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Presentación formal

Una suave brisa hacía que el aroma a pastelería recorriese la calle entera, provocando que más de un transeúnte acabase entrando en la cafetería de la fachada verde claro de aquel barrio parisino.

Era una tarde bastante cálida de principios de otoño, y el sol anaranjado que reinaba en aquel cielo despejado hacía posible el hecho de poder pasear tranquilamente sin abrigo, o el tomarse un café en cualquier terraza disponible.

La camarera, una joven de no más de diecinueve años a lo sumo, colocó en su bandeja un café vienes, dos tés negros con leche, y un chocolate con nata, acompañando todo con un platito repleto de galletas de mantequilla. A pesar de su juventud, el hecho de poder salir a la terraza que tenían frente la entrada principal del café portando la bandeja llena con una sola mano, y con la libre poder colocarse bien el delantal, revelaba sus años de experiencia en el sector:

- Espero que todo sea de su agrado.- dijo con una sonrisa mientras colocaba las tazas y las galletas en la mesa.- Si necesitan algo más, no duden en llamarme.

- Lo tendremos en cuenta, muchísimas gracias.- contestó Deneb amablemente, ya que era la única de los cuatro que hablaba fluidamente el francés.

Tras ver como la camarera se dirigía de nuevo dentro del local, regresó su mirada hacia sus acompañantes, sonriendo con ternura al ver como Regulus ya había aderezado con azúcar las tazas de ambos.

Dejó que su mano encontrase la de su marido bajo la mesa y entrelazó sus dedos, agradeciéndole aquel gesto tan insignificante en silencio:

- Bien, Anil, Arcturus ya nos había comentado que trabajabas como parte del profesorado en Hogwarts, pero me gustaría saber qué clases impartes.- preguntó el joven (aunque solo en apariencia) Black, clavando su cálida mirada en la muchacha que estaba sentado frente a él.

- Este será mi segundo año como profesora de Runas Antiguas.

- Vaya.- comentó Deneb, interrumpiendo el trayecto de su café a los labios.- Perdóname si me equivoco, pero creía que Hydra nos había dicho que ibas a optar como profesora de Historia de la Magia.

- Así es, mere, pero el único puesto vacante en el colegio era el de Runas. Parece ser que el fantasmagórico Binns seguirá con su puesto. Además, como ya pudimos comprobar con mis notas del curso anterior, es una grandísima profesora en esa materia.- dijo Wally con una gran sonrisa de oreja a oreja, abrazándose distraídamente al brazo de la interpelada.

- No lo he puesto en duda en ningún momento.- se defendió Deneb, compartiendo sonrisa con su hija, antes de volver a Anil.- No sabía que habías sido la profesora de Wally.

- Bueno, fue así como nos conocimos, ya que yo me gradué dos años antes de que ella entrase en el colegio.

- Cierto, disculpa mi torpeza, a veces se me olvida completamente que eres de la misma edad que los mellizos. El tiempo es tan diferente para nosotros…- dijo Deneb antes de reírse en bajito por la pequeña broma que solo los miembros de aquella rama de la familia Black entenderían.

Y que esperaban que Anil formase pronto parte de ella, ya que la reunión se estaba realizando justo por esa razón.

Anil Thomas había sido compañera de curso, y amiga, de Hydra y Arcturus Black durante su estancia en Hogwarts. Tras su graduación, estudió duramente para poder licenciarse como profesora de Historia y Runas, y a sus veintitrés había conseguido una plaza en el mismo colegio en el que estudió sus siete años de formación como bruja.

Fue allí, durante la primera clase que impartió a los alumnos de Hufflepuff y Ravenclaw de quinto, donde conoció a la hermana pequeña de sus dos amigos Black: Wallburga Aurore. La pequeña Wally duró muy poco siendo solo una alumna más.

Poco después de las vacaciones de primavera, Anil y ella comenzaron un romance en secreto, no por miedo a las represalias de que una profesora y una alumna estuviesen juntas, si no por la reacción que el hermano mayor de Wally, Eridani, pudiese tener. Asi que esperaron hasta la graduación de este, coincidiendo con el término de las clases, para hacer oficial su compromiso.

Y ahora, meses más tarde, a escasas semanas de que ambas tuvieran que regresar a Hogwarts para un nuevo curso escolar, Anil había viajado hasta París (ya que aún era pronto como para mostrarle Nunca Jamás) para conocer formalmente a los padres de su pareja, los que esperaba que en un futuro fuesen sus suegros.

La tarde continuó avanzando, y antes de que la primera farola se encendiese, ambas parejas se despidieron, dejando que la más reciente disfrutase de las últimas horas de luz en la terraza.

Deneb se abrazó del brazo de Regulus, y apoyó la cabeza en su hombro mientras paseaban tranquilamente, disfrutando de su mera compañía rumbo a la taberna del barrio mágico de París, donde volverían a Nunca Jamás gracias a los polvos Flú:

- Me parece perfecta.- dijo Deneb, rompiendo el silencio a las tres calles.

- No sé que me esperaba, realmente.- confesó Regulus.- Creo que la idea de que le sacase tantos años me había dejado en shock y no sabía ni qué me iba a encontrar.

- ¿No te sorprendió más el hecho de que fuese una mujer?

- Creo que Eridani ya nos tiene curados de espantos.- murmuró, provocando la risa de su mujer.- Pero a pesar de todo, de que no sabía ni que esperar de todo esto, ha sobrepasado todas mis expectativas.

- Es decir, que coincides conmigo, ¿no?

- Exacto, ma vie, Anil es perfecta para nuestra Wally.

Deneb se abrazó aún más a Regulus y volvieron a sumirse en un silencio cómodo hasta que llegaron a su destino.

Veneno

Y de pronto un día desapareció. Sin más, sin dejar el menor rastro de que hubiera existido.

Me pasaba horas frente al espejo, observándome el rostro, intentando averiguar porqué, si un día había descubierto que tenía perilla y asomo de bigote y barba, ahora ya no había nada.

Pero no solo era eso lo que me inquietaba, si no que hacía unos meses gané tres centímetro de altura, ya llegaba al estante de arriba del todo de la cocina… pero, nuevamente, volvía a necesitar subirme a la banqueta cuando quería una tableta de chocolate:

- No digas tonterías, mon coeur, solo son imaginaciones tuyas.- me decía Deneb divertida cuando le comentaba mis preocupaciones.

