída se vio pausada durante unos segundos. Unos segundos en los que se encontró de frente con Constanze Mozart Weber, que le observaba escondida apoyada en el telón.
Y muy lejos de estar enfadada, triste o dolida… sonreía lascivamente, invitándole a una velada que Salieri se vio totalmente indispuesto en aceptar, corriendo hacia la salida…
… dejándose olvidado el cuaderno que había ido a buscar.
Mostrando entradas con la etiqueta Compositores - Mozart y Constanze. Mostrar todas las entradas
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Tan extraños como necesarios
La amo, la amo sobre todas las cosas.
La quiero incluso por encima de la música.
Cuando estoy cerca de ella, el corazón me late a tal velocidad que siento que se me puede salir del pecho.
Me hace sentir un verdadero héroe, un príncipe que es capaz de matar a mil dragones para poder rescatarla de su alta torre. Y al mismo tiempo, sigo siendo un niño cuando me acurruco entre sus brazos para conciliar el sueño.
El pequeño Karl va a cumplir el año dentro de unos meses. El verano empieza a desaparecer lentamente, y las noches se avecinan cada vez más rápido.
Wolfgang cierra la ventana de la sala. Un aire frío empieza a anunciar el anochecer, y no quiere que Constanze vuelva a enfermar.
Ella le sonríe, sin dejar de amamantar el pequeño Mozart. Ha heredado el cabello oscuro de su madre, pero los ojos azul profundo de su padre. Bebe con ansia, y eso provoca que Constanze deje escapar pequeños suspiros y jadeos.
Amadé se acerca a su esposa y besa su frente antes de sentarse en el suelo, a su lado. La mira embelesado, y ella le regala sonrisas pícaras.
Pronto, el pequeño Karl deja de beber, quedándose dormido entre los brazos de Constanze. Esta ríe, y se agacha lo suficiente como para poder regalar un beso apasionado a su marido.
No es que esté orgulloso de mi forma de vivir (que lo estoy) pero sé de sobra que no toda la gente comparte mi punto de vista.
Piensan que soy un libertino, que no valoro la vida, que malgasto mis oportunidades… que lo llamen como quieran.
Stancie es la única persona que no me juzga. Nunca lo ha hecho y sé que nunca lo hará.
Conoce mis defectos y mis virtudes, y los acepta todos. Porque me ama tanto como yo la amo a ella.
Tras dejar a Karl acostado en su cuna, Wolfgang no aguanta más y aprisiona a su mujer contra la pared, besándose entre risas, acariciándose con desesperación.
No son capaces ni de llegar a la cama. Se tumban en el frío suelo del dormitorio, sin dejar de morder y arañar su piel. Se funden con impaciencia. Necesitan sentirse YA y no piensan esperar…
… ni a llegar a la cama, ni a que Constanze se recupere de su peligroso parto.
Lo hacen rápido, sin delicadeza alguna. Varían de posturas mientras se revuelcan por el suelo, gozando como dos animales en celo. Acaban una hora más tarde, tendidos entre temblores, riendo a carcajadas.
Si ella hubiese nacido hombre, seguro que hubiera llegado a ser más virtuoso que yo. Sus dones son impresionantes y dejan embobado a cualquiera.
Es mi confidente, mi amiga y mi hermana; bebe cerveza como yo y es la única persona que me puede ganar al billar; es la mejor haciendo trampas al Báciga y solo ella conoce la forma de hacerme callar.
Pero también es mi mujer, mi amada, mi musa y mi vida.
Constanze acaba tan agotada que no es capaz de subir a la cama ella sola. Y jugando a los reyes y reinas, Wolfgang la recoge en volandas, depositándola suavemente sobre el colchón.
Ha sangrado un poco, y mientras Amadé limpia el suelo, su mujer se queda dormida.
Él sonríe, y besa sus cabellos antes de vestirse y salir a la calle, rumbo a la taberna más cercana. Será un genio, pero no tiene ni la más remota idea de cocinar.
Aunque sus planes pronto son interrumpidos al chocarse contra un hombre robusto envuelto en un abrigo de cuero.
Solo hay una parte de mí donde Stancie no es la dueña y señora.
Ella adora mi música, vive para escucharla y admirarla como si fuera un regalo de los dioses… pero no la comprende.
Constanze siente mi música con el alma, pero no la entiende con la cabeza.
Y hasta hacía unos años pensaba que solo yo podría hacerlo.
