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Palabra : Mañanas

Lo primero que escucho en cuanto mi consciencia vuelve a la realidad es tu risa. Te noto echar algo sobre mí, es ligero, suave, y huele muy bien. Contienes el aliento durante unos segundos al darte cuenta de que ya estoy despierto, pero eso solo consigue que rías aún más y termines de verter sobre mí lo que sea con lo que estás cubriéndome.

De pronto te sientas al lado de mío y me zarandeas, moviendo entusiasta mi hombro derecho, intentando contener las miles de carcajadas que se esconden tras tus labios:

- ¡Capitán! ¡Capitán Peter Pan! ¡Despierta!

Curvo mi boca en una sonrisa divertida y abro los ojos, como sobresaltado, como si en verdad hubiera estado sumido en un profundo sueño y me hubiesen sacado a la superficie de golpe:

- ¡Wendy! ¿Qué ha sucedid…?

Pero mi pregunta muere al verme totalmente cubierto de miles de pétalos de numerosas flores. Hay pétalos largos y olorosos, algunos pequeñitos como gotas de lluvia, hay rosas, azules, violetas…

- Mira lo que nos han traído las hadas, Peter ¡Una lluvia de flores!

Me acabo de enderezar y me quedo mirando la cama embobado durante unos segundos, intentando que esa imagen que se extiende ante mí quede grabada en mi mente para siempre. Me giro y te veo, de rodillas a mi lado, sonriendo emocionada, como una niña antes de abrir sus regalos de cumpleaños.

Solamente me da tiempo a mover los labios, susurrando sin voz un “Je t’aime”, porque de repente te da un arranque de amor y te lanzas encima de mí, haciendo que ambos rodemos sobre la colcha llena de pétalos, riendo como dos niños mientras nos llenamos las caras de besos.

.-.-.-.-.

Giro en la cama y noto que el lado derecho de esta está frío. Abro los ojos despacio, acostumbrándome a la luz del amanecer que entra a raudales por la ventana y te busco con la mirada.

Aunque antes de que esto suceda, un beso contra mi oreja izquierda provoca que cierre los ojos de nuevo, disfrutando de la sensación que tus labios sobre mi piel producen.

Vuelvo a girar para poder mirar cómo te vistes despacio, como si fueras ralentizado por el mero hecho de que sabes que adoro verte. Eres una escultura en movimiento, hecha única y exclusivamente para mí.

Al terminar te sientas en el borde de la cama y acaricias mi rostro, obligándome a suspirar:

- ¿En serio que es necesario que vayas?- pregunto, por mucho que sepa la respuesta de antemano.

Solo asientes, sonriendo de lado, antes de volver a inclinarte sobre mí y regalarme el último beso, uno largo, hambriento, de esos que te dejan sin aliento.

Dejas escapar una risita entre dientes al ver la cara que se me ha quedado y te levantas, colocándote el sombrero que te identifica como agente secreto:

- Mañana en la noche viene Ferb a cenar y preparare sopa de marisco, con remolachas fritas. Podrías venir, si tienes tiempo. Ya sabes, nunca me importa el poner un plato más. Y si ves que se hace muy tarde, te quedas a dormir. No molestas, y eso…

Suspiras y contienes otra risita. Sé que hablo demasiado, pero es por compensación, tú no hablas casi nunca y yo lo hago por los dos.

Te acercas a la puerta, terminando de colocarte la gabardina y el sombrero, antes de girar tu rostro una vez más y guiñarme un ojo, para después desaparecer por el marco de esta.

- Maldito seas, Perry el Ornitorrinco…- digo en un susurro mientras vuelvo a cerrar los ojos.

 .-.-.-.-.

 - Vaaaaa, vengaaaa, porfaaaaa, quedateeee

Te oigo suspirar ante mis súplicas y eso hace que ría un poquito:

- No y no. Además, Alfred dijo que vendría a recogerme a las 7 para llevarme a clase.

- ¿Y? Joooo, podemos decir que te has puesto enfermo y te quedas en la cama conmigo.

- Claro, ¿y tú? Max va a subir de un momento a otro para decirte que te prepares para ir al colegio.

- ¡No podrá, porque yo también me habré puesto enfermo! ¡Y nos quedaremos juntos todo el día en la cama!

Esta vez eres tú el que ríe, haciendo que mi sonrisa se ensanche aún más:

- Venga, Bart, levántate y comienza a vestirte, que no tardas nada… literalmente.

- ¡No quiero!

- Pero, ¿por qué?

- Porque quiero quedarme contigo…- digo poniendo morritos.

Eso te desarma al completo… je… ya lo sabía.

Suspiras y dejas la mochila en el suelo antes de venir a la cama de nuevo y revolverme el cabello:

- Hagamos un trato, Imp.- comienzas mientras te sientas a mi lado.- Si vas a clase hoy y haces todos los deberes, mañana vengo otra vez a dormir contigo.

Vale, eso no me lo esperaba ¡Pero me encanta la idea!

Me levanto y en cinco segundos ya estoy arreglado y listo para salir, cosa que provoca que estalles en carcajadas:

- Supongo que eso es un “sí”, ¿verdad?

Como toda respuesta, corro a velocidad normal hasta ti, acomodándome entre tus piernas para poder besar divertido tus labios.

.-.-.-.-.
Te crees que tienes el poder sobre mí. Y la verdad es que me gusta que lo creas.

Llevamos toda la noche rodando por la cama, levantándonos y siguiendo nuestra lucha en el suelo, contra las paredes, sobre el tocador, apoyados en la puerta.

Nos hemos besado, acariciado, sí, pero también golpeado, arañado, mordido. Nuestras sangres mezcladas pintan todo el dormitorio, incluso alguna salpicadura ha llegado al techo seguro.

De pronto ríes y te tumbas encima de mí, lamiendo distraídamente un chorretón de sangre que cubre mi cuello:

- ¿Ya te has cansado, Jay?

- No… solo estoy esperando a que recuperes el aliento para girarte y meterla hasta el fondo.

Aquel comentario me hace reír. De donde yo provengo no es que las cosas se digan así, tan… ¿directas?

- Maleducado…- murmuro mientras te doy un sonoro cachete en el trasero, provocando que rías por lo bajo y vuelvas a morderme, arrancándome un gemido.

Arqueo la espalda gozoso y permito que te diviertas abriéndome más heridas por todo el cuello y clavícula.

Al final cumples tu amenaza. Al cabo de unos minutos me giras de pronto, y sin prepararme ni nada, comienzas a penetrarme, haciendo que nuestros jadeos inunden el dormitorio.

Si yo quisiera, me daría la vuelta de golpe. Agarraría tu pene con ambas manos y lo desollaría. Después cortaría tu cuerpo y vertería sangre en las heridas. Por último, sería yo quien te estaría dando por detrás.

Pero me gusta ver cómo te crees con poder sobre mí. Piensas que en verdad estoy totalmente a tu merced. Nada más lejos de la realidad.

.-.-.-.-.

 ¿Te imaginas que nos vemos?

No sé, muchas veces me suelo quedar embobado, con mis propios pensamientos, dándole vueltas a esa misma idea.

Sí, bueno, no es tan descabellado el poder vernos, pero aún así… es simplemente esa pregunta, y no cualquier otra, ninguna otra variación de la misma, la que ronda por mi cabeza en innumerables ocasiones.

Pero es que en mañanas como esta, no sé, el pensar en cosas así es como más propicio.

¿Te imaginas que nos vemos?

Uff… no sé tú, pero a mí se me ocurren mil cosas que poder hacer juntos.

La mayoría son tonterías, de esas que se pueden hacer normalmente con cualquiera. Pero la diferencia es que tú y yo no estamos juntos nunca. Y el poder realizar cualquier estupidez, sea como sea de nimia, juntos, hombro contra hombro… ay… no sé… es como emocionante.

Aunque… claro… luego hay otras cosas que se me ocurren… que ya no son tan banales…

¿Ves? A veces, cuando las pienso, incluso me entra la risa floja.

No quiero que pienses nada raro… demasiado raro… de mí. Pero solo piénsalo un momento.

¿Te imaginas que nos vemos…

… y lo primero que hago es lanzarme a tus brazos, haciendo que nuestros labios se encuentren?

Menuda tontería, ¿verdad?

Mayormente porque no solo haría eso. Te besaría nada más verte, eso sí… pero después te empujaría contra alguna pared y me apoyaría contra ti, jugueteando con los pequeños pelitos que cubren tu nuca. Tras eso, seguro que acariciarías mi cintura, girándome para que fuera yo quien acabara contra la pared. Entonces subiría mis manos y las enredaría entre tus cabellos, dejando que tu boca bajase a mi cuello y lo mordisqueara, haciendo que, inconscientemente, moviera las caderas para pegarlas a las tuyas. Jadearías contra mi humedecida piel, y yo gemiría entre dientes, cerrando los ojos, disfrutando de la sensación…

Dirk, ¿te imaginas que nos vemos?

.-.-.-.-.

 - Mierda… joder… ¡Yago! ¡Chucho, coño, despierta!

Típicas palabras de amor que me dices por las mañanas.

Gruño un poco entre dientes e intento poder seguir durmiendo, pero la hostia que me pegas con… con yo que sé… en la cabeza, es suficiente para que me gire y medio abra los ojos:

- Ay… ¿y ahora qué pas…?

- Nos hemos quedado dormidos, joder, y mi madre no sabía que esta noche me quedaba contigo.

Mierda. Ok, alerta roja, todos en pie.

Me levanto corriendo y comienzo a buscar mi ropa por el suelo mientras terminas de abrocharte el sujetador y te pones la camiseta.

En cuanto me calzo las botas, tú ya estás al lado de la moto esperándome con los brazos cruzados:

- ¡Venga, joder! ¡Eres más lento que el caballo del malo!

- ¡Voy! Espera… ¿y mis llaves?

- ¡Qué las tengo yo! ¡Yago, date prisa!

- ¡A sus órdenes!

Me recojo el pelo en una coleta y me subo en la moto, dejando que te acomodes tras de mí mientras arranco esta, saliendo a toda velocidad, llegando enseguida a la autopista.

Noto como te revuelves algo inquieta a mi espalda y tus manos agarran nerviosa la tela de mi camiseta. Suspiro y sonrío mientras acelero un poco:

- ¡Tranquila, no tardamos nada en llegar!

- ¿¡Qué!? ¡No te oigo!

Río. Joder, normal que no me escuches, si vamos a toda máquina por la carretera:

- ¡Qué te quiero!

Como toda respuesta noto como me pellizcas en el torso, arrancándome un quejidito… aunque después te acomodas, dejando tu rostro entre mis omoplatos.

Joder, ¿cómo puedes ser tan perfecta?

.-.-.-.-.

 Deben de ser pasadas las once cuando abro el ojo, aún medio adormilado. La luz entra a raudales a través de las cortinas. Vuelvo a cerrar los ojos y bostezo ruidosamente, maldiciendo al mismo tiempo el haber dormido tanto y el no poder seguir durmiendo un rato más.

Suspiro y comienzo a parpadear lentamente, intentando acostumbrarme a la luminosidad del día. La verdad es que no recuerdo ni lo que he soñado, pero he dormido tan jodidamente bien que no me importa mucho.

Me estiro un poco, provocando que algún huesecito por mi espalda cruja, haciendo que una sonrisita se dibuje en mi rostro antes de volver a acomodarme, por fin con los ojos bien abiertos.

Hace relativamente pronto que el buen tiempo hizo su llegada a estas tierras, pero ya es tan notable el cambio de temperaturas, que solo una ligera sábana cubre la cama.

Normalmente, cuando me acuesto, lo hago simplemente vestido con unos pantalones largos, blancos, de esos que se utilizan para ir a la playa. Pero claro, anoche fue una ocasión especial… y me encuentro totalmente desnudo.