¡Pero aquello era imposible! Era inimaginable que mis facciones infantiles aparecieran durante semanas, y a los días pareciera como si hubiera crecido tres años de golpe, para que, al poco tiempo, volver a aparentar mis eternos diecisiete.

Eternos… eso era algo que también carcomía mi cabeza desde hacía ¿semanas? ¿meses? ¿años?

¿Hacía cuánto tiempo que me encontraba atrapado en “Nunca Jamás”?

En nuestra isla el paso del tiempo no existía. Los días se sucedían uno tras otro, pero no nos importaba en absoluto. El tiempo era algo que no nos preocupaba. Pero aquella duda me asaltaba algunas noches.

¿Por qué no crecía? ¿Por qué seguía pareciendo un adolescente? Seguro que ya rozaba los 25, era imposible que mi físico no hubiera cambiado lo más mínimo tras todos estos años…

… sí había cambiado, pero después volvía a su estado natural.

Negué, intentando aclarar mis ideas y me dirigí a la cama. Deneb ya había la había hecho y la ropa que me había elegido descansaba a los pies de esta. Sonreí enternecido.

Hacía meses que Deneb y yo… bueno, habíamos decidido que el término “primos” no se ajustaba muy bien a lo que realmente sentíamos el uno por el otro. Y esos pequeños gestos, provocaban que mi corazón latiese frenéticamente.

Me desabroché la camisa que utilizaba como pijama y me quedé desnudo mientras me sentaba en el borde de la cama y comenzaba a vestirme.

Ya no necesitábamos arreglarnos como cuando éramos niños. Nadie más que nosotros (bueno, y Kreacher) ocupaba la isla. Podríamos ir desnudos si quisiéramos. Pero la sangre real Black seguía corriendo por nuestras venas. Por no contar de que mi amada era francesa.

Unos pantalones negros, zapatos, camisa blanca, chaleco y pañuelo. Todo primorosamente planchado y elegido para ir a conjunto.

Me acerqué al tocador de mi prima y cepillé mi lacio cabello negro antes de salir del dormitorio, bostezando, rumbo a la cocina.

El olor del café recién molido, el bacon, y ese puntito de azúcar… ¿sería un pastel? Todo aquello hacía que mi estómago suplicase por el desayuno.

Pero no llegué a entrar en la cocina. Me quedé quieto, observando en silencio junto al marco de la puerta.

Deneb ya estaba allí. Se había recogido su cabello color chocolate en una larga trenza, y varios mechones que solían ser rebeldes habían sido colocados gracias a unos pasadores con forma de mariposa.

Llevaba un vestido de tirantes azul celeste, con un bordado de florecillas rosas por toda la tela. Un pañuelo blanco, de seda, hacía de cinturón, amarrado primorosamente a su cintura.

Estaba de pie junto a la mesa, y vertía de un precioso frasquito de cristal, unas gotas rojizas sobre nuestro desayuno.

De pronto lo comprendí todo.

El porqué no notaba el paso del tiempo, porqué mi cuerpo no se desarrollaba, y si lo hacía volvía a sus diecisiete de nuevo, y porqué Deneb seguía aparentando los dieciocho con los que me enamoré de ella:

- Bonjour, ma vie.- susurré desde la puerta.

Ella se sobresaltó. Pegó un bote hacia atrás y dejó caer el botecito al suelo, rompiéndose este en mil pedazos, derramando su escarlata líquido, empapando sus pies:

- Regulus…- murmuró, sin saber muy bien que decir.

- Eso era veneno, ¿verdad?

Ella asintió, y estalló en llanto. Se llevó las manos al rostro, ocultándolo, y empezó a hablarme atropelladamente en francés.

No la entendía, pero sabía perfectamente lo que me quería decir.

Avancé hacia ella a grandes zancadas, y, tal vez demasiado brusco, la abracé con fuerza contra mi pecho, apoyando mi cara contra su suave cabellera:

- No llores más, por favor…

- Reggie… soy una persona horrible.

La abracé aún más fuerte. Y esa sensación que solía sentir cuando me encontraba cerca de ella, la de querer fundirme con su cuerpo, se hizo patente de súbito:

- No digas eso, mon coeur.

- Yo solo quería que siempre fuésemos jóvenes.- empezó a decir entre llantos contra mi camisa.- Deseaba no cambiar jamás…

- ¿Pero por qué no me lo dijiste?

- Tenía miedo, Reggie… tenía mucho miedo a que no quisieras ser mi Peter Pan…

Reí en voz baja y acaricié su espalda antes de separarla lo suficiente como para poder perderme en sus claros ojos:

- Je serai toujours votre Peter Pan, ma Wendy.

Esta vez, quien rió fue ella:

- Que mal hablas francés, mon amour.

Levanté una mano para poder secar sus lágrimas. No soportaba verla llorar. Ni sufrir, ni siquiera soportaba atisbar una sola mota de tristeza en sus ojos. La amaba demasiado…

Me incliné sobre ella para poder besarla. Primero despacio, con suavidad, deleitándome con su sabor. Pero Deneb pronto me abrazó de nuevo con violencia, introduciendo su lengua de golpe en mi boca, convirtiendo el beso en algo salvaje y apasionado que nos dejó sin aire.

Rosa

Si tu frescura a veces nos sorprende tanto
dichosa rosa,
es que en ti misma, por dentro,
pétalo contra pétalo, descansas.

Conjunto bien despierto
cuyo centro duerme,
mientras se tocan, innumerables,
las ternuras de ese corazón silencioso
que suben hasta la extrema boca.

Cierro el libro de poemas de Rilke y miro el horizonte, que se funde con el mar más allá de lo que mis ojos llegan a ver.

El aire nos trae ese aroma salado, y al mismo tiempo dulce, mezcla del océano con el bosque.

Giro la cabeza y te veo allí, sentada despreocupadamente a mi lado, mientras lees en silencio un libro de poemas, como el mío.

Y sonríes casi imperceptiblemente, haciendo que mi corazón de un vuelvo.

Es en momentos como este, momentos simples y cotidianos, en los que soy consciente del amor tan grande e inmenso que despiertas en mí.

Reflejo

Era extraño, nunca había sido muy dormilón.

Me gustaba levantarme antes del amanecer y verlo desde mi ventana. No soportaba estar en cama mucho tiempo, me hacía sentirme inútil y que estaba desperdiciando el tiempo.