El joven alemán ríe mientras se separa, reconociendo a Salieri enseguida. Y aunque Wolfgang parece divertido ante el encuentro, el italiano no parece opinar lo mismo. Se coloca, visiblemente molesto, la ropa y le saluda secamente, deseando reanudar su camino.
Pero Wolfgang no comparte esa idea, y empieza a parlotear rápidamente mientras anda, obligando al otro compositor a seguirle rumbo a la taberna.
No tardan ni doscientos metros cuando ya han empezado a discutir. El orgullo de Amadé saca de quicio al humilde Antonio. Y este parece divertirse ante el mal humor que saca con él el italiano.
Es gracioso verle perder la compostura, subir su eterno bajo tono, y crisparse a cada palabra… o eso cree el joven Wolfgang.
Él llegó un día y puso mi mundo patas arriba.
Sé que admira mi música más que a nada, y también que me envidia tanto que sería capaz de matarme. Y eso solo se puede conseguir si ha sido capaz de leer mi música como yo la escribo.
Nunca me había importado las opiniones de la gente, pero la de Antonio me es necesaria. Aunque siempre me diga cosas malas, sé que en el fondo no piensa así.
Aunque Salieri sea normalmente una persona paciente, con Mozart es imposible serlo durante demasiado tiempo.
Cuando pasan cerca de un callejón, Antonio no lo soporta más y le empuja bruscamente en el interior de este. Wolfgang, lejos de asustarse o preocuparse lo más mínimo, estalla en carcajadas, y se burla del italiano, tildándolo de mafioso y de ser un violento. Pero a pesar de sus risas, Amadé se pone nervioso, y forcejea con él, intentando librarse y poder irse a la taberna. Jugar con Salieri le ha “cansado”
Desgraciadamente, eso es demasiado tarde. Antonio agarra con fuerza las pequeñas y delicadas muñecas del compositor y eleva sus manos sobre su cabeza.
Ahora SI que Wolfgang está asustado.
Sus mejillas se tiñen de rojo cuando Salieri se acerca peligrosamente, y susurra contra sus labios que no le obligue a romper sus delicadas manos en un “ataque de violencia mafiosa”.
Antes de casarme con Stancie estuve con muchas personas, hombres y mujeres. Pero nadie, nunca, me había atraído tan devastadoramente como él.
No es que sea especialmente guapo (que lo es), si no que puede leer en mi interior con tal facilidad que me asusta. Una sola mirada y conoce mis intenciones incluso antes de que yo sea consciente de lo que haré.
Salieri me da tanto miedo… que me atrae irremediablemente.
Un silencio abrumador se cierne sobre ellos. La noche ya se ha instalado sobre la ciudad, y les cuesta poder mirarse en aquel callejón tan oscuro a pesar de la cercanía.
El aliento de Antonio se estrella contra el rostro azorado del joven alemán. Su cuerpo tiembla, y no precisamente por el frío de la pared en la que está apoyado.
Los labios de ambos están tan próximos que casi se pueden rozar, y ese pensamiento obliga a Salieri a cerrar los ojos durante unos segundos. Cuando los abre, sus mejillas están tan rojizas como las de Mozart.
Antes de cometer una locura, se separa de Wolfgang, portando una sonrisa de superioridad, comentando que es muy sencillo asustarle y que en verdad sigue siendo como un niño mientras camina de vuelta a la calle principal.
Mozart necesita unos segundos antes de volver a recobrar el aliento. Su corazón late desbocadamente, pero lo controla con rapidez mientras corre tras el italiano. Aún quiere llevarle a la taberna e intentar emborracharle.
Sé de sobra que Constanze es el amor de mi vida. Solo con ella puedo compartir cada segundo de mi existencia sin cansarme.
Pero amo a Antonio infantil y desesperadamente. Él es la única razón por la que intento superarme en una materia en la que sé que soy el mejor.
Son amores tan distintos como iguales, tan extraños como necesarios.
Pero aún así, siguen siendo amor.
La quiero incluso por encima de la música.
Cuando estoy cerca de ella, el corazón me late a tal velocidad que siento que se me puede salir del pecho.
Me hace sentir un verdadero héroe, un príncipe que es capaz de matar a mil dragones para poder rescatarla de su alta torre. Y al mismo tiempo, sigo siendo un niño cuando me acurruco entre sus brazos para conciliar el sueño.
El pequeño Karl va a cumplir el año dentro de unos meses. El verano empieza a desaparecer lentamente, y las noches se avecinan cada vez más rápido.
Wolfgang cierra la ventana de la sala. Un aire frío empieza a anunciar el anochecer, y no quiere que Constanze vuelva a enfermar.