Río pícaro, recordando los hechos de tan solo hace unas horas y me giro, quedándome embobado mirando tu espalda desnuda a mi lado.

Tu cabello cubre la almohada, y cae sobre el colchón y tus hombros a raudales. Algunos ricitos traviesos se enredan entre mis dedos y parece como si una enredadera color chocolate con leche naciese de tu cabeza:

- Tatyana… ¿estás despierta?- susurro, comprobando que aún duermes plácidamente.

Recorro tu cuerpo de arriba abajo, deleitándome con la imagen que tus caderas redondeadas, de tus nalgas firmes y tersas, tus piernas casi esculpidas por los propios dioses, me ofrecen.

Siempre fuiste la más bella de todos. Arjeta e Idriza son guapísimas, sí, e incluso la pequeña Milica… pero nada comparado contigo.

Debería levantarme, darme una ducha, y quizás ser algo caballeroso y prepararte el desayuno para llevártelo a la cama. Pero la idea de quedarme aquí, tumbado a tu lado, simplemente observándote dormir es demasiado tentadora.

Ni si quiera me hace falta verte el rostro, no me es necesario el que estés volteada hacia mí. Nunca me ha importado estar a tu espalda, escondido, solo mirándote en silencio.

Así que me acomodo de nuevo, dejando que mis dedos encuentren entretenimiento entre tus cabellos mientras mis ojos se fijan en tu desnudo cuerpo, recorriéndolo una y otra vez con una sonrisa bobalicona en los labios, esperando a que mi princesa despierte.

Debes hacer que te necesite

Los antiguos espartanos fomentaban el amor entre sus guerreros, ya que creían que durante la batalla estos protegerían mucho más fervientemente a sus amantes que a sus compañeros.

La verdad es que era una muy buena táctica militar. Y no solo para que se protejan los unos a otros. Piénsalo, ¿quién te va a seguir en tus cruzadas ciegamente, ayudándote en todo sin cuestionarlo? ¿Tu amigo… o tu enamorado?

Pero, obviamente, no siempre puedes enamorarte de quien te convenga.

O simplemente, no quieres enamorarte. Aunque no es necesario que lo hagas.

Hacer creer a alguien que estás enamorado de él no es tan sencillo como decirle palabras bonitas y escucharle sin interrumpirle. Debes hacer que te necesite, que te desee, que quiera todo de ti aunque no lo pueda poseer.

Miré el reloj de reojo, en pocos minutos iban a dar las 5 de la tarde. Arianna llegaría enseguida de su paseo con Aberforth, prepararía el té, y llamaría a su hermano para que merendasen juntos.

Pero, por lo que estaba viendo, Albus aún no se había dado cuenta de la hora.

Sonreí y me levanté de la silla, caminé a grandes pasos hacia él, que se encontraba sentado en la cama. Le quité el libro de entre las manos y me senté encima suya. No le dio tiempo a decirme nada, me incliné y comencé a comerle la boca.

Colé mis manos bajo su camisa y pellizqué sus pezones, sonriendo al oírle gemir contra mis labios. Al colocarme ahorcajadas sobre él, cualquier movimiento que hiciera provocaba un roce entre nuestras caderas, cosa que propiciaba intensamente.

No podía negarlo, yo también estaba disfrutando de aquello, y me remordía un poco las entrañas el saber que no iba a durar mucho.

No me preocupaba. En cuanto llegara a casa me metería en la bañera y daría buena cuenta de mi mano derecha hasta que quedara plenamente satisfecho.

Pero conociendo a Albus, él ni si quiera se lo replantaría. Mejor para mi plan.

Corté el beso y encaminé mis labios hasta su oído, susurrando, mordiendo y lamiendo su carne. Él temblaba bajo mi peso y la erección que sus pantalones ocultaban era más que evidente.

Bajé el rostro hasta su cuello y aspiré su aroma exageradamente, haciendo que su piel se pusiera de gallina bajo mi nariz.

Albus agarró con fuerza mis caderas y me giró, tirándome con brusquedad sobre su colchón. Esta vez fue él quien se puso encima, provocando que todo su cabello al inclinarse ensombreciera su rostro, dándole un aspecto de lo más atractivo.

Me besó de nuevo con urgencia antes de comenzar a desabrocharme la camisa, deleitándose con el roce de sus dedos sobre mi torso desnudo…

… cuando las voces de sus hermanos nos llegaron desde la sala.

Gimoteó lastimeramente y me miró, como pidiendo disculpas:

- Oh vamos… -murmuré, fingiendo no creérmelo.

- Lo siento… yo… no me había fijado en qué hora era.

- Ni yo… joder… que asco…

- Tenía muchas ganas, Gellert, créeme.

- Yo también, Albus.

Su tumbó sobre mí y comenzó a besar mi barbilla, sintiéndose culpable por lo que no podríamos terminar aquel día:

- Deberías irte. No es bueno que te vean aquí… y así…

Reí por lo bajo al notar mi abultada entrepierna y asentí. En cuanto se incorporó, me levanté de la cama y me incliné para darle un ligero beso en los labios antes de dirigirme hacia la ventana y escapar cual gato por ella.

Le escuché suspirar mientras bajaba, y me apostaba lo que fuera a que se tumbaría boca arriba en la cama y maldeciría el calor que ahora recorría su cuerpo.

Cuando llegué al suelo, ni si quiera me molesté en arreglarme la ropa. Sonreí de oreja a oreja y me atusé el pelo. Sabía de sobra que Albus pasaría el resto de la tarde notando esas descargas recorrer su cuerpo, recordándole lo que no habíamos podido hacer, y por la noche su deseo sería tal que me escribiría una nota y enviaría su lechuza a mi cuarto, donde yo ya estaría esperando su carta.

Porque hacer creer a alguien que estás enamorado de él no es tan sencillo como decirle palabras bonitas y escucharle sin interrumpirle. Debes hacer que te necesite, que te desee, que quiera todo de ti aunque no lo pueda poseer.

Todos salimos ganando

Mi tía Bathilda había ido a Londres aquella mañana por unas compras y no regresaría hasta la noche, por eso decidimos comer en mi casa, aprovechando que nos encontraríamos solos.

Pero, obviamente, mis planes no eran solo comer con Albus.

Propicié aposta la discusión, nos levantamos de la mesa y nos enzarzamos en un acalorado debate. Llegamos a las manos, por supuesto, somos demasiado tozudos como para dar nuestro brazo a torcer… aunque después de los golpes, no llegaron más, si no que dieron paso a besos, mordiscos, jadeos… Vamos, lo normal cuando se folla.

No puedo evitarlo, me encanta picarle para que se enfade. Cuando se cabrea, impone mucho, te da cosa incluso mirarle… y a mí eso me pone muchísimo.

Terminamos arrancándonos la ropa sobre el sofá, y haciéndolo alocadamente, como a mí me gusta. Estoy más que seguro de que los vecinos nos escucharon. Sería divertido ver qué cara pondrían Aberforth o mi tía si se lo contasen.

Esta vez me ha tocado estar abajo, así que tras salir del interior de Albus, este se acurruca encima mía. Me gusta notarle así, sobre mi pecho, con su peso aplastándome, es de lo más agradable.

Sonrío algo cansado y me pongo a juguetear con sus cabellos, tironeando de ellos de vez en cuando. Sé que está demasiado agotado como para echarme la bronca y decirme que pare:

- Te quiero, Gellert.- murmura antes de besar mi cuello.

- Yo también te quiero, Albus.

Lo digo sin pensar, automáticamente. Es algo que ya tengo programado, cada vez que Albus me dice alguna cosa así, mi cerebro responde directamente, sin necesidad de que yo lo sienta. A veces, ni siquiera me entero de que le he contestado.

Pero es que es así, yo no siento lo mismo por él. Sí, me cae genial, le admiro muchísimo, por no decir que físicamente me atrae demasiado, pero nada más.

Vinimos al mundo solos y nos moriremos solos, el atarse a alguien sentimentalmente se me antoja una pérdida de tiempo sin sentido.

Así que simplemente le hago creer que todo lo que él siente por mí, ese amor que me profesa, es correspondido. Total, no hago daño a nadie. Él piensa que le quiero, y gracias a eso me ayuda en mi plan para encontrar las Reliquias de la Muerte. Porque hay que admitirlo, Albus es más astuto que yo. Así que, todos salimos ganando.

Se incorpora un poco y se queda mirándome a los ojos, sonriendo como un tonto, antes de acercarse y besarme lentamente, mordisqueándome los labios con dulzura, y no para hasta que no me arranca un suspiro involuntario.

¿Qué decir? Yo no le amo, pero disfrutar de estos momentos con él… es jodidamente placentero.

Presentación formal

Una suave brisa hacía que el aroma a pastelería recorriese la calle entera, provocando que más de un transeúnte acabase entrando en la cafetería de la fachada verde claro de aquel barrio parisino.

Era una tarde bastante cálida de principios de otoño, y el sol anaranjado que reinaba en aquel cielo despejado hacía posible el hecho de poder pasear tranquilamente sin abrigo, o el tomarse un café en cualquier terraza disponible.

La camarera, una joven de no más de diecinueve años a lo sumo, colocó en su bandeja un café vienes, dos tés negros con leche, y un chocolate con nata, acompañando todo con un platito repleto de galletas de mantequilla. A pesar de su juventud, el hecho de poder salir a la terraza que tenían frente la entrada principal del café portando la bandeja llena con una sola mano, y con la libre poder colocarse bien el delantal, revelaba sus años de experiencia en el sector:

- Espero que todo sea de su agrado.- dijo con una sonrisa mientras colocaba las tazas y las galletas en la mesa.- Si necesitan algo más, no duden en llamarme.

- Lo tendremos en cuenta, muchísimas gracias.- contestó Deneb amablemente, ya que era la única de los cuatro que hablaba fluidamente el francés.

Tras ver como la camarera se dirigía de nuevo dentro del local, regresó su mirada hacia sus acompañantes, sonriendo con ternura al ver como Regulus ya había aderezado con azúcar las tazas de ambos.

Dejó que su mano encontrase la de su marido bajo la mesa y entrelazó sus dedos, agradeciéndole aquel gesto tan insignificante en silencio:

- Bien, Anil, Arcturus ya nos había comentado que trabajabas como parte del profesorado en Hogwarts, pero me gustaría saber qué clases impartes.- preguntó el joven (aunque solo en apariencia) Black, clavando su cálida mirada en la muchacha que estaba sentado frente a él.

- Este será mi segundo año como profesora de Runas Antiguas.

- Vaya.- comentó Deneb, interrumpiendo el trayecto de su café a los labios.- Perdóname si me equivoco, pero creía que Hydra nos había dicho que ibas a optar como profesora de Historia de la Magia.

- Así es, mere, pero el único puesto vacante en el colegio era el de Runas. Parece ser que el fantasmagórico Binns seguirá con su puesto. Además, como ya pudimos comprobar con mis notas del curso anterior, es una grandísima profesora en esa materia.- dijo Wally con una gran sonrisa de oreja a oreja, abrazándose distraídamente al brazo de la interpelada.

- No lo he puesto en duda en ningún momento.- se defendió Deneb, compartiendo sonrisa con su hija, antes de volver a Anil.- No sabía que habías sido la profesora de Wally.

- Bueno, fue así como nos conocimos, ya que yo me gradué dos años antes de que ella entrase en el colegio.

- Cierto, disculpa mi torpeza, a veces se me olvida completamente que eres de la misma edad que los mellizos. El tiempo es tan diferente para nosotros…- dijo Deneb antes de reírse en bajito por la pequeña broma que solo los miembros de aquella rama de la familia Black entenderían.