Desde que Deneb volvió a casa, me pasaba el día en la cama.

Ella me explicó que no estaba muerto, que me había rescatado, que el mundo seguía girando y que gracias a mí todo iba a cambiar, que no tuviera miedo y que confiara en ella.

Parecía tan frágil, tan asustadiza… y aún así me aseguró que todo estaría bien.

Me dijo que durmiera, que descansara… y desde entonces eso era lo único que hacia.

No tenía fuerzas para levantarme siquiera de la cama. Dormía durante todo el día, durante toda la noche, pero nunca descansaba. Siempre soñaba lo mismo, que me ahogaba, que el agua penetraba por mi nariz y boca y empezaba a encharcarme por dentro… me moría.

Despertaba envuelto en sudor, permanecía alerta durante varios minutos, y volvía a recostarme, intentando dormir.

Solamente quería despertarme, quería despertarme en mi cama, en mi cuarto, en mi casa. Aún no habría entrado a Howarts, y mi hermano tampoco. Y seguiríamos siendo felices, juntos, siempre juntos. Sin Potters, sin Lupins, sin Snapes, sin Voldemorts, sin nada…

Kreacher vino al cabo de unos días y me obligó a bajar a comer a la cocina. Deneb estaba allí, con un rostro más cansado que el mío. Comimos en silencio, y en algún momento de la tarde me quedé dormido sobre la mesa, despertándome a las horas de nuevo en la cama.

Hacía una hora que la pesadilla me había obligado a abrir los ojos, las luces de la tarde cubrían las paredes vacías del cuarto. Quería volver a dormirme, me pesaban los parpados, me dolía la cabeza, quería sumergirme en ese mundo de aguas turbulentas que tanto miedo me daba.

Pero unos golpes en la puerta hicieron que me girara pesadamente, viendo como mi prima entraba despacio, como si tuviera miedo de encontrarse con un dragón hambriento:

- Regulus, ¿estás despierto?

Su voz… su voz era la más triste que recordaba haber escuchado nunca:

- Si.- murmuré

- ¿Has dormido bien?.- dijo mientras entraba y se apoyaba en el marco de la puerta, sin cerrar esta, como si tuviera que huir de un momento a otro.

- ¿Quieres algo?- sé que esas palabras le hicieron daño, pero no fui capaz de decir otra cosa.

- Creo que… bueno… sé que no quieres comer… pero quizás un buen baño te sentaría bien.

Hacía casi dos semanas que no lo hacía, y ni siquiera me había percatado de ello.

Supongo que ella pudo leer la respuesta, ya que se acercó a una de las cómodas y sacó ropa limpia y una toalla, dejándolo todo a los pies de la cama:

- El baño ya está preparado. Es la habitación de enfrente.- murmuró y despareció tan sigilosamente como había llegado.

Realmente no quería bañarme, deseaba cerrar la puerta con fuerza y esconderme bajo las sábanas. Pero una parte de mí me obligó a levantarme, coger las cosas y encaminarme a la puerta que descansaba en el otro lado del pasillo.

Llevaba más de cuatro meses en esa casa y nunca había entrado nunca allí.

Los azulejos azules con ramilletes de flores rosas cubrían las paredes. El suelo era de mármol blanco y el techo de madera contrastaba con todo. Solo había una gran bañera en el centro y un espejo de cuerpo entero en una de las paredes.

El vaho había empañado su superficie, y lo agradecí. Debía de presentar un aspecto deplorable.

Tras cerrar la puerta me desnudé sin prisa alguna. Mis ropas desprendían un olor desagradable. Realmente si que necesitaba aquel baño. Dejé las prendas limpias al lado del espejo y me senté en la bañera, dejando que el agua caliente lamiera mi mugrienta piel.

Y me quedé allí, quieto, en silencio. Me costaba horrores incluso el mero hecho de respirar. Yo no encajaba en aquel baño hecho para la realeza. Era un punto negro en medio de un paisaje rico en colores pasteles.

No debería estar allí.

Sin ser consciente de ello, lentamente me fui hundiendo en el agua. La bañera era muy grande, y posiblemente cupiera perfectamente estirado. El agua cubrió mi pecho, hombros, cuello, barbilla, boca…

No aguanté mucho tiempo bajo el agua.

Un terror inhumano recorrió todas mis venas y me impulsó a salir a la superficie con violencia, cogiendo desesperadamente una bocanada de aire. Necesitaba alejarme rápidamente del agua. Me agarré al espejo para poder salir de la bañera:

- ¡¡DEN..!!

No acabé de gritar su nombre, una imagen me había hipnotizado.

Gruesas gotas caían por el cristal, haciendo desaparecer el vaho, devolviéndome mi propio reflejo.

Alto, encorvado, sucio, mojado, con los pelos levemente ondulados cubriéndome la cara.

Ese no era yo.

- Sirius…- susurré, poniéndome frente a la superficie reflectante.

Era él, no podía ser de otro modo. Mi hermano se encontraba de pie mirándome a los ojos, como hacía años que no lo hacía.

Contuve el aliento, notando como su mirada se tornaba fría, distante. Su imagen se volvía borrosa, estaba desapareciendo.

No.

No te puedes ir, no puedes irte.

No.

Vamos, vamos, no me dejes así. Sabes que no puedo respirar si te vas.

Si te vas, no podré soportarlo. No. Eres todo lo que necesito.

Te necesito.

Solo a ti. Únicamente a ti.

Vamos, no te vayas.

No me dejes aquí.

- ¡¡SIRIUS!!

Golpeé con fuerza el cristal una y otra vez hasta que se hizo añicos. Mis puños comenzaron a sangrar, pero no lo notaba. Solo un pensamiento ocupaba mi mente: mi hermano no podía dejarme así.

Me arrodillé y seguí golpeando el espejo roto, clavándome los cristales en mi carne con crueldad.

Esas eran las aguas a las que tanto miedo tenía. Era justo eso a lo que no tenía fuerzas para enfrentarme. Él ya me había abandonado una vez, pero siempre pensé que si realmente le necesitaba, vendría a rescatarme.

Unas suaves, pero fuertes, manos me hicieron girar con brusquedad, y los ojos de Deneb aparecieron frente a mí.

No hizo falta que dijésemos nada, cualquier palabra hubiera sido incorrecta.