Ella le sonríe, sin dejar de amamantar el pequeño Mozart. Ha heredado el cabello oscuro de su madre, pero los ojos azul profundo de su padre. Bebe con ansia, y eso provoca que Constanze deje escapar pequeños suspiros y jadeos.
Amadé se acerca a su esposa y besa su frente antes de sentarse en el suelo, a su lado. La mira embelesado, y ella le regala sonrisas pícaras.
Pronto, el pequeño Karl deja de beber, quedándose dormido entre los brazos de Constanze. Esta ríe, y se agacha lo suficiente como para poder regalar un beso apasionado a su marido.
No es que esté orgulloso de mi forma de vivir (que lo estoy) pero sé de sobra que no toda la gente comparte mi punto de vista.
Piensan que soy un libertino, que no valoro la vida, que malgasto mis oportunidades… que lo llamen como quieran.
Stancie es la única persona que no me juzga. Nunca lo ha hecho y sé que nunca lo hará.
Conoce mis defectos y mis virtudes, y los acepta todos. Porque me ama tanto como yo la amo a ella.
Tras dejar a Karl acostado en su cuna, Wolfgang no aguanta más y aprisiona a su mujer contra la pared, besándose entre risas, acariciándose con desesperación.
No son capaces ni de llegar a la cama. Se tumban en el frío suelo del dormitorio, sin dejar de morder y arañar su piel. Se funden con impaciencia. Necesitan sentirse YA y no piensan esperar…
… ni a llegar a la cama, ni a que Constanze se recupere de su peligroso parto.
Lo hacen rápido, sin delicadeza alguna. Varían de posturas mientras se revuelcan por el suelo, gozando como dos animales en celo. Acaban una hora más tarde, tendidos entre temblores, riendo a carcajadas.
Si ella hubiese nacido hombre, seguro que hubiera llegado a ser más virtuoso que yo. Sus dones son impresionantes y dejan embobado a cualquiera.
Es mi confidente, mi amiga y mi hermana; bebe cerveza como yo y es la única persona que me puede ganar al billar; es la mejor haciendo trampas al Báciga y solo ella conoce la forma de hacerme callar.
Pero también es mi mujer, mi amada, mi musa y mi vida.
Constanze acaba tan agotada que no es capaz de subir a la cama ella sola. Y jugando a los reyes y reinas, Wolfgang la recoge en volandas, depositándola suavemente sobre el colchón.
Ha sangrado un poco, y mientras Amadé limpia el suelo, su mujer se queda dormida.
Él sonríe, y besa sus cabellos antes de vestirse y salir a la calle, rumbo a la taberna más cercana. Será un genio, pero no tiene ni la más remota idea de cocinar.
Aunque sus planes pronto son interrumpidos al chocarse contra un hombre robusto envuelto en un abrigo de cuero.
Solo hay una parte de mí donde Stancie no es la dueña y señora.
Ella adora mi música, vive para escucharla y admirarla como si fuera un regalo de los dioses… pero no la comprende.
Constanze siente mi música con el alma, pero no la entiende con la cabeza.
Y hasta hacía unos años pensaba que solo yo podría hacerlo.
El joven alemán ríe mientras se separa, reconociendo a Salieri enseguida. Y aunque Wolfgang parece divertido ante el encuentro, el italiano no parece opinar lo mismo. Se coloca, visiblemente molesto, la ropa y le saluda secamente, deseando reanudar su camino.
Pero Wolfgang no comparte esa idea, y empieza a parlotear rápidamente mientras anda, obligando al otro compositor a seguirle rumbo a la taberna.
No tardan ni doscientos metros cuando ya han empezado a discutir. El orgullo de Amadé saca de quicio al humilde Antonio. Y este parece divertirse ante el mal humor que saca con él el italiano.
Es gracioso verle perder la compostura, subir su eterno bajo tono, y crisparse a cada palabra… o eso cree el joven Wolfgang.
Él llegó un día y puso mi mundo patas arriba.
Sé que admira mi música más que a nada, y también que me envidia tanto que sería capaz de matarme. Y eso solo se puede conseguir si ha sido capaz de leer mi música como yo la escribo.
Nunca me había importado las opiniones de la gente, pero la de Antonio me es necesaria. Aunque siempre me diga cosas malas, sé que en el fondo no piensa así.
Aunque Salieri sea normalmente una persona paciente, con Mozart es imposible serlo durante demasiado tiempo.