Y que esperaban que Anil formase pronto parte de ella, ya que la reunión se estaba realizando justo por esa razón.

Anil Thomas había sido compañera de curso, y amiga, de Hydra y Arcturus Black durante su estancia en Hogwarts. Tras su graduación, estudió duramente para poder licenciarse como profesora de Historia y Runas, y a sus veintitrés había conseguido una plaza en el mismo colegio en el que estudió sus siete años de formación como bruja.

Fue allí, durante la primera clase que impartió a los alumnos de Hufflepuff y Ravenclaw de quinto, donde conoció a la hermana pequeña de sus dos amigos Black: Wallburga Aurore. La pequeña Wally duró muy poco siendo solo una alumna más.

Poco después de las vacaciones de primavera, Anil y ella comenzaron un romance en secreto, no por miedo a las represalias de que una profesora y una alumna estuviesen juntas, si no por la reacción que el hermano mayor de Wally, Eridani, pudiese tener. Asi que esperaron hasta la graduación de este, coincidiendo con el término de las clases, para hacer oficial su compromiso.

Y ahora, meses más tarde, a escasas semanas de que ambas tuvieran que regresar a Hogwarts para un nuevo curso escolar, Anil había viajado hasta París (ya que aún era pronto como para mostrarle Nunca Jamás) para conocer formalmente a los padres de su pareja, los que esperaba que en un futuro fuesen sus suegros.

La tarde continuó avanzando, y antes de que la primera farola se encendiese, ambas parejas se despidieron, dejando que la más reciente disfrutase de las últimas horas de luz en la terraza.

Deneb se abrazó del brazo de Regulus, y apoyó la cabeza en su hombro mientras paseaban tranquilamente, disfrutando de su mera compañía rumbo a la taberna del barrio mágico de París, donde volverían a Nunca Jamás gracias a los polvos Flú:

- Me parece perfecta.- dijo Deneb, rompiendo el silencio a las tres calles.

- No sé que me esperaba, realmente.- confesó Regulus.- Creo que la idea de que le sacase tantos años me había dejado en shock y no sabía ni qué me iba a encontrar.

- ¿No te sorprendió más el hecho de que fuese una mujer?

- Creo que Eridani ya nos tiene curados de espantos.- murmuró, provocando la risa de su mujer.- Pero a pesar de todo, de que no sabía ni que esperar de todo esto, ha sobrepasado todas mis expectativas.

- Es decir, que coincides conmigo, ¿no?

- Exacto, ma vie, Anil es perfecta para nuestra Wally.

Deneb se abrazó aún más a Regulus y volvieron a sumirse en un silencio cómodo hasta que llegaron a su destino.

Mortífagos

La hora de la cena se aproximaba, y los pasillos del colegio cada vez estaban más y más vacíos.

Un aire invernal recorría el interior de los muros de piedra, y los pocos alumnos que aún no habían ido acercándose al gran comedor se apelotonaban unos a otros para poder protegerse del frío de noviembre.

Albus abrazó con fuerza el gran volumen de astronomía y se encogió un poco sobre sí mismo. Se había manchado la túnica en pociones cuando su caldero había decidido empezar a hervir sin aviso alguno. Así que por mucho que quisiera, el jersey no le protegía de las temperaturas de aquellas horas.

Echó un poquito de vaho en las manos mientras caminaba con la vista pegada al suelo. Sus pensamientos iban recorriendo mentalmente todos los lugares donde podría estar su hermano James, al que pensaba pedirle prestado un jersey o algo para ponerse durante la cena.

Pero su camino no duró mucho tiempo, ya que no se fijó, y al girar en una esquina se chocó bruscamente contra dos estudiantes que estaban jugando con una bola de cristal.

Bola de cristal que acabó hecha añicos en el suelo.

Albus la miró estupefacto y notó como las mejillas adquirían un color granate muy vivo:

- Lo siento… no iba mirando por donde andaba…- comenzó a balbucear sin atreverse a mirarles a la cara.

- Ya, pues deberías, ¿sabes?- la contestación seca de uno de ellos no ayudó a que el joven Potter pudiese despegar sus ojos del suelo.

- Lo sé… no volverá a suceder.

- Lo que faltaba.- la voz ya no solo era dolida por la pérdida del frágil objeto, era una voz enfadada.- ¿Sabes lo importante que era esa pelota para mí?

- Lo siento muchísimo. La pagaré, te doy mi palabra.

- ¿Y te crees que me vale la palabra de un slytherin?

Tras eso no pudo mantener la mirada baja mucho más. Sus ojos se posaron en los dos alumnos de Gryffindor que le cerraban el pasillo, acorralándole contra la pared:

- Ya he dicho que lo siento, y además pagaré lo que haga falta.

- Y nosotros te hemos dicho que no nos fiamos de ti.

- Cierto, seguro que ha sido hecho a posta.

- Los slytherin siempre estáis fastidiando. Os creéis los amos del mundo y no es así.

- ¡Solo me he chocado! ¡¿Vale?! ¡¿Yo que iba a saber que teníais algo tan frágil en las manos?!- aquellas acusaciones se estaban pasando de castaño oscuro.

Uno de los adolescentes empujó al joven, haciendo que trastabillara y el libro que sostenía entre las manos cayese al suelo. En el último momento logró mantener el equilibrio, y caminó varios pasos hacia atrás, volviendo a aparecer en el pasillo por el que había venido:

- No nos levantes la voz, slytherin, no eres más que nosotros.

- Pues entonces dejadme en paz.

- ¿Te atreves a darnos órdenes?- el más alto se acercó peligrosamente a Albus.- Más te vale darte cuenta de que en esta época ser de Slytherin no te da derecho a creerte mejor que nadie.

- Hombre, mejor que vosotros no es difícil.- intervino una tercera voz.

Albus se giró bruscamente, ahogando un gemido reconfortante entre sus labios al encontrarse de cara con Scorpius.

Este le sonrió levemente antes de colocarse a su lado, mirando desafiante a los otros dos:

- Ya ha dicho que la pagará, así que recoged los cristales y dejarle en paz.- su voz no admitía replica alguna.

- Vaya, un Malfoy… De este si que no nos podemos librar.

Los dos gryffindor se rieron por lo bajo ante el comentario:

- ¿Y con eso quieres decir que…?- si Scorpius ya estaba enfadado, ahora estaba furioso.

- ¿Te crees que la palabra del hijo de un mortífago vale mucho?

El rubio apretó los puños con fuerza, y su rostro se volvió completamente pálido, haciendo que el color rosado de sus labios resaltara casi antinaturalmente:

- No te atrevas a nombrar a mi padre así.

- ¿A tu padre no? Pero a tu abuelo sí, ¿no? Porque total, ambos eran de la misma escoria.

Scorpius levantó el puño e impactó en la barbilla del otro chico, tirándole al suelo, haciendo que el ruido del cuerpo al caer resonara por todo el pasillo. Por no hablar de los cristales que se clavó en las manos:

- ¡Cabrón!-gritó su amigo, agachándose a su lado.- Os vais a enterar, mortífagos de mierda.

Esta vez, a Malfoy no le dio tiempo a poder hacer nada, ya que el puñetazo no fue dirigido hacia él, si no contra Albus, haciendo que se chocara contra la pared más cercana:

- ¡Cobarde! ¡Él no te había hecho nada!- bramó Scorpius lanzándose contra él, pero el otro adolescente se levantó, agarrándole de ambos brazos, impidiendo que le golpeara.

Ambos gryffindor sonrieron, mirando como el rubio se retorcía. No es que fueran unos chicos violentos normalmente, simplemente que no iban a permitir que dos slytherin les trataran así.
El joven que había golpeado a Potter levantó el puño, iba a dejarle un ojo morado, un bonito recuerdo para que el niñato supiera que con un alumno de Gryffindor jamás debía meterse.

Pero ese golpe jamás llegó al rostro de Scorpius.

Una patada en la cabeza lanzó al adolescente varios metros de donde se encontraba.

La autora de esta, una joven ravenclaw de oscuros cabellos cortos, acabó de pie justo en el mismo lugar donde había estado su víctima. Sonrió y se colocó bien la falda antes de mirar al otro gryffindor:

- ¿Es que vuestros padres no os han dicho nunca que no hay que meterse con gente más pequeña que vosotros?

No le dio tiempo a contestar, si es que se le había pasado por la cabeza el hacerlo, ya que una mano agarró con fuerza sus cabellos, tirando de él hacia atrás, provocando que soltara a Scorpius antes de colocar un cristal contra su desnudo cuello:

- Y menos meteros con un… ¿cómo decís vosotros? Ah… sí… mortífago.- dijo una voz masculina a su oído.

La chica sonrió, y abrió la boca para contestar, pero el joven se había levantado y corría hacia ella para golpearla. La ravenclaw empujó a Malfoy, apartándole de la pelea, y descargó con fuerza un puñetazo contra su agresor.

Scorpius corrió al lado de Albus, que miraba estupefacto como la pelea entre los cuatro adolescentes comenzaba encarnizadamente. Aún no entendía muy bien que era lo que había pasado, ni lo que estaba sucediendo en ese mismo instante. Momentos antes había sido atacado injustamente por un chico, y ahora veía como el mismo estaba siendo sepultado contra el suelo bajo los puñetazos de un joven de cabellos revueltos que le llegaban hasta la mitad de la espalda:

- Albus.- la voz de su compañero le volvió a la realidad, perdiéndose en sus claros ojos.- ¿Estás bien? Déjame verte el labio.

El pelinegro asintió, sin poner resistencia alguna, notando por primera vez el corte que le recorría el labio inferior, empapando su barbilla y cuello de caliente sangre. En otras circunstancias ya se habría puesto a llorar (no es que tuviera el umbral del dolor muy alto que digamos), pero la pelea le había dejado totalmente absorto, y dejaba que Scorpius le limpiara la herida con el puño de su camisa sin dejar escapar un solo quejido.

Seguramente solo pasaron escasos minutos, pero para los dos alumnos de Slytherin se les hicieron eternos. Cuando ambos ravenclaw se separaron de los otros dos, que corrían asustados por el pasillo, a Scorpius se le hacía que habían pasado milenios desde el incidente de su amigo:

- De verdad, y encima irán con el cuento de que somos unos violentos a cualquier profesor ¡Mamones!- exclamó la joven con el puño en alto antes de girarse a los dos pequeños que seguían sentados contra la pared de piedra.- Vaya, Albus, el corte de tu labio se ve muy feo, será mejor que avisemos a tu hermano y vayáis a enfermería.

El Potter la miró desconcertado mientras se levantaba con la ayuda del rubio:

- Lo siento, ¿pero nos conocemos?

- Era imposible que un Black no conociese a un Potter.- esta vez, la contestación vino de parte de su otro salvador, cuyos cabellos se encontraban ahora anudados en una coleta contra su nuca.

- ¡Ya decía yo que me sonabais!- dijo de pronto Scorpius.- Sois los hijos de Regulus y Deneb, ¿verdad?

- Teniendo en cuenta de que somos familia, la verdad es que me sorprende que no te hayas dado cuenta antes, lumbreras.- la chica se inclinó sobre su hermano.- ¿Ves? Esto es lo que pasa con la rama de la familia rubia.

- Oye, que te he oído.

- Eso pretendía.

- ¿Los medio franceses sois siempre tan graciosos?

- Uy, solemos serlo más, créeme.

Mientras la joven Black y Scorpius “discutían”, el muchacho de largos cabellos se acercó hasta Albus, tendiéndole un blanco pañuelo de seda:

- Gracias.- fue capaz de murmurar mientras lo aceptaba, notando de nuevo sus mejillas coloradas.