Me abracé a su cuerpo con fuerza, dejando que un llanto incontrolado arrasara de pronto. Enterré mi rostro en sus pechos y grité hasta quedarme sin aliento. Mis manos sangrantes agarraron sus ropas y deseé fundirme con ella.

No fui consciente de cuando me quedé dormido. Supongo que mi agotamiento fue tal que mi cerebro directamente desconectó.

Cuando abrí los ojos era noche cerrada. Noté que estaba limpio, no había rastro de la suciedad de hacía unas horas, y mis manos se encontraban vendadas cuidadosamente.

No estaba en la cama de siempre, y cuando la descubrí a mi lado supe que estaba en su dormitorio.

Estaba apoyada sobre su codo, y me miraba como si fuera un bebé en la cuna, esperando a que le cojan en brazos:

- ¿Te duelen las heridas?

Me sorprendí a mi mismo al darme cuenta que, a pesar de saber que los cortes debían ser muy profundos, no sentía ninguna especie de dolor.

- No.

- Me alegro.

Sentía la necesidad de pedirle perdón:

- Antes, en el baño…- pero su dedo índice se posó con suavidad sobre mis labios.

- Regulus, no pasa nada.

- Pero…

- No.- su voz se dulcificó tanto, que pensé que todo aquello era un sueño.- No importa lo que pase, yo siempre estaré a tu lado.

Aquello era todo lo que necesitaba. Eran las palabras que llevaba esperando escuchar durante diecisiete años.

Noté como mis ojos se humedecieron, y mi boca dibujó una sonrisa. Sonrisa que imitaron sus labios:

- Deneb…

- ¿Sí?

- ¿Puedo dormir contigo de vez en cuando?

- Siempre que quieras.

Cerré los ojos y me acurruqué junto a ella, notando como se tumbó a mi lado y me abrazó, acariciando mis cabellos con suavidad, transmitiéndome una tranquilidad que ni siquiera era capaz de imaginarme que existiera.

Y por primera vez en mucho tiempo, dormí la noche entera sin sufrir ninguna pesadilla.

Enamorados por toda la eternidad

Miro tus ojos un diminuto instante

y me parece que hubiera vivido

contemplándote toda la vida.

La casa está en completo silencio. Ni un solo ruido turba esa quietud. Solo nuestras risas contenidas que se callan las unas a las otras.

Ríes contra mis labios, y yo contra los tuyos, queriendo que esa alegría que escapa por mi boca pueda llenarte el alma.

Me resbalo dentro de la bañera, dejando mi cabeza apoyada en tus pechos, deleitándome con el roce de tus pezones contra la comisura de mis labios, y el latir de tu corazón marcando el ritmo del mío.

Acaricias mis cabellos mojados, y mientras cierro los ojos apoyado en tu pecho, pasas la esponja por mi nuca, mis espalda, mis costillas…

Y yo solo dejo escapar un suspiro, que te provoca un escalofrío al contacto con la piel mojada, y te ríes después, diciendo que soy un pillo, pero aún así, no variamos en absoluto nuestra postura.

Eres la llama ardiente que ilumina mi andar,

que calienta y da aliento a mi alma,

eres la tentación saliente que llena mis sentidos,

la que acalla mis nostalgias,

la que con tan solo mirarte puede controlar mi vida.

Adoro vestirte. Eres una muñeca de porcelana colocada cuidadosamente entre mis manos para poder observarte. Cada pequeño rincón de tu cuerpo ha sido tallado a mano. Ni una sola imperfección recorre tu piel.

Tras abrocharte el sujetador, cojo el ligero vestido de algodón y lo dejo deslizar por tus brazos, sonriendo al ver asomar tu cabellera por el cuello.

Me miras expectante, y sonríes como una chiquilla mientras me coloco a tu espalda y ato el lazo que rodea tu cintura, antes de depositar un beso dulce en tu nuca.

Me sientas en el borde de la cama, recorriendo con tus suaves manos mi aún visible desnudez, y cuando te colocas a mi espalda, secas con cuidado mis cabellos, como si quisieras acariciarlos uno a uno, sabedora de mi relajación.

Cuando estas a mi lado

ardo en deseos de abrazarte y besarte.

Si la tentación fue hecha con carne de mujer,

tú fuiste la inspiración de ese creador.

Las primeras luces de la mañana iluminan con fuerza la cocina. Volviéndola más brillante, más grande, más colorida, como hace cada día.

Kreacher ya nos ha preparado el desayuno, y dos pequeñas porciones de tarta de zanahoria, junto con nuestros respectivos cafés, descansan en la mesa central. Es como si siguiéramos siendo unos niños y nos tuvieran que preparar el desayuno los sábados por la mañana.

Realmente si seguimos siendo unos niños, unos niños felices y enamorados por toda la eternidad.

Te sientas, y al hacerlo yo también, coges mi mano, acariciándola con lentitud, porque tenemos todo el tiempo del mundo para ello. No debemos explicaciones a nadie, ni tampoco a nosotros mismos.

Y me miras, y me pierdo en tus ojos. Y sonríes, y te imito.

Y si amarte así es un pecado,

le pido a Dios una larga vida donde poder pagar mi condena

y viendo cada día

como el amor que nos profesamos

nunca se marchita.

¿Nos vamos a la cama?

Cerré las contraventanas para que la luz del amanecer no les despertara por la mañana.

Corrí las cortinas y me separé lo suficiente para ver a mis dos hijos dormidos.

Hydra ocupaba casi toda la cama, dejando un pie fuera de esta. Respirando con la boca abierta, dejando que su rostro dibujase una expresión tan tranquila que sería imposible verla cuando estuviese despierta.

Arcturus estaba pegado al borde de la cama, amenazando con caerse si se giraba. Su cabeza en vez de descansar en la almohada, lo hacía en el pecho de su hermana, a la que se encontraba abrazado, plácidamente dormido.

Sonreí como un tonto y fui incapaz de moverme hasta varios minutos después.

Tras colocar bien sus sábanas, y ponerles de tal forma que no tuviéramos ninguna desgracia durante la noche (por si se caían y se golpeaban con algo), salí del cuarto entrecerrando la puerta.

Me apoyé en la pared contraria y reí por lo bajo, sintiéndome totalmente dichoso.

Les amaba, más que a cualquier cosa que me hubiera pertenecido anteriormente.

Cerré los ojos y un pinchazo de culpabilidad cruzó mi pecho.