Cuando pasan cerca de un callejón, Antonio no lo soporta más y le empuja bruscamente en el interior de este. Wolfgang, lejos de asustarse o preocuparse lo más mínimo, estalla en carcajadas, y se burla del italiano, tildándolo de mafioso y de ser un violento. Pero a pesar de sus risas, Amadé se pone nervioso, y forcejea con él, intentando librarse y poder irse a la taberna. Jugar con Salieri le ha “cansado”
Desgraciadamente, eso es demasiado tarde. Antonio agarra con fuerza las pequeñas y delicadas muñecas del compositor y eleva sus manos sobre su cabeza.
Ahora SI que Wolfgang está asustado.
Sus mejillas se tiñen de rojo cuando Salieri se acerca peligrosamente, y susurra contra sus labios que no le obligue a romper sus delicadas manos en un “ataque de violencia mafiosa”.
Antes de casarme con Stancie estuve con muchas personas, hombres y mujeres. Pero nadie, nunca, me había atraído tan devastadoramente como él.
No es que sea especialmente guapo (que lo es), si no que puede leer en mi interior con tal facilidad que me asusta. Una sola mirada y conoce mis intenciones incluso antes de que yo sea consciente de lo que haré.
Salieri me da tanto miedo… que me atrae irremediablemente.
Un silencio abrumador se cierne sobre ellos. La noche ya se ha instalado sobre la ciudad, y les cuesta poder mirarse en aquel callejón tan oscuro a pesar de la cercanía.
El aliento de Antonio se estrella contra el rostro azorado del joven alemán. Su cuerpo tiembla, y no precisamente por el frío de la pared en la que está apoyado.
Los labios de ambos están tan próximos que casi se pueden rozar, y ese pensamiento obliga a Salieri a cerrar los ojos durante unos segundos. Cuando los abre, sus mejillas están tan rojizas como las de Mozart.
Antes de cometer una locura, se separa de Wolfgang, portando una sonrisa de superioridad, comentando que es muy sencillo asustarle y que en verdad sigue siendo como un niño mientras camina de vuelta a la calle principal.
Mozart necesita unos segundos antes de volver a recobrar el aliento. Su corazón late desbocadamente, pero lo controla con rapidez mientras corre tras el italiano. Aún quiere llevarle a la taberna e intentar emborracharle.
Sé de sobra que Constanze es el amor de mi vida. Solo con ella puedo compartir cada segundo de mi existencia sin cansarme.
Pero amo a Antonio infantil y desesperadamente. Él es la única razón por la que intento superarme en una materia en la que sé que soy el mejor.
Son amores tan distintos como iguales, tan extraños como necesarios.
Pero aún así, siguen siendo amor.
Piano
Hacía frío
A pesar de que las ventanas estaban cerradas, un aire frío circulaba por toda la casa.
Aún llevaba puestos los zapatos y las medias, e intentaba que mi mente se concentrara en la piel caliente que aún conservaba en esas partes del cuerpo.
Constanze me miró con sonrisa pícara, lanzando el resto de mi ropa a la otra esquina de la sala.
El corsé le quedaba realmente ajustado, y sus pechos parecían que se iban a salir de un momento a otro.
Caminó hacia mí, marcando fuerte los pasos, dejando que sus dedos, fríos como el témpano, circularan por mi desnuda piel, hasta colocarse a mi espalda:
- Toca una melodía para mí, Wolfy.- susurró a mi oído.
Tragué saliva y reí nervioso, total y completamente excitado.
Fui hasta el piano y me senté en la banqueta, ahogando un gemido al notarla fatalmente helada bajo mis nalgas.
Respiré hondo y coloqué las manos sobre el teclado, pero el siseo de mi mujer me impidió comenzar la melodía:
- No, querido Wolfy, así no.- hablaba despacio, deleitándose con las palabras en su lengua antes de expulsarlas.- Complicaremos un poco más la situación.
Sus ojos me devoraban centímetro a centímetro, y la flecha que descansaba entre mis piernas amenazaba con lanzarse de un momento a otro.
Constanze se arrodilló a mi lado, y ante mi sorpresa, gateó hasta colocarse a mis pies, dejando sus manos descansando sobre mis rodillas:
- Comprobemos cuanta concentración llegas a tener.- dijo antes de relamerse sus labios rojo cereza.- Solo te advierto, que si pierdes el ritmo o te confundes de nota una sola vez… no volverás a besarme ni a tocarme en un mes.