- Tranquilo. Mi nombre es Arcturus, y el de mi hermana es Hydra, por si no nos recordabas.

- Me resulta un poco embarazoso ese hecho, perdonarme.

- No te disculpes, por mi parte no es que me guste mucho llamar la atención. Ya por la de Hydra…

La interpelada abrió la boca para contestar, seguramente para defenderse, pero en ese momento otra voz al otro lado del pasillo hizo que los cuatro se girasen:

- ¡Albus! ¡¿Estás bien?!- James corría hacia ellos con la palabra preocupación pintada en el rostro.

- Mira, un trabajo que nos ahorramos.- murmuró Hydra.

- Nosotros nos vamos, cualquier cosa que necesitéis, ambos, llamadnos.- y tras esa extraña despedida, los hermanos se marcharon cogidos de la mano.

Cuando el otro Potter llegó a su lado, abrazó con fuerza a su hermano, incluso antes de que Scorpius le advirtiese de que tuviese cuidado con la herida del labio del menor. Pero Albus ni siquiera abrió la boca, sus ojos se perdían en la esquina del fondo del pasillo, donde Arcturus e Hydra habían desaparecido segundos antes.

Casa

Las primeras navidades fueron las peores.

Cuando llegué a la estación, mi madre se acercó a darme un abrazo, seco y frío… papá solo me revolvió los cabellos, y tras depositarme un beso en la frente, recogió mi baúl.

No decían nada, aseguraban que no importaba que estuviese en Slytherin, que era una casa como otra cualquiera y que seguían sintiéndose orgullosos de mí.

Yo sabía que no era así, me demostraban día tras día que les había decepcionado.

Pero nada de eso fue comparado a la reunión anual de los Weasley. Durante el Solsticio de Diciembre, la familia al completo se reúne en la Madriguera, y se celebra todo el día y toda la noche.

Solo mis primos Louis y Fred parecían no preocuparse en absoluto sobre la elección que el Sombrero Seleccionador había elegido para mí.

El regreso a Hogwarts fue para mí como si me estuvieran llevando a la cárcel.

Notaba que si todo lo que estaba pasándo fuera culpa mía. Que había ido a Slytherin en vez de Gryffindor por alguna cosa malvada que había hecho en el pasado. Que todo eso que sentía me lo había buscado yo solito.

Yo era malvado y me merecía estar donde estaba.

Cuando estuve de nuevo en la cama de los dormitorios de Slytherin, me eché a llorar. No entendía nada de lo que sucedía, y lo único que notaba era constantemente ese desespero y culpabilidad en mi pecho.

No aguanté mucho rato arropado bajo esas suaves y cálidas mantas. Sentía que me agobiaba.

Así que me puse la bata y las zapatillas y bajé a la sala común.

Gracias a Merlín que estaba vacía. Me hice un ovillito sobre el sofá de cuero negro que descansaba frente a la chimenea, a esas horas apagada, y lloré aún más alto de lo que había hecho en la habitación:

- Eres un llorica.

Aquella voz a mi espalda me sobresaltó, y del susto caí al suelo:

- Y encima torpe.

Me puse corriendo las gafas y cuando logré enfocar la vista, me sonrojé al ver quien me estaba hablando.

No lo entendía aún, pero Scorpius Malfoy imponía demasiado, tanto, que cuando estaba cerca de él el nerviosismo me impedía hablar con claridad y acababa tartamudeando:

- ¿Qué haces aquí?- logré preguntar mientras me levantaba.

- Es que tus lloriqueos no me dejaban dormir, y pensé en bajar a la sala… pero que casualidad que tus pucheritos de bebé también estén aquí.

Bajé la mirada azorado, y una nueva lágrima se deslizó por mi mejilla sonrojada:

- Lo siento…

Él solo suspiró antes de dejarse caer estrepitosamente sobre el sofá. Era raro, pero a pesar de comportarse con la naturalidad con que uno se comportaría en su casa, siempre parecía que estaba elegante, hiciese lo que hiciese.

Como un príncipe.

- Y, ¿se puede saber a que viene tanto lloriqueo?

- Me vas a pegar si te lo digo.

- Ni que fuera un maltratador.

- A veces lo pareces.

- Mira, no te pases.

- Lo siento.

- ¿Pero me lo cuentas o no?

- Es que me darás un capón fijo…

- Mira, enano, o me lo cuentas o te pego.

- ¡Eso se llama abuso!- exclamé mientras me sentaba a su lado, secándome las lágrimas y colocándome bien las gafas.

- Será lo que sea, pero cuéntamelo de una vez.

- Es… sobre….- murmuré mientras subía las piernas y las abrazaba, enterrando mi rostro entre ellas.- El estar… en esta… casa…

- Vamos, que no quieres estar en Slytherin.- sentenció.

Yo negué débilmente, y me puse a llorar otra vez. No aguantaba esa presión constante. Notaba como si todos los ojos me mirasen y me señalaran acusatoriamente:

- ¿Y no quieres estar aquí por…?

- Todos dicen que es la peor casa…

- ¿Y quienes son todos?

- … mi familia.

- Pues tu familia es estúpida.

Levanté la vista empañada corriendo, quedándome totalmente sorprendido ante tal acusación:

- Esto es Hogwarts, la escuela de magia más importante del mundo. ¿Qué más da en que casa estés?- mientras hablaba se iba acercando más a mí.- Es decir, tienes el privilegio de estar aquí. No solo eso, además tienes unas notas altísimas, y por si fuera poco, te encuentras en la casa que tiene la sala común más bonita de todas.- levantó una mano, y tras quitarme las gafas, me secó las lágrimas con la manga de su pijama.

Yo cerré los ojos, calmado, concentrándome en su voz. Las cosas que decía no eran tan descabelladas:

- Pero siento que les he decepcionado.

- Pues demuéstrales que no es así, que vales mucho. Lucha con todas tus fuerzas y deja a todos boquiabiertos cuando consigas que Slytherin sea la ganadora de la Copa de la Casa.

Nuevamente me puso las gafas y pude volver a mirarle a los ojos. Eran tan profundos… y totalmente sinceros.

No pude evitar sonrojarme, tenía tantísima razón que me sentía estúpido a su lado:

- Enséñales de qué material estás hecho, y no te dejes nunca vencer.

Suspiré, y asentí, notando como esa angustia que había sentido desde el primer día de clases se iba evaporando poco a poco. Scorpius me miraba sonriente y revolvió mis cabellos, como si hubiera bajado con el propósito de calmarme y lo hubiese conseguido:

- Malfoy…

- Dime.

- ¿Te importa pasar la noche aquí conmigo?

- Eres un bebé, ¿lo sabías?

- Lo sien… ¡ay!- no pude terminar mi disculpa ya que Scorpius me dio un fuerte capón en la nuca.- ¿Y ahora que he hecho?

- Deja de pedirme perdón por todo.- y tras decir eso, se tumbó en el sofá cómodamente.- Además, solo he dicho que eres un bebé, no que no me vaya a quedar contigo.

Y sonrió. Era la sonrisa más bonita que había visto nunca. Amplia, reluciente, y muy cálida.

Next Generation

Este es un pequeño post que varia gente me ha pedido ya.

Y no es otro que escribir a la tercera generación de Harry Potter.

Asi que, como soy una gran persona XDDD No solo pondré a los nenes, si no también los matrimonios de donde salieron los retoños jaja (y matrimonios que no tuvieron hijos)

Harry James Potter and Ginevra Molly Weasley
  • James Sirius Potter 2000 - Gryffindor
  • Albus Severus Potter 2002 - Slytherin
  • Lilly Luna Potter 2003 - Gryffindor

Ronald Billius Weasley and Hermione Jean Granger
  • Rose Weasley 2002 - Ravenclaw
  • Hugo Weasley 2002 - Gryffindor

  • William Arthur Weasley and Fleur Delacour
    • Victoire Weasley 1997 - Beauxbatons
    • Dominique Weasley 1999 - Ravenclaw
    • Louis Weasley 2000 - Ravenclaw

    Remus John Lupin and Nymphadora Tonks
    • Theodore Remus Lupin 1997 - Hufflepuff

    George Weasley and Angelina Johnson
    • Frederich II Weasley 2001 - Gryffindor
    • Roxanne Weasley 2003 - Hufflepuff

    Draco Malfoy and Astoria Greengrass
    • Scorpius Hyperion Malfoy 2002 - Slytherin

    Percival Ignatius Weasley and Audrey Abston
    • Molly Weasley 1999 - Gryffindor
    • Lucy Weasley 2001 - Gryffindor

    Luna Lovegood and Rolf Scamander
    • Lorcan Scamander 2007 - Ravenclaw
    • Lysander Scamander 2007 - Ravenclaw

    Regulus Arcturus Black and Deneb Black
    • Sirius Arcturus Black 1999 - Ravenclaw
    • Hydra Berenice Black 1999 - Ravenclaw
    • Eridani Lycoris Black 2004 - Slytherin
    • Wallburga Aurore Black 2007 - Hufflepuff

    Neville Longbottom and Hanna Abbott


    Seamus John Finnigan and Lavender Laura Brown
    • Ana Lavender Finnigan 2001 - Hufflepuff

    Dean Thomas and Parvati Patil
    • Anil Thomas 1999 - Ravenclaw
    • Chandrak Thomas 2003 - Gryffindor

    Padma Patil and Alicia Marina Spinnet


    Lee Jordan and Katherine Bell
    • Christine Jordan 2000 - Hufflepuff
    • Gloria Jordan 2001 - Gryffindor
    • Robert Jordan 2003 - Gryffindor

    Veneno

    Y de pronto un día desapareció. Sin más, sin dejar el menor rastro de que hubiera existido.

    Me pasaba horas frente al espejo, observándome el rostro, intentando averiguar porqué, si un día había descubierto que tenía perilla y asomo de bigote y barba, ahora ya no había nada.

    Pero no solo era eso lo que me inquietaba, si no que hacía unos meses gané tres centímetro de altura, ya llegaba al estante de arriba del todo de la cocina… pero, nuevamente, volvía a necesitar subirme a la banqueta cuando quería una tableta de chocolate:

    - No digas tonterías, mon coeur, solo son imaginaciones tuyas.- me decía Deneb divertida cuando le comentaba mis preocupaciones.

    ¡Pero aquello era imposible! Era inimaginable que mis facciones infantiles aparecieran durante semanas, y a los días pareciera como si hubiera crecido tres años de golpe, para que, al poco tiempo, volver a aparentar mis eternos diecisiete.

    Eternos… eso era algo que también carcomía mi cabeza desde hacía ¿semanas? ¿meses? ¿años?

    ¿Hacía cuánto tiempo que me encontraba atrapado en “Nunca Jamás”?

    En nuestra isla el paso del tiempo no existía. Los días se sucedían uno tras otro, pero no nos importaba en absoluto. El tiempo era algo que no nos preocupaba. Pero aquella duda me asaltaba algunas noches.

    ¿Por qué no crecía? ¿Por qué seguía pareciendo un adolescente? Seguro que ya rozaba los 25, era imposible que mi físico no hubiera cambiado lo más mínimo tras todos estos años…

    … sí había cambiado, pero después volvía a su estado natural.

    Negué, intentando aclarar mis ideas y me dirigí a la cama. Deneb ya había la había hecho y la ropa que me había elegido descansaba a los pies de esta. Sonreí enternecido.

    Hacía meses que Deneb y yo… bueno, habíamos decidido que el término “primos” no se ajustaba muy bien a lo que realmente sentíamos el uno por el otro. Y esos pequeños gestos, provocaban que mi corazón latiese frenéticamente.

    Me desabroché la camisa que utilizaba como pijama y me quedé desnudo mientras me sentaba en el borde de la cama y comenzaba a vestirme.