Yo no había querido que nacieran.

Durante meses deseé que desaparecieran. Que Deneb tomara una poción y los matase, que solo fueran dos cachos de carne a medio hacer en su tripa.

No los quería en mi vida, y me culpaba una y otra vez por ser en parte su creador.

Deseaba destruirles, que jamás hubieran existido.

Estaba tan aterrado… Ellos iban a destruir todo por lo que habíamos luchado durante años. Dos simples pedacitos de persona iban a ser capaces de hacer lo que nadie había conseguido.

Y les odiaba por ello.

No quería que Nunca Jamás desapareciese.

Era Peter, ¿dónde iríamos Wendy y yo si nuestro hogar moría?

Estuve meses carcomido por un miedo tan atroz que era incapaz de pensar en otra cosa.

Me encerré dentro de mi mente, negándome a salir al exterior. No, no me arrebatarían Nunca Jamás, no podían destruirlo.

Y ahora, tras haberlos arropado, me arrepentía profundamente de todos aquellos pensamientos.

¿Cómo podría haber seguido viviendo si hubiera matado a las criaturas más bellas de todo el planeta?

Una mera sonrisa suya hacía que el sol brillara con más claridad que nunca.

- Señorito Regulus, la cocina ya está limpia. ¿Desea que haga cualquier otra cosa?

La voz de Kreacher me devolvió a la realidad.

Nunca se había separado de mí. Desde mi más tierna infancia había permanecido a mi lado, protegiendo, vigilando, obedeciendo…

Sonreí y me agaché hasta quedar a su altura. Tantos años juntos, y aún en momentos como ese, volvía a sentirme un niño mirándole a los ojos:

- Muchas gracias, Kreacher. Puedes irte a dormir, yo apagaré la chimenea y cerraré las puertas.- dije mientras apoyaba una mano en su hombro

Él colocó su mano sobre la mía, acariciándola con suavidad a pesar de su áspera piel:

- Buenas noches, joven amo Regulus.

- Buenas noches, Kreacher.

Me levanté mientras le veía alejarse por el pasillo hacia las escaleras que conducían al ático. Jamás tendría las palabras suficientes para agradecerle todo lo que había hecho por mí.

Suspiré y bajé al primer piso dejando que mi mano rozase las paredes del vestíbulo teñidas de rojos, amarillos, naranjas.. Los colores del fuego encendido de la chimenea.

Y allí, sentada en la mecedora de la sala, acariciando su vientre hinchado por el inminente parto, dejando que sus ojos se perdieran entre las miles de llamas que crepitaban dentro de la chimenea, se encontraba ella.

Mi salvadora.

Mi ángel.

Mi vida.

Mi Diosa.

Mi Wendy.

Mi Deneb.

Me acerqué por su espalda y deposite un beso puro y casto sobre sus castaños cabellos, teñidos en esos momentos por el rojo fuego.

Ella levantó su rostro hasta que nuestros ojos se encontraron, sonriéndonos mutuamente:

- ¿Ya se han quedado dormidos?

Asentí, admirando la belleza juvenil imperecedera de mi amada.

Siempre jóvenes, siempre juntos:

- Hydra a punto de tirarle de la cama, y él abrazado a ella como si fuera un peluche.

- Típico.- murmuró entre risas.

Rodeé la mecedora y me senté en el suelo, apoyando la cabeza en sus piernas, dejando que sus dedos volaran prácticamente hasta mis cabellos, comenzando a acariciarlos.

No nos hacían falta conversaciones trascendentales para comprendernos a la perfección. No nos hacían falta grandes charlas sobre como educar a nuestros hijos. No nos hacía falta nada más.

Más de veinte años juntos, se dice pronto.

Y aún, cuando miraba sus ojos, siempre los ojos de una adolescente enamorada… sentía como el corazón me daba un vuelco.

Y el mundo desaparecía.

Nada más importaba.

Solo quedaba ella, la razón de mi existencia.

- Peter…

- ¿Hmmm?- respondí, más dormido que despierto.

- ¿Nos vamos a la cama?

- Está bien.

Voz

Me gusta tu voz.

Siempre me ha gustado, desde que era pequeño. Tu voz es suave, femenina, dulce, agradable.

Cuando la escucho, los latidos de mi corazón se ralentizan, todo a mi alrededor se calma, es tranquilizante, relajante… es maravillosa.

Es una tarde de verano muy apacible, aunque calurosa.

Después de comer, el calor era tan insoportable, que tras darme un beso en la frente, me mandaste a la cama a que durmiese un poco, que tú recogerías la mesa, que descansase.

Y como siempre, sonreí y te obedecí en el acto.

Abrí los ojos cuando las luces del crepúsculo llenaban el cuarto.

Me desperecé y atusé mis cabellos.

Supongo que es lo bueno de vivir en Nunca Jamás, no tienes prisas, no tienes preocupaciones. No importa si pasas toda la tarde durmiendo, no pasa nada.

Tenemos todo el tiempo del mundo.

Bajé las escaleras aún bostezando, buscándote con la mirada, pero no te hallaba.

Nadie en el salón, nadie en la cocina, nadie en tu salita de las pociones.

Abro la puerta principal y allí estás, sentada en la mecedora del porche, leyendo un libro, ensimismada.

Cierro y me acerco a ti, dándote un beso sorpresa en la comisura de los labios.

Sonríes y me acaricias la barbilla antes de que me siente en el suelo, a tu lado, apoyando mi cabeza en tus piernas.

Ante nosotros se abre el campo. Siempre verde, siempre vivo, siempre perfecto.

Tras nosotros, las olas golpean con fuerza la base del acantilado donde vivimos.

Es una tarde de verano muy apacible.

Acaricias mis cabellos y retomas la lectura, pero esta vez, en voz alta, dejando que tu voz se cuele en mis oídos y empape mi mente.

Sé de sobra que el libro que tienes entre las manos está en francés, tu idioma natal. Pero las palabras que pronuncias están en inglés.

Porque lees para mí.

Porque vives para mí.

Sonrío y cierro los ojos, perdiéndome en el sol del atardecer, en el aroma del campo, en el sonido de las olas, en tu voz…

Me gusta tu voz.

Siempre me ha gustado, desde que era pequeño. Tu voz es suave, femenina, dulce, agradable.

Cuando la escucho, los latidos de mi corazón se ralentizan, todo a mi alrededor se calma, es tranquilizante, relajante… es maravillosa.