Mi respiración decidió en ese momento cortarse de golpe y ni siquiera fui capaz de tragar saliva:
- Entonces no me queda otra más que complacer a la dama.- dije, sabiendo de la lujuriosa sonrisa que se iba formando en mi rostro.
Ella río, satisfecha de que hubiese aceptado el reto. Y cuando su rostro bajó, mis dedos comenzaron a tocar una sonata.
A pesar de que las ventanas estaban cerradas, un aire frío circulaba por toda la casa.
Aún llevaba puestos los zapatos y las medias, e intentaba que mi mente se concentrara en la piel caliente que aún conservaba en esas partes del cuerpo.
Constanze me miró con sonrisa pícara, lanzando el resto de mi ropa a la otra esquina de la sala.
El corsé le quedaba realmente ajustado, y sus pechos parecían que se iban a salir de un momento a otro.
Caminó hacia mí, marcando fuerte los pasos, dejando que sus dedos, fríos como el témpano, circularan por mi desnuda piel, hasta colocarse a mi espalda:
- Toca una melodía para mí, Wolfy.- susurró a mi oído.
Tragué saliva y reí nervioso, total y completamente excitado.
Fui hasta el piano y me senté en la banqueta, ahogando un gemido al notarla fatalmente helada bajo mis nalgas.
Respiré hondo y coloqué las manos sobre el teclado, pero el siseo de mi mujer me impidió comenzar la melodía:
- No, querido Wolfy, así no.- hablaba despacio, deleitándose con las palabras en su lengua antes de expulsarlas.- Complicaremos un poco más la situación.
Sus ojos me devoraban centímetro a centímetro, y la flecha que descansaba entre mis piernas amenazaba con lanzarse de un momento a otro.
Constanze se arrodilló a mi lado, y ante mi sorpresa, gateó hasta colocarse a mis pies, dejando sus manos descansando sobre mis rodillas:
- Comprobemos cuanta concentración llegas a tener.- dijo antes de relamerse sus labios rojo cereza.- Solo te advierto, que si pierdes el ritmo o te confundes de nota una sola vez… no volverás a besarme ni a tocarme en un mes.
Mi respiración decidió en ese momento cortarse de golpe y ni siquiera fui capaz de tragar saliva:
- Entonces no me queda otra más que complacer a la dama.- dije, sabiendo de la lujuriosa sonrisa que se iba formando en mi rostro.
Ella río, satisfecha de que hubiese aceptado el reto. Y cuando su rostro bajó, mis dedos comenzaron a tocar una sonata.
Ganas de ti
No estoy seguro de porqué nos estamos riendo, pero las risas salen a borbotones por nuestros labios.
Subimos corriendo los escalones hacia nuestra casa, intentando acallar las risas a medias con besos torpes y caricias insinuantes en las partes más pudorosas de nuestro cuerpo.
Constanze saca la llave de casa, pero estamos tan borrachos que nos es imposible abrir la puerta hasta minutos más tarde.
Cuando esta se abre, la primera en caer es ella, cogiéndome de la mano, obligando a que yo también caiga, encima suya.
Salieri ríe durante unos segundos antes de mirarle a los ojos. Wolfgang adora esa risa, esa pequeña sonrisa pícara que se forma en sus labios. Nunca suele reír… solo cuando está con él, y lo sabe.
Antonio le acaricia sus revueltos cabellos, sudorosos, y deja que sus dedos caigan hasta las encendidas mejillas, a causa del alcohol, del alemán. Mozart hace lo propio con la barbilla velluda del compositor italiano.
Ríen de nuevo, y Wolfgang se mueve para poder acercarse a la boca del hombre que descansa bajo su cuerpo, y deja que sus labios se junten.
Me separo bruscamente de mi mujer. El sabor de sus labios aún perdura en los míos… pero no era a ella a quien…
Constanze me mira desde el suelo, aún muerta de la risa.
Se incorpora como puede, apoyándose en la pared, y cierra la puerta, dejando la llave tirada por el suelo. Se acerca a mí, tambaleante, y rodea mi cuello con sus brazos finos y femeninos.
Su aroma me embriaga, y me hace sonreír como un tonto. Adoro la cara que se le queda cuando me mira así.
Río y la estampo contra una de las paredes, besándola con fiereza, recorriendo esa cavidad húmeda que tan bien conozco. Mis manos se cuelan bajo su falda y le obligo a levantar una pierna, pierna que ella enrosca alrededor de mi cadera.
El italiano enreda sus finos dedos de pianista en la rizada cabellera dorada de Mozart. Le obliga ha echar la cabeza hacia atrás, dejando su cuello libre a todas las malvadas ideas que se le puedan ocurrir a su lujuriosa boca.