    Ya no necesitábamos arreglarnos como cuando éramos niños. Nadie más que nosotros (bueno, y Kreacher) ocupaba la isla. Podríamos ir desnudos si quisiéramos. Pero la sangre real Black seguía corriendo por nuestras venas. Por no contar de que mi amada era francesa.

    Unos pantalones negros, zapatos, camisa blanca, chaleco y pañuelo. Todo primorosamente planchado y elegido para ir a conjunto.

    Me acerqué al tocador de mi prima y cepillé mi lacio cabello negro antes de salir del dormitorio, bostezando, rumbo a la cocina.

    El olor del café recién molido, el bacon, y ese puntito de azúcar… ¿sería un pastel? Todo aquello hacía que mi estómago suplicase por el desayuno.

    Pero no llegué a entrar en la cocina. Me quedé quieto, observando en silencio junto al marco de la puerta.

    Deneb ya estaba allí. Se había recogido su cabello color chocolate en una larga trenza, y varios mechones que solían ser rebeldes habían sido colocados gracias a unos pasadores con forma de mariposa.

    Llevaba un vestido de tirantes azul celeste, con un bordado de florecillas rosas por toda la tela. Un pañuelo blanco, de seda, hacía de cinturón, amarrado primorosamente a su cintura.

    Estaba de pie junto a la mesa, y vertía de un precioso frasquito de cristal, unas gotas rojizas sobre nuestro desayuno.

    De pronto lo comprendí todo.

    El porqué no notaba el paso del tiempo, porqué mi cuerpo no se desarrollaba, y si lo hacía volvía a sus diecisiete de nuevo, y porqué Deneb seguía aparentando los dieciocho con los que me enamoré de ella:

    - Bonjour, ma vie.- susurré desde la puerta.

    Ella se sobresaltó. Pegó un bote hacia atrás y dejó caer el botecito al suelo, rompiéndose este en mil pedazos, derramando su escarlata líquido, empapando sus pies:

    - Regulus…- murmuró, sin saber muy bien que decir.

    - Eso era veneno, ¿verdad?

    Ella asintió, y estalló en llanto. Se llevó las manos al rostro, ocultándolo, y empezó a hablarme atropelladamente en francés.

    No la entendía, pero sabía perfectamente lo que me quería decir.

    Avancé hacia ella a grandes zancadas, y, tal vez demasiado brusco, la abracé con fuerza contra mi pecho, apoyando mi cara contra su suave cabellera:

    - No llores más, por favor…

    - Reggie… soy una persona horrible.

    La abracé aún más fuerte. Y esa sensación que solía sentir cuando me encontraba cerca de ella, la de querer fundirme con su cuerpo, se hizo patente de súbito:

    - No digas eso, mon coeur.

    - Yo solo quería que siempre fuésemos jóvenes.- empezó a decir entre llantos contra mi camisa.- Deseaba no cambiar jamás…

    - ¿Pero por qué no me lo dijiste?

    - Tenía miedo, Reggie… tenía mucho miedo a que no quisieras ser mi Peter Pan…

    Reí en voz baja y acaricié su espalda antes de separarla lo suficiente como para poder perderme en sus claros ojos:

    - Je serai toujours votre Peter Pan, ma Wendy.

    Esta vez, quien rió fue ella:

    - Que mal hablas francés, mon amour.

    Levanté una mano para poder secar sus lágrimas. No soportaba verla llorar. Ni sufrir, ni siquiera soportaba atisbar una sola mota de tristeza en sus ojos. La amaba demasiado…

    Me incliné sobre ella para poder besarla. Primero despacio, con suavidad, deleitándome con su sabor. Pero Deneb pronto me abrazó de nuevo con violencia, introduciendo su lengua de golpe en mi boca, convirtiendo el beso en algo salvaje y apasionado que nos dejó sin aire.

    Rosa

    Si tu frescura a veces nos sorprende tanto
    dichosa rosa,
    es que en ti misma, por dentro,
    pétalo contra pétalo, descansas.

    Conjunto bien despierto
    cuyo centro duerme,
    mientras se tocan, innumerables,
    las ternuras de ese corazón silencioso
    que suben hasta la extrema boca.

    Cierro el libro de poemas de Rilke y miro el horizonte, que se funde con el mar más allá de lo que mis ojos llegan a ver.

    El aire nos trae ese aroma salado, y al mismo tiempo dulce, mezcla del océano con el bosque.

    Giro la cabeza y te veo allí, sentada despreocupadamente a mi lado, mientras lees en silencio un libro de poemas, como el mío.

    Y sonríes casi imperceptiblemente, haciendo que mi corazón de un vuelvo.

    Es en momentos como este, momentos simples y cotidianos, en los que soy consciente del amor tan grande e inmenso que despiertas en mí.

    Reflejo

    Era extraño, nunca había sido muy dormilón.

    Me gustaba levantarme antes del amanecer y verlo desde mi ventana. No soportaba estar en cama mucho tiempo, me hacía sentirme inútil y que estaba desperdiciando el tiempo.

    Desde que Deneb volvió a casa, me pasaba el día en la cama.

    Ella me explicó que no estaba muerto, que me había rescatado, que el mundo seguía girando y que gracias a mí todo iba a cambiar, que no tuviera miedo y que confiara en ella.

    Parecía tan frágil, tan asustadiza… y aún así me aseguró que todo estaría bien.

    Me dijo que durmiera, que descansara… y desde entonces eso era lo único que hacia.

    No tenía fuerzas para levantarme siquiera de la cama. Dormía durante todo el día, durante toda la noche, pero nunca descansaba. Siempre soñaba lo mismo, que me ahogaba, que el agua penetraba por mi nariz y boca y empezaba a encharcarme por dentro… me moría.

    Despertaba envuelto en sudor, permanecía alerta durante varios minutos, y volvía a recostarme, intentando dormir.

    Solamente quería despertarme, quería despertarme en mi cama, en mi cuarto, en mi casa. Aún no habría entrado a Howarts, y mi hermano tampoco. Y seguiríamos siendo felices, juntos, siempre juntos. Sin Potters, sin Lupins, sin Snapes, sin Voldemorts, sin nada…

    Kreacher vino al cabo de unos días y me obligó a bajar a comer a la cocina. Deneb estaba allí, con un rostro más cansado que el mío. Comimos en silencio, y en algún momento de la tarde me quedé dormido sobre la mesa, despertándome a las horas de nuevo en la cama.

    Hacía una hora que la pesadilla me había obligado a abrir los ojos, las luces de la tarde cubrían las paredes vacías del cuarto. Quería volver a dormirme, me pesaban los parpados, me dolía la cabeza, quería sumergirme en ese mundo de aguas turbulentas que tanto miedo me daba.

    Pero unos golpes en la puerta hicieron que me girara pesadamente, viendo como mi prima entraba despacio, como si tuviera miedo de encontrarse con un dragón hambriento:

    - Regulus, ¿estás despierto?

    Su voz… su voz era la más triste que recordaba haber escuchado nunca:

    - Si.- murmuré

    - ¿Has dormido bien?.- dijo mientras entraba y se apoyaba en el marco de la puerta, sin cerrar esta, como si tuviera que huir de un momento a otro.

    - ¿Quieres algo?- sé que esas palabras le hicieron daño, pero no fui capaz de decir otra cosa.

    - Creo que… bueno… sé que no quieres comer… pero quizás un buen baño te sentaría bien.

    Hacía casi dos semanas que no lo hacía, y ni siquiera me había percatado de ello.

    Supongo que ella pudo leer la respuesta, ya que se acercó a una de las cómodas y sacó ropa limpia y una toalla, dejándolo todo a los pies de la cama:

    - El baño ya está preparado. Es la habitación de enfrente.- murmuró y despareció tan sigilosamente como había llegado.

    Realmente no quería bañarme, deseaba cerrar la puerta con fuerza y esconderme bajo las sábanas. Pero una parte de mí me obligó a levantarme, coger las cosas y encaminarme a la puerta que descansaba en el otro lado del pasillo.

    Llevaba más de cuatro meses en esa casa y nunca había entrado nunca allí.

    Los azulejos azules con ramilletes de flores rosas cubrían las paredes. El suelo era de mármol blanco y el techo de madera contrastaba con todo. Solo había una gran bañera en el centro y un espejo de cuerpo entero en una de las paredes.

    El vaho había empañado su superficie, y lo agradecí. Debía de presentar un aspecto deplorable.

    Tras cerrar la puerta me desnudé sin prisa alguna. Mis ropas desprendían un olor desagradable. Realmente si que necesitaba aquel baño. Dejé las prendas limpias al lado del espejo y me senté en la bañera, dejando que el agua caliente lamiera mi mugrienta piel.

    Y me quedé allí, quieto, en silencio. Me costaba horrores incluso el mero hecho de respirar. Yo no encajaba en aquel baño hecho para la realeza. Era un punto negro en medio de un paisaje rico en colores pasteles.

    No debería estar allí.

    Sin ser consciente de ello, lentamente me fui hundiendo en el agua. La bañera era muy grande, y posiblemente cupiera perfectamente estirado. El agua cubrió mi pecho, hombros, cuello, barbilla, boca…

    No aguanté mucho tiempo bajo el agua.

    Un terror inhumano recorrió todas mis venas y me impulsó a salir a la superficie con violencia, cogiendo desesperadamente una bocanada de aire. Necesitaba alejarme rápidamente del agua. Me agarré al espejo para poder salir de la bañera:

    - ¡¡DEN..!!

    No acabé de gritar su nombre, una imagen me había hipnotizado.

    Gruesas gotas caían por el cristal, haciendo desaparecer el vaho, devolviéndome mi propio reflejo.

    Alto, encorvado, sucio, mojado, con los pelos levemente ondulados cubriéndome la cara.

    Ese no era yo.

    - Sirius…- susurré, poniéndome frente a la superficie reflectante.

    Era él, no podía ser de otro modo. Mi hermano se encontraba de pie mirándome a los ojos, como hacía años que no lo hacía.

    Contuve el aliento, notando como su mirada se tornaba fría, distante. Su imagen se volvía borrosa, estaba desapareciendo.

    No.

    No te puedes ir, no puedes irte.

    No.

    Vamos, vamos, no me dejes así. Sabes que no puedo respirar si te vas.

    Si te vas, no podré soportarlo. No. Eres todo lo que necesito.

    Te necesito.

    Solo a ti. Únicamente a ti.

    Vamos, no te vayas.

    No me dejes aquí.

    - ¡¡SIRIUS!!

    Golpeé con fuerza el cristal una y otra vez hasta que se hizo añicos. Mis puños comenzaron a sangrar, pero no lo notaba. Solo un pensamiento ocupaba mi mente: mi hermano no podía dejarme así.

    Me arrodillé y seguí golpeando el espejo roto, clavándome los cristales en mi carne con crueldad.

    Esas eran las aguas a las que tanto miedo tenía. Era justo eso a lo que no tenía fuerzas para enfrentarme. Él ya me había abandonado una vez, pero siempre pensé que si realmente le necesitaba, vendría a rescatarme.

    Unas suaves, pero fuertes, manos me hicieron girar con brusquedad, y los ojos de Deneb aparecieron frente a mí.

    No hizo falta que dijésemos nada, cualquier palabra hubiera sido incorrecta.

    Me abracé a su cuerpo con fuerza, dejando que un llanto incontrolado arrasara de pronto. Enterré mi rostro en sus pechos y grité hasta quedarme sin aliento. Mis manos sangrantes agarraron sus ropas y deseé fundirme con ella.

    No fui consciente de cuando me quedé dormido. Supongo que mi agotamiento fue tal que mi cerebro directamente desconectó.