Wendy y Peter

Le coge de la mano y este sonríe de lado, acariciando la palma de esta con su dedo índice, haciendo círculos sobre su piel, conteniendo una risita delatadora de lo que en su mente empieza a formarse sobre lo que quiere hacerle en cuanto suban juntos las escaleras.

Había una vez un niño que no quería crecer. Todos los niños crecen, menos uno.

La apoya con delicadeza en el marco de la puerta de su dormitorio, acariciando su rostro con dulzura, tocando tímidamente sus carnosos labios, conocedor de su sabor. Ella agarra su nuca y le acerca lo suficiente como para delinear sus labios con la lengua.

Quería ser un niño para siempre y no tener que preocuparse por las cosas de los adultos, aquellas cosas que tanto miedo le daban.

Entran entre risas, como si estuvieran haciendo una travesura. Se besan despacio, recorriendo sus bocas con lentitud, jadeando contra el rostro del otro, dejando que sus manos despierten el cuerpo de su amante.

Pero tampoco quería estar solo, odiaba la soledad, así que intentó convencer a un niño como él para que se quedara a su lado para siempre.

Se tumban en la cama y la ropa pronto cubre todo el suelo. Se observan y no hay sonrojos en sus mejillas, conocen el cuerpo del otro a la perfección. Ella se pone encima y su lengua empapa el cuello y pecho del joven, arrancándole suaves suspiros mientras cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás.

Pero el otro niño necesitaba crecer y afrontar los problemas de los mayores para que el mundo fuera mejor.

Cuando nota los dientes de ella sobre su pezón, no puede evitar aquear la espalda, agarrando con fuerza la colcha que cubre la cama. Ella sonríe ante cada una de sus reacciones y tira un poco más de esa porción de carne tan sensible, deleitándose ante su dulce sabor, porque todo en él es pura azúcar.

Él no quería estar solo, le necesitaba, así que le siguió hacia aquella guerra. Solo quería estar a su lado, pero el destino les puso en bandos distintos.

Acaricia les femeninos brazos de ella antes de girarse y ser él ahora quien está encima. Ríen confidentes y baja su rostro hacia su cuello. Él no muerde, ni lame, solo besa. Ella suspira complacida y acaricia los lacios cabellos de su amante antes de obligarle a mirarle. Cuando vuelven a besarse, los labios de ambos parecen haberse vuelto de fresa.

Y el niño que no quería crecer, creció, se enfrentó a los problemas de los mayores, y se quedó solo.

Ella separa sus piernas y se miran a los ojos mientras entra en su interior. Contienen la respiración, se quedan estáticos, pero no dejan de mirarse ni un solo segundo. Ella le abraza y acaricia su nuca mientras ensaliva su oído y después sopla, haciendo que un escalofrío recorra la columna del él. Ambos empiezan a mover las caderas, buscando el ritmo adecuado, mientras jadean contra la boca del otro.

Entonces una niña apareció ante él y le dijo “Peter, ¿por qué has abandonado El País de Nunca Jamás?” Y el niño que ya no era un niño solo pudo encogerse de hombros y llorar.

Ese es su momento perfecto, es como mejor se encuentran los dos. Ella, con él en su interior, llenándola, ocupando todo el espacio posible, sin dejar que los fantasmas entren. Él, escondido en su interior, siendo acunado por sus entrañas, escondiéndole del mundo que tanto miedo le da, solo sintiendo su calor a su alrededor.

La niña le tendió la mano, con una sonrisa infantil dibujada en su rostro. Y cuando él rozó su piel, volvió a ser el niño que era.

Aumentan el ritmo, ocultan sus rostros en la curvatura del cuello del otro y se dejan llevar. Sus pensamientos se quedan en blanco y solo quedan ellos dos, juntos, sin nada ni nadie que les separe, unidos por un vínculo irrompible.

“¡Mírame, Wendy! ¡Vuelvo a ser yo otra vez!” exclamó entusiasmado el niño. Ella sonrió y le abrazó “Claro que sí, y nunca más volverás a crecer”

Cuando todo acaba, él se recuesta sobre ella, aspirando el aroma de sus cabellos empapados por el sudor, mientras las finas manos de ella acarician con dulzura su nuca. Cuando él se queda dormido, sin despertarle, les arropa a ambos con las sábanas y se acurruca entre sus calientes brazos, sintiéndose protegida y segura frente a las pesadillas.

Y así, Wendy y Peter Pan vivieron por siempre felices en el reino de Nunca Jamás.

Abrázame

A mí no me gustaba que gritasen a Sirius, ni que le castigasen, no me gustaba ver a mi hermano mayor triste.

Yo solo… yo solo…

A veces cuando comentaba las cosas durante la comida, yo no pensaba que le fueran a afectar a él de esa manera.

Solo tenía ocho años, aún no entendía nada de todo aquello.

Todo lo que hacía Sirius me parecía perfecto, maravilloso, sin ningún error o maldad entre medias. Cuando lo decía en las reuniones, ni se me pasaba por la cabeza que fueran a pegarle, yo creía que le felicitarían, que se sentirían orgullosos por tener a un hijo tan estupendo como él.

Pero siempre me equivocaba.

Salí corriendo del comedor y me quedé pegado a la pared, esperando a mi hermano.

Nuestra madre gritaba enfadada, y Sirius le contestaba aún más fuerte.

Se escucharon dos bofetadas, pero mi hermano no se calló y siguió aún más.

Cuando mi padre le lanzó un Crucio me tapé corriendo los oídos para no escuchar sus gritos…

La primera en salir fue mi madre, arreglándose en peinado, con las mejillas encendidas debido al enfrentamiento.

Ni siquiera me vio.

Nunca me veía.

- ¿Y tú que haces ahí, gilipollas?

Me di la vuelta corriendo para ver a mi hermano.

Su cara estaba completamente roja y tenía rastros de haber llorado.

Me mordí el labio inferior, sintiéndome terriblemente culpable. Yo no quería que sucediese nada de eso.

Me acerqué para poder abrazarle, consolarle, pedirle perdón por no haber estado con él, hacer que se sintiese mejor, recordarle que no estaba solo…

Levantó el puño y lo impactó con fuerza en mi cara.