Pronto Salieri recorre esa parte de piel con la lengua, provocando que Wolfgang empiece a gemir sin control:
- Qué fácil es hacerte temblar.- susurra contra el cuello de este antes de morderlo, apretando el abrazo de su cadera, acercándole aún más a su cuerpo.
No… eso no está pasando.
Cojo las muñecas de Constanze y elevo sus manos sobre su cabeza, notando la mirada pícara que ella me dedica.
Mientras con una mano la mantengo presa, con la otra desato el corsé y lo lanzo al suelo con fuerza, dejando que las hebillas de este reboten sonoramente contra el suelo de madera.
Vuelvo a besarla con vehemencia, mientras que mi mano libre acaricia los pechos exuberantes de mi mujer.
Mi respiración está acelerada, pero no por lo que cree ella. Muerdo su labio inferior y mi mano baja hasta el borde su falda, colándome bajo esta, acariciando su vello púbico.
Ella ríe, y me besa apasionadamente. Está rebosante de amor.
La suelto, y tras entrelazar mi mano con la suya, caminamos hacia el cuarto. Queremos devorarnos el uno al otro sobre las sábanas ásperas de nuestra cama. Pero estamos tan deseosos que no somos capaces de llegar, y nos quedamos apoyados contra el marco de la puerta.
Yo contra la madera, ella apoyando todo su peso sobre mí.
Deja su rostro contra el cuello del rubio, aspirando sonoramente el aroma del compositor alemán, haciendo que la carne de este se ponga de gallina.
El pecho de Salieri ya está desnudo, y Wolfgang aprovecha para bajar su rostro hacia los pezones erectos de su amante, mordiéndolos, lamiéndolos, succionándolos como su fuera el pecho materno.
Mientras tanto, las manos del italiano no están quietas, y desnuda el torso de Mozart, comienza a desabrocharle los pantalones…
- No tengas tanta prisa…- susurra antes de soplar sobre su pezón izquierdo.
- Es que tengo ganas de ti.
- Pero lo bueno se hace esperar, tú sabes…- dice conteniendo unas risitas traviesas.
Antonio deja los pantalones del joven y le coge de la barbilla, obligándole a apoyar la cabeza de nuevo contra el marco de la puerta. Acerca su cuerpo lo más que puede, aplastando al alemán contra la madera, y acerca sus labios a los suyos.
No le llega a besar, y con su barbilla aún apresada, le prohíbe a Wolfgang intentarlo siquiera. Deja que su aliento, fuerte, masculino, viril, se cuele dentro de la boca de Mozart, y que su barba le haga cosquillas en la suave piel, aún de adolescente:
- Te deseo, de todas las formas posibles en la que se puede desear a alguien.
- Yo también… créeme que yo también te deseo, muchísimo.
- Entonces no sé a qué esperas, pero lánzame ya sobre la cama.- dice Constanze mientras se separa de mí y empieza a reírse estrepitosamente.
Yo no puedo ni moverme, es como si me hubiese quedado clavado a la madera.
Cierro los ojos y hago rechinar los dientes con impotencia. Me doy asco a mí mismo. Me siento repugnante.
Me separo bruscamente y empujo a mi mujer contra la cama. Le arranco con furia lo que queda de la falda, y ataco a mordiscos su estómago y bajo vientre, mientras me deshago de mis pantalones.
La beso con fiereza, chocando nuestros dientes sin delicadeza alguna, y mis manos arañan sus muslos.
Quiero perderme entre su piel, fundirme en su interior y no salir nunca más.
La barba áspera le hace cosquillas contra el oído de Mozart:
- Menos mal que el que tenía ganas era yo…- susurra aguantándose una risa malvada.
No volver a pensar más.
Muerdo, quizás con excesiva fuera, el cuello inmaculado de mi esposa, y penetro en su interior de una sola estocada.
Ella araña mi espalda, pero me da igual, mejor. Quiero sentir dolor, quiero que me duela cada movimiento. Que el dolor nuble mis pensamientos.
Pronto me dejo llevar, y todo prosigue como si nunca hubiese pasado nada malo. Nos besamos, nos acariciamos, buscamos el ritmo que más nos complace a ambos. Variamos las posturas y gozamos de nuestro juego sensual. Reímos durante el acto y por unos minutos, mi mundo se reduce a ella.
- ¡Ohh! ¡Wolfgang! ¡Wolf! ¡Ahh!