    Cuando abrí los ojos era noche cerrada. Noté que estaba limpio, no había rastro de la suciedad de hacía unas horas, y mis manos se encontraban vendadas cuidadosamente.

    No estaba en la cama de siempre, y cuando la descubrí a mi lado supe que estaba en su dormitorio.

    Estaba apoyada sobre su codo, y me miraba como si fuera un bebé en la cuna, esperando a que le cojan en brazos:

    - ¿Te duelen las heridas?

    Me sorprendí a mi mismo al darme cuenta que, a pesar de saber que los cortes debían ser muy profundos, no sentía ninguna especie de dolor.

    - No.

    - Me alegro.

    Sentía la necesidad de pedirle perdón:

    - Antes, en el baño…- pero su dedo índice se posó con suavidad sobre mis labios.

    - Regulus, no pasa nada.

    - Pero…

    - No.- su voz se dulcificó tanto, que pensé que todo aquello era un sueño.- No importa lo que pase, yo siempre estaré a tu lado.

    Aquello era todo lo que necesitaba. Eran las palabras que llevaba esperando escuchar durante diecisiete años.

    Noté como mis ojos se humedecieron, y mi boca dibujó una sonrisa. Sonrisa que imitaron sus labios:

    - Deneb…

    - ¿Sí?

    - ¿Puedo dormir contigo de vez en cuando?

    - Siempre que quieras.

    Cerré los ojos y me acurruqué junto a ella, notando como se tumbó a mi lado y me abrazó, acariciando mis cabellos con suavidad, transmitiéndome una tranquilidad que ni siquiera era capaz de imaginarme que existiera.

    Y por primera vez en mucho tiempo, dormí la noche entera sin sufrir ninguna pesadilla.

    En francés

    Esa era la oportunidad perfecta.

    No debía dejarla escapar, pasase lo que pasase. Llevaba todo el día planeándolo, y de esa noche no iba a pasar.

    Respiró hondo y puso su potencial lo más fuerte que pudo. Ninguna persona podría resistirse a eso.

    Se atusó el cabello, la noche anterior se lo había rizado, y miles de bucles dorados caían por sus hombros. Llevaba un sujetador de encaje turquesa, que realzaba sus (aún faltos de desarrollarse) pechos. Una camiseta de rejilla cubría su torso, mientras sus piernas vestían unas mallas de leopardo celestes. Las botas militares calzaban sus pies. El maquillaje oscuro…

    Nada podía fallar.

    Arcturus salía de la biblioteca, SIN COMPAÑÍA, y caminaba distraído hacia el patio central. Dominique caminó decidida hacia él, portando la sonrisa más seductora que sus labios fueron capaces de dibujar:

    - Arcturus…- siseó el nombre

    Este levantó la vista, encontrándose con los lujuriosos ojos de la medio francesa, y sonrió con tranquilidad:

    - Ah, hola, Dominique.

    Esa voz estaba carente de cualquier emoción, pero eso no haría que la Weasley desistiese ni de desilusionara, en absoluto:

    - Arctie… ¿tienes un momento? Desearía poder comentarte unas cosillas…

    - Claro, lo que necesites.

    Perfecto.

    Y como si de una pantera se tratase, se lanzó sobre el joven Black, empujándolo con fuerza contra la pared, colocándose estratégicamente. La rodilla en su entrepierna, los pechos pegados a su cuerpo, el cabello rozándole la piel, las manos cortándole cualquier acceso de huída… y los labios sobre su oído:

    - Touche-moi jusqu'à que je me perds entre tes mains.- empezó a susurrar.- J'adore sentir ta peau… Je te vais a remplir de bisous… Tes caresses me tuent… ta bouche est comme du chocolat et j´aime du chocolate… tu est l´homme plus sexy pour moi… j´aime quand tu est avec moi... c´esexcistant… J'aime tes lèvres quand ils se rougissent…

    La respiración de Dominique estaba muy acelerada, y sentía como el corazón le latía con tanta fuerza que parecía que se le iba a salir. Lo había conseguido, no había marcha atrás.

    Dejó escapar una risita seductora y se separó lo suficiente como para poder ver el rostro de Arcturus… que se encontraba, inexplicablemente, sereno:

    - Arcturus… ¿no tienes nada que decir?- aquello sí que no entraba en su plan.

    - Bueno, Dominique, verás. Sé que mi madre es francesa, y a veces habla en francés en casa, pero de la familia, el único que sabe ese idioma, es mi hermano Eridani.

    - Así que, no has entendido nada de lo que te he dicho, ¿no?

    - No.

    En ese mismo momento, antes de que Dominique pudiera si quiera reaccionar, unas estruendosas carcajadas interrumpieron a ambos jóvenes en su conversación.

    Y estas no procedían de otro lugar que de la garganta de Hydra Black, que estaba apoyada contra la puerta de la biblioteca, agarrándose el estómago, presa de un ataque de risa.

    Dominique notó como su rostro adquiría mucho calor de golpe, sabedora de que el tono que presentaría sería el de un tomate maduro:

    - Bueno, rubita.- dijo Hydra cuando se calmó, provocando que Dominique se apartara corriendo de Arcturus.- Si ya has acabado, me llevo a mi hermano a cenar. Vámonos, Arctie

    Y sin esperar una sola respuesta de parte de ninguno, echó a caminar con una sonrisa triunfante en el rostro:

    - Siento no haberte sido de ayuda. Nos vemos.

    El joven le dedicó una sonrisa culpable y caminó deprisa para cogerse de la mano con su melliza, dejando a Dominique avergonzada en medio del desierto pasillo.

    Saludos

    INTENTO NÚMERO 1: Macho

    - Vamos, no puede ser tan difícil

    - Sabes de sobra que lo es

    - Pero eres un Weasley

    - Y no un Weasley cualquiera

    - ¡Ese es el espíritu!

    - Repasemos el plan

    - Es una chica bastante dura, un poco basta… una marimacho. Le gustará que la trates como a un macho

    - Es un plan infalible

    - Se acerca. ¡Mucha suerte!

    - Gracias, tío

    Hydra entra en el gran comedor de la mano de su hermano mellizo. Esta mañana ha decidido que una palestina muggle sería lo más apropiado para decorar su cabeza.

    Fred se levanta de la mesa de Gryffindor y se acerca hasta ella, y cuando Arcturus se adelanta un poco, aprovecha y se coloca a su lado:

    - Ey, tío, ¿qué pasa?

    La joven Black se gira y le pega un puñetazo en la mandíbula, lanzándole contra una de las mesas:

    - ¿¡Quién te crees que soy, gilipollas!? ¡Soy una chica, estúpido Gryffindor!

    Fred solo es capaz de ver como se aleja ofendidísima, abrazándose con fuerza al brazo de su hermano, mientras él se limpia con el dorso de la mano la sangre que comienza a salir de su labio partido.

    - Pues va a ser que no era tan buena idea

    - Habrá que intentarlo de nuevo





    INTENTO NÚMERO 2: Señorita


    - Vamos, no puede ser tan difícil.

    - Sabes de sobra que lo es

    - Pero eres un Weasley

    - Y no un Weasley cualquiera

    - ¡Ese es el espíritu!

    - Repasemos el plan

    - Es una chica bastante dulce, un poco pija… una verdadera señorita. Le gustará que la trates con todo el respeto que merece una dama

    - Es un plan infalible

    - Se acerca. ¡Mucha suerte!

    - Gracias, tío

    Hydra entra en el gran comedor de la mano de su hermano mellizo. Esta mañana ha decidido que una gorra de baseball sería lo más apropiado para decorar su cabeza.

    Fred se levanta de la mesa de Gryffindor y se acerca hasta ella, y cuando Arcturus se adelanta un poco, aprovecha y se coloca a su lado:

    - Buenos días, señorita Hydra Berenice

    La joven Black se gira y le pega un puñetazo en la mandíbula, lanzándole contra una de las mesas:

    - ¿¡Quién te crees que soy, gilipollas!? ¡Tengo más cojones que tú, estúpido Gryffindor!

    Fred solo es capaz de ver como se aleja ofendidísima, abrazándose con fuerza al brazo de su hermano, mientras él se limpia con el dorso de la mano la sangre que comienza a salir de su labio partido.

    - Pues va a ser que no era tan buena idea

    - Habrá que intentarlo de nuevo





    INTENTO NÚMERO 3: Amigos


    - Vamos, no puede ser tan difícil.

    - Sabes de sobra que lo es

    - Pero eres un Weasley

    - Y no un Weasley cualquiera

    - ¡Ese es el espíritu!

    - Repasemos el plan

    - Es una chica bastante simpática, un poco exagerada… una amiga de toda la vida. Le gustará que la trates con confianza y sinceridad

    - Es un plan infalible

    - Se acerca. ¡Mucha suerte!

    - Gracias, tío

    Hydra entra en el gran comedor de la mano de su hermano mellizo. Esta mañana ha decidido que un sombrero de copa sería lo más apropiado para decorar su cabeza.

    Fred se levanta de la mesa de Gryffindor y se acerca hasta ella, y cuando Arcturus se adelanta un poco, aprovecha y se coloca a su lado:

    - ¡Hola, Hydra! ¿Te apetece que desayunemos juntos?

    La joven Black se gira y le pega un puñetazo en la mandíbula, lanzándole contra una de las mesas:

    - ¿¡Quién te crees que soy, gilipollas!? ¡Soy Hydra Berenice Black, estúpido Gryffindor!

    Fred solo es capaz de ver como se aleja ofendidísima, abrazándose con fuerza al brazo de su hermano, mientras él se limpia con el dorso de la mano la sangre que comienza a salir de su labio partido.

    - Pues va a ser que no era tan buena idea

    - Habrá que intentarlo de nuevo





    INTENTO NÚMERO 4: Ignorarla


    - Vamos, no puede ser tan difícil.

    - Sabes de sobra que lo es

    - Pero eres un Weasley

    - Y no un Weasley cualquiera

    - ¡Ese es el espíritu!

    - Repasemos el plan

    - Tras haberlo intentado todo, queda claro que es una chica que dará el primer paso… lo mejor es ignorarla, y que sea ella quien nos salude

    - Es un plan infalible

    - Se acerca. ¡Mucha suerte!

    - Gracias, tío

    Hydra entra en el gran comedor de la mano de su hermano mellizo. Esta mañana ha decidido que una diadema con orejitas de gato sería lo más apropiado para decorar su cabeza.

    Fred sigue desayunando tranquilamente en la mesa de Gryffindor, sin importarle lo más mínimo si Arcturus se adelanta e Hydra aprovecha para colocarse detrás de él.

    - Fred

    El joven Weasley se gira, para recibir un puñetazo en la mandíbula, tirándole al suelo:

    - ¿¡Quién te has creído que eres, gilipollas!? ¡Debes saludarme, estúpido Gryffindor!

    Fred solo es capaz de ver como se aleja ofendidísima, abrazándose con fuerza al brazo de su hermano, mientras él se limpia con el dorso de la mano la sangre que comienza a salir de su labio partido.

    - Era una buenísima idea, al final te ha saludado

    - Lo sé. Tío, somos geniales

    - Sep…

    - Habrá que repetirlo más veces

    Enamorados por toda la eternidad

    Miro tus ojos un diminuto instante

    y me parece que hubiera vivido

    contemplándote toda la vida.

    La casa está en completo silencio. Ni un solo ruido turba esa quietud. Solo nuestras risas contenidas que se callan las unas a las otras.

    Ríes contra mis labios, y yo contra los tuyos, queriendo que esa alegría que escapa por mi boca pueda llenarte el alma.

    Me resbalo dentro de la bañera, dejando mi cabeza apoyada en tus pechos, deleitándome con el roce de tus pezones contra la comisura de mis labios, y el latir de tu corazón marcando el ritmo del mío.