No me dio tiempo para poder aguantar el equilibrio y caí de espaldas, golpeándome la cabeza contra el mueble del pasillo:

- Estúpido traidor… chivato de mierda… ¡ojala nunca hubieses nacido!- me gritó en un susurro antes de empezar a subir las escaleras rumbo a su cuarto.

Se me cortó la respiración.

Notaba mi cabeza como si fuese una piedra candente. Mis pulmones se negaban a respirar de nuevo. El pecho me pesaba tanto como si hubiesen colocado encima una gran masa de piedra.

Cerré los ojos con fuerza, notando como a través de los parpados miles de lágrimas se acumulaban luchando por salir al exterior.

No pude ver como mi padre salía del comedor y se acercaba a mí, aún enfadado por la discusión con mi hermano.

Me agarró con fuerza del cuello de la camisa y me levantó en vilo, colocándome de mala manera sobre uno de los escalones:

- Estúpido niñato, siempre en medio.- murmuró entre dientes.- ¡Desaparece de mi vista ahora mismo! ¡Vamos!

No hizo falta que lo repitiera más para que subiera corriendo la escalera.

No fui capaz de subir hasta el segundo y encerrarme en mi dormitorio. Tenía los ojos tan anegados de lágrimas que no veía ni por donde andaba, y cuando llegué al primer piso, tropecé con la alfombra que cubría el piso de madera.

Me tapé corriendo la boca, si lloraba muy fuerte, mis padres se enfadarían. Y si se enteraban que Sirius me había pegado, le regañarían aún más.

Me quité de en medio del pasillo y me hice un ovillo tras uno de los armarios que cubrían las paredes.

Deseaba volverme invisible, que nadie me viese u oyese. No quería molestar…

Entonces noté como alguien se acercaba y me encogí aún más. Si era Sirius, me pegaría un capón por se un llorica, y si eran mis padres…

Pero solo me acarició el cabello.

Levanté la mirada, pensando que sería Kreacher, solo él venía a consolarme cuando estaba así.

Era Deneb, la prometida de Sirius.

Ni siquiera me había acordado que estaba en casa durante esa semana.

Iba a secarme los rastros del lloro y a disculparme, cuando se arrodillo frente a mí.

Me quedé totalmente desconcertado con su sonrisa.

Era tierna, tranquila, llena de paz.

Se acercó para poder abrazarme, consolarme, pedirme perdón por no haber estado antes, hacer que me sintiera mejor, recordarme que no estaba solo…

Al principio me tensé, sin saber muy bien como reaccionar.

Todo eso era muy extraño para mí.

Aunque esos pensamientos pronto abandonaron mi mente, dejándome llevar por lo que sentía, abrazándome a ella con fuerza, enterrando mi rostro en la curvatura de su cuello, sin importarme nada más que ella me abrazase con la misma intensidad

Cartas

Levanta la barbilla y se acaricia esos pequeños pelos que han crecido durante la noche bajo su labio inferior… porque ayer no estaban, ¿verdad?

Ladea la cabeza y la pone de mil maneras distintas para poder mirarse bien desde todos los ángulos.

Es una pequeña pelusilla negra muy suave, que hace que su aspecto deje de parecer el eterno adolescente que sigue pareciendo a pesar de cumplir ya los veinticinco.

Apaga la luz tras salir del servicio, y mientras se ajusta los boxer y revuelve su oscuro cabello, camina hasta la biblioteca y se sienta en el escritorio.

Abre el segundo cajón de la derecha y saca un pergamino. Encima de la mesa ya descansan la pluma y el tintero.

Querido Sirius:

Me acaba de salir barba.

Bueno, no es una barba como la de papá ni la del tío, es como si me hubieran puesto un poco de pelo de bebé en la barbilla.

Es raro, me veo muy mayor.

No sé si dejarla crecer y empezar a cuidármela o me la corto.

Quizás debería dejarla, ¿no crees?

Es decir, que casi voy a cumplir los treinta

Bueno, tengo veinticinco y sigo pareciendo de quince


Ósea, no sé si me quedaría mejor dejármela o no…

Ella siempre se ríe de mí diciéndome que tengo cara de niño bueno, que soy SU niño bueno, igual si me la dejo le gusta… o no

Estoy hecho un lío.

Tú al final te la dejaste, ¿verdad? Creo que sí.

Bueno, a un chucho como tú el pelo siempre le sienta de maravilla.

Ha tardado mucho en salirme, a ti ya en sexto te afeitabas, ¿no?

Creo que será interesante ir a comprar cuchillas para afeitar, igual es hasta divertido.

Tú siempre me decías que un hombre no es un hombre hasta que no aparece durante el desayuno con un papelito pegado en la herida de una mejilla.

Bien mirado, creo que me parezco a ti con ella.

Definitivamente me la quitaré, con un chucho en la familia es suficiente.

R. A. B.

Tras secarse la tinta enrolla la hoja y la prepara para ser enviada.

Saca del primer cajón un gran lazo rojo, y tras cortar el necesario, anuda con este la carta.

Listo.

Se levanta y va al dormitorio, no puede esperar a desayunar para enviarla.

Abre el buró y algunas de las cartas se caen al suelo. Algún día de estos debería ordenar la correspondencia, que por mucho que seguro su hermano tendría las cartas así, es muy molesto tener que recogerlas todas cada vez que se abre el mueble.

Miles de recuerdos, confesiones, temores, anhelos, sueños… se esconden en ese armario solo utilizado para la correspondencia de Regulus con su hermano.

Deja la carta y cierra la compuerta:

- Creo que ya es hora de dejar de escribirle.

Una mano se apoya en su hombro y le obliga a reclinarse un poco, dejando el peso apoyado en el pecho de su prima Deneb:

- Tú tiras las cartas al agua, yo por lo menos las guardo.

- Touché.

Ambos ríen un poco y se acaban de colocar para que la mujer pueda abrazarle por la espalda, aspirando el aroma de sus lacios cabellos.

Es temprano y la cama sigue sin hacer. El sol claro entra a raudales por las ventanas y el murmullo del mar no demasiado lejano inunda el cuarto.

- Nunca me dejarás solo, ¿verdad?

- Jamás, ¿y tú a mí?

- No podría.

Gira la cabeza lo necesario como para encontrarse con el rostro de ella y se besan lentamente, disfrutando del sabor tan conocido de los labios del otro:

- Vamos a desayunar, si no el té se enfriará.

- Ya te he dicho que el té es para la tarde, para desayunar es mejor café o chocolate.- dice con una sonrisa divertida.