Cada uno de sus gritos es una ópera para mis oídos.
Se deja caer sobre mi pecho, agotada. Su corazón late desbocado, al igual que el mío, y sonrío como un idiota mientras acaricio su cabello sudoroso, ralentizando mi acelerada respiración.
Giramos hasta acabar de lado, mirándonos a los ojos durante unos instantes:
- Ha estado genial.
- Tú siempre estás genial.- murmura.
- Lo sé, soy magnífico.
Nuevamente, su risa inunda la estancia, así que bajo un poquito, para poder dormir sobre sus cálidos pechos. Pero antes, deposito un dulce beso sobre su barriga:
- Te amo, Amadè.- susurra medio dormido.
Cierro los ojos de nuevo, notando esa sensación de impotencia recorrer mi cuerpo, mientras me acomodo entre los pechos de Constanze.
Porque es ahí donde debo estar, en la cama, con mi mujer. Besando su suave piel empolvada, soñando entre sus maduros pechos. Sabiendo que he hecho lo correcto al estar a su lado.
Pero mi mente, traidora de ella, se encuentra lejos de allí. Recorre las calles vacías de madrugada, sube los pisos de un gran edificio cerca del centro, se cuela bajo la puerta y encuentra su lugar entre los brazos de un, maldito, italiano.
Subimos corriendo los escalones hacia nuestra casa, intentando acallar las risas a medias con besos torpes y caricias insinuantes en las partes más pudorosas de nuestro cuerpo.
Constanze saca la llave de casa, pero estamos tan borrachos que nos es imposible abrir la puerta hasta minutos más tarde.
Cuando esta se abre, la primera en caer es ella, cogiéndome de la mano, obligando a que yo también caiga, encima suya.
Salieri ríe durante unos segundos antes de mirarle a los ojos. Wolfgang adora esa risa, esa pequeña sonrisa pícara que se forma en sus labios. Nunca suele reír… solo cuando está con él, y lo sabe.
Antonio le acaricia sus revueltos cabellos, sudorosos, y deja que sus dedos caigan hasta las encendidas mejillas, a causa del alcohol, del alemán. Mozart hace lo propio con la barbilla velluda del compositor italiano.
Ríen de nuevo, y Wolfgang se mueve para poder acercarse a la boca del hombre que descansa bajo su cuerpo, y deja que sus labios se junten.
Me separo bruscamente de mi mujer. El sabor de sus labios aún perdura en los míos… pero no era a ella a quien…
Constanze me mira desde el suelo, aún muerta de la risa.
Se incorpora como puede, apoyándose en la pared, y cierra la puerta, dejando la llave tirada por el suelo. Se acerca a mí, tambaleante, y rodea mi cuello con sus brazos finos y femeninos.
Su aroma me embriaga, y me hace sonreír como un tonto. Adoro la cara que se le queda cuando me mira así.
Río y la estampo contra una de las paredes, besándola con fiereza, recorriendo esa cavidad húmeda que tan bien conozco. Mis manos se cuelan bajo su falda y le obligo a levantar una pierna, pierna que ella enrosca alrededor de mi cadera.
El italiano enreda sus finos dedos de pianista en la rizada cabellera dorada de Mozart. Le obliga ha echar la cabeza hacia atrás, dejando su cuello libre a todas las malvadas ideas que se le puedan ocurrir a su lujuriosa boca.
Pronto Salieri recorre esa parte de piel con la lengua, provocando que Wolfgang empiece a gemir sin control:
- Qué fácil es hacerte temblar.- susurra contra el cuello de este antes de morderlo, apretando el abrazo de su cadera, acercándole aún más a su cuerpo.
No… eso no está pasando.
Cojo las muñecas de Constanze y elevo sus manos sobre su cabeza, notando la mirada pícara que ella me dedica.
Mientras con una mano la mantengo presa, con la otra desato el corsé y lo lanzo al suelo con fuerza, dejando que las hebillas de este reboten sonoramente contra el suelo de madera.
Vuelvo a besarla con vehemencia, mientras que mi mano libre acaricia los pechos exuberantes de mi mujer.
Mi respiración está acelerada, pero no por lo que cree ella. Muerdo su labio inferior y mi mano baja hasta el borde su falda, colándome bajo esta, acariciando su vello púbico.
Ella ríe, y me besa apasionadamente. Está rebosante de amor.
La suelto, y tras entrelazar mi mano con la suya, caminamos hacia el cuarto. Queremos devorarnos el uno al otro sobre las sábanas ásperas de nuestra cama. Pero estamos tan deseosos que no somos capaces de llegar, y nos quedamos apoyados contra el marco de la puerta.