    Acaricias mis cabellos mojados, y mientras cierro los ojos apoyado en tu pecho, pasas la esponja por mi nuca, mis espalda, mis costillas…

    Y yo solo dejo escapar un suspiro, que te provoca un escalofrío al contacto con la piel mojada, y te ríes después, diciendo que soy un pillo, pero aún así, no variamos en absoluto nuestra postura.

    Eres la llama ardiente que ilumina mi andar,

    que calienta y da aliento a mi alma,

    eres la tentación saliente que llena mis sentidos,

    la que acalla mis nostalgias,

    la que con tan solo mirarte puede controlar mi vida.

    Adoro vestirte. Eres una muñeca de porcelana colocada cuidadosamente entre mis manos para poder observarte. Cada pequeño rincón de tu cuerpo ha sido tallado a mano. Ni una sola imperfección recorre tu piel.

    Tras abrocharte el sujetador, cojo el ligero vestido de algodón y lo dejo deslizar por tus brazos, sonriendo al ver asomar tu cabellera por el cuello.

    Me miras expectante, y sonríes como una chiquilla mientras me coloco a tu espalda y ato el lazo que rodea tu cintura, antes de depositar un beso dulce en tu nuca.

    Me sientas en el borde de la cama, recorriendo con tus suaves manos mi aún visible desnudez, y cuando te colocas a mi espalda, secas con cuidado mis cabellos, como si quisieras acariciarlos uno a uno, sabedora de mi relajación.

    Cuando estas a mi lado

    ardo en deseos de abrazarte y besarte.

    Si la tentación fue hecha con carne de mujer,

    tú fuiste la inspiración de ese creador.

    Las primeras luces de la mañana iluminan con fuerza la cocina. Volviéndola más brillante, más grande, más colorida, como hace cada día.

    Kreacher ya nos ha preparado el desayuno, y dos pequeñas porciones de tarta de zanahoria, junto con nuestros respectivos cafés, descansan en la mesa central. Es como si siguiéramos siendo unos niños y nos tuvieran que preparar el desayuno los sábados por la mañana.

    Realmente si seguimos siendo unos niños, unos niños felices y enamorados por toda la eternidad.

    Te sientas, y al hacerlo yo también, coges mi mano, acariciándola con lentitud, porque tenemos todo el tiempo del mundo para ello. No debemos explicaciones a nadie, ni tampoco a nosotros mismos.

    Y me miras, y me pierdo en tus ojos. Y sonríes, y te imito.

    Y si amarte así es un pecado,

    le pido a Dios una larga vida donde poder pagar mi condena

    y viendo cada día

    como el amor que nos profesamos

    nunca se marchita.

    ¿Nos vamos a la cama?

    Cerré las contraventanas para que la luz del amanecer no les despertara por la mañana.

    Corrí las cortinas y me separé lo suficiente para ver a mis dos hijos dormidos.

    Hydra ocupaba casi toda la cama, dejando un pie fuera de esta. Respirando con la boca abierta, dejando que su rostro dibujase una expresión tan tranquila que sería imposible verla cuando estuviese despierta.

    Arcturus estaba pegado al borde de la cama, amenazando con caerse si se giraba. Su cabeza en vez de descansar en la almohada, lo hacía en el pecho de su hermana, a la que se encontraba abrazado, plácidamente dormido.

    Sonreí como un tonto y fui incapaz de moverme hasta varios minutos después.

    Tras colocar bien sus sábanas, y ponerles de tal forma que no tuviéramos ninguna desgracia durante la noche (por si se caían y se golpeaban con algo), salí del cuarto entrecerrando la puerta.

    Me apoyé en la pared contraria y reí por lo bajo, sintiéndome totalmente dichoso.

    Les amaba, más que a cualquier cosa que me hubiera pertenecido anteriormente.

    Cerré los ojos y un pinchazo de culpabilidad cruzó mi pecho.

    Yo no había querido que nacieran.

    Durante meses deseé que desaparecieran. Que Deneb tomara una poción y los matase, que solo fueran dos cachos de carne a medio hacer en su tripa.

    No los quería en mi vida, y me culpaba una y otra vez por ser en parte su creador.

    Deseaba destruirles, que jamás hubieran existido.

    Estaba tan aterrado… Ellos iban a destruir todo por lo que habíamos luchado durante años. Dos simples pedacitos de persona iban a ser capaces de hacer lo que nadie había conseguido.

    Y les odiaba por ello.

    No quería que Nunca Jamás desapareciese.

    Era Peter, ¿dónde iríamos Wendy y yo si nuestro hogar moría?

    Estuve meses carcomido por un miedo tan atroz que era incapaz de pensar en otra cosa.

    Me encerré dentro de mi mente, negándome a salir al exterior. No, no me arrebatarían Nunca Jamás, no podían destruirlo.

    Y ahora, tras haberlos arropado, me arrepentía profundamente de todos aquellos pensamientos.

    ¿Cómo podría haber seguido viviendo si hubiera matado a las criaturas más bellas de todo el planeta?

    Una mera sonrisa suya hacía que el sol brillara con más claridad que nunca.

    - Señorito Regulus, la cocina ya está limpia. ¿Desea que haga cualquier otra cosa?

    La voz de Kreacher me devolvió a la realidad.

    Nunca se había separado de mí. Desde mi más tierna infancia había permanecido a mi lado, protegiendo, vigilando, obedeciendo…

    Sonreí y me agaché hasta quedar a su altura. Tantos años juntos, y aún en momentos como ese, volvía a sentirme un niño mirándole a los ojos:

    - Muchas gracias, Kreacher. Puedes irte a dormir, yo apagaré la chimenea y cerraré las puertas.- dije mientras apoyaba una mano en su hombro

    Él colocó su mano sobre la mía, acariciándola con suavidad a pesar de su áspera piel:

    - Buenas noches, joven amo Regulus.

    - Buenas noches, Kreacher.

    Me levanté mientras le veía alejarse por el pasillo hacia las escaleras que conducían al ático. Jamás tendría las palabras suficientes para agradecerle todo lo que había hecho por mí.

    Suspiré y bajé al primer piso dejando que mi mano rozase las paredes del vestíbulo teñidas de rojos, amarillos, naranjas.. Los colores del fuego encendido de la chimenea.

    Y allí, sentada en la mecedora de la sala, acariciando su vientre hinchado por el inminente parto, dejando que sus ojos se perdieran entre las miles de llamas que crepitaban dentro de la chimenea, se encontraba ella.

    Mi salvadora.

    Mi ángel.

    Mi vida.

    Mi Diosa.

    Mi Wendy.

    Mi Deneb.

    Me acerqué por su espalda y deposite un beso puro y casto sobre sus castaños cabellos, teñidos en esos momentos por el rojo fuego.

    Ella levantó su rostro hasta que nuestros ojos se encontraron, sonriéndonos mutuamente:

    - ¿Ya se han quedado dormidos?

    Asentí, admirando la belleza juvenil imperecedera de mi amada.

    Siempre jóvenes, siempre juntos:

    - Hydra a punto de tirarle de la cama, y él abrazado a ella como si fuera un peluche.

    - Típico.- murmuró entre risas.

    Rodeé la mecedora y me senté en el suelo, apoyando la cabeza en sus piernas, dejando que sus dedos volaran prácticamente hasta mis cabellos, comenzando a acariciarlos.

    No nos hacían falta conversaciones trascendentales para comprendernos a la perfección. No nos hacían falta grandes charlas sobre como educar a nuestros hijos. No nos hacía falta nada más.

    Más de veinte años juntos, se dice pronto.

    Y aún, cuando miraba sus ojos, siempre los ojos de una adolescente enamorada… sentía como el corazón me daba un vuelco.

    Y el mundo desaparecía.

    Nada más importaba.

    Solo quedaba ella, la razón de mi existencia.

    - Peter…

    - ¿Hmmm?- respondí, más dormido que despierto.

    - ¿Nos vamos a la cama?

    - Está bien.

    Voz

    Me gusta tu voz.

    Siempre me ha gustado, desde que era pequeño. Tu voz es suave, femenina, dulce, agradable.

    Cuando la escucho, los latidos de mi corazón se ralentizan, todo a mi alrededor se calma, es tranquilizante, relajante… es maravillosa.

    Es una tarde de verano muy apacible, aunque calurosa.

    Después de comer, el calor era tan insoportable, que tras darme un beso en la frente, me mandaste a la cama a que durmiese un poco, que tú recogerías la mesa, que descansase.

    Y como siempre, sonreí y te obedecí en el acto.

    Abrí los ojos cuando las luces del crepúsculo llenaban el cuarto.

    Me desperecé y atusé mis cabellos.

    Supongo que es lo bueno de vivir en Nunca Jamás, no tienes prisas, no tienes preocupaciones. No importa si pasas toda la tarde durmiendo, no pasa nada.

    Tenemos todo el tiempo del mundo.

    Bajé las escaleras aún bostezando, buscándote con la mirada, pero no te hallaba.

    Nadie en el salón, nadie en la cocina, nadie en tu salita de las pociones.

    Abro la puerta principal y allí estás, sentada en la mecedora del porche, leyendo un libro, ensimismada.

    Cierro y me acerco a ti, dándote un beso sorpresa en la comisura de los labios.

    Sonríes y me acaricias la barbilla antes de que me siente en el suelo, a tu lado, apoyando mi cabeza en tus piernas.

    Ante nosotros se abre el campo. Siempre verde, siempre vivo, siempre perfecto.

    Tras nosotros, las olas golpean con fuerza la base del acantilado donde vivimos.

    Es una tarde de verano muy apacible.

    Acaricias mis cabellos y retomas la lectura, pero esta vez, en voz alta, dejando que tu voz se cuele en mis oídos y empape mi mente.

    Sé de sobra que el libro que tienes entre las manos está en francés, tu idioma natal. Pero las palabras que pronuncias están en inglés.

    Porque lees para mí.

    Porque vives para mí.

    Sonrío y cierro los ojos, perdiéndome en el sol del atardecer, en el aroma del campo, en el sonido de las olas, en tu voz…

    Me gusta tu voz.

    Siempre me ha gustado, desde que era pequeño. Tu voz es suave, femenina, dulce, agradable.

    Cuando la escucho, los latidos de mi corazón se ralentizan, todo a mi alrededor se calma, es tranquilizante, relajante… es maravillosa.

    Wendy y Peter

    Le coge de la mano y este sonríe de lado, acariciando la palma de esta con su dedo índice, haciendo círculos sobre su piel, conteniendo una risita delatadora de lo que en su mente empieza a formarse sobre lo que quiere hacerle en cuanto suban juntos las escaleras.

    Había una vez un niño que no quería crecer. Todos los niños crecen, menos uno.

    La apoya con delicadeza en el marco de la puerta de su dormitorio, acariciando su rostro con dulzura, tocando tímidamente sus carnosos labios, conocedor de su sabor. Ella agarra su nuca y le acerca lo suficiente como para delinear sus labios con la lengua.

    Quería ser un niño para siempre y no tener que preocuparse por las cosas de los adultos, aquellas cosas que tanto miedo le daban.

    Entran entre risas, como si estuvieran haciendo una travesura. Se besan despacio, recorriendo sus bocas con lentitud, jadeando contra el rostro del otro, dejando que sus manos despierten el cuerpo de su amante.

    Pero tampoco quería estar solo, odiaba la soledad, así que intentó convencer a un niño como él para que se quedara a su lado para siempre.

    Se tumban en la cama y la ropa pronto cubre todo el suelo. Se observan y no hay sonrojos en sus mejillas, conocen el cuerpo del otro a la perfección. Ella se pone encima y su lengua empapa el cuello y pecho del joven, arrancándole suaves suspiros mientras cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás.