- Bah, tonterías, yo soy francesa, no pienso acostumbrarme a esas mariconadas inglesas.

Ríen y se cogen de la mano, entrelazando sus dedos, mientras comienzan a charlar animadamente, como cada mañana, mientras bajan a la cocina a desayunar.

Rastros de un pasado

Me giré y los primeros rayos del sol me dieron en el rostro.

Apreté los parpados intentando que la luminosidad no me despertase, pero ya era demasiado tarde.

Parpadeé un poco antes de abrir los ojos finalmente y maldecir en mi interior el haber sido despertado tan temprano.

Las luces aún eran claras y muy anaranjadas, no debía de hacer ni una hora desde que había comenzado un nuevo día.

Llega la luz del día […] con la sobria certeza del despertar.

Me incorporé bostezando, dejando que mi mirada se pasease por esas paredes blancas teñidas de cítrico, con las sombras, provocadas por las contraventanas a medio cerrar, bailando por toda la estancia.

Me estiré cual gato y rodé mi cuello para hacerlo sonar. El mismo ritual todas las mañanas, a pesar de todo lo ocurrido, hay cosas que nunca cambian.

Volteé la cabeza y la miré dormir.

Sus cabellos se encontraban esparcidos por la almohada, y un tirante del camisón había resbalado por su hombro durante la noche. La respiración hacía que su pecho ascendiera y bajara con tranquilidad, mientras que el dedo índice descansaba cerca de su boca.

[…] y allí, en la comisura derecha, se encontraba el beso escondido, oculto entre sus carnosos labios […]

Nunca esperé sobrevivir.

Fui decidido a morir, a morir por lo que creía, por lo que soñaba, a morir y dejar este mundo al que no quería regresar. No esperaba nada más de la vida, ya no tenía esperanza, solo quería ver cumplida una utopía, una ilusión que nacería tras haber realizado mi máximo sacrificio.

Jamás creí que volvería a verla, y menos en esas circunstancias.

Cuando Sirius rompió su compromiso, dejó de visitarnos. Hacía años que no sabía de ella, podría haber muerto que no me habría enterado.

Pero Kreacher tenía razón. No podía haber avisado a nadie más.

Por ti, porque un día llegaras […] Porque esperaba, con magnificencias casi inagotables […] responder a tu gran mirada […]

Por mucho que le hubiera avisado, él no se habría presentado. Hacía mucho tiempo que él me había abandonado.

No negaré que mientras remaba hacia mi fatal destino, notaba como el terror se iba extendiendo por mis venas cual veneno mortal. Y aún así, el abrir los ojos y comprobar que aún vivía, me dio aún más pavor.

Ella me acunaba entre sus brazos, acariciando con vehemencia mis oscuros cabellos, dejando que las lágrimas cayesen libremente por sus mejillas mojando mi humedecida cara.

Solo murmuraba agradecimientos hacia un Dios en el que ninguno creía.

Cerré los ojos y no volví a recobrar la consciencia hasta días más tarde.

¿Sueños? Yo conozco sus rostros, en apariencia agradables, vaporosos […] He tenido sueños antes, y esto no es soñar.

Ella ya no estaba, y siguió sin estar durante varios meses.

Me encontraba solo, en una casa perdida en medio de la nada, sin nadie al que poder acudir.

Los días se me hacían interminables, agotadores, vacíos. Las noches eran peores.

Mis fantasmas escapaban de mis recuerdos e inundaban todo. Se escondían tras las puertas, encogidos bajo las mesas, riendo contra las paredes, golpeando las puertas.

Reconocía a cada uno de ellos, decía sus nombres en silencio, demasiado asustado como para alzar la voz.

Bellatrix, Rodolphus, Lucius, Barty, Alecto, Amycus, Selwyn, Walburga… Sirius.

Lloraba hasta que mis ojos me escocían, gritaba hasta que mi garganta sangraba, vivir se había convertido en mi mayor tormento.

Tiene mi corazón un llanto de princesa, olvidada en el fondo de un castillo desierto […], como barcas perdidas que escondieran estrellas rotas en sus bodegas.

No soy capaz de discernir en mi mente en que momento volví a encontrarme entre sus brazos, siendo consolado una vez más.

Miento.

Consolándonos el uno al otro y el otro al uno. Ambos presentábamos heridas sangrantes en nuestros corazones a punto de partirse.

Nadie escuchó nuestros llantos desgarradores, ni quiso siquiera. Para el mundo habíamos muerto. Nuestros cuerpos yacían bajo una mar maldita o al fondo de una mazmorra de piedra. Ya solo éramos meros recuerdos en un puñado de personas, que apostaba lo que fuera, nos olvidarían en poco.

Y el tiempo pasó despacio, como si nos encontrásemos en un espacio onírico imposible de describir.

Mis espaldas se ensancharon, y mi cuerpo creció. Mi voz era grave y adquirió un leve deje ronco que hacía que esa suavidad que la caracterizada quedara rota. Mi mentón se llenó de pelo suave que ocultaba esos rasgos infantiles que parecían no marcharse nunca.

Enterramos el pasado en ataúdes de oro y joyas, rodeado de espinos de rosa, y cubierto por un velo que prometimos no volver a levantar, salvándolo de nuevas guerras y batallas innecesarias.

Ya no necesitábamos recuerdos. Solo era importante la nueva vida que se extendía ante nuestros ojos, adquiriendo día a día un nuevo brillo que ninguno de los dos había imaginado.

[…] y a veces por las noches, abrimos el cajón y contemplamos esos sueños y deseos olvidados. Pero cada vez son más grandes y cuesta más cerrar el cajón. Pero él lo hace antes de que despunte el alba.

Encogí las rodillas y apoyé la barbilla en ellas mientras observaba ensimismado el cuarto al amanecer. Deleitándome con esa tranquilidad de la que solo se podía conseguir a primeras horas de la mañana.

- Regulus…

Me giré para mirar sus ojos aún a media asta, dedicándole una sonrisa serena ante su rostro adormilado:

- Deneb.- susurré su nombre arrancándole una sonrisa ladina.

- Buenos días

- Buenos días, princesa

Apoyé un codo en el colchón y me incliné sobre ella para depositar mis labios sobre los suyos, notando la calidez de su aliento sobre mi rostro conforme me iba acercando.

[…] dándole un dulce y tierno dedal.