Yo contra la madera, ella apoyando todo su peso sobre mí.
Deja su rostro contra el cuello del rubio, aspirando sonoramente el aroma del compositor alemán, haciendo que la carne de este se ponga de gallina.
El pecho de Salieri ya está desnudo, y Wolfgang aprovecha para bajar su rostro hacia los pezones erectos de su amante, mordiéndolos, lamiéndolos, succionándolos como su fuera el pecho materno.
Mientras tanto, las manos del italiano no están quietas, y desnuda el torso de Mozart, comienza a desabrocharle los pantalones…
- No tengas tanta prisa…- susurra antes de soplar sobre su pezón izquierdo.
- Es que tengo ganas de ti.
- Pero lo bueno se hace esperar, tú sabes…- dice conteniendo unas risitas traviesas.
Antonio deja los pantalones del joven y le coge de la barbilla, obligándole a apoyar la cabeza de nuevo contra el marco de la puerta. Acerca su cuerpo lo más que puede, aplastando al alemán contra la madera, y acerca sus labios a los suyos.
No le llega a besar, y con su barbilla aún apresada, le prohíbe a Wolfgang intentarlo siquiera. Deja que su aliento, fuerte, masculino, viril, se cuele dentro de la boca de Mozart, y que su barba le haga cosquillas en la suave piel, aún de adolescente:
- Te deseo, de todas las formas posibles en la que se puede desear a alguien.
- Yo también… créeme que yo también te deseo, muchísimo.
- Entonces no sé a qué esperas, pero lánzame ya sobre la cama.- dice Constanze mientras se separa de mí y empieza a reírse estrepitosamente.
Yo no puedo ni moverme, es como si me hubiese quedado clavado a la madera.
Cierro los ojos y hago rechinar los dientes con impotencia. Me doy asco a mí mismo. Me siento repugnante.
Me separo bruscamente y empujo a mi mujer contra la cama. Le arranco con furia lo que queda de la falda, y ataco a mordiscos su estómago y bajo vientre, mientras me deshago de mis pantalones.
La beso con fiereza, chocando nuestros dientes sin delicadeza alguna, y mis manos arañan sus muslos.
Quiero perderme entre su piel, fundirme en su interior y no salir nunca más.
La barba áspera le hace cosquillas contra el oído de Mozart:
- Menos mal que el que tenía ganas era yo…- susurra aguantándose una risa malvada.
No volver a pensar más.
Muerdo, quizás con excesiva fuera, el cuello inmaculado de mi esposa, y penetro en su interior de una sola estocada.
Ella araña mi espalda, pero me da igual, mejor. Quiero sentir dolor, quiero que me duela cada movimiento. Que el dolor nuble mis pensamientos.
Pronto me dejo llevar, y todo prosigue como si nunca hubiese pasado nada malo. Nos besamos, nos acariciamos, buscamos el ritmo que más nos complace a ambos. Variamos las posturas y gozamos de nuestro juego sensual. Reímos durante el acto y por unos minutos, mi mundo se reduce a ella.
- ¡Ohh! ¡Wolfgang! ¡Wolf! ¡Ahh!
Cada uno de sus gritos es una ópera para mis oídos.
Se deja caer sobre mi pecho, agotada. Su corazón late desbocado, al igual que el mío, y sonrío como un idiota mientras acaricio su cabello sudoroso, ralentizando mi acelerada respiración.
Giramos hasta acabar de lado, mirándonos a los ojos durante unos instantes:
- Ha estado genial.
- Tú siempre estás genial.- murmura.
- Lo sé, soy magnífico.
Nuevamente, su risa inunda la estancia, así que bajo un poquito, para poder dormir sobre sus cálidos pechos. Pero antes, deposito un dulce beso sobre su barriga:
- Te amo, Amadè.- susurra medio dormido.
Cierro los ojos de nuevo, notando esa sensación de impotencia recorrer mi cuerpo, mientras me acomodo entre los pechos de Constanze.
Porque es ahí donde debo estar, en la cama, con mi mujer. Besando su suave piel empolvada, soñando entre sus maduros pechos. Sabiendo que he hecho lo correcto al estar a su lado.
Pero mi mente, traidora de ella, se encuentra lejos de allí. Recorre las calles vacías de madrugada, sube los pisos de un gran edificio cerca del centro, se cuela bajo la puerta y encuentra su lugar entre los brazos de un, maldito, italiano.
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