    Pero el otro niño necesitaba crecer y afrontar los problemas de los mayores para que el mundo fuera mejor.

    Cuando nota los dientes de ella sobre su pezón, no puede evitar aquear la espalda, agarrando con fuerza la colcha que cubre la cama. Ella sonríe ante cada una de sus reacciones y tira un poco más de esa porción de carne tan sensible, deleitándose ante su dulce sabor, porque todo en él es pura azúcar.

    Él no quería estar solo, le necesitaba, así que le siguió hacia aquella guerra. Solo quería estar a su lado, pero el destino les puso en bandos distintos.

    Acaricia les femeninos brazos de ella antes de girarse y ser él ahora quien está encima. Ríen confidentes y baja su rostro hacia su cuello. Él no muerde, ni lame, solo besa. Ella suspira complacida y acaricia los lacios cabellos de su amante antes de obligarle a mirarle. Cuando vuelven a besarse, los labios de ambos parecen haberse vuelto de fresa.

    Y el niño que no quería crecer, creció, se enfrentó a los problemas de los mayores, y se quedó solo.

    Ella separa sus piernas y se miran a los ojos mientras entra en su interior. Contienen la respiración, se quedan estáticos, pero no dejan de mirarse ni un solo segundo. Ella le abraza y acaricia su nuca mientras ensaliva su oído y después sopla, haciendo que un escalofrío recorra la columna del él. Ambos empiezan a mover las caderas, buscando el ritmo adecuado, mientras jadean contra la boca del otro.

    Entonces una niña apareció ante él y le dijo “Peter, ¿por qué has abandonado El País de Nunca Jamás?” Y el niño que ya no era un niño solo pudo encogerse de hombros y llorar.

    Ese es su momento perfecto, es como mejor se encuentran los dos. Ella, con él en su interior, llenándola, ocupando todo el espacio posible, sin dejar que los fantasmas entren. Él, escondido en su interior, siendo acunado por sus entrañas, escondiéndole del mundo que tanto miedo le da, solo sintiendo su calor a su alrededor.

    La niña le tendió la mano, con una sonrisa infantil dibujada en su rostro. Y cuando él rozó su piel, volvió a ser el niño que era.

    Aumentan el ritmo, ocultan sus rostros en la curvatura del cuello del otro y se dejan llevar. Sus pensamientos se quedan en blanco y solo quedan ellos dos, juntos, sin nada ni nadie que les separe, unidos por un vínculo irrompible.

    “¡Mírame, Wendy! ¡Vuelvo a ser yo otra vez!” exclamó entusiasmado el niño. Ella sonrió y le abrazó “Claro que sí, y nunca más volverás a crecer”

    Cuando todo acaba, él se recuesta sobre ella, aspirando el aroma de sus cabellos empapados por el sudor, mientras las finas manos de ella acarician con dulzura su nuca. Cuando él se queda dormido, sin despertarle, les arropa a ambos con las sábanas y se acurruca entre sus calientes brazos, sintiéndose protegida y segura frente a las pesadillas.

    Y así, Wendy y Peter Pan vivieron por siempre felices en el reino de Nunca Jamás.

    Abrázame

    A mí no me gustaba que gritasen a Sirius, ni que le castigasen, no me gustaba ver a mi hermano mayor triste.

    Yo solo… yo solo…

    A veces cuando comentaba las cosas durante la comida, yo no pensaba que le fueran a afectar a él de esa manera.

    Solo tenía ocho años, aún no entendía nada de todo aquello.

    Todo lo que hacía Sirius me parecía perfecto, maravilloso, sin ningún error o maldad entre medias. Cuando lo decía en las reuniones, ni se me pasaba por la cabeza que fueran a pegarle, yo creía que le felicitarían, que se sentirían orgullosos por tener a un hijo tan estupendo como él.

    Pero siempre me equivocaba.

    Salí corriendo del comedor y me quedé pegado a la pared, esperando a mi hermano.

    Nuestra madre gritaba enfadada, y Sirius le contestaba aún más fuerte.

    Se escucharon dos bofetadas, pero mi hermano no se calló y siguió aún más.

    Cuando mi padre le lanzó un Crucio me tapé corriendo los oídos para no escuchar sus gritos…

    La primera en salir fue mi madre, arreglándose en peinado, con las mejillas encendidas debido al enfrentamiento.

    Ni siquiera me vio.

    Nunca me veía.

    - ¿Y tú que haces ahí, gilipollas?

    Me di la vuelta corriendo para ver a mi hermano.

    Su cara estaba completamente roja y tenía rastros de haber llorado.

    Me mordí el labio inferior, sintiéndome terriblemente culpable. Yo no quería que sucediese nada de eso.

    Me acerqué para poder abrazarle, consolarle, pedirle perdón por no haber estado con él, hacer que se sintiese mejor, recordarle que no estaba solo…

    Levantó el puño y lo impactó con fuerza en mi cara.

    No me dio tiempo para poder aguantar el equilibrio y caí de espaldas, golpeándome la cabeza contra el mueble del pasillo:

    - Estúpido traidor… chivato de mierda… ¡ojala nunca hubieses nacido!- me gritó en un susurro antes de empezar a subir las escaleras rumbo a su cuarto.

    Se me cortó la respiración.

    Notaba mi cabeza como si fuese una piedra candente. Mis pulmones se negaban a respirar de nuevo. El pecho me pesaba tanto como si hubiesen colocado encima una gran masa de piedra.

    Cerré los ojos con fuerza, notando como a través de los parpados miles de lágrimas se acumulaban luchando por salir al exterior.

    No pude ver como mi padre salía del comedor y se acercaba a mí, aún enfadado por la discusión con mi hermano.

    Me agarró con fuerza del cuello de la camisa y me levantó en vilo, colocándome de mala manera sobre uno de los escalones:

    - Estúpido niñato, siempre en medio.- murmuró entre dientes.- ¡Desaparece de mi vista ahora mismo! ¡Vamos!

    No hizo falta que lo repitiera más para que subiera corriendo la escalera.

    No fui capaz de subir hasta el segundo y encerrarme en mi dormitorio. Tenía los ojos tan anegados de lágrimas que no veía ni por donde andaba, y cuando llegué al primer piso, tropecé con la alfombra que cubría el piso de madera.

    Me tapé corriendo la boca, si lloraba muy fuerte, mis padres se enfadarían. Y si se enteraban que Sirius me había pegado, le regañarían aún más.

    Me quité de en medio del pasillo y me hice un ovillo tras uno de los armarios que cubrían las paredes.

    Deseaba volverme invisible, que nadie me viese u oyese. No quería molestar…

    Entonces noté como alguien se acercaba y me encogí aún más. Si era Sirius, me pegaría un capón por se un llorica, y si eran mis padres…

    Pero solo me acarició el cabello.

    Levanté la mirada, pensando que sería Kreacher, solo él venía a consolarme cuando estaba así.

    Era Deneb, la prometida de Sirius.

    Ni siquiera me había acordado que estaba en casa durante esa semana.

    Iba a secarme los rastros del lloro y a disculparme, cuando se arrodillo frente a mí.

    Me quedé totalmente desconcertado con su sonrisa.

    Era tierna, tranquila, llena de paz.

    Se acercó para poder abrazarme, consolarme, pedirme perdón por no haber estado antes, hacer que me sintiera mejor, recordarme que no estaba solo…

    Al principio me tensé, sin saber muy bien como reaccionar.

    Todo eso era muy extraño para mí.

    Aunque esos pensamientos pronto abandonaron mi mente, dejándome llevar por lo que sentía, abrazándome a ella con fuerza, enterrando mi rostro en la curvatura de su cuello, sin importarme nada más que ella me abrazase con la misma intensidad

    Cartas

    Levanta la barbilla y se acaricia esos pequeños pelos que han crecido durante la noche bajo su labio inferior… porque ayer no estaban, ¿verdad?

    Ladea la cabeza y la pone de mil maneras distintas para poder mirarse bien desde todos los ángulos.

    Es una pequeña pelusilla negra muy suave, que hace que su aspecto deje de parecer el eterno adolescente que sigue pareciendo a pesar de cumplir ya los veinticinco.

    Apaga la luz tras salir del servicio, y mientras se ajusta los boxer y revuelve su oscuro cabello, camina hasta la biblioteca y se sienta en el escritorio.

    Abre el segundo cajón de la derecha y saca un pergamino. Encima de la mesa ya descansan la pluma y el tintero.

    Querido Sirius:

    Me acaba de salir barba.

    Bueno, no es una barba como la de papá ni la del tío, es como si me hubieran puesto un poco de pelo de bebé en la barbilla.

    Es raro, me veo muy mayor.

    No sé si dejarla crecer y empezar a cuidármela o me la corto.

    Quizás debería dejarla, ¿no crees?

    Es decir, que casi voy a cumplir los treinta

    Bueno, tengo veinticinco y sigo pareciendo de quince


    Ósea, no sé si me quedaría mejor dejármela o no…

    Ella siempre se ríe de mí diciéndome que tengo cara de niño bueno, que soy SU niño bueno, igual si me la dejo le gusta… o no

    Estoy hecho un lío.

    Tú al final te la dejaste, ¿verdad? Creo que sí.

    Bueno, a un chucho como tú el pelo siempre le sienta de maravilla.

    Ha tardado mucho en salirme, a ti ya en sexto te afeitabas, ¿no?

    Creo que será interesante ir a comprar cuchillas para afeitar, igual es hasta divertido.

    Tú siempre me decías que un hombre no es un hombre hasta que no aparece durante el desayuno con un papelito pegado en la herida de una mejilla.

    Bien mirado, creo que me parezco a ti con ella.

    Definitivamente me la quitaré, con un chucho en la familia es suficiente.

    R. A. B.

    Tras secarse la tinta enrolla la hoja y la prepara para ser enviada.

    Saca del primer cajón un gran lazo rojo, y tras cortar el necesario, anuda con este la carta.

    Listo.

    Se levanta y va al dormitorio, no puede esperar a desayunar para enviarla.

    Abre el buró y algunas de las cartas se caen al suelo. Algún día de estos debería ordenar la correspondencia, que por mucho que seguro su hermano tendría las cartas así, es muy molesto tener que recogerlas todas cada vez que se abre el mueble.

    Miles de recuerdos, confesiones, temores, anhelos, sueños… se esconden en ese armario solo utilizado para la correspondencia de Regulus con su hermano.

    Deja la carta y cierra la compuerta:

    - Creo que ya es hora de dejar de escribirle.

    Una mano se apoya en su hombro y le obliga a reclinarse un poco, dejando el peso apoyado en el pecho de su prima Deneb:

    - Tú tiras las cartas al agua, yo por lo menos las guardo.

    - Touché.

    Ambos ríen un poco y se acaban de colocar para que la mujer pueda abrazarle por la espalda, aspirando el aroma de sus lacios cabellos.

    Es temprano y la cama sigue sin hacer. El sol claro entra a raudales por las ventanas y el murmullo del mar no demasiado lejano inunda el cuarto.

    - Nunca me dejarás solo, ¿verdad?

    - Jamás, ¿y tú a mí?

    - No podría.

    Gira la cabeza lo necesario como para encontrarse con el rostro de ella y se besan lentamente, disfrutando del sabor tan conocido de los labios del otro:

    - Vamos a desayunar, si no el té se enfriará.

    - Ya te he dicho que el té es para la tarde, para desayunar es mejor café o chocolate.- dice con una sonrisa divertida.

    - Bah, tonterías, yo soy francesa, no pienso acostumbrarme a esas mariconadas inglesas.

    Ríen y se cogen de la mano, entrelazando sus dedos, mientras comienzan a charlar animadamente, como cada mañana, mientras bajan a la cocina a desayunar.